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La Sombra que Fui - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - 39 Lealtades
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39: Lealtades 39: Lealtades En la oficina de ayuda financiera de la universidad, Camila tomó un número de la máquina dispensadora: 47.

El panel luminoso marcaba el 32.

Calculó que tendría que esperar al menos una hora.

Se sentó en una de las sillas de plástico duro y miró a su alrededor.

Había estudiantes de todas las edades: algunos claramente recién salidos del instituto, otros mayores, con rostros cansados de quienes trabajaban y estudiaban a la vez.

Todos compartían la misma expresión de ansiedad contenida.

Camila nunca había estado en esa oficina.

En su vida anterior, el dinero simplemente…

aparecía.

Las matrículas se pagaban solas, las tarjetas nunca se negaban.

Había vivido en una burbuja de privilegio tan completa que ni siquiera sabía que existían préstamos de emergencia hasta que Lucía se lo mencionó.

Ahora estaba aquí, con trescientos dólares en su cuenta (había apartado doscientos de los tres mil de Adrián para comida y emergencias) y una solicitud de préstamo impresa que temblaba ligeramente en sus manos.

—Número cuarenta y siete —llamó una voz monótona desde uno de los cubículos.

Camila se levantó y caminó hacia la ventanilla.

La funcionaria era una mujer de mediana edad, con gafas colgando de una cadena y una expresión que sugería que había visto demasiados dramas estudiantiles como para sorprenderse por nada.

—Buenos días.

Vengo a solicitar un préstamo de emergencia —dijo Camila, entregando el formulario.

La mujer lo tomó sin mirarla y comenzó a teclear en su computadora.

—Nombre completo.

—Camila Montalbán.

Los dedos de la mujer se detuvieron sobre el teclado.

Levantó la vista, sus ojos recorriendo el rostro de Camila con una nueva atención.

—¿Montalbán?

¿De la Corporación Montalbán?

Camila sintió un escalofrío.

Aquí venía.

—Sí, pero…

—Según nuestros registros, usted tiene una cuenta familiar que cubre todos sus gastos universitarios —interrumpió la funcionaria, su tono ahora ligeramente acusador—.

Los préstamos de emergencia son para estudiantes con necesidad financiera demostrable.

No para…

Se detuvo, pero la implicación era clara.

No para niñas ricas jugando a ser pobres.

—Esa cuenta fue cerrada —dijo Camila, manteniendo la voz firme—.

Ya no tengo acceso a fondos familiares.

Por eso necesito el préstamo.

La mujer la miró con escepticismo, luego suspiró.

—Necesitaré documentación.

Extractos bancarios de los últimos tres meses, una carta de su tutor legal explicando la situación financiera, prueba de que ya no depende de…

—No tengo un tutor legal.

Soy mayor de edad.

Y la situación cambió hace menos de veinticuatro horas —la interrumpió Camila, sintiendo la desesperación en su garganta—.

Mi tío controló mis fondos y los cortó.

No hay carta.

No hay aviso previo.

Solo…

me dejó sin nada.

La funcionaria la estudió un largo momento.

Había visto muchas historias en esa oficina.

Padres que perdían trabajos, familias que se desmoronaban, estudiantes que de repente se encontraban solos.

Pero una Montalbán pidiendo caridad…

eso era nuevo.

—Mire —dijo la mujer, su tono suavizándose apenas una fracción—.

Entiendo que su situación es…

complicada.

Pero el proceso es el proceso.

Sin documentación, no puedo aprobar nada.

Y aunque la tuviera, el comité de revisión tarda al menos dos semanas en…

—No tengo dos semanas.

Tengo tres días antes de que me den de baja —dijo Camila, y esta vez no pudo ocultar el temblor en su voz.

La funcionaria apartó la mirada, incómoda.

Tecleó algo más.

—Lo siento.

De verdad.

Pero no puedo hacer excepciones.

Si quiere, puede apelar a…

—Está bien —la cortó Camila, tomando de vuelta su formulario—.

Gracias por su tiempo.

Salió de la oficina sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.

Tres mil dólares no eran suficientes.

Necesitaba cinco mil doscientos para la matrícula.

Y los otros dos mil que Adrián le debía llegarían solo cuando verificara la información, lo cual podría tomar días, tal vez semanas.

Se apoyó contra una pared en el pasillo desierto, cerrando los ojos.

Por primera vez, la magnitud real de lo que había hecho la golpeó con fuerza.

Había quemado todos sus puentes.

No había vuelta atrás.

Y ahora, incluso su plan de supervivencia tenía agujeros del tamaño de cráteres.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje grupal de Teo.

—Reunión de emergencia del Equipo de Defensa.

Biblioteca, sala 3B, 4 PM.

Tenemos que hablar del Proyecto Centurión.

Julián se está moviendo.

Camila miró la hora.

Eran las 2:30.

Tenía una hora y media para recomponerse, para volver a ponerse la máscara de la líder invencible.

Pero estaba tan cansada de las máscaras.

A las 4:05, Camila entró en la sala 3B.

Todos estaban ya allí: Teo, David, Ana y Lucía.

Faltaba Leo, por supuesto.

Su ausencia era un agujero negro en el grupo.

—Llegas tarde —dijo Teo, pero su tono era suave, preocupado—.

¿Todo bien?

—No —respondió Camila, y la palabra salió antes de que pudiera detenerla.

Todos la miraron.

Lucía le hizo un gesto para que se sentara.

Camila dejó su mochila en el suelo y se dejó caer en una silla.

—Antes de que hablemos del Proyecto Centurión, hay algo que necesito decirles —comenzó, su voz más baja de lo habitual—.

Algo sobre mí.

Sobre mi situación real.

Durante los siguientes diez minutos, Camila les contó todo.

No la versión editada.

No la historia de la heredera jugando a la rebelde.

Les contó sobre el ultimátum de su tío, sobre el corte de fondos, sobre el matrimonio arreglado que había rechazado.

Les contó sobre Adrián y el diario de Ronaldo.

Les contó que estaba, literalmente, quebrada y que podría ser expulsada de la universidad en tres días.

El silencio que siguió fue denso y largo.

—Mierda —dijo Teo finalmente—.

Mierda, Cami.

¿Por qué no nos lo dijiste antes?

—Porque no quería que se sintieran obligados a ayudarme.

Porque esta es mi guerra, no la de ustedes —respondió ella—.

Por eso los reuní.

Para darles una salida.

El Proyecto Centurión…

ya no importa.

Es solo un juego.

Pero lo que estoy haciendo con Adrián, lo de mi tío…

eso es real.

Y es peligroso.

Si se quedan conmigo, van a convertirse en objetivos.

Julián ya lo demostró con Teo y con Ana.

Ana se estremeció visiblemente al escuchar su nombre.

—Mi padre se jubila la semana que viene —dijo en voz baja—.

Lo van a dejar ir en paz solo porque tú…

porque dejaste de atacar.

—Lo sé.

Y lo siento —dijo Camila, mirándola directamente—.

Los he usado.

Los he puesto en peligro sin ser completamente honesta sobre los riesgos.

Por eso les doy la opción de irse ahora.

Sin resentimientos.

Sin culpa.

David fue el primero en hablar.

—¿Nos estás despidiendo?

—Les estoy dando una salida —corrigió Camila.

—Suena a lo mismo —dijo David, cruzándose de brazos—.

¿Y si no queremos esa salida?

—Entonces necesito que entiendan lo que significa quedarse.

No estamos hablando de debates universitarios o de estrategias simuladas.

Estamos hablando de ir contra uno de los hombres más poderosos de la ciudad.

Estamos hablando de que podrían perder becas, oportunidades de trabajo, tal vez algo peor.

Teo soltó una risa sin humor.

—Cami, me acusaron falsamente de plagio.

Casi pierdo mi beca.

Mi futuro entero estuvo en una cuerda floja durante una semana.

Y tú…

—señaló hacia ella con el dedo— tú luchaste por mí como si fuera tu propia guerra.

No me pediste permiso.

No me diste una salida.

Simplemente lo hiciste.

—Eso es diferente.

Yo te metí en eso.

—Exacto.

Y ahora estás en problemas.

Así que no, no voy a tomar tu «salida» —dijo Teo, y había una fiereza en su voz que Camila nunca había escuchado—.

Nos dijiste que éramos un equipo.

Los equipos no abandonan.

David asintió.

—Además, ya invertí demasiadas horas de investigación en esto.

Sería un desperdicio irme ahora que se está poniendo interesante.

Era su forma de decir que se quedaba.

Camila sintió un nudo en la garganta.

Ana, sin embargo, permanecía en silencio, mirando sus manos.

Todos los ojos se volvieron hacia ella.

—Ana, está bien si te quieres ir —dijo Camila suavemente—.

Tu padre…

—Mi padre ya pagó un precio —interrumpió Ana, levantando la vista—.

Durante treinta años trabajó en esa planta.

Vio cosas.

Cosas que sabía que estaban mal.

Pero nunca dijo nada porque tenía miedo.

Miedo por mí, por mi educación.

—Hizo una pausa—.

Cuando le conté lo que estábamos haciendo, lo de la investigación…

por primera vez en años, lo vi sonreír de verdad.

Me dijo: «Al menos alguien tiene el coraje de hacerlo».

Se limpió una lágrima que amenazaba con caer.

—Así que no.

No me voy.

Mi padre se jubila en paz porque tú lo protegiste.

Es mi turno de protegerte a ti.

Camila no supo qué decir.

La lealtad, ese concepto que había aprendido a desconfiar, estaba frente a ella, tangible y real.

Lucía, que había estado observando en silencio, se levantó y puso una mano en el hombro de Camila.

—Ya escuchaste a tu equipo, Capitana.

Estamos contigo.

Así que deja de intentar salvarnos y empieza a decirnos cómo vamos a salvar tu trasero.

Porque en tres días pierdes la matrícula, y eso no va a pasar.

—No tengo el dinero —dijo Camila simplemente—.

El préstamo de emergencia fue rechazado.

Adrián me pagó tres mil, pero necesito cinco mil doscientos.

No hay forma de…

—Yo tengo mil doscientos —interrumpió Teo.

Todos se giraron hacia él.

—Son mis ahorros.

Para un viaje a Europa el próximo verano.

Pero puedo posponerlo.

—Teo, no puedo…

—No te estoy preguntando —la cortó él—.

Te estoy diciendo.

Mil doscientos.

¿Cuánto falta?

—Mil —dijo David—.

Yo tengo mil.

Es el dinero que gané haciendo páginas web freelance.

Iba a comprarme una computadora nueva, pero la mía todavía funciona.

Ana buscó en su bolso y sacó su chequera.

—Quinientos.

Es todo lo que tengo en mi cuenta, pero es tuyo.

Camila los miró a todos, incapaz de procesar lo que estaba sucediendo.

—No puedo aceptar su dinero.

No puedo…

—No es un regalo —dijo Lucía—.

Es una inversión.

Cuando destruyas a tu tío y recuperes tu herencia, nos lo devuelves con intereses.

¿Trato?

—Yo no…

no sé si voy a recuperar nada —dijo Camila, su voz quebrándose—.

Podría perderlo todo.

—Entonces perderemos juntos —dijo Teo con una sonrisa—.

Pero al menos será épico.

Por primera vez desde que había regresado al pasado, desde que había jurado venganza y construido muros alrededor de su corazón, Camila lloró frente a otras personas.

No fueron lágrimas de derrota.

Fueron lágrimas de gratitud, de alivio, de darse cuenta de que no estaba tan sola como pensaba.

Lucía le pasó un pañuelo de papel.

—Suficiente drama.

Ahora, hablemos de cómo vamos a ganar esta guerra.

Esa noche, Camila hizo cuatro transferencias bancarias.

Devolvería cada centavo, se juró a sí misma.

Con intereses.

A las 11 PM, caminando de vuelta a su apartamento bajo la luz de las farolas, recibió un mensaje de un número desconocido.

—Información verificada.

Es real.

Publico mañana.

Los otros dos mil están en camino.

Prepárate, Montalbán.

Vas a necesitar un casco.

—A.S.

Camila se detuvo en medio de la acera.

Mañana.

La segunda bomba explotaría mañana.

Guardó el teléfono y siguió caminando.

El aire de la noche era frío, pero por primera vez en días, no se sentía sola en la oscuridad.

Tenía un equipo.

Tenía un plan.

Y tenía una historia que estaba a punto de sacudir los cimientos de un imperio.

El viernes pagaría su matrícula.

Y el lunes, cuando el artículo de Adrián saliera, su tío sabría que ya no estaba jugando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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