La Sombra que Fui - Capítulo 41
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41: El juicio público 41: El juicio público El auditorio estaba lleno hasta el último asiento.
Camila no esperaba eso.
Las presentaciones finales del Proyecto Centurión normalmente atraían a la clase del profesor Márquez, tal vez algunos profesores invitados y estudiantes curiosos.
Cincuenta personas como máximo.
Hoy había al menos doscientas.
Reconoció rostros de todas las facultades: Derecho, Economía, Ciencias Políticas, incluso algunos de Periodismo.
La noticia del enfrentamiento se había corrido como la pólvora.
El artículo de Adrián había puesto a Camila Montalbán en el radar de toda la universidad.
Ahora todos querían ver si la heredera rebelde que había expuesto a su propia familia podía ganar en un simple ejercicio académico.
No era una presentación.
Era un espectáculo.
El profesor Márquez estaba en primera fila, con su expresión habitual de evaluador impasible.
Pero Camila notó algo diferente en su mirada cuando sus ojos se cruzaron: había curiosidad, y tal vez, un atisbo de lástima.
Julián y su equipo estaban en el lado izquierdo del escenario, con sus trajes impecables y sus carpetas perfectamente organizadas.
Lucían como ejecutivos de Wall Street, no como estudiantes.
Habían venido a ganar, y lo mostraban.
El Equipo de Defensa estaba en el lado derecho.
Teo llevaba una camisa arrugada pero limpia.
David tenía ojeras de no haber dormido.
Ana se mordía el labio nerviosamente.
Lucía, que técnicamente no era parte del equipo pero había insistido en estar allí como «apoyo moral», estaba sentada en primera fila con los brazos cruzados y una expresión de desafío.
Camila estaba de pie junto a su equipo, revisando por décima vez sus notas.
Sabía que no importaba.
Julián tenía toda su estrategia gracias a Leo.
Sabía cada movimiento que habían planeado.
Pero seguían adelante porque rendirse no era una opción.
El profesor Márquez se levantó y caminó al centro del escenario.
El murmullo de la audiencia se apagó inmediatamente.
—Buenos días.
Bienvenidos a la presentación final del Proyecto Centurión —comenzó, su voz resonando en el auditorio—.
Durante este semestre, hemos visto a dos equipos enfrentarse en una simulación de adquisición hostil.
Hoy, ambos equipos presentarán sus estrategias finales.
El Equipo de Ataque, liderado por el señor Ortega, y el Equipo de Defensa, liderado por la señorita Montalbán.
Hizo una pausa, recorriendo el auditorio con la mirada.
—Quiero recordarles que esto es un ejercicio académico.
Los comentarios de la audiencia no serán permitidos hasta el final.
Y espero que todos mantengan un nivel de profesionalismo acorde con la seriedad de esta institución.
El mensaje era claro: nada de convertir esto en un circo.
Pero Camila sabía que ya era demasiado tarde para eso.
—Comenzaremos con el Equipo de Ataque.
Señor Ortega, el escenario es suyo.
Julián se levantó con la gracia de un depredador.
Subió al podio con una confianza que rayaba en la arrogancia.
Miró a la audiencia, luego a Camila, y sonrió.
—Gracias, profesor.
Damas y caballeros, durante las últimas semanas, hemos sido testigos de lo que sucede cuando una empresa se aferra al pasado en lugar de abrazar el futuro.
TechCore, la empresa objetivo de nuestra adquisición, ha demostrado ser una organización mal gestionada, con liderazgo errático y una estrategia defensiva basada en el engaño y la desesperación.
El golpe fue directo.
No estaba hablando solo de TechCore.
Estaba hablando de Camila.
—Nuestra oferta final es simple y generosa —continuó Julián, proyectando un gráfico en la pantalla gigante detrás de él—.
Ofrecemos cincuenta dólares por acción, un 30% por encima del valor de mercado actual.
Una oferta que cualquier accionista racional aceptaría con los ojos cerrados.
Mostró proyecciones financieras, análisis de mercado, testimonios simulados de «accionistas» satisfechos.
Era una presentación perfecta, pulida hasta el último detalle.
Habló durante veinte minutos sin dudar, sin titubear, como si estuviera leyendo un guion que había ensayado mil veces.
—Y ahora —dijo, acercándose al clímax de su presentación—, permítanme abordar la única razón por la que esta adquisición no se ha completado todavía: la resistencia obstinada de un liderazgo que valora su orgullo personal por encima del bienestar de sus accionistas.
En la pantalla apareció una imagen: era la estrategia de la «Defensa de la Corona» de Camila, la que habían presentado semanas atrás.
La misma que Julián había destrozado públicamente gracias a la información filtrada por Leo.
—Esta fue su gran jugada —dijo Julián con desdén—.
Amenazar con vender los activos más valiosos de la empresa a un tercero.
Una táctica desesperada que solo demuestra una cosa: que el liderazgo de TechCore está dispuesto a destruir la empresa con tal de no admitir la derrota.
Hizo una pausa dramática.
—Pero incluso esa estrategia ha fracasado.
Porque hemos hecho algo que ellos no anticiparon.
Hemos comprado al «tercero».
En la pantalla apareció un nuevo documento.
Camila sintió que se le helaba la sangre.
—El supuesto comprador amistoso al que TechCore planeaba vender sus activos…
acabamos de adquirirlo.
Es ahora parte de Apex.
Lo que significa que su última línea de defensa acaba de convertirse en nuestra victoria.
El auditorio estalló en murmullos.
El profesor Márquez se inclinó hacia adelante, claramente impresionado.
Era un movimiento brillante, completamente legal dentro de las reglas del juego y devastador en su ejecución.
Julián miró directamente a Camila.
—La guerra terminó.
Han perdido.
La única pregunta que queda es: ¿aceptarán la derrota con dignidad, o seguirán aferrándose a una causa perdida?
Volvió a su asiento bajo un aplauso contenido pero audible de parte de la audiencia.
Había sido una ejecución perfecta.
El profesor Márquez se levantó.
—Impresionante, señor Ortega.
Ahora, Equipo de Defensa, es su turno.
Señorita Montalbán.
Camila se levantó.
Sus piernas temblaban ligeramente, pero obligó a su cuerpo a moverse con firmeza.
Subió al podio y miró a la audiencia.
Todos los ojos estaban sobre ella.
Expectantes.
Escépticos.
Algunos esperando su fracaso.
Respiró hondo.
—El señor Ortega acaba de hacer una presentación brillante —comenzó, su voz clara—.
Técnicamente perfecta.
Financieramente sólida.
Una oferta que, como él dice, cualquier accionista racional aceptaría.
Hizo una pausa.
—Pero hay un problema.
Un problema que él ha pasado por alto porque está demasiado concentrado en ganar a cualquier costo.
Proyectó un nuevo gráfico en la pantalla.
—Durante las últimas tres semanas, mientras el Equipo de Ataque se concentraba en destruir nuestra defensa pública, nosotros hicimos algo diferente.
Hablamos con los accionistas.
No los grandes inversores institucionales que solo ven números en una hoja de cálculo.
Hablamos con los pequeños accionistas.
Los fundadores.
Los empleados que poseen acciones.
La gente que construyó TechCore desde cero.
En la pantalla aparecieron testimonios simulados.
Caras.
Historias.
Personas.
—Y descubrimos algo interesante.
Estos accionistas no quieren vender.
No porque sean irracionales.
Sino porque entienden algo que Apex nunca entendió: TechCore no es solo una colección de activos y patentes.
Es una comunidad.
Una visión.
Un legado.
—Eso es pura sentimentalidad —interrumpió Julián desde su asiento—.
Los negocios no se manejan con sentimientos.
—Tiene razón —dijo Camila, girándose hacia él—.
Los negocios no se manejan con sentimientos.
Se manejan con números.
Así que hablemos de números.
Cambió la diapositiva.
Apareció un análisis detallado.
—El señor Ortega mencionó que compró al «tercero» al que planeábamos vender nuestros activos.
Lo que no mencionó es cuánto le costó esa adquisición.
Según nuestros cálculos, basados en información pública del mercado, esa compra le costó a Apex aproximadamente doscientos millones de dólares.
El murmullo en el auditorio creció.
—Doscientos millones —repitió Camila— que tuvieron que añadir a su ya considerable deuda para financiar esta OPA.
Lo que significa que Apex, en este momento, está financieramente sobreextendida.
Han apostado todo a que ganarán esta adquisición.
Proyectó otro gráfico: un análisis de flujo de efectivo.
—Pero aquí está el problema.
TechCore ha estado recomprando sus propias acciones durante las últimas semanas.
Silenciosamente.
En pequeñas cantidades que no alertaron al mercado.
Acciones que ahora están en manos de una fundación de empleados que acabamos de crear.
Una fundación que controla el 23% de las acciones de TechCore.
El silencio en el auditorio era absoluto.
—Y esa fundación acaba de votar.
Unánimemente.
En contra de la adquisición.
Julián se levantó de golpe.
—Eso es…
eso no estaba en sus estrategias anteriores.
—No —confirmó Camila—.
Porque no queríamos que lo supieran.
Porque sabíamos que teníamos una fuga en nuestro equipo.
La acusación flotó en el aire como una bomba.
Todos sabían de quién hablaba.
Leo, que no estaba presente, se había convertido en el elefante invisible en la habitación.
—Con el 23% de las acciones votando en contra, y otros pequeños accionistas que se han comprometido a seguir su ejemplo, Apex necesita ahora un 67% de los votos restantes para aprobar la adquisición.
Y ese número, señor Ortega, es imposible de alcanzar con su oferta actual.
Camila se acercó al borde del escenario, mirando directamente a Julián.
—Así que aquí está nuestra contraoferta.
Apex puede retirar su OPA.
Puede cortar sus pérdidas.
O puede seguir peleando una batalla que ya ha perdido, gastando más dinero, más recursos, más tiempo…
hasta que sus propios accionistas comiencen a preguntarse si su CEO sabe cuándo rendirse.
El golpe fue brutal.
Había convertido la victoria de Julián en una trampa.
Él había gastado todo en comprar al tercero, creyendo que eso sellaba el trato.
Pero al hacerlo, se había sobreextendido financieramente, y Camila había usado ese tiempo para construir una defensa desde dentro.
—La guerra no ha terminado, señor Ortega —dijo Camila—.
Solo ha comenzado.
Y en esta guerra, no gana quien tiene más dinero.
Gana quien tiene más paciencia.
Más determinación.
Y más gente dispuesta a luchar a su lado.
Volvió a su asiento.
El silencio duró tres segundos completos.
Luego, una parte de la audiencia comenzó a aplaudir.
No todos.
Pero suficientes.
El profesor Márquez se levantó, su expresión era indescifrable.
—Interesante.
Muy interesante.
Ambos equipos han presentado estrategias sólidas.
Tomaré el fin de semana para evaluar y anunciaré el ganador el lunes.
Pero todos en el auditorio sabían que algo había cambiado.
Julián había venido a dar una paliza pública.
En cambio, Camila había convertido la presentación en una lección sobre cómo convertir una debilidad en una fortaleza.
Después de la presentación, mientras el auditorio se vaciaba, Julián se acercó a Camila.
Su rostro era una máscara de control, pero ella podía ver la furia hirviendo debajo.
—Muy lista —dijo en voz baja—.
Usar mi propia estrategia en mi contra.
—Aprendí del mejor —respondió Camila.
—¿De verdad crees que esto cambia algo?
—preguntó Julián, inclinándose más cerca—.
¿Ganar un estúpido proyecto universitario?
Tu tío sigue siendo uno de los hombres más poderosos de este país.
Y tú sigues siendo una estudiante quebrada jugando a la revolucionaria.
—Tal vez —dijo Camila—.
Pero hoy, en este auditorio, frente a todos, no perdí.
Y eso, Julián, es más de lo que esperabas.
Se dio la vuelta y caminó hacia su equipo, que la esperaba con sonrisas de alivio y agotamiento.
Julián la observó alejarse.
Por primera vez, sintió algo que no había sentido en años: incertidumbre.
Camila no estaba jugando el juego que él esperaba.
No estaba siguiendo las reglas que él conocía.
Y eso, más que cualquier derrota académica, lo inquietaba profundamente.
Esa noche, el Equipo de Defensa celebró en el apartamento de Lucía.
No fue una fiesta estruendosa.
Solo pizza barata, cerveza y la sensación de haber sobrevivido a una batalla imposible.
—¿Cómo se te ocurrió lo de la fundación de empleados?
—preguntó David—.
Eso no estaba en ninguno de nuestros planes.
—Porque no era real —admitió Camila—.
Fue un engaño.
No hay fundación.
No hay recompra de acciones.
Inventé todo.
El silencio fue total.
—¿QUÉ?
—exclamó Teo.
—Era la única forma de contrarrestar su movimiento —explicó Camila—.
Julián compró al tercero.
Era un jaque mate si yo jugaba según las reglas.
Así que cambié las reglas.
Inventé una defensa que él no podría verificar en el momento de la presentación.
—Pero cuando Márquez revise los números…
—comenzó Ana.
—Sabrá que mentí —completó Camila—.
Probablemente nos descalificará.
Tal vez me expulse de la clase por deshonestidad académica.
—Entonces…
¿perdimos?
—preguntó Teo.
—En papel, sí.
Pero en la realidad…
—Camila sonrió— todos en ese auditorio vieron a Julián, con todos sus recursos, con toda su ventaja, luchando por mantener el control.
Lo vieron sudar.
Lo vieron inseguro.
Y eso, eso no tiene precio.
Lucía soltó una carcajada.
—Eres una psicópata, Cami.
Me encanta.
—Además —añadió Camila—, hay algo que Julián no sabe.
Algo que nadie sabe todavía.
Sacó su teléfono y les mostró un mensaje de Adrián que había llegado durante la presentación.
—Parte dos lista para publicar.
Esta vez: los inversores fantasma y sus conexiones políticas.
Sale el lunes.
Prepárate para el huracán.
— A.S.
El lunes.
El mismo día que Márquez anunciaría el ganador del Proyecto Centurión.
El mismo día que el segundo artículo de Adrián saldría y sacudiría aún más los cimientos de la Corporación Montalbán.
—Así que no —dijo Camila—.
No perdimos.
Solo estamos en el entretiempo.
Y la segunda mitad del juego acaba de empezar.
Levantó su cerveza.
Los demás hicieron lo mismo.
—Por las batallas imposibles —brindó Teo.
—Y por ganarlas a pesar de todo —añadió Lucía.
Chocaron las botellas.
Afuera, la ciudad brillaba indiferente a sus pequeñas victorias y grandes guerras.
Pero ahí, en ese apartamento destartalado, con pizza fría y cerveza tibia, se sentían invencibles.
Al menos por esta noche.
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