La Sombra que Fui - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 El espía en el equipo
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28: El espía en el equipo 28: El espía en el equipo La noticia de la «Defensa Pac-Man» de TechCore cayó como una bomba en la clase del profesor Márquez.
El equipo que todos daban por acabado, el que supuestamente estaba en crisis, había realizado el movimiento más agresivo y audaz del juego hasta el momento.
Los susurros de lástima se transformaron en murmullos de asombro.
Camila vio la reacción en el rostro de Julián cuando se enteró.
Estaba en medio del patio, rodeado de su séquito, cuando uno de sus lugartenientes llegó corriendo con la noticia.
La sonrisa confiada de Julián se desvaneció, reemplazada por una máscara de fría incredulidad.
Por un instante, pareció perdido.
Lo habían engañado.
Había mordido el anzuelo de la crisis fabricada mientras Camila preparaba su verdadero ataque.
Fue una pequeña y dulce victoria para Camila, pero sabía que la furia de un depredador humillado es peligrosa.
La guerra psicológica había escalado, y Julián, arrinconado, recurriría a métodos más sucios.
Su oportunidad llegó en la figura de un estudiante llamado Leo Vargas.
Leo no era parte del círculo íntimo de Camila —no era Teo, Lucía, David o Ana—, pero sí era un miembro del Equipo de Defensa.
Un chico trabajador, callado, que se encargaba de tareas menores de investigación.
Era eficiente, pero casi invisible.
Y, como Julián no tardó en descubrir a través de su investigador privado, estaba desesperado.
La beca de Leo solo cubría una parte de su matrícula.
Trabajaba a media jornada en una librería para pagar el resto y ayudar a su familia.
Recientemente, su padre había perdido el trabajo, y la presión financiera sobre Leo se había vuelto asfixiante.
Estaba a punto de tener que abandonar la universidad.
Julián lo abordó una tarde, lejos de miradas indiscretas, cerca de la parada de autobús que Leo tomaba para ir a su trabajo.
—Leo Vargas, ¿verdad?
—comenzó Julián, su tono inusualmente amable, casi compasivo—.
Soy Julián Ortega.
Leo se puso tenso al instante.
Era el capitán del equipo rival.
—¿Qué quieres?
—He oído hablar de tu situación —dijo Julián, yendo directo al grano, pero con suavidad—.
La de tu padre.
Y sé que estás luchando para mantenerte a flote.
Debe ser increíblemente difícil.
Leo no respondió, su rostro era una mezcla de desconfianza y vergüenza.
—Admiro tu dedicación —continuó Julián, su voz como el terciopelo—.
Trabajar, estudiar, ayudar a tu familia… Eres el tipo de persona que merece tener éxito.
Y es una lástima que un obstáculo temporal como el dinero se interponga en tu camino.
—No necesito tu lástima —masculló Leo.
—No te ofrezco lástima.
Te ofrezco una solución —Julián dio un paso más cerca, bajando la voz—.
Una oportunidad de negocio, si lo prefieres.
Verás, estoy en una posición en la que puedo ayudar financieramente a estudiantes prometedores.
Una especie de mecenazgo privado.
Podría cubrir el resto de tu matrícula y darte un estipendio mensual para que puedas dejar tu trabajo y centrarte en tus estudios.
Sin condiciones, sin necesidad de devolverlo.
Leo lo miró, incrédulo.
—¿Por qué harías eso por mí?
Ni siquiera me conoces.
Julián sonrió, una sonrisa encantadora y persuasiva.
—Porque creo en el talento.
Y porque, a cambio, solo te pediría una pequeña cosa.
Algo que no te costaría nada.
—¿Qué cosa?
—preguntó Leo, el anzuelo ya rozando sus labios.
—Información —dijo Julián, su voz ahora un susurro conspirador—.
Eres parte del equipo de Camila.
Me has impresionado.
Ella también.
Su estrategia es… impredecible.
Y en los negocios, la impredecibilidad es un riesgo.
Solo necesito saber qué está planeando.
No detalles técnicos.
Solo la dirección general.
¿Cuál es su próximo movimiento en el Proyecto Centurión?
¿Qué tipo de defensa está preparando?
Piénsalo, Leo.
Es información sobre un juego, una simulación universitaria.
No es real.
Pero el dinero que te ofrezco sí lo es.
Puede cambiar tu vida.
Puede salvar a tu familia.
Leo se quedó paralizado.
Su conciencia le gritaba que se negara, que se marchara.
Era una traición.
Estaría vendiendo a Camila, a Teo, a todos los que lo habían tratado con amabilidad y respeto.
Pero entonces pensó en el rostro preocupado de su madre.
En las facturas acumulándose en la mesa de la cocina.
En la carta de la universidad advirtiéndole del próximo pago de la matrícula.
Julián vio la lucha en sus ojos y dio el golpe de gracia.
—No tienes que decidirlo ahora.
Piénsalo —sacó un sobre de su chaqueta—.
Aquí dentro hay cinco mil dólares.
En efectivo.
Un adelanto.
Un gesto de buena fe.
Si decides no ayudarme, quédatelos.
Considéralo un regalo.
Pero si decides ser inteligente, este será solo el principio.
Le tendió el sobre.
Leo lo miró como si fuera una serpiente.
Su mano tembló mientras lo cogía.
El peso del dinero en efectivo era real, tangible.
Una solución a todos sus problemas.
—Habrá más si me das algo útil antes del viernes —dijo Julián, antes de darse la vuelta y marcharse, dejando a Leo solo con el sobre y su conciencia destrozada.
Dos días después, en la siguiente reunión secreta del Equipo de Defensa, Camila expuso el siguiente paso de su estrategia.
—Ahora que tenemos Innovatech, nuestra siguiente fase es la «Defensa de la Corona».
Vamos a identificar nuestros activos más valiosos, las «joyas de la corona», y prepararemos un plan para venderlos a una tercera empresa amiga si la OPA de Julián parece tener éxito.
Será nuestro botón del pánico, la opción nuclear.
Discutieron los detalles, los posibles compradores, el momento adecuado.
Leo participó poco, su rostro pálido, sus ojos evitando los de Camila.
Nadie notó su comportamiento extraño, demasiado concentrados en la complejidad de la nueva estrategia.
Esa noche, Julián recibió un mensaje en una aplicación de mensajería encriptada.
Era de un número anónimo.
—Defensa de la Corona.
Planean vender los activos clave.
El principal es la división de I+D.
Julián leyó el mensaje y una lenta sonrisa de triunfo se extendió por su rostro.
Había encontrado la grieta en el muro de Camila.
Tenía un espía.
Ahora, ya no importaba lo ingeniosa que fuera su estrategia.
Él siempre estaría un paso por delante.
Podría anticipar cada movimiento, contrarrestarlo y hacerla parecer una tonta.
Y cuando llegara el momento de la presentación final ante Márquez, no solo la derrotaría.
La aniquilaría.
La red de lealtad que Camila había construido con tanto cuidado acababa de ser infectada por un virus.
Y ella ni siquiera lo sabía.
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