La Sombra que Fui - Capítulo 31
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31: El gato negro 31: El gato negro «El Gato Negro» no tenía letrero.
Su única señal era un grafiti de un felino de ojos verdes pintado en un decrépito muro de ladrillos al final de un callejón sin salida.
El aire olía a basura húmeda y a la promesa de un anonimato comprado a buen precio.
Era el tipo de lugar que no aparecía en los mapas, un purgatorio para gente que no quería ser encontrada.
Camila llegó a las 23:55.
Llevaba un conjunto deliberadamente insignificante: vaqueros, una sudadera con capucha y el pelo recogido bajo una gorra.
Quería ser invisible.
Cada sombra del callejón parecía moverse, cada ruido metálico de la ciudad resonaba como un disparo.
Sabía que venir aquí era una imprudencia.
El mensaje encontrado en su apartamento era una prueba de que alguien de poder la vigilaba.
Pero la inacción, se repetía a sí misma, era una sentencia de muerte más lenta.
Una puerta de acero sin manija, solo con una pequeña mirilla, era la entrada.
Dudó un instante, el corazón martilleándole contra las costillas.
Luego, con una determinación forzada, golpeó tres veces.
La mirilla se abrió, revelando un ojo inexpresivo.
No hubo preguntas.
La puerta se deslizó hacia adentro con un chirrido metálico, revelando una oscuridad casi total.
El interior era un laberinto de humo de cigarro, el murmullo bajo de conversaciones clandestinas y el olor a alcohol barato y desesperación.
No había música, solo el tintineo de vasos y el sonido de sillas arrastrándose por el suelo de cemento.
Las pocas bombillas que colgaban del techo apenas iluminaban los rostros de los clientes: hombres y mujeres con miradas cansadas y secretos guardados a la fuerza.
Vio la mesa del fondo, la única vacía, y se dirigió hacia ella, sintiendo docenas de miradas anónimas siguiéndola.
La mesa estaba en una alcoba, ofreciendo una vista de toda la sala pero protegida por la penumbra.
Se sentó y esperó.
Pasaron cinco minutos.
Diez.
Quince.
Empezó a pensar que era una trampa, una broma cruel.
Un camarero corpulento y con una cicatriz en la ceja se acercó.
—¿Vas a pedir algo o solo calientas la silla?
—gruñó.
—Estoy esperando a alguien —respondió Camila, su voz más firme de lo que se sentía.
El camarero soltó una risa seca.
—Aquí todo el mundo espera a alguien o huye de alguien.
Es lo mismo.
Se marchó.
Camila se sintió expuesta, una niña en un nido de víboras.
Estaba a punto de levantarse e irse cuando una figura se materializó de las sombras y se sentó frente a ella sin hacer ruido.
No era como lo había imaginado.
Adrián Soto no parecía un periodista intrépido.
Parecía un hombre consumido por su propio cinismo.
Tendría unos cuarenta y tantos, con ojeras profundas que hablaban de noches sin dormir y una barba de varios días.
Llevaba una chaqueta de cuero gastada y sus ojos, de un gris acerado, la analizaron con una intensidad que la desnudó por completo.
No había curiosidad en ellos, solo un profundo escepticismo.
—Llegas tarde —dijo ella, intentando tomar el control.
Él soltó una bocanada de humo de un cigarrillo que parecía haber aparecido en su mano de la nada.
—Llevo aquí media hora.
Sentado en la barra.
Observándote.
Quería ver si tenías la paciencia.
Quería ver si venías sola.
Su voz era grave, rasposa.
La voz de alguien que ha hablado demasiado y ha escuchado mentiras aún más.
—Siempre vengo sola —mintió Camila, pensando en la red de seguridad que empezaba a tejer a su alrededor.
Adrián sonrió, una sonrisa sin rastro de humor.
—¿Ah, sí?
¿La chica que me envía un correo anónimo sobre uno de los imperios corporativos más grandes del país?
¿La que sabe de un artículo que escribí hace veinte años?
No, tú no vienes sola.
Vienes cargada de problemas.
La pregunta es si son problemas interesantes o solo la pataleta de una empleada descontenta.
—Ni lo uno ni lo otro —dijo Camila, inclinándose hacia adelante, bajando la voz—.
Lo que te traje es el principio del hilo que te llevará a la historia más grande que jamás escribirás.
—He oído esa frase antes.
Generalmente de gente que acaba en la cárcel o en una zanja —replicó él, dando otra calada a su cigarrillo—.
Tu correo era intrigante.
Vago, pero intrigante.
Hablaste de Ronaldo Ferrer y de sabotaje.
Historia antigua.
La gente olvida.
¿Por qué debería importarme ahora?
—Porque el mismo hombre que destruyó a Ferrer es ahora uno de los empresarios más poderosos y respetados de este país.
Porque el sabotaje fue solo el principio.
Después vinieron las amenazas, la extorsión… y quizás el asesinato.
Adrián levantó una ceja, un mínimo gesto de interés.
—¿Asesinato?
Ahora estamos subiendo la apuesta.
¿Tienes pruebas, o solo teorías de conspiración sacadas de internet?
—Tengo el testimonio de un hombre muerto —dijo Camila, jugando su carta más fuerte—.
El socio de mi… de Rafael Montalbán.
Alejandro de la Torre.
El nombre hizo que Adrián se irguiera un poco.
Conocía la historia oficial.
El socio que vendió su parte y desapareció.
—Encontré sus diarios.
Sus notas privadas —continuó Camila—.
Habla de la corrupción, de los inversores fantasma, de las amenazas de Alberto Montalbán.
—¿Y dónde están esos diarios?
—preguntó Adrián, sus ojos fijos en ella.
—En un lugar seguro.
—Qué conveniente —se burló él—.
Escucha, niña, quienquiera que seas.
Este juego es más viejo que tú.
Vienes aquí, me susurras secretos, esperas que yo haga el trabajo sucio, que ponga mi cuello en la línea mientras tú te quedas en las sombras.
No funciona así.
He visto a gente como Alberto Montalbán comerse para desayunar a periodistas mucho más valientes que yo.
No voy a mover un dedo sin saber quién eres.
¿Eres su amante despechada?
¿Una competidora?
¿Su hija ilegítima?
La última pregunta fue una bala perdida que dio peligrosamente cerca del blanco.
—Mi identidad es irrelevante —insistió Camila—.
Lo relevante es la información.
Adrián se rio, un sonido amargo que se perdió en el murmullo del bar.
—Tu identidad es lo único relevante.
Es lo que me dice tu motivación.
Es lo que me dice si puedo confiar en ti o si me estás llevando a una trampa.
No trabajo con fantasmas.
Apagó el cigarrillo en un cenicero lleno, su movimiento final y decisivo.
—Ha sido una conversación fascinante.
Pero una pérdida de tiempo.
La información que me das es historia antigua.
Si quieres que te ayude, si quieres que me crea una sola palabra de lo que dices, tráeme algo nuevo.
Algo tangible.
Algo que demuestre que la corrupción de la que hablas sigue viva hoy.
Una prueba de un crimen que esté ocurriendo ahora.
Y tráeme una prueba de quién eres, una que me demuestre que tienes acceso real, o esta conversación nunca ocurrió.
Se levantó, su silueta recortándose contra la luz mortecina de la barra.
—No vuelvas a contactarme hasta que tengas ambas cosas.
Y un consejo: ten cuidado al salir del callejón.
A los gatos negros no les gustan los extraños.
Se fue tan silenciosamente como había llegado, disolviéndose de nuevo en las sombras del bar.
Camila se quedó sola en la mesa, el corazón latiéndole no por miedo, sino por la frustración y la adrenalina del desafío.
El encuentro había sido un fracaso y una victoria al mismo tiempo.
La había rechazado, sí.
Pero también le había dicho exactamente lo que necesitaba para ganárselo.
Le había puesto una prueba casi imposible.
Y mientras salía del bar y se adentraba de nuevo en la fría noche, una idea, tan brillante como peligrosa, comenzó a formarse en su mente.
Adrián quería una prueba de un crimen actual.
Quería saber quién era ella.
Podía darle ambas cosas.
De un solo golpe.
Solo tenía que usar el conocimiento que nadie más poseía: el recuerdo exacto de un pequeño escándalo que estaba a punto de ocurrir.
Un escándalo que su tío Alberto, en su futuro original, había logrado enterrar.
Pero en este futuro, no estaría enterrado.
Sería la portada de todos los periódicos.
Y llevaría la firma de Adrián Soto.
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