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La Sombra que Fui - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 La fotografía
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30: La fotografía 30: La fotografía El silencio en la biblioteca al día siguiente era más pesado que cualquier palabra.

El equipo estaba roto.

La humillación pública había dejado una herida profunda, pero era la sospecha lo que realmente los estaba envenenando.

Teo, David y Ana se lanzaban miradas furtivas, cada uno preguntándose quién podría haber sido.

Leo ni siquiera se había presentado.

Su ausencia era una confesión en sí misma.

Camila llegó la última.

Su rostro estaba impasible, sus ojos desprovistos de la calidez que había empezado a mostrar.

Parecía la versión de sí misma de las primeras semanas: fría, distante, inescrutable.

—Lo sé —dijo, sin preámbulos, y la palabra cayó en la sala como una piedra en un pozo.

Teo abrió la boca para preguntar, pero Camila levantó una mano.

—Sé que hubo una fuga.

Y sé quién fue.

Pero eso ya no importa.

—¿Que no importa?

—explotó Lucía, que había acudido para dar apoyo—.

¡Claro que importa, Cami!

¡Uno de los tuyos te ha vendido!

—Importa porque nos ha hecho daño —replicó Camila, su voz tan tranquila que era escalofriante—.

Pero no importa porque no podemos cambiarlo.

Perder tiempo buscando culpables es una distracción, y las distracciones son un lujo que no podemos permitirnos.

Julián quiere que nos desmoronemos, que nos acusemos unos a otros.

No le vamos a dar esa satisfacción.

Miró a los tres miembros leales de su equipo.

—El error fue mío.

Confié demasiado.

Fui ingenua al pensar que la lealtad era suficiente para protegernos.

A partir de ahora, las reglas cambian.

La información se compartimentará.

Solo sabrán lo estrictamente necesario para su parte del trabajo.

La estrategia completa la manejaré yo.

Sola.

Sus palabras, aunque lógicas, crearon una nueva barrera entre ellos.

Estaba protegiéndolos, pero también los estaba alejando, volviendo a encerrarse en la fortaleza que había construido al principio.

Teo pareció herido, David asintió con tristeza y Ana bajó la mirada.

—No es porque no confíe en ustedes —añadió Camila, su tono suavizándose una fracción, al ver sus reacciones—.

Es porque no confío en el mundo.

Y mi prioridad es proteger a los que han decidido estar a mi lado.

Esta es la única forma que conozco.

Antes de que la incómoda conversación pudiera continuar, el teléfono de Camila vibró sobre la mesa.

Era un número desconocido.

Dudó un segundo antes de contestar.

—¿Sí?

—¿Camila Montalbán?

—La voz al otro lado era la de Sofía, pero sonaba extraña, ahogada, como si estuviera intentando no llorar.

—Sofía, ¿qué pasa?

¿Estás bien?

—preguntó Camila, su instinto protector activándose de inmediato.

—Tienes que venir.

A mi estudio.

Ahora.

He encontrado algo más.

La urgencia en su voz era innegable.

Camila se despidió de su equipo con una mirada y salió corriendo de la biblioteca.

Encontró a Sofía en medio del taller de escultura, rodeada de sus obras a medio terminar.

Estaba sentada en el suelo, con la caja de madera de su padre abierta frente a ella.

Pero no estaba mirando los documentos.

Tenía en la mano un pequeño cuchillo de modelar y había hecho palanca en el fondo de la caja, revelando un compartimento secreto.

—Mi madre me llamó esta mañana —dijo Sofía sin levantar la vista—.

Preguntó por la caja.

Dijo que había tenido un mal sueño.

Quería que se la devolviera, que la quemáramos.

Entré en pánico.

Antes de devolvérsela, quise revisarla una última vez, a fondo.

Noté que el fondo era más grueso de lo normal… Sus palabras se interrumpieron.

Con mano temblorosa, sacó lo que había encontrado dentro.

No era un documento.

No era un contrato.

Era una única fotografía, envuelta en un pañuelo de seda para protegerla.

La foto era antigua, en blanco y negro.

En ella había cuatro hombres jóvenes, de pie frente a un edificio en construcción, el esqueleto de lo que seguramente fue uno de los primeros proyectos de Montalbán & De la Torre.

Camila reconoció al instante a tres de ellos: su padre, Rafael, con su sonrisa fácil y optimista; Alejandro de la Torre, con una mirada intensa y soñadora; y su tío Alberto, ya entonces con una expresión calculadora que no encajaba con la alegría de los otros.

Pero era el cuarto hombre el que atrajo toda su atención.

Estaba un poco apartado del grupo, con una constitución robusta y una mirada seria, casi melancólica.

Era más joven, pero era inconfundiblemente Ronaldo Ferrer.

—Estaban todos juntos desde el principio —susurró Camila.

—Gira la foto —dijo Sofía, su voz temblando.

Camila le dio la vuelta.

En el reverso, escrita con la letra elegante pero apresurada de Alejandro de la Torre, había una frase.

Una única frase que lo cambió todo.

—La noche que todo se rompió.

R.F.

lo vio todo.

No puede hablar.

Lo tienen amenazado con su hija.

R.F.

Ronaldo Ferrer.

Camila sintió un vértigo.

La historia que habían reconstruido era incorrecta.

Ferrer no era solo un socio al que habían traicionado y arruinado.

Era un testigo.

Un testigo de «la noche que todo se rompió».

Y lo habían silenciado usando a su propia hija como chantaje.

Por eso desapareció.

No huía de las deudas.

Huía para proteger a su hija.

—Su hija… —murmuró Camila, mirando a Sofía—.

Es como lo que te hicieron a ti.

Usaron a los hijos como arma.

De repente, una nueva capa de la verdad se desplegó ante ella, tan monstruosa que la dejó sin aire.

La desaparición de Ferrer, su silencio… no era solo para proteger a su hija de un daño futuro.

Era para protegerla de un daño que ya había ocurrido.

La investigación sobre Ronaldo Ferrer no debía centrarse en él.

Debía centrarse en encontrar a su hija.

Ella era la clave.

Ella era la razón de su silencio.

Mientras Camila procesaba la enormidad de esta revelación, su teléfono vibró de nuevo.

Era un correo electrónico de una dirección encriptada que no reconoció.

El corazón le dio un vuelco.

Era la respuesta.

Asunto: Re: Una historia que dejaste sin terminar.

La verdad nunca es gratis.

Y rara vez es segura.

Bar «El Gato Negro».

Mañana medianoche.

Mesa del fondo.

Ven sola.

Y no me hagas perder el tiempo.

– A.S.

Adrián Soto había respondido.

Camila miró la fotografía en su mano y luego el críptico mensaje en su teléfono.

La traición de Leo, la derrota en el Proyecto Centurión… todo eso pareció desvanecerse, empequeñecido por lo que tenía delante.

Dos nuevas pistas.

Dos caminos peligrosos que se abrían en la oscuridad.

Uno la llevaba hacia la hija de un testigo silenciado.

El otro, hacia un periodista cínico que podría ser su mayor aliado o su perdición.

La guerra acababa de entrar en una fase completamente nueva.

Y ella estaba en el centro de la tormenta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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