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La Sombra que Fui - Capítulo 35

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  4. Capítulo 35 - 35 El diario de un fugitivo
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35: El diario de un fugitivo 35: El diario de un fugitivo El haz de luz de los faros del coche cortó la oscuridad del callejón, proyectando sombras alargadas y monstruosas dentro de la biblioteca.

Camila se quedó inmóvil, el corazón martilleándole en la garganta.

Su mente evaluó las opciones en una fracción de segundo: no había salida trasera, la puerta principal estaba demasiado lejos, y enfrentarse a ellos era un suicidio.

Estaba atrapada.

La puerta del coche se abrió con un chasquido que resonó en el silencio de la noche.

Se oyeron pasos, lentos y deliberados, acercándose a la puerta entreabierta de la biblioteca.

Camila retrocedió instintivamente, buscando refugio entre las altas estanterías de la sección de archivos.

Contuvo la respiración.

Podía oír sus propios latidos, un tambor furioso en sus oídos.

La figura de un hombre alto se recortó contra la luz en el umbral de la puerta.

Llevaba un traje oscuro, su rostro oculto en la penumbra.

No entró.

Simplemente se quedó allí, una presencia amenazante.

—Señorita Montalbán —dijo una voz grave, una voz que no pertenecía a nadie que ella conociera.

No sonaba agresiva, sino cansada, como la de un funcionario que cumple con un trámite desagradable—.

Sabíamos que tarde o temprano vendría.

Es usted tan predecible como su padre.

Camila no respondió.

Su mente se aferró a esa frase.

Tan predecible como su padre.

¿Qué significaba eso?

—Su tío Alberto le envía un mensaje —continuó el hombre, su voz monótona—.

Le pide, cortésmente, que deje de remover el pasado.

Hay tumbas que es mejor no profanar.

No por el bien de los muertos, sino por el de los vivos.

El hombre dio un paso dentro.

La luz del exterior iluminó su rostro por un instante.

Era un hombre de unos cincuenta años, con el pelo canoso y una expresión que no reflejaba maldad, sino un profundo agotamiento profesional.

No era un matón.

Era un gerente.

Un ejecutor.

—Laura y su padre hicieron un trato hace muchos años.

Un trato que les ha garantizado la paz.

Usted está poniendo en peligro esa paz —dijo, su mirada recorriendo la oscuridad, buscándola—.

Váyase de este pueblo, señorita Montalbán.

Vuelva a sus juegos universitarios.

Olvide el nombre de Ronaldo Ferrer.

Es el último aviso amistoso que recibirá.

El próximo no será una conversación.

Sin esperar respuesta, el hombre se dio la vuelta, salió de la biblioteca y cerró la puerta con un sonido metálico y definitivo.

El motor del coche arrancó y, en segundos, el sonido se desvaneció en la distancia.

El silencio regresó, pero ahora era un silencio denso, cargado de una amenaza cumplida.

Camila se quedó apoyada contra una estantería, temblando, no de miedo, sino de una mezcla de furia y adrenalina.

No la habían atacado.

No la habían secuestrado.

La habían advertido.

Habían jugado con ella, demostrándole que sabían cada uno de sus movimientos, que podían llegar a ella cuando quisieran.

Era una demostración de poder, diseñada para aterrorizarla y hacerla retroceder.

Pero consiguieron lo contrario.

La confirmación de que Laura era tan importante, de que el secreto era tan vital, solo avivó el fuego de su determinación.

Esperó casi media hora, asegurándose de que se habían ido.

Luego, salió por la puerta principal y caminó a paso rápido hacia su coche de alquiler, su mente corriendo a toda velocidad.

Necesitaba salir de Valle Serena.

Cuando estaba a punto de arrancar, la puerta del copiloto se abrió.

Laura se deslizó dentro, su rostro pálido y sus ojos desorbitados por el miedo.

—Los vi —susurró—.

El mismo coche negro sin matrícula que a veces estacionaba en mi calle durante años.

Pensé que me había vuelto loca, paranoica.

Pero eran reales.

—Lo sé, Laura.

Lo siento, te he puesto en un peligro terrible.

—No —dijo Laura, y en su voz había una nueva nota, una de rabia que finalmente había vencido al miedo—.

No me has puesto en peligro.

Ellos me han mantenido en una prisión invisible durante veinte años.

Usted solo ha abierto la puerta de la celda.

Rebuscó en su bolso y sacó un objeto envuelto en tela.

Era un pequeño libro de tapas de cuero, desgastado por el tiempo y el uso.

—Mi padre nunca habló de lo que vio.

Pero lo escribió —dijo, entregándoselo a Camila—.

Es su diario.

Lo escribió durante los primeros años, cuando aún tenía la esperanza de que la justicia existiera.

Me hizo prometer que lo quemaría si alguna vez moría.

Nunca tuve el valor de hacerlo.

Camila tomó el diario.

Se sentía pesado en sus manos, como si contuviera el peso de una vida rota.

—Él querría que lo tuviera —dijo Laura—.

Querría que alguien finalmente contara la verdad.

Pero ahora, tiene que irse.

Y no vuelva.

Por su seguridad y por la mía.

Sin decir más, abrió la puerta y desapareció en la oscuridad del pueblo, una mujer que acababa de entregar su único y más peligroso secreto.

Camila no esperó.

Arrancó el coche y condujo fuera de Valle Serena, su mirada saltando constantemente al espejo retrovisor.

No condujo de vuelta a la ciudad.

Se desvió por una carretera secundaria y se detuvo en el estacionamiento de una gasolinera solitaria.

Bajo la luz parpadeante del lugar, abrió el diario.

La caligrafía de Ronaldo era la de un ingeniero: precisa, técnica, pero a medida que pasaban las páginas, se volvía más errática, más desesperada.

Describía su miedo, la vigilancia constante, la pesadilla de vivir como un fugitivo en su propio país.

Y entonces, Camila encontró la entrada que estaba buscando.

«Octubre, 1997.

La noche que todo se rompió.

Discutí con Alberto en la obra.

Le dije que no participaría en su esquema de lavado de dinero, que se lo contaría todo a Rafa.

Él se rio.

Me dijo que Rafa ya lo sabía, que estaba demasiado débil para oponerse.

Más tarde, esa noche, lo vi todo desde la ventana de la oficina.

Vi a Alberto reunido con Alejandro de la Torre.

Discutieron.

Vi cómo los hombres de Alberto forzaban a Alejandro a firmar los papeles de la venta de sus acciones.

Vi cómo lo golpeaban cuando se resistió».

Camila contuvo el aliento.

Era la prueba.

La confesión.

Pero la siguiente frase la dejó helada.

«Pero lo peor no fue eso.

Lo peor fue ver quién llegó después.

La figura que lo aprobó todo, que garantizó que la policía nunca investigaría.

Alberto lo llamaba “El Juez”.

No sé su nombre real, pero era él quien movía los hilos en la sombra.

Él fue quien me sentenció a esta vida de silencio.

Y sé que si hablo, no es a Alberto a quien debo temer.

Es a él.

Porque su poder no tiene límites».

El Juez.

No era solo un apodo.

Era un título.

Una posición.

La conspiración no se limitaba a la familia Montalbán y sus socios.

Llegaba hasta las entrañas del propio sistema judicial.

Su tío no solo había comprado a la gente; había comprado la propia justicia.

Camila cerró el diario, su mente dando vueltas.

Esto era mucho más grande de lo que jamás había imaginado.

Se enfrentaba a un monstruo de dos cabezas: el poder corporativo de su tío y el poder legal de un enemigo sin rostro.

Necesitaba ayuda.

No solo la de sus amigos.

Necesitaba a alguien acostumbrado a cazar este tipo de monstruos.

Sacó su teléfono y abrió el borrador del correo para Adrián.

Borró el mensaje original que había escrito para la cita del día siguiente.

Y escribió uno nuevo, mucho más corto y mucho más urgente.

«Acabo de encontrar algo mucho más grande.

Necesito verte.

Ahora».

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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