La Sombra que Fui - Capítulo 42
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42: El veredicto 42: El veredicto El fin de semana fue una agonía de espera.
Camila intentó distraerse estudiando para otras clases, revisando las notas que le quedaban de la investigación sobre su tío, incluso ayudando a Lucía a organizar su caótico apartamento.
Pero su mente siempre volvía al mismo lugar: el lunes.
Dos eventos.
Dos bombas a punto de explotar.
El veredicto del profesor Márquez sobre el Proyecto Centurión y la publicación del segundo artículo de Adrián.
No sabía cuál la aterraba más.
El domingo por la noche, sentada en su apartamento con un té frío que había olvidado beber, su teléfono vibró.
Era un correo electrónico del profesor Márquez.
«Asunto: Proyecto Centurión – Reunión Obligatoria Señorita Montalbán: Necesito verla en mi oficina mañana lunes a las 8:00 AM.
Por favor, acuda puntualmente y sola.
No informe a su equipo de esta reunión.
Prof.
Márquez» Camila leyó el mensaje tres veces.
El tono era seco, formal, casi intimidante.
Una reunión privada antes del anuncio público.
Eso solo podía significar una cosa: la había descubierto.
Sabía que su engaño de la fundación de empleados no resistiría un análisis detallado.
Había mentido en una presentación académica, había inventado datos.
En el mejor de los casos, sería una reprimenda.
En el peor, una expulsión por deshonestidad académica.
Durmió mal esa noche.
Cuando el despertador sonó a las 6:30 AM, ya llevaba dos horas despierta, mirando el techo y calculando escenarios.
A las 7:55 AM, Camila estaba frente a la puerta de la oficina del profesor Márquez.
Respiró hondo tres veces, se alisó la ropa y llamó.
—Adelante —dijo la voz grave desde el interior.
La oficina de Márquez era exactamente como lo imaginaba: estanterías llenas de libros de derecho corporativo, diplomas enmarcados en las paredes, y un escritorio de madera oscura cubierto de papeles meticulosamente organizados.
El profesor estaba sentado detrás del escritorio, con las manos entrelazadas y una expresión que no revelaba nada.
—Siéntese, señorita Montalbán.
Camila obedeció, sintiéndose como una estudiante de primaria enviada a la oficina del director.
Márquez la observó en silencio durante un momento que se sintió eterno.
Luego, abrió una carpeta frente a él.
—He revisado su presentación del viernes.
Varias veces, de hecho.
Y he verificado cada uno de los datos que proporcionó.
Aquí venía.
Camila preparó su defensa mental.
—La fundación de empleados que mencionó —continuó Márquez—, la recompra de acciones, los porcentajes de votación…
nada de eso existe en la documentación del caso simulado.
—Profesor, yo…
Márquez levantó una mano, silenciándola.
—Déjeme terminar.
Técnicamente, usted mintió en una presentación académica.
Fabricó datos.
Eso es, bajo cualquier estándar, motivo de descalificación inmediata.
Hizo una pausa, sacándose las gafas y limpiándolas con un pañuelo.
—Sin embargo, hay un problema con esa conclusión.
Camila frunció el ceño, confundida.
—El Proyecto Centurión no es solo un ejercicio de análisis financiero —explicó Márquez, volviendo a ponerse las gafas—.
Es un ejercicio de estrategia corporativa real.
Y en el mundo real, señorita Montalbán, el engaño estratégico es una herramienta perfectamente legal.
Las empresas hacen esto constantemente.
Anuncian fusiones que no existen para afectar el precio de las acciones.
Filtran rumores falsos para desestabilizar a la competencia.
Mientras no cometan fraude documentado, es parte del juego.
Camila no se atrevía a respirar.
—Lo que usted hizo el viernes fue un movimiento audaz.
Arriesgado.
Algunos dirían que es deshonesto.
Pero otros dirían que fue brillante.
Utilizó la única arma que le quedaba cuando su oponente tenía todas las ventajas: la psicología.
Hizo que el señor Ortega dudara.
Plantó una semilla de incertidumbre en un momento crítico.
Se recostó en su silla.
—Así que me encuentro en una encrucijada.
Por un lado, debo castigar la deshonestidad académica.
Por el otro, debo reconocer una jugada maestra de estrategia corporativa.
—¿Qué va a hacer?
—preguntó Camila, su voz apenas un susurro.
—Voy a hacer lo que haría cualquier juez en el mundo real enfrentado a un caso ambiguo —dijo Márquez con una leve sonrisa—.
Voy a buscar el precedente más cercano.
Y el precedente me dice que en las guerras corporativas, no gana quien juega limpio.
Gana quien juega inteligente.
Abrió otra carpeta y sacó una hoja.
—El Equipo de Defensa ha ganado el Proyecto Centurión.
Felicidades, señorita Montalbán.
Camila parpadeó, segura de haber escuchado mal.
—¿Qué?
—Su estrategia final, aunque basada en un engaño, demostró un entendimiento profundo de las dinámicas de poder en una adquisición hostil.
Entendió que los números no lo son todo.
Que la percepción y la moral de los actores involucrados pueden cambiar el resultado de una batalla.
El señor Ortega jugó un juego perfecto técnicamente, pero usted jugó un juego más humano.
Hizo una pausa, su expresión volviéndose más seria.
—Sin embargo, esta victoria viene con una advertencia.
Lo que funcionó en una simulación podría destruirla en el mundo real.
El engaño es un arma de doble filo.
Úsela con cuidado.
Porque la segunda vez que la descubran, no habrá profesor que la defienda.
—Lo entiendo —dijo Camila, aún procesando la información—.
Gracias, profesor.
—No me dé las gracias.
Solo estoy siendo coherente con lo que enseño: que en el mundo corporativo, las reglas no son blancas o negras.
Son grises.
Y los que triunfan son los que aprenden a navegar esos grises sin perder su brújula moral.
Cerró la carpeta.
—Anunciaré el resultado a las 10 AM en el auditorio.
Puede informar a su equipo.
Ah, y señorita Montalbán…
—añadió cuando ella ya se levantaba para irse—.
Leí el artículo del señor Soto.
El del viernes.
Camila se tensó.
—Fue un trabajo periodístico impecable —continuó Márquez—.
Bien investigado.
Bien escrito.
Y devastador para la reputación de una corporación que, casualmente, lleva su apellido.
No soy ingenuo.
Sé que las fuentes anónimas suelen tener rostro y nombre.
—Profesor, yo no…
—No me interesa confirmar nada —la interrumpió—.
Solo quiero darle otro consejo.
Cuando se pelea contra gigantes, señorita Montalbán, uno debe asegurarse de no estar de pie bajo sus pies cuando caen.
Porque los gigantes, cuando se derrumban, aplastan todo a su alrededor.
Incluso a quienes los derribaron.
Sus palabras quedaron flotando en el aire como una advertencia.
—Puede retirarse.
Camila salió de la oficina con las piernas temblorosas.
Había ganado.
Contra todo pronóstico, contra Julián, contra las probabilidades, había ganado.
Pero la advertencia de Márquez resonaba en su mente como una campana fúnebre.
A las 9:30 AM, Camila reunió a su equipo en la cafetería.
Les contó sobre la victoria, omitiendo los detalles de la conversación privada con Márquez.
Teo gritó de alegría.
David sonrió con satisfacción.
Ana lloró de alivio.
Lucía simplemente levantó su café en un brindis silencioso.
—Lo logramos —dijo Teo, aún incrédulo—.
Realmente lo logramos.
—Lo lograron ustedes —corrigió Camila—.
Yo solo…
mentí.
—Mentiste como una campeona —rio Lucía—.
Y funcionó.
Eso es lo que importa.
Pero la alegría de Camila estaba teñida de inquietud.
Miró la hora: 9:45.
En quince minutos, Márquez haría el anuncio público.
Y en algún momento de ese día, el segundo artículo de Adrián se publicaría.
Como si lo hubiera invocado, su teléfono vibró.
Era un mensaje de Adrián.
—Artículo publicado.
Ahora.
Camila abrió el navegador con los dedos temblorosos.
Y ahí estaba, en la portada de El Centinela Digital: «LOS FANTASMAS DE MONTALBÁN: Conexiones entre Inversores Ilegales, Políticos Corruptos y un Magistrado con las Manos Sucias».
Por Adrián Soto El subtítulo era aún más devastador: «Documentos filtrados revelan cómo la Corporación Montalbán lavó dinero de origen criminal a través del Proyecto San Carmelo con la complicidad de funcionarios públicos de alto nivel.
Entre ellos, un juez que sigue en activo».
Camila sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Adrián había nombrado al Juez.
No con nombre completo, no todavía, pero había dado suficientes pistas para que los investigadores profesionales pudieran identificarlo.
Había expuesto la red de corrupción en toda su extensión.
Y había citado, como fuente principal, los diarios de Ronaldo Ferrer.
—Cami, ¿estás bien?
—preguntó Lucía, notando su palidez—.
Pareces que has visto un fantasma.
—Acaba de salir el segundo artículo —murmuró Camila, pasándole el teléfono.
Lucía leyó el titular y soltó un silbido bajo.
—Mierda.
Esto es…
esto es enorme.
—Esto es guerra —corrigió Camila.
David miró por encima del hombro de Lucía y sus ojos se abrieron como platos.
—¿Un juez?
¿Tu tío tiene a un juez en el bolsillo?
—Tenía —dijo Camila—.
Porque después de esto, ese juez va a tener que renunciar o enfrentar una investigación.
Y cuando caiga él, arrastrará a otros.
Incluyendo a mi tío.
La magnitud de lo que había desatado la golpeó con fuerza.
Esto ya no era una simple venganza familiar.
Había expuesto una red de corrupción que llegaba hasta los niveles más altos del sistema judicial.
Había puesto un blanco en la espalda de gente mucho más peligrosa que su tío.
—Tenemos que ir al auditorio —dijo Ana, mirando la hora—.
El profesor Márquez va a anunciar el resultado en cinco minutos.
—Ve tú —dijo Camila—.
Yo necesito…
necesito aire.
—Ni de broma —dijo Teo, tomándola del brazo—.
Ganamos juntos.
Recibimos la victoria juntos.
Vamos.
La arrastraron hacia el auditorio, que ya estaba medio lleno.
Julián y su equipo estaban en su lugar habitual, pero algo era diferente.
Julián no lucía confiado.
Lucía tenso, casi nervioso.
Estaba mirando su teléfono con una expresión que Camila conocía bien: la expresión de alguien que acaba de recibir malas noticias.
Había leído el artículo de Adrián.
El profesor Márquez subió al escenario exactamente a las 10:00 AM.
—Buenos días.
Gracias por venir.
Seré breve.
Después de revisar ambas presentaciones del Proyecto Centurión, he tomado una decisión.
El ganador es…
el Equipo de Defensa, liderado por Camila.
El auditorio estalló.
Algunos aplaudieron.
Otros gritaron su sorpresa.
Julián se quedó inmóvil, su rostro una máscara de shock que rápidamente se transformó en furia contenida.
—El Equipo de Ataque jugó un juego técnicamente perfecto —continuó Márquez—.
Pero el Equipo de Defensa entendió algo fundamental: que las guerras corporativas no se ganan solo con dinero y poder.
Se ganan con estrategia, con comprensión de la naturaleza humana, y con la voluntad de arriesgar todo en el momento crucial.
Márquez miró directamente a Camila.
—Felicidades, señorita Montalbán.
Espero que use bien las lecciones que ha aprendido este semestre.
El profesor bajó del escenario y el auditorio comenzó a vaciarse entre conversaciones animadas.
Teo abrazó a Camila.
David y Ana chocaron las manos.
Lucía simplemente sonrió, una sonrisa que decía «te lo dije».
Pero Camila no sentía alegría.
Sentía el peso de la mirada de Julián, que no se había movido de su asiento.
La miraba con una intensidad que iba más allá de la derrota en un proyecto universitario.
La miraba como si acabara de declarar una guerra personal.
Y en cierto modo, lo había hecho.
Afuera del auditorio, mientras el equipo celebraba, Camila se apartó un momento.
Su teléfono no dejaba de vibrar.
Mensajes, llamadas, notificaciones de redes sociales.
El segundo artículo de Adrián se estaba volviendo viral más rápido que el primero.
Abrió Twitter.
#ElJuezFantasma era trending topic nacional.
Periodistas de todo el país estaban investigando la historia.
Algunos diputados ya estaban exigiendo una investigación.
La Fiscalía había emitido un comunicado diciendo que «revisaría los documentos con seriedad».
Era un huracán.
Y ella estaba en el ojo de la tormenta.
Un coche negro se detuvo frente al edificio.
Las ventanas eran polarizadas.
La puerta trasera se abrió, pero nadie salió.
Era una invitación silenciosa.
Camila supo quién estaba dentro antes de verlo.
Caminó hacia el coche, su corazón latiendo con fuerza.
Se asomó al interior y su tío Alberto estaba sentado en el asiento trasero, con un traje impecable y una expresión más peligrosa que cualquier amenaza verbal.
—Sube —dijo simplemente.
Camila dudó.
Subir a ese coche significaba entrar en territorio enemigo sin protección, sin testigos.
—Solo quiero hablar —añadió Alberto—.
Cinco minutos.
Luego te puedes ir.
Camila miró hacia atrás.
Su equipo estaba dentro del edificio, celebrando.
No la habían visto.
Si subía, nadie sabría dónde estaba.
Pero la curiosidad, y una parte oscura de ella que quería ver el miedo en los ojos de su tío, la hizo tomar una decisión y subió al coche.
La puerta se cerró detrás de ella con un clic ominoso.
El conductor arrancó y el coche se alejó del campus.
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