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La Sombra que Fui - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 Laura
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34: Laura 34: Laura Valle Serena era un pueblo sacado de una postal antigua, un lugar donde el tiempo parecía haberse ralentizado hasta casi detenerse.

Las calles eran tranquilas, bordeadas de casas con jardines bien cuidados y cercas blancas.

El aire olía a hierba recién cortada y a la calma engañosa de los lugares pequeños donde todos se conocen y los secretos se guardan bajo llave.

Camila llegó un sábado por la mañana, conduciendo un coche de alquiler anónimo.

Se había vestido con sencillez, como una estudiante cualquiera, con vaqueros y un suéter.

Su objetivo era la biblioteca pública, un modesto edificio de ladrillo en el centro de la plaza principal.

Al entrar, el silencio la envolvió, solo roto por el suave pasar de las páginas y el murmullo lejano de una conversación.

Detrás del mostrador de préstamos, una mujer organizaba fichas con una concentración metódica.

Era ella.

Laura Sánchez.

En persona, parecía aún más frágil y reservada que en la foto.

Su cabello estaba recogido en un moño apretado, y sus gafas de montura fina no lograban ocultar la perpetua sombra de preocupación en sus ojos.

Se movía con una eficiencia silenciosa, como alguien que ha aprendido a no llamar la atención.

Camila respiró hondo y se acercó al mostrador.

—Disculpe —dijo en voz baja.

Laura levantó la vista, sus ojos evaluándola con una neutralidad profesional que parecía una armadura.

—¿Sí?

¿En qué puedo ayudarte?

—Estoy haciendo una investigación para un proyecto de historia local.

Sobre familias empresariales de la región que tuvieron un gran impacto en los años noventa —comenzó Camila, usando la coartada que había preparado.

Era plausible, académica, aburrida.

—La sección de historia local está al fondo a la derecha —respondió Laura, su tono cortés pero distante, claramente con ganas de volver a su trabajo.

—Gracias.

De hecho, me preguntaba si usted, personalmente, podría ayudarme.

Estoy buscando información sobre un empresario llamado Ronaldo Ferrer.

El efecto fue instantáneo y devastador.

El cuerpo de Laura se tensó como la cuerda de un violín.

La ficha que sostenía cayó de sus dedos y aterrizó en el suelo sin hacer ruido.

Su rostro perdió todo el color, volviéndose de un blanco ceroso.

Sus ojos, antes neutrales, se llenaron de un pánico puro y antiguo.

—No… no conozco ese nombre —mintió, su voz un hilo apenas audible.

Se agachó para recoger la ficha, evitando la mirada de Camila.

—Estoy segura de que sí —insistió Camila, con suavidad pero con firmeza—.

Sé quién es usted, Laura.

Laura se enderezó de golpe, su armadura de bibliotecaria hecha añicos.

El miedo en su rostro fue reemplazado por una furia aterrorizada.

—No sé de qué me habla —siseó, su voz temblando—.

Le voy a pedir que se retire.

Está molestando a los demás usuarios.

—Solo quiero hablar.

Cinco minutos.

Sobre su padre.

—¡Mi padre murió hace años!

—replicó ella, su voz subiendo de volumen y atrayendo la mirada curiosa de un anciano que leía el periódico cerca—.

¡No tiene ningún derecho a venir aquí y…!

Se interrumpió, dándose cuenta de que estaba montando una escena, exactamente lo que había evitado durante veinte años.

Con un esfuerzo visible, se recompuso.

—Por favor, váyase —dijo, su voz ahora un susurro roto—.

Ahora mismo.

Camila vio el terror genuino en sus ojos.

No era el rechazo de alguien que guarda un secreto, sino el pánico de una víctima que ve a su verdugo regresar.

Insistir más sería cruel y contraproducente.

Derrotada, asintió.

—Lo siento.

No quería asustarla.

Dio media vuelta y caminó lentamente hacia la salida de la biblioteca, sintiendo el peso de su fracaso.

Había subestimado la profundidad de la herida y del miedo.

Quizás había secretos que era mejor dejar enterrados.

Estaba a punto de cruzar la puerta hacia la luz del sol cuando una voz la detuvo.

—Espere.

Era Laura.

La había seguido.

Estaba de pie junto a una estantería, temblando de pies a cabeza, pero con una nueva resolución en su mirada.

—Afuera no.

Aquí no —dijo, mirando a su alrededor con nerviosismo—.

La biblioteca cierra en una hora.

Vuelva entonces.

Entre por la puerta trasera del callejón.

Estará abierta.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y regresó a su puesto detrás del mostrador, retomando su trabajo con manos que no lograban disimular su temblor.

Una hora más tarde, bajo un cielo que empezaba a teñirse de naranja, Camila se encontró en el callejón trasero de la biblioteca.

La puerta de metal estaba, como había prometido Laura, ligeramente entornada.

Entró en la penumbra del edificio ahora vacío.

Laura la esperaba en la sección de archivos, un lugar sin ventanas que olía a papel viejo.

Estaba de pie, abrazándose a sí misma como si tuviera frío.

—¿Quién es usted?

—preguntó, su voz desprovista de la ira de antes, solo cansancio—.

¿Por qué busca a mi padre después de tanto tiempo?

—Mi nombre es Camila Montalbán.

Laura se estremeció como si la hubieran golpeado.

—Montalbán… Por supuesto.

Siempre son ustedes.

—No soy como ellos —dijo Camila rápidamente—.

Estoy investigando a mi tío, Alberto.

Creo que él fue el responsable de la ruina de su padre.

Y de mucho más.

Laura soltó una risa amarga.

—¿La ruina?

Ojalá solo hubiera sido la ruina.

Destruyeron su alma.

Lo convirtieron en un fantasma que tenía miedo de su propia sombra.

Nos obligaron a desaparecer, a cambiar de nombre, a vivir una vida que no era nuestra.

Todo a cambio de su silencio.

—¿El silencio sobre qué?

Laura, ¿qué vio su padre?

Laura negó con la cabeza, sus ojos llenándose de lágrimas.

—No puedo hablar.

Me lo prometieron.

—¿Quiénes se lo prometieron?

—Ellos.

La gente de su tío —su voz se quebró—.

Cuando yo tenía veinte años, dos hombres se presentaron en nuestro apartamento.

Eran educados, vestían trajes caros.

Pero sus ojos… estaban vacíos.

Le dijeron a mi padre que sabían que él había sido testigo de «ciertos eventos desafortunados».

Le dijeron que si alguna vez hablaba con alguien, o si alguien empezaba a hacer preguntas, las consecuencias no las pagaría él.

Las pagaría yo.

Le describieron con todo detalle lo que me harían.

El horror de la confesión dejó a Camila sin palabras.

—Por eso huyó —continuó Laura, las lágrimas ahora cayendo por sus mejillas—.

Para ponerme a salvo.

Para que yo pudiera tener una vida normal y anónima.

Y durante veinte años, funcionó.

Nadie preguntó.

Nadie buscó.

Hasta usted.

—Laura, lo siento mucho.

No lo sabía.

—¿Cómo podría saberlo?

—dijo ella, con una tristeza infinita—.

Pero ahora que está aquí, ha roto el pacto.

Ellos lo sabrán.

Tienen gente en todas partes.

Siempre nos vigilaron.

Probablemente todavía lo hacen.

Un escalofrío recorrió a Camila.

El coche oscuro.

La sensación de ser observada.

No era solo Julián.

Era la vieja guardia de su tío.

La misma que había aterrorizado a esta mujer durante dos décadas.

De repente, un ruido en el exterior las hizo callar.

El sonido de un coche deteniéndose en el callejón.

Laura se puso pálida como el papel.

—Ya están aquí —susurró, el pánico apoderándose de ella de nuevo—.

Se lo dije.

¡Siempre vigilan!

Camila la agarró por los hombros.

—Tranquila.

Salga por la puerta principal.

Vaya a su casa.

Actúe con normalidad.

Yo me encargo.

—¡La matarán!

—No lo harán.

No todavía.

Soy más valiosa para ellos viva —dijo Camila, su mente corriendo a toda velocidad.

Empujó a Laura suavemente hacia la salida principal de la biblioteca.

Luego, respiró hondo y se giró para enfrentar la puerta trasera, la única salida al callejón.

Las luces de un coche barrieron la penumbra del interior a través de la puerta entornada.

No había a dónde correr.

Estaba atrapada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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