La Sombra que Fui - Capítulo 38
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38: El precio de la libertad 38: El precio de la libertad El apartamento nunca le había parecido tan pequeño.
Camila cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie en la penumbra, sin encender las luces.
Afuera, la ciudad brillaba con sus miles de ventanas iluminadas, vidas ajenas que seguían su curso indiferentes a su derrumbe personal.
Se dejó caer en el sofá, aún con el abrigo puesto.
El frío de la noche se había colado en sus huesos y no parecía querer marcharse.
Con manos temblorosas, sacó su billetera y la vació sobre la mesita de centro.
Tres billetes arrugados, algunas monedas.
Contó: setenta y tres dólares.
Era todo lo que le quedaba en efectivo.
Abrió su aplicación bancaria en el teléfono.
El saldo de su cuenta corriente parpadeaba en rojo: 127 dólares.
Doscientos en total.
Eso era todo su patrimonio en ese momento.
Hizo un cálculo mental rápido y brutal.
Alquiler: ya pagado hasta fin de mes, le quedaban dos semanas.
Comida: si era extremadamente austera, quizás cincuenta dólares la semana.
Transporte: podía caminar a la universidad.
Pero la matrícula…
la matrícula del próximo semestre vencía en cinco días.
Cinco mil doscientos dólares que no tenía.
Una notificación brilló en su pantalla.
Era un recordatorio automático de la universidad: «Estimada estudiante: Le recordamos que el pago de matrícula vence el 30 de este mes.
Los estudiantes que no completen el pago serán dados de baja automáticamente.
Oficina de Administración.» Camila dejó caer el teléfono sobre el sofá como si quemara.
Cerró los ojos con fuerza, intentando contener las lágrimas de rabia y frustración que amenazaban con desbordarse.
No había llorado desde su regreso al pasado.
Ni siquiera cuando Julián la traicionó en su vida anterior.
Había convertido el dolor en furia, la desesperación en determinación.
Pero ahora, en la oscuridad de su apartamento vacío, sintió que ese muro de acero que había construido alrededor de su corazón comenzaba a agrietarse.
Por primera vez desde que había despertado en el pasado, consideró la posibilidad de que podría perder.
No contra Julián.
No contra su tío.
Sino contra la realidad más básica y cruel: la falta de dinero.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de su madre.
—Espero que reconsideres tu decisión.
Rodrigo es un buen partido.
Tu tío solo quiere lo mejor para ti.
No seas terca.
Tienes hasta el viernes.
Camila leyó el mensaje tres veces.
Cada palabra era una cadena disfrazada de seda.
«Un buen partido».
Como si ella fuera una yegua de cría.
«Lo mejor para ti».
Lo mejor para ellos, querría decir.
Una Camila domesticada, casada, neutralizada.
Su dedo se cernió sobre el botón de respuesta.
Sería tan fácil.
Un simple «Está bien» y todo volvería a la normalidad.
Tendría dinero, seguridad, acceso a los recursos de la familia.
Podría continuar su investigación desde dentro, más protegida…
—Mentirosa —se dijo a sí misma.
Si aceptaba, no habría más investigación.
La encerrarían en una jaula de oro y tirarían la llave.
La Camila rebelde desaparecería, reemplazada por la esposa obediente de Rodrigo Fuentes, un hombre cuyo rostro apenas recordaba y cuyo nombre ya le provocaba náuseas.
Recordó su vida anterior.
Así había empezado todo.
Con pequeñas concesiones.
«Solo por ahora.
Hasta que encuentre el momento adecuado.
No puedo arriesgarme a perderlo todo».
Y así, concesión tras concesión, había entregado su alma hasta que no quedó nada de ella.
Borró el mensaje sin responder.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
Su reflejo en el cristal era el de un fantasma: pálida, delgada, con ojeras que ninguna cantidad de maquillaje lograba ocultar.
Pero sus ojos…
sus ojos ardían con una furia que reconocía de su otra vida, de esa última noche en la celda cuando había jurado que si tenía una segunda oportunidad, no desperdiciaría ni un solo día siendo una víctima.
«Prefiero morir de hambre en libertad que vivir un solo día más como una de ustedes».
Las palabras que le había dicho a Julián resonaron en su mente.
Habían sido dichas en el calor del momento, un último acto de desafío.
Pero ahora, sola en su apartamento, se dio cuenta de que lo había dicho en serio.
Su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era Lucía.
—¿Cómo fue?
¿Sigues viva?
Camila sonrió a pesar de todo.
Lucía siempre sabía cuándo estaba en problemas, incluso cuando no se lo decía.
Sus dedos volaron sobre el teclado.
—Viva, sí.
Pero acorralada.
¿Puedo llamarte?
La respuesta fue inmediata.
—Estoy en mi apartamento.
Ven.
Tengo vino barato y palomitas de microondas.
Traes la crisis existencial, yo pongo el hombro para llorar.
Media hora después, Camila estaba sentada en el destartalado sofá de Lucía, con una copa de vino tinto en la mano y la historia completa saliendo de sus labios.
La verdad completa y brutal.
Le contó sobre el corte de fondos, sobre la propuesta de matrimonio arreglado, sobre los cinco días que le quedaban antes de ser expulsada de la universidad.
Le mostró el saldo de su cuenta bancaria con una vergüenza que no había sentido en años.
Lucía escuchó en silencio, su rostro pasando por una gama de expresiones: furia, incredulidad, y finalmente, una determinación feroz.
—Hijos de puta —fue lo primero que dijo cuando Camila terminó—.
Hijos de puta manipuladores, cobardes y asquerosos.
—Resume bastante bien la situación —dijo Camila con una risa amarga.
—¿Y qué vas a hacer?
Camila se quedó mirando el vino en su copa, viendo su reflejo distorsionado en el líquido oscuro.
—No lo sé.
Por primera vez desde que…
desde que empezó todo esto, no tengo un plan.
—Mentira —dijo Lucía, con esa franqueza brutal que era su sello personal—.
Tienes un plan.
Solo que te da miedo admitirlo porque es arriesgado y loco y probablemente estúpido.
Pero lo tienes.
Te conozco, Cami.
Así que dime: ¿cuál es el plan suicida que estás considerando?
Camila levantó la vista, encontrándose con los ojos desafiantes de su amiga.
Y ahí, en la seguridad de ese apartamento desordenado que olía a incienso y rebeldía, dijo en voz alta lo que había estado gestándose en su mente desde que salió de la mansión de su tío.
—Voy a acelerar todo.
Ya no puedo permitirme jugar a largo plazo.
Voy a reunirme con Adrián, el periodista.
Le voy a dar partes de la historia, suficiente para que publique algo grande.
Los periódicos pagan por información así.
No será mucho, pero será suficiente para sobrevivir un poco más.
—¿Y la matrícula?
—Voy a pedir un préstamo estudiantil.
De emergencia.
La universidad los ofrece para casos extremos.
Tendré que demostrar que soy financieramente independiente de mi familia.
—Hizo una pausa—.
Lo cual, técnicamente, ahora es cierto.
Lucía silbó bajo.
—Es arriesgado.
Si le das información a ese periodista, tu tío sabrá que fuiste tú.
Ya no habrá vuelta atrás.
—Ya no la hay de todas formas —dijo Camila—.
Me han cortado las cadenas pensando que eso me traería de vuelta arrastrándome.
No entienden que acaban de liberarme.
Ahora no tengo nada que perder.
Y eso, Lucía, me hace mucho más peligrosa de lo que nunca he sido.
Lucía la estudió un largo momento, luego levantó su copa.
—Entonces brindemos.
Por la pobreza, la libertad y la dulce, dulce venganza.
Camila chocó su copa contra la de Lucía, y por primera vez en toda la noche, sintió una chispa de esperanza real.
No la esperanza ingenua de que todo saldría bien.
Sino la esperanza feroz de que, aunque todo se fuera al infierno, ella arrastraría a sus enemigos consigo.
El teléfono de Camila vibró de nuevo.
Era un mensaje de un número desconocido.
Lo abrió y el corazón le dio un vuelco.
—Tu mensaje de urgencia me intriga.
Nos vemos mañana, 10 AM, cafetería del puerto.
Trae lo que sea que encontraste.
Y Camila…
sí, sé tu nombre.
Si me haces perder el tiempo, esta será nuestra última conversación.
A.S.
Adrián Soto.
El periodista sabía su identidad.
Por supuesto que la sabía.
Era su trabajo.
La pregunta era: ¿qué haría con esa información?
—¿Malas noticias?
—preguntó Lucía, notando su expresión.
—No.
Buenas, creo.
—Camila releyó el mensaje—.
El periodista quiere verme mañana.
Oficialmente.
—¿Y qué le vas a dar?
—No todo.
Nunca todo.
—Camila abrió la mochila que había traído consigo.
Dentro estaba el diario de Ronaldo Ferrer, envuelto en una bolsa de plástico como si fuera una reliquia sagrada—.
Pero le voy a dar suficiente para que publique la historia más grande de su carrera.
Y que me pague por el privilegio.
Lucía miró el diario con una mezcla de reverencia y miedo.
—Eso va a desatar el infierno, ¿lo sabes, verdad?
—El infierno ya está desatado —respondió Camila—.
Yo solo voy a asegurarme de que no sea la única que arde.
Esa noche, Camila no durmió en su apartamento.
Se quedó en el sofá de Lucía, no por miedo, sino por la necesidad de no estar sola con sus pensamientos.
En la oscuridad, escuchando la respiración suave de su amiga en la habitación contigua, Camila sacó su teléfono.
Abrió un documento nuevo.
No era para Adrián.
Era para ella misma.
Una lista de sus siguientes pasos.
Era ambiciosa.
Era probablemente imposible.
Pero era un plan.
Y un plan, por loco que fuera, era mejor que la rendición.
Guardó el teléfono y cerró los ojos.
Mañana comenzaría su vida como una fugitiva financiera.
Sin red de seguridad.
Sin el apellido Montalbán protegiéndola.
Solo su ingenio, su determinación y un pequeño círculo de aliados tan locos como ella.
Su último pensamiento antes de quedarse dormida fue una sonrisa.
Se imaginó el rostro de su tío cuando leyera el próximo artículo de Adrián.
La sorpresa.
La furia.
El miedo de saber que su sobrina ya no era una pieza en su tablero, sino una jugadora completamente fuera de su control.
«Gracias por liberarme, tío Alberto», pensó.
«Acabas de crear a tu peor enemiga».
A las 9:45 de la mañana siguiente, Camila estaba frente a la cafetería del puerto.
Era un lugar mugriento, con olor a pescado y aceite de freír.
Nada glamuroso.
Pero discreto.
Entró y vio a Adrián Soto en una mesa del fondo, con un café humeante frente a él y un cigarrillo colgando de sus labios a pesar del cartel de «No Fumar».
Cuando la vio, apagó el cigarrillo con una mueca.
—Señorita Montalbán —dijo, sin levantarse—.
Siéntate.
Y empieza a hablar antes de que me arrepienta de estar aquí.
Camila se sentó, dejó su mochila en el suelo junto a su silla y miró directamente a los ojos grises y cínicos del periodista.
—¿Qué sabes de un proyecto inmobiliario llamado San Carmelo?
Adrián arqueó una ceja.
—Proyecto de lujo de finales de los noventa.
Corporación Montalbán.
Exitoso.
Rentable.
Aburrido.
¿Por qué?
—Porque fue construido con dinero lavado.
Y porque el hombre que intentó detenerlo fue destruido, amenazado y silenciado durante veinte años.
—Sacó el diario de su mochila y lo dejó sobre la mesa—.
Esto es de Ronaldo Ferrer.
El hombre del artículo que escribiste hace dos décadas.
Adrián se quedó inmóvil.
Sus ojos se fijaron en el diario.
Lentamente, extendió la mano y lo abrió.
Leyó la primera página.
Luego la segunda.
Su expresión cambió.
—Mierda —dijo simplemente.
—Hay más.
Mucho más.
Pero necesito que hablemos de dinero primero.
Adrián cerró el diario y la miró.
—¿Cuánto necesitas?
—Cinco mil para la matrícula.
Otros dos mil para vivir el próximo mes.
Y quiero un contrato que me garantice pagos por cada pieza de información verificable que te dé.
—Eso no es cómo trabajo normalmente.
—No es una negociación normal.
Adrián se recostó en la silla, estudiándola.
Luego soltó una risa corta.
—Tu tío te cortó los fondos, ¿verdad?
Por eso la urgencia.
Camila no respondió.
No necesitaba hacerlo.
—Está bien —dijo Adrián, sacando su teléfono—.
Pero si me estás mintiendo, si esto es una trampa o información falsa, no solo perderás el dinero.
Me aseguraré de que tu nombre quede tan quemado que ni una revista de chismes te contratará como pasante.
—No es falsa.
Puedes verificar cada palabra.
—Lo haré.
—Tecleó algo en su teléfono—.
Te adelanto tres mil ahora.
Lo demás cuando verifique que esto es real.
¿Trato?
Camila extendió la mano.
Adrián la estrechó.
Su apretón era firme, áspero, el de un hombre que había pasado años en trincheras periodísticas.
—Dame tres días —dijo él, guardando el diario en su maletín—.
Y Camila, una cosa más.
—¿Qué?
—Tu tío es un hombre peligroso.
Cuando esto salga, no habrá vuelta atrás.
¿Estás segura de que quieres hacerlo?
Camila pensó en la jaula de oro que le habían ofrecido.
En Rodrigo Fuentes y su mirada vacía.
En los veinte años de silencio de Laura Sánchez.
En su padre, atrapado entre la codicia de su hermano y su propia debilidad.
—Completamente segura.
Adrián asintió.
—Entonces bienvenida al lado oscuro del periodismo.
Nos vemos en tres días.
Salió de la cafetería sin mirar atrás.
Camila se quedó sentada, mirando la taza de café que había pedido pero no tocado.
Su teléfono vibró.
Era la notificación de transferencia bancaria: tres mil dólares.
Sintió que podía respirar de nuevo.
Pagó el café y salió al sol brillante del mediodía.
Tenía una cita en la oficina de ayuda financiera de la universidad en una hora.
Y después, tendría que reunir a su equipo y decirles que la guerra acababa de volverse muy, muy real.
Caminó hacia la parada del autobús, con la mochila más ligera pero los hombros más pesados.
Había cruzado una línea.
Ya no era solo una investigadora buscando justicia para su padre.
Era una informante, una traidora a su propia familia, una enemiga declarada de uno de los hombres más poderosos de la ciudad.
Y por primera vez en mucho tiempo, se sentía completamente libre.
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