La Sombra que Fui - Capítulo 40
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40: La tormenta 40: La tormenta El artículo salió a las 6:47 de la mañana de un jueves.
Camila no lo supo hasta las 7:15, cuando su teléfono comenzó a vibrar sin parar.
Abrió los ojos, desorientada, y vio la pantalla iluminada con notificaciones.
Mensajes.
Llamadas perdidas.
Alertas de noticias.
Se incorporó en la cama, el corazón ya acelerándose antes de entender completamente qué estaba pasando.
Abrió la aplicación de noticias y ahí estaba, en la portada de El Centinela Digital, con una tipografía enorme que parecía gritar desde la pantalla: «EL CASTILLO DE NAIPES: Cómo la Corporación Montalbán Construyó su Imperio sobre Amenazas, Extorsión y Dinero Sucio».
Por Adrián Soto Debajo del titular, una fotografía que Camila reconoció inmediatamente: era una de las páginas del diario de Ronaldo, la que describía la noche en que vio a Alberto Montalbán forzar a Alejandro a vender sus acciones.
Camila leyó el artículo con el corazón en la garganta.
Adrián había hecho un trabajo magistral.
No había publicado todo, por supuesto.
Había sido estratégico.
El artículo se centraba en el Proyecto San Carmelo, en Ronaldo Ferrer, en la documentación de los «inversores fantasma» y en el testimonio de un hombre que había vivido dos décadas en el exilio por miedo.
Lo más devastador era el tono.
No era sensacionalista.
Era frío, metódico, implacable.
Cada afirmación estaba respaldada por documentación.
Cada acusación, por hechos verificables.
Era periodismo de investigación en su forma más letal.
Y al final del artículo, una nota del editor: «Esta es la primera entrega de una serie de investigaciones sobre las prácticas de la Corporación Montalbán.
Más revelaciones en las próximas semanas».
Camila dejó el teléfono sobre la cama.
Sus manos temblaban.
No de miedo.
De adrenalina pura.
Lo había hecho.
Había lanzado el primer misil real contra su tío.
Ya no había vuelta atrás.
Su teléfono volvió a vibrar.
Era Lucía.
—¿Ya lo viste?
Está en TODAS PARTES.
Twitter está que arde.
#MontalbánFraude es trending topic.
Camila abrió Twitter.
Lucía no exageraba.
La historia se había vuelto viral.
Periodistas, activistas, cuentas de noticias, todos compartían el artículo.
Los comentarios eran un río de indignación, especulación y, en algunos casos, defensa corporativa de bots claramente pagados.
Pero lo importante era que la historia había salido.
Era real.
Era pública.
Y no podía ser enterrada.
Se levantó, se duchó y se vistió con manos mecánicas, su mente ya adelantándose a los próximos movimientos.
Su tío estaría furioso.
Julián estaría movilizando al equipo legal.
Su madre…
su madre probablemente ya estaría llamándola.
Como si lo hubiera invocado, su teléfono comenzó a sonar.
Era su madre.
Camila dejó que fuera al buzón de voz.
Volvió a sonar.
Y otra vez.
Y otra.
Al quinto intento, contestó.
—¿Qué?
—dijo, su voz más fría que el acero.
—¿Cómo te atreves?
—La voz de su madre era un chillido agudo de furia e histeria—.
¿Cómo te atreves a traicionar a tu propia familia?
¿Tienes idea de lo que has hecho?
—Sí.
He dicho la verdad.
—¡Has destruido nuestra reputación!
¡Has avergonzado el nombre de tu padre!
¡Eres una…!
Camila colgó.
Bloqueó el número.
Tres segundos después, su teléfono volvió a sonar.
Era un número desconocido.
No contestó.
Otro número.
Otro.
Estaban intentando llegar a ella por todos los medios.
Apagó el teléfono y el silencio que siguió fue extrañamente liberador.
… En la torre Montalbán, el infierno se había desatado.
Alberto estaba de pie en su oficina, rodeado por su equipo legal al completo: ocho abogados con trajes de tres mil dólares y expresiones de pánico mal disimulado.
En la pantalla gigante de la pared, el artículo de Adrián estaba proyectado, cada palabra una puñalada.
—Opciones —dijo Alberto, su voz peligrosamente calmada—.
Quiero opciones.
Ahora.
El jefe del departamento legal, un hombre calvo llamado Méndez, carraspeó.
—Podemos demandar por difamación.
Pedir una orden judicial para que retiren el artículo.
Presionar a El Centinela con…
—El artículo está respaldado por documentación —interrumpió Alberto—.
Una demanda solo atraerá más atención.
Y perderemos.
Siguiente.
—Podemos emitir un comunicado de prensa negando las acusaciones, acusar al periodista de tener una agenda personal, contratar una firma de relaciones públicas para…
—¿Controlar daños?
—preguntó Alberto con desdén—.
Eso es admitir que hay daños que controlar.
Siguiente.
Los abogados se miraron entre sí, ninguno quería ser el siguiente en hablar.
Julián, que había estado de pie junto a la ventana, se giró.
—Necesitamos encontrar la fuente.
Soto no escribió esto solo.
Alguien le dio acceso a documentación interna.
Documentación que solo un puñado de personas podría tener.
—¿Crees que no lo sé?
—replicó Alberto, su furia finalmente asomando—.
Mi sobrina me ha declarado la guerra abierta.
Ella es la fuente.
La pregunta no es quién, sino cómo la destruimos antes de que publique más.
—No podemos tocarla directamente —dijo Julián—.
Ahora que es una fuente periodística visible, cualquier cosa que le pase parecerá una represalia.
La convertirá en una mártir.
—Entonces no la tocamos directamente —dijo Alberto, caminando hacia su escritorio—.
Tocamos lo que le importa.
Sus amiguitos de la universidad.
Ese periodista.
Su credibilidad.
Quiero que investigues a Adrián Soto.
Su vida entera.
Sus finanzas, sus relaciones, sus secretos.
Todo el mundo tiene un punto débil.
Encuéntralo.
—¿Y Camila?
Alberto se quedó en silencio un momento, mirando por la ventana hacia la ciudad que había conquistado durante décadas.
—Camila hizo su elección.
Eligió ser mi enemiga.
Ahora aprenderá lo que eso significa.
Pero no de forma obvia.
De forma…
educativa.
—Se giró hacia Julián—.
¿Recuerdas el Proyecto Centurión?
Julián frunció el ceño, confundido por el cambio de tema.
—El caso simulado de la clase de Márquez.
¿Qué tiene que ver…?
—Todo —interrumpió Alberto con una sonrisa fría—.
Mi sobrina cree que puede jugar en dos tableros a la vez.
Su pequeña guerra académica contra ti y su guerra real contra mí.
Vamos a enseñarle que no puede ganar en ninguno de los dos.
Julián, quiero que la destruyas en ese proyecto.
Públicamente.
Que la humilles delante de toda la facultad.
Que su equipo se desmorone.
Que pierda lo poco que le queda.
—Eso es…
un juego universitario —dijo Julián, aunque una parte de él ya estaba calculando cómo hacerlo.
—No.
Es un mensaje —corrigió Alberto—.
Un mensaje de que no importa dónde se esconda, no importa qué tan lista crea que es, siempre estaremos un paso adelante.
Siempre tendremos más poder.
Más recursos.
Más control.
Hizo una pausa, su mirada volviéndose aún más oscura.
—Y cuando termine el semestre, cuando haya perdido en todos los frentes, cuando esté sola y rota…
entonces hablaremos de reconciliación.
Bajo mis términos.
… Camila llegó a la universidad a las 10 AM.
Esperaba miradas, susurros, tal vez hostilidad.
Lo que no esperaba era la multitud.
Un grupo de estudiantes de Ciencias Políticas había organizado una manifestación de apoyo al artículo de Adrián.
Cuando vieron a Camila, algunos comenzaron a aplaudir.
Otros la miraban con una mezcla de admiración y cautela, como si no estuvieran seguros de si era una heroína o una bomba a punto de explotar.
Camila caminó entre ellos con la cabeza en alto, sin detenerse, sin hacer comentarios.
No era su manifestación.
No era su victoria pública.
Era la historia de su padre, de Ronaldo, de Alejandro.
Ella solo era el canal.
Encontró a Teo, David y Ana esperándola en su lugar habitual de la cafetería.
Lucía llegó segundos después, con dos cafés en la mano.
—Uno para ti —dijo, entregándole una taza—.
Extra cargado.
Lo vas a necesitar.
—Ya lo vi —dijo Camila, tomando el café.
—No solo el artículo —dijo David, girando su portátil hacia ella—.
Mira las acciones de Montalbán.
En la pantalla, un gráfico mostraba la caída libre del precio de las acciones de la Corporación.
Habían perdido un 12% en las primeras tres horas de negociación.
—Doce por ciento —murmuró Camila—.
Eso es…
—Cientos de millones de dólares —completó David—.
En papel, al menos.
Las acciones podrían recuperarse, pero el daño a corto plazo es brutal.
Tu tío está sangrando dinero.
Ana miraba su teléfono con expresión preocupada.
—Mi padre me llamó esta mañana.
Dice que hay pánico en la planta.
Empleados preguntándose si seguirán teniendo trabajo.
Gerentes teniendo reuniones de emergencia.
Es un caos.
—Lo siento —dijo Camila.
—No te disculpes —replicó Ana con firmeza—.
Mi padre también me dijo otra cosa.
Dijo que por fin se siente orgulloso de haber trabajado allí.
Porque ahora sabe que alguien está luchando para que sea un lugar mejor.
Teo carraspeó.
—No quiero arruinar el momento emotivo, pero tenemos un problema más inmediato.
Julián.
Como si hubiera sido invocado, Julián apareció en la entrada de la cafetería.
No estaba solo.
Llevaba a todo su equipo: ocho estudiantes, todos con expresiones de determinación casi militar.
Caminó directamente hacia su mesa.
El murmullo de la cafetería se apagó.
Todos observaban.
Julián se detuvo frente a Camila.
Su rostro era una máscara impecable de control, pero sus ojos…
sus ojos ardían con una furia fría que ella conocía demasiado bien.
—Buen artículo —dijo, su voz lo suficientemente alta para que todos escucharan—.
Dramático.
Lleno de acusaciones.
Muy propio de ti, Camila.
Siempre con ganas de llamar la atención.
—No he hablado con ningún periodista —mintió Camila, manteniendo su voz firme.
—Por supuesto que no —dijo Julián con una sonrisa que no llegó a sus ojos—.
Solo es una coincidencia extraordinaria que un artículo difamatorio sobre tu propia familia salga justo después de que ellos cortaran tus fondos.
Una coincidencia que nadie con dos dedos de frente se creería.
Se inclinó sobre la mesa, acercándose a ella.
—Pero eso es un problema para otro día.
Hoy, tenemos asuntos académicos que atender.
El profesor Márquez ha adelantado la presentación final del Proyecto Centurión.
Es mañana.
Espero que tu equipo esté preparado.
Porque el mío…
—miró a sus compañeros— está más que listo para clausurar esta competencia de una vez por todas.
—Estaremos listos —dijo Teo, levantándose para ponerse al mismo nivel que Julián.
Julián lo ignoró completamente, sus ojos fijos en Camila.
—Sabes, hay algo que aprendí en mis clases de estrategia —dijo, su voz bajando hasta convertirse casi en un susurro—.
Cuando peleas en demasiados frentes a la vez, terminas perdiendo en todos.
Has declarado una guerra que no puedes ganar.
Y mañana, frente a toda la facultad, voy a demostrártelo.
Se enderezó y se marchó, su equipo siguiéndolo como soldados disciplinados.
El silencio en la cafetería fue aplastante durante un segundo.
Luego, lentamente, las conversaciones se reanudaron.
—Eso fue…
intenso —dijo Ana.
—Nos están presionando —dijo David—.
Quieren que perdamos en el Centurión para desmoralizarnos.
Para demostrar que Camila es vulnerable.
—Entonces no perderemos —dijo Teo con más confianza de la que sentía.
Camila no dijo nada.
Miraba la salida por donde Julián había desaparecido.
Él tenía razón en una cosa: estaba luchando en demasiados frentes.
La guerra real contra su tío.
La batalla académica contra Julián.
La supervivencia financiera día a día.
Y mañana, en una presentación que debería ser solo un ejercicio universitario, se jugaría algo mucho más importante que una nota.
Se jugaría su credibilidad.
Su liderazgo.
La moral de su equipo.
Julián había convertido el Proyecto Centurión en un campo de batalla público.
Y Camila, lista o no, tendría que luchar.
… Esa noche, reunidos en la biblioteca hasta las 2 AM, el Equipo de Defensa preparó su estrategia final.
Sabían que Julián conocía sus movimientos, gracias a Leo.
Sabían que venía con todo su arsenal.
Pero Camila tenía algo que Julián no tenía.
Tenía un equipo que luchaba por lealtad, no por ambición.
Y tenía la experiencia de haber perdido todo una vez.
No tenía miedo de volver a perder.
Solo tenía miedo de arrastrar a su gente consigo.
—Última oportunidad —dijo, mirando a cada uno de ellos—.
Mañana va a ser feo.
Julián no va a jugar limpio.
Si quieren salir…
—Para ya —la interrumpió Lucía—.
Ya hiciste este discurso.
Nos quedamos.
Ahora, concentrémonos en patearle el trasero mañana.
Camila asintió.
Apagaron las luces de la sala de estudio y salieron al campus desierto.
El aire de la noche era frío y limpio.
Mañana sería el día más largo.
El artículo de Adrián era solo el principio.
La verdadera guerra acababa de comenzar.
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