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La Sombra que Fui - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 La caza de brujas
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36: La caza de brujas 36: La caza de brujas Mientras Camila huía de Valle Serena con el diario de Ronaldo ardiendo en sus manos, la Corporación Montalbán era un hervidero de furia y pánico.

El artículo de Adrián había sido una tormenta perfecta.

Las acciones habían caído, los inversores estaban nerviosos y, por primera vez en años, el nombre Montalbán estaba asociado a la palabra «escándalo».

En la cima de la torre Montalbán, en una oficina con vistas que abarcaban toda la ciudad, Alberto Montalbán no estaba furioso.

La furia era una emoción desordenada, impropia de un hombre de su calibre.

Estaba frío, preciso y absolutamente letal.

Frente a él, de pie como un acusado ante un tribunal, estaba Julián.

—Explícamelo de nuevo, Julián —dijo Alberto, su voz suave como el terciopelo pero con la dureza del diamante—.

¿Cómo es posible que un periodista de segunda publique documentos internos de mi compañía, causando un daño de nueve cifras a nuestra capitalización de mercado, y nadie en nuestro multimillonario departamento legal lo viera venir?

—Fue una fuga, señor.

Impredecible —respondió Julián, manteniendo una calma externa que no sentía.

Sentía la mirada de Alberto sobre él, no como la de un mentor, sino como la de un dueño evaluando a un perro de caza que ha fallado.

—¿Impredecible?

—repitió Alberto, levantándose de su sillón de cuero y caminando hacia el enorme ventanal—.

Nada es impredecible.

Solo hay fallos de inteligencia.

Esta fuga no ha sido aleatoria.

El timing, la elección del periodista… todo es demasiado preciso.

Esto no es un empleado descontento.

Esto es un ataque dirigido.

Se giró y clavó sus ojos en Julián.

—¿Y quién crees que se beneficia de un ataque tan… elegantemente ejecutado?

Julián sabía la respuesta que Alberto esperaba.

Sabía que su propia posición pendía de un hilo.

Su fracaso en controlar a Camila en la universidad ahora tenía consecuencias en el mundo real.

—Camila —dijo Julián, la palabra saliendo de su boca con un sabor amargo.

—Mi sobrina —asintió Alberto, casi con orgullo—.

Siempre supe que tenía el instinto depredador de su padre.

Simplemente estaba dormido.

Parece que tú, en tu intento de controlarla, has conseguido despertarlo.

Felicitaciones.

El sarcasmo era un latigazo.

—Ella no puede haber hecho esto sola —continuó Alberto, más para sí mismo que para Julián—.

Conseguir esos documentos, contactar a un periodista como Soto… Necesita ayuda.

Tiene un topo dentro de nuestra organización.

Se detuvo frente a Julián, su rostro a centímetros del de él.

—Y aquí es donde tú, Julián, vas a redimir tu lamentable actuación.

Vas a iniciar una caza de brujas.

Quiero que audites cada departamento, cada empleado con acceso a la información de Quim-Tec.

Quiero que revises correos, registros de llamadas.

Quiero que siembres el miedo.

La gente asustada comete errores.

La gente asustada habla.

Encuentra a mi traidor.

Y cuando lo hagas, no quiero que lo despidas.

Quiero que lo destruyas de una forma tan pública y ejemplar que nadie en esta compañía se atreva a pensar en la palabra «filtración» durante los próximos cincuenta años.

—Lo haré —dijo Julián, su voz firme.

Esta era su oportunidad de recuperar el favor, de demostrar su valía.

—Oh, lo sé —dijo Alberto, volviendo a su escritorio—.

Pero mientras tú juegas al inquisidor, no pierdas de vista el verdadero problema.

Mi sobrina.

Está claro que subestimamos su resentimiento y sus capacidades.

Ahora mismo es una molestia.

No podemos permitir que se convierta en una amenaza.

—¿Qué sugiere que haga?

Alberto abrió un cajón y sacó una carpeta.

La deslizó sobre la mesa hacia Julián.

—He estado revisando sus finanzas.

Es descuidada.

Todavía depende de la asignación familiar y de las tarjetas de crédito que yo controlo.

Sigue pensando como una heredera, no como una insurgente.

Eso, Julián, es su centro de gravedad.

Su talón de Aquiles.

Julián abrió la carpeta.

Dentro había un desglose completo de los gastos de Camila, de sus cuentas, de cada café que había comprado.

La vigilancia sobre ella era total.

—Mientras buscas al topo —dijo Alberto con una sonrisa gélida—, quiero que encuentres una forma de usar esto.

Una forma de recordarle quién es y de quién depende.

Quiero que la acorrales.

Quiero que le quites el aire.

Una rebelión es muy noble cuando tienes dinero en el bolsillo.

Pero se vuelve muy difícil cuando no puedes pagar la matrícula.

Julián cerró la carpeta, su mente ya trabajando, formulando un plan.

La directriz de Alberto era clara.

La humillación que había sufrido por el artículo de Adrián encontró un nuevo cauce, una nueva y cruel dirección.

No podía atacar a Camila directamente en su investigación, aún no sabía su alcance.

Pero podía asfixiarla.

Salió de la oficina de Alberto sintiéndose como un hombre al que le acaban de dar una última oportunidad para no ser ejecutado.

La presión era inmensa, pero también lo era la oportunidad.

Inmediatamente, puso en marcha la maquinaria.

Envió correos electrónicos a los jefes de departamento, convocó reuniones de emergencia con el equipo de seguridad informática.

La noticia de una «auditoría interna masiva por una grave brecha de seguridad» se extendió por la Corporación Montalbán como un virus.

El ambiente en la empresa se volvió tóxico.

Los empleados se miraban con desconfianza.

Las conversaciones en los pasillos cesaron.

Todos eran sospechosos.

Julián, con su encanto convertido en una herramienta de interrogación, se movía entre ellos como un confesor oscuro, extrayendo miedos, lealtades y pequeñas traiciones.

Estaba sembrando el terror, tal y como Alberto le había ordenado.

Pero mientras lo hacía, una parte de él estaba enfocada en el premio mayor.

En Camila.

Revisó sus movimientos, sus horarios de clase, sus amistades.

Se dio cuenta de que no sabía nada de su vida real, de sus miedos, de sus necesidades.

Y decidió que eso iba a cambiar.

Esa noche, usó a su investigador privado no para vigilarla, sino para investigar al único miembro del «equipo de defensa» que aún no había tocado: Ana, la experta en patentes.

A la mañana siguiente, tenía la información que necesitaba.

El padre de Ana.

Un ingeniero de mantenimiento en Quim-Tec.

Julián se recostó en su silla y sonrió.

No tenía pruebas de que Ana o su padre fueran la fuente, pero no las necesitaba.

La simple conexión era suficiente.

Tenía a su primer chivo expiatorio para la caza de brujas.

Y, lo que era más importante, tenía una nueva forma de herir a Camila.

No atacándola a ella directamente, sino a la gente inocente que ella había arrastrado a su guerra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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