La Sombra que Fui - Capítulo 33
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33: El círculo de confianza 33: El círculo de confianza El escándalo de Quim-Tec fue un incendio que ardió con furia durante días.
La Corporación Montalbán emitió un comunicado oficial hablando de «documentos falsificados» y «una campaña de desprestigio», pero el daño a su imagen era ya un hecho.
La reputación de la empresa, tan cuidadosamente pulida por Alberto, tenía su primera mancha visible en décadas.
Camila observaba el caos desde la distancia, con una calma glacial.
Sabía que había ganado una batalla importante, pero también había pintado un blanco gigante en la espalda de Adrián y, por extensión, en la suya propia.
El mensaje dejado en su apartamento seguía quemándole en la memoria, un recordatorio de que la guerra ya no era un juego y que no podía seguir protegiendo a sus amigos con mentiras.
Necesitaba aliados reales, no peones inconscientes.
Convocó a David y a Teo, su núcleo de confianza más cercano, a las gradas desiertas del estadio de atletismo.
El viento frío silbaba a su alrededor, un sonido solitario que reflejaba cómo se había sentido hasta ese momento.
—Los he engañado —dijo Camila, sin preámbulos.
Las palabras salieron con más dificultad de la que esperaba.
David y Teo intercambiaron una mirada de total confusión.
—El Proyecto Centurión… lo he estado usando como una cubierta —continuó, obligándose a mirarlos a los ojos—.
La investigación sobre Ferrer Construcciones no es parte de un caso de estudio del profesor Márquez.
Es real.
Todo es real.
Sacó de su bolso la fotografía del reverso del retrato y se la entregó.
La imagen, desgastada por el tiempo, parecía un artefacto de otro mundo bajo la luz gris del cielo.
—Esto no es parte del material del caso.
Lo encontré en los archivos privados del socio de mi padre, Alejandro de la Torre.
El hombre de la foto es Ronaldo Ferrer, y creo que fue un testigo clave de la corrupción que dio origen a la Corporación Montalbán tal y como la conocemos.
Una corrupción orquestada por mi propio tío, Alberto.
El silencio que siguió fue denso, pesado.
Teo y David miraron la foto y luego a Camila, sus mentes tratando de procesar la enormidad de lo que acababa de revelar.
La simulación académica, el juego en el que se habían sumergido con tanta pasión, se había hecho añicos, revelando una conspiración peligrosa y tangible debajo.
—La denuncia de plagio contra ti, Teo… fue un ataque directo de Julián para desestabilizarme, porque sabía que eras mi amigo —confesó Camila, sintiendo que cada palabra la dejaba más expuesta—.
El escándalo de Quim-Tec… fui yo quien filtró los documentos a la prensa para contraatacar.
Los he utilizado.
He puesto sus habilidades a trabajar en mi guerra personal sin decirles el riesgo que estaban corriendo.
Y entenderé si ahora mismo se levantan y se van.
De hecho, probablemente sería lo más inteligente que podrían hacer.
Se preparó para el rechazo.
Para la ira.
Para el abandono que, en su primera vida, había sido la única constante.
En lugar de eso, Teo soltó una risa corta y nerviosa.
—¿Irnos?
¿Justo ahora?
¡Cami, esto acaba de pasar de ser un proyecto de fin de curso a una película de espías!
¡Es mil veces más interesante!
—Teo, esto es serio —intervino David, aunque una chispa de adrenalina brillaba en sus ojos—.
Gente poderosa, amenazas, corrupción… Camila, lo que nos estás contando es increíblemente peligroso.
—Lo sé —respondió ella, su voz apenas un susurro—.
Por eso se los cuento.
Porque merecen saber la verdad.
Y porque no puedo seguir sola.
David la miró fijamente, su expresión volviéndose sombría y decidida.
—La noche que ayudaste a Teo, nos demostraste qué tipo de líder eres.
No nos usaste, nos defendiste.
Y ahora, te defenderemos a ti.
No estás sola.
Dinos qué necesitas.
La lealtad incondicional en sus palabras golpeó a Camila con una fuerza inesperada.
Una oleada de gratitud tan intensa que casi la ahoga.
Por primera vez, su círculo de confianza no se basaba en mentiras, sino en una verdad compartida y peligrosa.
—Necesito encontrar a la hija de Ronaldo Ferrer —dijo, su voz recuperando la firmeza—.
La nota es clara: lo silenciaron amenazándola.
Ella es la clave.
Y entonces, la investigación comenzó, pero esta vez con un nuevo sentido de propósito.
—Tu misión, David, es encontrar a una mujer cuyo nombre probablemente ya no sea Laura Ferrer —explicó Camila, su mente organizando el flujo de información—.
Ronaldo desapareció del radar alrededor de 2002.
En esa época, ella tendría unos veinte años.
Busca registros académicos, solicitudes universitarias, cualquier rastro digital que una chica de esa edad hubiera dejado antes de que su padre la hiciera desaparecer.
Luego se giró hacia Teo.
—Tú eres el genealogista social.
Investiga a la esposa de Ronaldo, Elena Casares.
Su nombre de soltera, su familia, dónde vive ahora.
Si la hija cambió de identidad, es probable que usara un apellido familiar.
Busca conexiones.
Durante las siguientes 48 horas, David y Teo se sumergieron en su trabajo con una dedicación febril.
Teo, con su habilidad para la investigación social, construyó un perfil completo de la exesposa de Ferrer.
Descubrió que, tras el divorcio, Elena se había mudado a un pequeño y tranquilo pueblo llamado Valle Serena, donde vivía su hermana.
Mientras tanto, David revisaba los archivos digitales.
Después de horas de búsqueda, encontró una coincidencia.
Una Laura Ferrer, con la fecha de nacimiento correcta, había presentado una solicitud para la biblioteca de la Universidad Estatal en 2001, pero nunca llegó a matricularse.
Sin embargo, en el formulario de solicitud, había un dato que hizo que el corazón de David se acelerara: una dirección de contacto de emergencia que pertenecía a una tal Marta Casares, la tía que vivía en Valle Serena.
El golpe de gracia vino al cruzar esa información con los registros de la biblioteca pública de Valle Serena.
—Lo tengo —anunció David en la siguiente reunión, su voz vibrando de emoción.
Deslizó su portátil hacia Camila—.
No hay ninguna Laura Ferrer trabajando allí.
Pero hay una bibliotecaria que lleva allí quince años.
Una mujer de unos treinta y tantos, muy reservada, según las reseñas locales.
Su nombre es Laura Sánchez.
—Sánchez es uno de los apellidos más comunes —dijo Teo, escéptico.
—No lo es en este caso —replicó David, señalando la pantalla—.
«Sánchez» era el apellido de soltera de su abuela materna.
Y lo más importante, mira su foto del carné de empleada que conseguí en un boletín municipal de hace cinco años.
Mostró una pequeña foto.
Era una mujer de rostro serio, con el pelo recogido y gafas.
Era mayor, marcada por una vida de preocupaciones, pero sus ojos… eran inconfundibles.
Eran los mismos ojos grandes y expresivos de la niña que aparecía en las viejas fotos de sociedad junto a Ronaldo Ferrer.
Camila sintió un escalofrío.
La habían encontrado.
La hija del testigo.
La clave viviente de un secreto de veinte años.
—Valle Serena —dijo Camila, memorizando el nombre del pueblo—.
Iré yo.
Sola.
—No me gusta, Cami —dijo Teo, su tono ahora desprovisto de broma—.
Ahora sabemos que esto es real.
Si te pasa algo…
—Por eso mismo tengo que ir yo —replicó ella—.
Ahora que saben la verdad, son tan vulnerables como yo.
Si vamos en grupo, seremos un blanco fácil.
Una chica sola haciendo preguntas para un «trabajo de la universidad» es olvidable.
Tengo que acercarme con cuidado.
No puedo arriesgarme a que la asusten, no ahora que estamos tan cerca.
Sabía que era un riesgo calculado, pero ahora no solo se protegía a sí misma, sino también a ellos.
La confianza que le habían demostrado era una responsabilidad que pesaba más que cualquier amenaza.
Mientras planeaba su viaje, pensó en el correo de Adrián, aún sin respuesta.
La palabra «Dónde» parpadeaba en su mente.
Primero, la hija del testigo.
Luego, el periodista.
Una pieza a la vez.
Pero mientras miraba la foto de Laura Sánchez, una mujer que había vivido dos décadas bajo el peso de un secreto, se dio cuenta de que su investigación y la de Adrián estaban a punto de converger.
El fantasma de Ronaldo la había llevado hasta su hija.
Y su hija, sin saberlo, estaba a punto de llevarla hasta la verdad.
Una verdad que, como una fuga tóxica, había estado envenenando sus vidas en silencio durante demasiado tiempo.
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