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La Sombra que Fui - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 El primer movimiento
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3: El primer movimiento 3: El primer movimiento La universidad bullía con la energía nerviosa del primer día: estudiantes corriendo con mapas desplegados, carteles de bienvenida colgando de los árboles, y otros formándose alrededor de mesas de inscripción.

Camila caminaba entre ellos como una sombra que ya conocía cada rincón, cada trampa, cada sonrisa falsa disfrazada de camaradería.

No vino a hacer amigos, mucho menos a repetir errores.

Su primer objetivo era claro: inscribirse en la carrera de Derecho Corporativo, no en Administración de Empresas como había hecho antes.

En su vida anterior, había seguido el consejo de Julián:  —Administra, deja lo legal a los abogados —, y eso le había costado caro.

Esta vez, aprendería las reglas del juego desde dentro.

Aprendería a escribirlas, a romperlas si era necesario, pero sobretodo, a defenderse con ellas.

Mientras avanzaba hacia la oficina de admisiones, un rostro familiar apareció entre la multitud.

—¡Camila!

—la llamó una voz cálida.

Ella se detuvo.

Allí estaba Lucía, su única amiga verdadera en aquel entonces, antes de que Julián la convenciera de que no «no tenía tiempo para distracciones».

Lucía, con su pelo teñido de azul eléctrico, sus botas militares y su mochila llena de libros de filosofía anarquista, era todo lo que su familia consideraba una «mala influencia».

En su vida pasada, la había alejado poco a poco.

Hasta que dejaron de hablar.

Ahora, Camila sintió un nudo en la garganta.

—Lucía…

—murmuró, con una sonrisa genuina asomando por primera vez en mucho tiempo.

—¿Qué haces parada ahí como estatua?

¿Te comieron la lengua los ratones o ya olvidaste cómo saludar?

—dijo Lucía, acercándose y dándole un abrazo fuerte, sin pedir permiso, como siempre lo hacía.

Camila cerró los ojos un segundo, dejándose envolver por ese gesto.

Cuánto había extrañado esa libertad.

Esa lealtad sin condiciones.

—No…

solo me sorprendiste —respondió, separándose un poco, pero sin soltarla del todo—.

Estás igual.

—Y tú más seria que una reunión de contadores —rio Lucía, mirándola con curiosidad—.

¿Qué pasa?

¿Problemas en casa?

Camila bajó la mirada un instante.

Podría mentirle, como antes.

Podría decirle que todo estaba bien.

Pero esta vez, eligió otra cosa.

—Sí —dijo, simplemente.

Y luego, con más fuerza—: Pero voy a cambiarlo.

Lucía la estudió un momento.

No preguntó más.

Solo asintió, como si entendiera algo profundo que no necesitaba palabras.

—Entonces cuento contigo para el club de debate, ¿sí?

Necesito a alguien que les parta la cara verbalmente a esos tipos de Economía que creen que el socialismo es un acto de amor.

Camila rio, realmente.

Por primera vez en años, sintió que respiraba.

—Cuenta conmigo.

…

Mientras hacía fila para inscribirse, Camila revisó mentalmente su lista de movimientos estratégicos: «Cambiar carrera: Hecho.

Recuperar a Lucía: En proceso.

Evitar a Julián a toda costa: Pendiente.»  Como si el destino hubiera escuchado sus pensamientos, una figura alta y elegante apareció al final del pasillo.

Traje casual, camisa blanca impecable, cabello oscuro peinado hacia atrás.

Julián Ortega, con apenas 20 años, ya lucía como si el mundo fuera suyo por derecho.

Sus ojos se encontraron con los de Camila.

Él sonrió, encantador, seguro, como siempre.

—Camila —dijo, acercándose con naturalidad—.

Qué sorpresa verte aquí tan temprano.

Pensé que estarías ayudando a tu primo con los trámites.

Ella sintió como su piel se erizaba.

Cómo su pulso se aceleraba.

No por atracción.

Por rabia contenida, por el recuerdo vivo de su traición.

Pero no bajó la mirada, no sonrió.

No dio un paso hacia él.

—Estoy ocupada —dijo, fría como el mármol.

Julián parpadeó, desconcertado.

Era evidente que no esperaba esa reacción.

En su versión original de los hechos, Camila lo buscaba, le sonreía, le ofrecía ayuda, le permitía acercarse poco a poco hasta convertirse en su sombra…

y luego, en su dueño.

—¿Ocupada?

—repitió, con tono juguetón, intentando recuperar el control—.

¿Con qué?

¿Con papeles?

Déjame ayudarte.

Conozco a la secretaria de admisiones.

—No necesito tu ayuda —dijo ella, girándose ligeramente para darle la espalda—.

Ni ahora, ni nunca.

El silencio que siguió fue denso.

Julián perdió la sonrisa.

Sus ojos se entrecerraron, evaluándola.

No estaba herido.

Estaba intrigado.

Y tal vez, por primera vez, inseguro.

—Interesante —murmuró, casi para sí mismo—.

Veo que hoy estás de mal humor.

Te buscaré después, cuando estés más…

receptiva.

Camila no respondió, ni se volvió.

Solo apretó la carpeta contra su pecho y avanzó dos pasos más en la fila.

Cuando finalmente llegó su turno, entregó los documentos con manos firmes.

La secretaria los revisó, asintió, y le entregó su carnet provisional.

—Bienvenida a Derecho, señorita Montalbán.

Primer año, aula 304 —dijo la mujer con una sonrisa irónica.

Camila tomó el carnet y lo miró.

Su foto, joven, inexperta, pero con una chispa nueva en los ojos.

Una chispa de guerra.

—Gracias —dijo—.

Voy a disfrutarlo.

…

Al salir del edificio, Lucía la esperaba sentada en las escaleras, hojeando un libro.

—¿Y?

¿Lo lograste?

—Sí —dijo Camila, sentándose a su lado—.

Estoy oficialmente en Derecho.

—¡Genial!

Ahora sí nos vamos a divertir —rio Lucía—.

Oye, y ese tipo que te habló antes…

¿quién era?

Tenía cara de ser un problema.

Camila miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a elevarse sobre los techos del campus.

—Era mi error del pasado —dijo, con calma—.

Esta vez, no lo dejaré acercarse.

Lucía la miró de reojo, con una sonrisa ladina.

—Me gusta esa actitud.

¿Sabes qué dicen?

Que el mejor modo de vengarte de alguien es vivir mejor que él.

Camila asintió.

Pero en su mente, la frase resonaba distinta:  «No voy a vivir mejor que él.

Voy a destruirlo antes de que él pueda destruirme».

Se levantó, ajustó la correa de su mochila, y echó a andar hacia su primera clase.

Detrás de ella, en una ventana del segundo piso, Julián observaba su partida con los brazos cruzados.

No estaba molesto, estaba fascinado.

—¿Qué te pasa, Julián?

—preguntó un compañero a su lado—.

¿La chica esa te rechazó?

—No —respondió él, sin quitarle los ojos de encima a Camila—.

Solo está jugando.

Y a mí me encantan los juegos…

sobre todo cuando sé cómo terminan.

Pero esta vez, Julián no sabía nada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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