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La Sombra que Fui - Capítulo 43

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  4. Capítulo 43 - 43 El trato del diablo
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43: El trato del diablo 43: El trato del diablo En el interior del coche el silencio era denso, casi físico.

Alberto no la miraba.

Tenía los ojos fijos en la ventana, observando la ciudad pasar mientras el coche se deslizaba por las calles con una suavidad inquietante.

Camila contó los segundos.

Veinte.

Treinta.

Un minuto completo sin que ninguno de los dos hablara.

Finalmente, Alberto rompió el silencio.

—Felicidades por tu victoria en el proyecto universitario.

Márquez siempre ha tenido debilidad por los rebeldes con causa.

—Su tono era neutro, casi aburrido—.

Aunque sospecho que la victoria te sabe amarga considerando el precio que estás a punto de pagar.

Camila no respondió.

Había aprendido que con su tío, hablar primero era perder.

—He leído el artículo de tu amigo periodista.

Otra vez.

—Alberto finalmente giró la cabeza para mirarla—.

Adrián Soto.

Interesante elección.

Un hombre con antecedentes de alcoholismo, dos divorcios y una tendencia a las teorías conspirativas.

Pero admito que escribe bien.

Muy bien.

—No es mi amigo —dijo Camila, manteniendo la voz firme.

—No, claro que no.

Solo es tu arma.

Tu misil teledirigido contra la familia que te crió, te educó, te dio todo.

—La amargura finalmente asomó en su voz—.

Dime, Camila, ¿cuándo exactamente decidiste que éramos tus enemigos?

—El día que amenazaste con destruir al padre de Ana solo para controlarme.

O tal vez fue cuando me ofreciste como mercancía a Rodrigo Fuentes.

O quizás —su voz se endureció— fue hace veinte años, cuando destruiste a Alejandro de la Torre y a Ronaldo Ferrer.

Elige.

Alberto soltó una risa seca, sin humor.

—Alejandro y Ronaldo.

Siempre volvemos a ellos, ¿verdad?

Dos fantasmas que no pueden dejar descansar a los vivos.

—Se inclinó hacia adelante—.

¿Quieres saber la verdad sobre esa noche?

¿La verdad real, no la versión romantizada de un diario escrito por un hombre paranoico?

—No me interesa tu versión de los hechos.

—Debería.

Porque tu versión está incompleta.

—Alberto sacó una carpeta delgada que había estado a su lado—.

Tu padre, el santo Rafael, no era la víctima inocente que crees.

Él sabía todo.

Sobre el dinero de los inversores fantasma.

Sobre las irregularidades en San Carmelo.

Lo sabía y lo aprobó.

Camila sintió un vacío en el estómago, pero mantuvo la expresión impasible.

—Mientes.

—¿Ah, sí?

—Alberto abrió la carpeta y sacó un documento.

Era viejo, amarillento, pero las firmas en la parte inferior eran claras.

Una de ellas era de su padre—.

Acta de la reunión del consejo de administración, marzo de 1997.

Lee la cláusula 5.

Camila tomó el documento con manos que no quería que temblaran.

Leyó: —Se aprueba la entrada de capital de inversores externos a través de empresas intermediarias con sede en jurisdicciones fiscales favorables.

El Presidente Rafael Montalbán y el Vicepresidente Alberto Montalbán firman en conformidad.

Era jerga corporativa.

Pero Camila había estudiado derecho el tiempo suficiente para entender lo que significaba: lavado de dinero con el conocimiento y aprobación de su padre.

—Tu padre no era un santo —continuó Alberto, su voz más suave ahora, casi paternal—.

Era un hombre de negocios que entendía que para construir un imperio, a veces hay que ensuciarse las manos.

La diferencia entre él y yo es que él sentía culpa por ello.

Yo no.

—Esto no prueba nada —dijo Camila, aunque la duda había plantado sus raíces en su mente—.

Pudo haber sido engañado.

Manipulado.

—¿Por mí?

Camila, dale algo de crédito a tu padre.

Era brillante.

Mucho más que yo en muchos sentidos.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Y cuando Alejandro amenazó con exponer todo, cuando Ronaldo empezó a hacer preguntas incómodas…

¿quién crees que me pidió que lo solucionara?

—No —susurró Camila, pero su voz carecía de convicción.

—Tu padre tenía demasiado que perder.

Una esposa, una hija pequeña, un imperio en construcción.

Así que me pidió a mí, su hermano menor, el que siempre había sido el «malo», que hiciera el trabajo sucio.

Y yo lo hice.

Porque así funcionan las familias.

Nos protegemos unos a otros.

Incluso cuando eso significa protegernos de nosotros mismos.

Alberto guardó el documento en la carpeta y la dejó sobre el asiento entre ellos.

—Puedes quedártela.

Puedes dársela a tu periodista mascota.

Publicarla.

Pero si lo haces, no destruirás solo mi legado.

Destruirás también el de tu padre.

El hombre al que tanto admiras, el santo mártir de tu cruzada personal, quedará expuesto como lo que realmente era: cómplice.

Camila miraba la carpeta como si fuera una serpiente venenosa.

—¿Por qué me muestras esto?

—preguntó finalmente—.

¿Por qué ahora?

—Porque necesitas entender algo fundamental, sobrina.

—Alberto se recostó en su asiento, su rostro volviendo a esa máscara de control absoluto—.

No somos diferentes.

Tú y yo.

Ambos estamos dispuestos a hacer lo necesario para proteger lo que consideramos nuestro.

La diferencia es que yo acepto lo que soy.

Tú todavía juegas a ser la heroína.

El coche se detuvo.

Camila miró por la ventana y reconoció el lugar: estaban frente a un pequeño parque cerca del campus.

No la habían llevado lejos.

No la habían secuestrado.

Solo la habían sacado del ruido el tiempo suficiente para esta conversación.

—Puedes seguir con tu guerra —dijo Alberto—.

Puedes publicar más artículos, exponer más secretos, arrastrar el nombre Montalbán por el barro.

Pero cada golpe que me des, me lo das también a tu padre.

Cada verdad que reveles, ensucia su memoria un poco más.

Hizo una pausa, dejando que las palabras penetraran.

—O puedes aceptar mi oferta.

Una última vez.

Vuelve a la familia.

Deja que esta locura termine.

Te devolveré todo lo que te quité: los fondos, tu posición, tu futuro.

Olvidaremos el matrimonio con Rodrigo.

Tendrás libertad para estudiar lo que quieras, para trabajar donde quieras.

Solo te pido una cosa: que dejes de alimentar al enemigo.

—¿Y Adrián?

¿Y la investigación?

—Adrián es un periodista con una historia explosiva.

Ya publicó dos artículos.

Tiene suficiente para ganar premios y alimentar su ego durante años.

No necesita más.

Y si necesita dinero para mantener su interés en otro lado, estoy seguro de que podemos llegar a un…

acuerdo económico.

—Quieres comprarlo.

—Quiero neutralizarlo.

Es diferente.

—Alberto le tendió la mano—.

Esta es mi última oferta, Camila.

Después de esto, si eliges continuar, no habrá más conversaciones.

No más intentos de reconciliación.

Solo guerra.

Guerra real.

No la versión universitaria que has estado jugando.

Camila miró la mano extendida.

Era elegante, bien cuidada, la mano de un hombre acostumbrado a controlar todo lo que tocaba.

Luego miró la carpeta sobre el asiento.

La verdad sobre su padre, o al menos una versión de ella.

Su mente era un torbellino.

«¿Y si su tío decía la verdad?

¿Y si su padre realmente había sido cómplice?

¿Valdría la pena destruir su memoria por una justicia que tal vez era más ambigua de lo que pensaba?».

Pero entonces recordó algo.

Una imagen.

Un recuerdo de su vida anterior.

Su padre, sentado en su estudio, enfermo ya con el cáncer que lo mataría, mirándola con ojos cansados y diciéndole: —Camila, cuando yo ya no esté, tal vez descubras cosas sobre mí que no te gusten.

Errores que cometí.

Decisiones que ojalá hubiera tomado de otra forma.

Pero quiero que sepas una cosa: todo lo que hice, lo hice creyendo que estaba protegiendo a mi familia.

Y me equivoqué.

—Sus ojos se habían llenado de lágrimas—.

Me equivoqué muchas veces.

Pero nunca dejé de intentar ser mejor.

Nunca dejé de arrepentirme.

Su padre había sabido.

Y se había arrepentido.

Esa era la diferencia entre él y Alberto.

Su padre había llevado la culpa como una cruz.

Su tío la llevaba como una medalla.

Camila tomó la carpeta del asiento.

—Me la quedo —dijo—.

Pero no para publicarla.

Para recordarme que nadie es perfecto.

Ni siquiera mi padre.

Y que las segundas oportunidades existen para corregir los errores del pasado, no para repetirlos.

No tomó la mano de su tío.

—No acepto tu oferta.

Ni ahora, ni nunca.

Alberto dejó caer la mano lentamente, su expresión endureciéndose.

—Entonces estás eligiendo el camino difícil.

—Estoy eligiendo mi camino —corrigió Camila—.

No el tuyo.

No el de nadie más.

El mío.

Abrió la puerta del coche.

—Una última cosa, tío.

Dijiste que no somos diferentes.

Pero te equivocas.

Tú haces lo necesario sin remordimientos.

Yo hago lo necesario sabiendo que tendré que vivir con las consecuencias.

Esa es la diferencia.

Y es enorme.

Salió del coche y cerró la puerta con firmeza.

El vehículo se quedó ahí, inmóvil, durante unos segundos.

Luego arrancó y se perdió en el tráfico.

Camila se quedó de pie en el parque, con la carpeta apretada contra su pecho.

Sabía que acababa de cruzar el punto de no retorno.

Su tío le había ofrecido una salida.

Una jaula cómoda.

Y ella la había rechazado.

Ahora la guerra sería total.

… Cuando regresó al campus, su equipo la estaba buscando frenéticamente.

Lucía fue la primera en verla.

—¿Dónde mierda estabas?

Desapareciste.

Te llamamos como veinte veces.

—Lo siento.

Tenía el teléfono en silencio.

—Camila no mencionó el coche.

No mencionó la conversación.

No todavía—.

¿Qué me perdí?

—Aparte de una celebración que organizamos en tu honor, no mucho.

Ah, sí, Julián te estuvo buscando.

Parecía…

no sé, extraño.

No enojado.

Preocupado, tal vez.

—¿Julián preocupado?

Eso sí es raro.

Como si lo hubieran invocado, Julián apareció al final del pasillo.

Cuando vio a Camila, caminó directamente hacia ella con paso rápido.

Pero no venía con su habitual arrogancia.

Venía con algo que parecía…

urgencia.

—Camila, necesito hablar contigo.

A solas.

—No hay nada que…

—Es sobre tu tío —la interrumpió, bajando la voz—.

Sobre lo que está planeando.

Y créeme, querrás escuchar esto.

Lucía y el equipo miraron a Camila, esperando su decisión.

—Cinco minutos —dijo Camila—.

Aquí.

Delante de todos.

Lo que sea que tengas que decir, puedes decirlo ahora.

Julián miró a su alrededor.

Estaban en un pasillo con tráfico constante de estudiantes.

Nada privado.

Pero asintió.

—Está bien.

Tu tío está moviendo piezas.

Grandes piezas.

Está preparando una demanda masiva contra El Centinela Digital y contra Adrián.

Difamación, revelación de secretos comerciales, daños y perjuicios.

Está buscando no solo retirar los artículos, sino hundir financieramente al periódico.

Y también…

Hizo una pausa, como si le costara decir las siguientes palabras.

—También está considerando ir tras de ti.

Legalmente.

Alegando que robaste documentos corporativos, que eres una fuente no autorizada que violó acuerdos de confidencialidad implícitos como miembro de la familia.

Quiere convertirte en un ejemplo.

Camila sintió un escalofrío, pero mantuvo la compostura.

—¿Y por qué me dices esto?

¿No se supone que eres su perro guardián?

Julián apretó la mandíbula ante el insulto, pero no lo negó.

—Porque esto se ha salido de control.

Tu tío está actuando por rabia, no por estrategia.

Y cuando los hombres como él actúan por rabia, destruyen todo a su alrededor.

Incluyendo a gente que no tiene nada que ver.

Gente como…

—miró brevemente a Teo, David y Ana— tu equipo.

Como Soto.

Como tú.

—¿Y eso te importa?

—Me importa porque yo también estoy en medio.

Trabajo para él.

He invertido años construyendo esa relación.

Pero estoy viendo lo mismo que tú viste: que es un hombre que no tolera la traición.

Y si piensa que yo sabía algo, si piensa que fallé en controlarte…

—dejó la frase sin terminar, pero la implicación era clara.

—¿Estás diciendo que quieres cambiar de bando?

—preguntó Camila, incrédula.

—Estoy diciendo que quiero sobrevivir.

Y que tal vez, solo tal vez, hay una forma en la que ambos podemos salir de esto sin destruirnos mutuamente.

—Extendió la mano, un eco perturbador de lo que su tío había hecho minutos antes—.

Tregua.

Temporal.

Solo hasta que esto se calme.

Camila miró la mano extendida.

Dos ofertas en una hora.

Dos manos tendidas por hombres que la habían traicionado o intentado controlar.

Pero había una diferencia fundamental.

Su tío le había ofrecido rendición disfrazada de reconciliación.

Julián le ofrecía algo más honesto: supervivencia mutua.

No tomó su mano.

—No confío en ti, Julián.

Y nunca lo haré.

Pero…

—miró a su equipo— si tienes información que pueda proteger a mi gente, escucharé.

Con condiciones.

—¿Qué condiciones?

—Primero, me das todo lo que sepas sobre los planes legales de mi tío.

Nombres de abogados, estrategias, tiempos.

Segundo, no más ataques contra mi equipo.

Nada de acusaciones, nada de amenazas, nada de juegos sucios.

Y tercero…

Hizo una pausa, saboreando el momento.

—Le dices a mi tío que fallaste.

Que no pudiste controlarme.

Que soy más problema de lo que vale la pena.

Quiero que piense que estás perdiendo tu agarre.

Porque necesito que cometa errores.

Y los hombres arrogantes cometen errores cuando piensan que sus herramientas están fallando.

Era una petición cruel.

Le estaba pidiendo a Julián que sacrificara su posición con Alberto.

Que se convirtiera en el chivo expiatorio.

Julián la miró durante un largo momento.

Luego, para sorpresa de todos, asintió.

—De acuerdo.

Pero si hago esto, si me pongo en la línea de fuego por ti, quiero algo a cambio.

—¿Qué?

—Cuando esto termine, cuando tu tío caiga o cuando logres lo que sea que estés buscando…

no me destruyas a mí.

No soy inocente, lo sé.

Pero tampoco soy el villano de esta historia.

Solo soy un jugador que eligió el bando equivocado.

Camila lo pensó.

Podía mentir.

Prometerle clemencia y luego hundirlo cuando tuviera la oportunidad.

Sería lo estratégico.

Pero entonces recordó las palabras que le había dicho a su tío: «Yo hago lo necesario sabiendo que tendré que vivir con las consecuencias».

—De acuerdo —dijo finalmente—.

Si me das información real, si me ayudas a proteger a mi gente, te dejaré salir de esto.

No limpiaré tu nombre, pero no te hundiré activamente.

Esa es mi oferta.

Julián extendió la mano de nuevo.

Esta vez, Camila la estrechó.

El apretón fue breve, profesional, y completamente desprovisto de confianza.

Pero era un acuerdo.

Julián sacó su teléfono y comenzó a escribir.

—Te enviaré un archivo encriptado esta noche.

Todo lo que sé sobre sus planes legales.

Tendrás cuarenta y ocho horas para usarlo antes de que él se dé cuenta de que hay una filtración.

Se dio la vuelta y se marchó, dejando a Camila y su equipo en un silencio atónito.

Teo fue el primero en hablar.

—¿Acabas de hacer un trato con el diablo?

—No —dijo Camila, guardando la carpeta que su tío le había dado en su mochila—.

Acabo de hacer dos.

Lucía soltó una risa incrédula.

—Cami, no sé si eres una genio o una suicida.

—Probablemente ambas cosas —admitió Camila—.

Pero ahora mismo, necesito ser ambas para sobrevivir.

Esa noche, sola en su apartamento, Camila abrió la carpeta que su tío le había dado.

Leyó cada documento, cada acta, cada firma.

Y con cada página, la imagen de su padre se volvió más compleja, más humana, más…

rota.

No era el santo que recordaba.

Pero tampoco era el villano que su tío había intentado pintarlo.

Era simplemente un hombre.

Un hombre que había cometido errores intentando proteger lo que amaba.

Y que había pagado el precio en culpa y enfermedad.

Cerró la carpeta y la guardó en el fondo de su armario.

No la publicaría.

Pero tampoco la destruiría.

Era una verdad que necesitaba cargar, un recordatorio de que en esta guerra, no había buenos puros ni malos absolutos.

Solo supervivientes.

Y víctimas.

Y ella estaba decidida a no ser lo segundo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES roret ¿Qué harías si para ganar la guerra, tuvieras que hacer un pacto con el diablo?

¿Y si, de repente, hubiera dos demonios ofreciéndote un trato?

¿Tienes alguna idea sobre mi historia?

Coméntala y házmelo saber.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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