La Sombra que Fui - Capítulo 4
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4: El club de debate 4: El club de debate La primera clase de Derecho Corporativo fue como meterse en una sauna llena de tiburones con corbata.
Camila se sentó en la última fila, como siempre hacía —no por timidez, sino porque desde ahí podía verlo todo sin que nadie la viera—.
El profesor, un tipo de bigote gris y voz de locutor de documentales bélicos, soltó un discurso sobre la «ética en los contratos» que sonaba más como una advertencia disfrazada de lección.
—En este salón —dijo, apoyando las manos sobre el escritorio—, aprenderán a escribir cláusulas que pueden salvar imperios…
o hundirlos.
La ley no es justa ni injusta.
Es un cuchillo.
Depende de quien lo sostenga.
Camila tomó nota.
No de las palabras.
De la actitud.
Este hombre no era un profesor, era un general entrenando soldados para una guerra silenciosa y eso le gustó.
Cuando sonó el timbre, los estudiantes se levantaron como resorte, ansiosos por escapar del sermón.
Camila se quedó sentada un momento, ordenando sus papeles, dejando que la marea humana se llevara el ruido antes de moverse.
—¿Te quedaste dormida o planeas conquistar el mundo desde ese pupitre?
La voz de Lucía la sacó de su trance.
Estaba recostada en el marco de la puerta, mordiendo una goma de mascar con cara de aburrimiento.
—Un poco de ambas —respondió Camila, cerrando su cuaderno con una sonrisa cansada.
—Perfecto.
Porque el club de debate empieza en veinte minutos y necesito que me cubras las espaldas.
Hay un tipo de último año que cree que Marx era un influencer y quiere «desmontar el sistema desde el micrófono».
Voy a dejarlo en ridículo, pero necesito testigos que graben su caída.
Camila rio, genuinamente.
Qué bien se sentía reír sin calcular las consecuencias.
—¿Y por qué yo?
¿No tienes otros cómplices?
Lucía se encongió de hombros.
—Tú eres la única que no se asusta cuando hablo en serio.
Además —añadió, bajando la voz—, vi cómo le plantaste cara a Traje Caro esta mañana.
Me gustan las personas que no se dejan pisotear.
Camila sintió un escalofrío.
No por el cumplido.
Por lo que implicaba: alguien la estaba viendo.
Alguien realmente la estaba viendo.
…
El salón del club de debate olía a café barato, sudor nervioso y ambición mal disimulada.
Las paredes estaban llenas de afiches desgastados con frases como «La palabra es tu arma» y «Si no puedes convencer, confunde».
En el centro, una mesa larga rodeada de sillas desparejas.
Y al frente, un podio de madera que parecía haber sobrevivido a varias guerras ideológicas.
Lucía se instaló como si fuera su trono.
Camila eligió un asiento en la esquina, cerca de la salida —por si las cosas se ponía feas.
Entraron más estudiantes.
Algunos con carpetas perfectamente organizadas, otros con libretas llenas de garabatos.
Un chico con gafas gruesas intentó abrir una discusión sobre la privatización del agua antes de que empezara la sesión oficial.
Nadie le hizo caso.
Entonces, entró él, Julián.
No caminaba.
Avanzaba, como si el suelo supiera que debía cederle el paso.
Llevaba una chaqueta ligera, el cabello ligeramente despeinado —calculado, sin duda—, y una sonrisa que prometía encanto y peligro en partes iguales.
Varios murmullos lo siguieron.
—Sacó matrícula de honor en Economía —comentaba otro.
—Dicen que ya tiene contactos en el ministerio —susurró una chica con admiración.
Él saludó con la cabeza, modesto, como si no escuchara los elogios.
Sus ojos barrieron la sala…
hasta detenerse en Camila.
Ella no apartó la mirada.
Tampoco sonrió.
Solo lo observó, como quien estudia el movimiento de una serpiente antes de decidir si aplastarla o dejarla pasar.
Julián inclinó levemente la cabeza.
Un gesto cortés.
Demasiado cortés.
Como diciendo: «Te vi, te reconozco.
Y voy a averiguar qué te pasa».
Camila respondió con un leve movimiento de cejas.
…
La sesión comenzó con un tema simple: —¿Es ético priorizar el beneficio empresarial sobre el bienestar social?
Lucía saltó al podio como boxeador al primer round.
—¡Claro que no!
—gritó, golpeando la mesa con la palma—.
Si tu empresa gana millones mientras tus empleados comen arroz con sal, no eres un empresario, ¡eres un parásito con corbata!
Risas.
Aplausos diversos.
Julián, sentado en la primera fila, cruzó las piernas y tomó notas con calma.
Cuando le tocó hablar, se levantó con elegancia, ajustó los puños de su camisa, y dijo: —Interesante postura, Lucía.
Pero dime…
¿quén financia los hospitales, las escuelas, los puestos de trabajo?
No son los discursos.
Son las empresas.
Incluso las que tú llamas «parásitos».
Sin beneficio, no hay inversión.
Sin inversión, no hay progreso.
La ética no alimenta a nadie.
El capital, sí.
Silencio incómodo.
Algunos asintieron.
Otros fruncieron el ceño.
Lucía abrió la boca para replicar, pero Julián levantó una mano, suave, casi paternal.
—No digo que debamos explotar a nadie.
Digo que el sistema funciona con incentivos.
Y si queremos cambiarlo, debemos entenderlo primero…
no quemarlo desde el odio.
Camila sintió náuseas.
Porque lo peor no era que estuviera equivocado.
Era que tenía razón.
Una verdad envuelta en veneno, presentada como solución.
Así era como Julián operaba: te daba la razón para robarte la voluntad.
De repente se levantó y todos giraron hacia ella.
Incluso Lucía, sorprendida.
Camila caminó hasta el centro, sin prisa.
No fue al podio.
Se quedó de pie, frente a todos, como si estuviera en un juicio.
—Julián tiene razón —dijo, con voz clara—.
El sistema funciona con incentivos.
Pero olvida un detalle: los incentivos se pueden rediseñar.
Hizo una pausa y miró a Julián directamente.
—No se trata de quemar el sistema.
Se trata de reescribir las reglas para que el beneficio no sea un privilegio de unos pocos, sino una herramienta para todos.
Las empresas pueden ganar millones y pagar salarios dignos.
Pueden crecer y respetar el medio ambiente.
Lo que falta no es ética…
es coraje.
Coraje para decir que no vamos a aceptar que nos vendan miseria como destino.
Se hizo un silencio total.
Luego, un aplauso.
Tímido al principio, después fuerte.
Lucía fue la primera en ponerse de pie.
Uno a uno, otros la imitaron.
Julián no aplaudió, seguía sentado, con los dedos entrelazados, mirándola como si acabara de descubrir una pieza nueva en un juego que creía dominar.
Cuando terminó la sesión, Camila recogió sus cosas en silencio.
No esperaba felicitaciones, no quería protagonismo, solo había dicho lo que pensaba, lo que sabía.
—Eso ha sido…
brutal —dijo Lucía, abrazándola en la puerta—.
¿Desde cuándo hablas así?
—Desde que aprendí que callar no salva a nadie —respondió Camila.
—¿Y Traje Caro?
Parecía que iba a devorarte con los ojos.
—Que intente —dijo Camila, encogiéndose de hombros—.
Esta vez, no soy su presa.
Pero mientras caminaban hacia la cafetería, Camila sintió esa mirada otra vez.
Julián las observaba desde la ventana del salón, inmóvil, pensativo.
No estaba enfadado, estaba intrigado.
Y eso, más que cualquier amenaza, la puso alerta.
Porque Julián no perseguía lo que odiaba, perseguía lo que no podía controlar.
…
Esa noche, en su habitación, Camila abrió su agenda.
En la página del día, escribió tres nombres: «1.
Lucía: Aliada.
(¿Confiable?) 2.
Profesor Márquez: Observar, aprender.
3.
Julián Ortega: No subestimar.
Jamás».
Debajo añadió una cuarta línea, con letra más pequeña: «Buscar información sobre las primeras inversiones de Corporación Montalbán.
Antes de que mi padre muriera.
Antes de que ellos comenzaran a mentir».
Cerró la agenda y apagó la luz.
Fuera, la luna brillaba sobre la ciudad, indiferente a las batallas que se gestaban bajo su luz.
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