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La Sombra que Fui - Capítulo 37

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  4. Capítulo 37 - 37 Jaque a la reina
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37: Jaque a la reina 37: Jaque a la reina La llamada de su madre llegó un miércoles por la tarde, justo cuando Camila salía de una clase particularmente densa sobre derecho contractual.

El tono de su voz en el teléfono no era el habitual de decepción gélida; era imperativo, autoritario.

—Tu tío quiere verte.

En la casa.

Esta noche.

La cena es a las ocho.

No es una invitación.

Camila supo inmediatamente que algo grave había sucedido.

El escándalo de Quim-Tec había sido demasiado grande.

La tregua tácita, la guerra fría que habían mantenido, había terminado.

Iba a entrar en la boca del lobo.

Llegó a la mansión de su tío a las ocho en punto.

La atmósfera era aún más opresiva de lo habitual.

No la condujeron al comedor, sino al despacho de Alberto, una estancia revestida de madera oscura y libros de derecho encuadernados en piel que nunca nadie leía.

Alberto estaba sentado detrás de su imponente escritorio de caoba.

Su madre estaba de pie junto a la ventana, dándole la espalda.

Y Julián estaba allí, recostado contra una estantería, con una expresión de calculada neutralidad.

Su presencia lo confirmó todo: esto era una ejecución.

—Camila, querida.

Gracias por venir —dijo su tío, su voz tan suave que resultaba amenazante—.

Siéntate.

Ella permaneció de pie.

—Prefiero estar de pie, gracias.

Alberto sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Como quieras.

Iré directo al grano.

Nuestra familia y nuestra empresa están siendo atacadas.

Un ataque vil, cobarde, basado en documentos robados y mentiras.

—Fijó su mirada en ella—.

¿Sabes algo al respecto?

—Solo lo que he leído en la prensa —respondió Camila, su voz un témpano de hielo—.

Parece que la gestión de una de tus plantas químicas es, como mínimo, negligente.

Su madre se giró de golpe, su rostro una máscara de furia.

—¿Cómo te atreves?

¿Hablarle así al hombre que ha cuidado de ti desde que tu padre murió?

—Un hombre que también se ha cuidado muy bien a sí mismo con el legado de mi padre —replicó Camila, sin retroceder.

Alberto levantó una mano, silenciando a su hermana.

—Ya basta.

No estamos aquí para discutir.

Estamos aquí para poner fin a tus infantiles actos de rebelión.

—Señaló a Julián—.

Julián ha estado llevando a cabo una investigación interna.

Y ha encontrado cosas… muy interesantes.

Por ejemplo, una curiosa conexión entre una de tus nuevas amigas, una tal Ana, y un ingeniero de mantenimiento de Quim-Tec.

Su padre, para ser exactos.

Una coincidencia extraordinaria, ¿no te parece?

El corazón de Camila dio un vuelco.

Habían encontrado la conexión.

Sabía que negar sería inútil.

—Ana no tiene nada que ver con esto.

—Oh, no te preocupes.

No vamos a tocar a la chica.

Ni a su padre —dijo Alberto, y aquí vino el golpe—.

El señor se jubila la próxima semana.

Con una pensión completa y generosa.

Un agradecimiento por sus treinta años de leal servicio.

Sería una lástima que esa lealtad se pusiera en duda en el último momento, ¿verdad?

La amenaza era tan sutil como una guillotina.

Estaban usando al padre de Ana como rehén.

Si Camila hacía un movimiento más, lo destruirían.

—Entiendo —dijo Camila, su voz apenas un susurro.

—Me alegro —dijo Alberto, recostándose en su silla—.

Pero entender no es suficiente.

Necesito garantías de que esta guerra que has declarado ha terminado.

Y como pareces no responder a la razón, tendremos que usar un lenguaje que sí entiendas.

Hizo un gesto a Julián, quien se enderezó y dejó una carpeta sobre el escritorio.

Era la misma carpeta que Camila le había visto coger en la oficina de Alberto.

—Hemos revisado tu situación financiera, Camila —dijo Julián, tomando la palabra por primera vez.

Su tono era profesional, distante, como el de un médico dando un diagnóstico terminal—.

Vives de una asignación mensual y usas tarjetas de crédito vinculadas a la cuenta familiar.

Una cuenta controlada por tu tío.

Camila sintió un nudo de hielo en el estómago.

Sabía a dónde iba esto.

—A partir de este momento —continuó Alberto, retomando el control—, esa asignación queda suspendida.

Todas tus tarjetas de crédito han sido canceladas.

El acceso a cualquier fondo familiar te ha sido revocado.

Fue como si le quitaran el suelo bajo los pies.

Había sido tan estúpida.

Tan concentrada en la gran estrategia, que había olvidado la logística más básica de su propia supervivencia.

—Estás sola, Camila —dijo su madre, su voz ahora cargada de un frío triunfo—.

A ver cuánto dura tu independencia cuando no puedas pagar ni un café.

El pánico amenazó con ahogarla, pero lo reprimió con todas sus fuerzas.

No les daría la satisfacción de verla derrumbarse.

—¿Y qué esperan que haga?

—preguntó, su voz temblando ligeramente a pesar de sus esfuerzos—.

¿Que venga a suplicarles?

—No, esperamos que seas inteligente —dijo Alberto—.

Te ofrecemos una salida.

Una oportunidad para volver al redil.

La puerta del despacho se abrió y entró Esteban, su primo, con una sonrisa arrogante en el rostro.

A su lado, un joven que Camila no reconoció, de aspecto pulcro y mirada vacía.

—Este es Rodrigo Fuentes —dijo su tío, presentando al desconocido—.

El hijo de nuestro socio en el proyecto de Brasil.

Un joven de excelente familia y gran futuro.

Su madre se acercó a ella, su voz ahora melosa, como el veneno cubierto de miel.

—Tu tío y yo hemos pensado que sería una alianza maravillosa.

Rodrigo está buscando una esposa.

Un compromiso ahora, una boda después de la graduación… —Se te devolverá el acceso a tus fondos, por supuesto —añadió Alberto, como si fuera un detalle menor—.

Y abandonarás esa absurda carrera de Derecho para volver a Administración, donde perteneces.

A cambio, todos estos… malentendidos… quedarán olvidados.

La trampa era perfecta.

No solo la asfixiaban financieramente.

Le ofrecían una jaula de oro como única salida.

Querían comprarla, casarla, anularla.

Convertirla de nuevo en la marioneta que una vez fue.

Camila miró los rostros que la rodeaban.

La codicia satisfecha de su tío.

El triunfo cruel de su madre.

La arrogancia estúpida de su primo.

La fría indiferencia de Julián, que la observaba como si fuera un problema matemático que finalmente había resuelto.

Sintió náuseas.

—Denme tiempo para pensarlo —dijo, su voz sorprendentemente firme.

Necesitaba salir de esa habitación antes de ahogarse.

Alberto sonrió.

—Por supuesto, querida.

Tienes hasta el final de la semana, cuando vence el pago de tu matrícula.

Toma la decisión correcta.

Camila se dio la vuelta y salió del despacho sin mirar a nadie más.

Caminó por los pasillos silenciosos de la mansión, cada paso un eco de su propia derrota.

Al llegar a la puerta principal, Julián apareció a su lado.

—No tenías por qué llevar las cosas tan lejos, Camila —dijo en voz baja, como si estuviera intentando consolarla.

Ella se detuvo y lo miró, y en sus ojos ya no había odio, solo un vacío infinito.

—Dile a mi tío que puede quedarse con su dinero y con su jaula de oro.

Julián frunció el ceño, confundido.

—¿Y qué harás?

¿De qué vas a vivir?

Una sonrisa amarga y rota se dibujó en los labios de Camila.

—No lo sé.

Pero prefiero morir de hambre en libertad que vivir un solo día más como una de ustedes.

Salió a la noche fría, dejando a Julián solo en el umbral, perplejo por una reacción que no encajaba en sus cálculos.

Habían acorralado a la reina, le habían quitado todas sus defensas.

No entendían que, a veces, cuando a una reina no le queda nada que perder, es cuando se vuelve más peligrosa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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