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La Sombra que Fui - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 El cerco se cierra
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44: El cerco se cierra 44: El cerco se cierra La noticia llegó a las 7:32 de la mañana de un martes.

Camila estaba en la cocina de su apartamento, preparando café instantáneo —lo único que podía permitirse ahora— cuando su teléfono explotó con notificaciones.

Twitter, mensajes de texto, correos electrónicos, todo a la vez.

Abrió la aplicación de noticias con manos temblorosas y ahí estaba, en letras enormes: «Corporación Montalbán Demanda a El Centinela Digital por Difamación: Exigen 50 Millones en Daños y Perjuicios» Leyó el artículo con el estómago convirtiéndose en piedra.

La demanda no solo iba contra el periódico.

Iba específicamente contra Adrián, acusándolo de «periodismo irresponsable», «uso de fuentes no verificables» y «daño intencional a la reputación de una empresa con décadas de trayectoria impecable».

Pero lo que realmente le heló la sangre fue el último párrafo: «Fuentes cercanas a la Corporación Montalbán sugieren que la empresa también está considerando acciones legales contra las fuentes anónimas que proporcionaron documentación robada y potencialmente falsificada.

Un portavoz declaró: “No descansaremos hasta que todos los responsables de esta campaña de desprestigio enfrenten las consecuencias legales correspondientes”.» Su teléfono sonó.

Era Adrián.

—¿Ya lo viste?

—su voz sonaba cansada, derrotada.

—Sí.

¿Cómo está el periódico?

—En pánico.

El consejo editorial está reunido en este momento.

Cincuenta millones, Camila.

El periódico no tiene ese tipo de dinero.

Si perdemos el juicio, cerramos.

Cientos de empleados sin trabajo.

Décadas de periodismo independiente, borradas.

—Pero tenemos la verdad.

Los documentos son reales.

—La verdad no importa si no puedes pagarle a los abogados para defenderla.

—Adrián hizo una pausa—.

Están hablando de retirar los artículos.

De publicar una disculpa.

De llegar a un acuerdo extrajudicial antes de que esto llegue a los tribunales.

—No pueden hacer eso.

Si retiran los artículos, mi tío gana.

Todo esto habrá sido para nada.

—Lo sé.

Pero no es mi decisión.

Es de los dueños.

Y ellos están viendo los números, no la justicia.

—Su voz se volvió más baja—.

Camila, hay algo más.

Algo que necesitas saber.

—¿Qué?

—Mis fuentes legales me dicen que tu tío está preparando una segunda demanda.

Una penal.

Contra ti específicamente.

El mundo se detuvo.

—¿Qué cargos?

—Robo de documentos corporativos.

Violación de acuerdos de confidencialidad.

Posible espionaje industrial.

Están construyendo un caso que te pintaría no como una informante, sino como una criminal.

Y si lo consiguen, Camila, no estamos hablando de multas.

Estamos hablando de cárcel.

Camila se dejó caer en una silla, las piernas súbitamente incapaces de sostenerla.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—No lo sé.

Días, tal vez semanas.

Depende de qué tan rápido puedan construir el caso y encontrar a un fiscal dispuesto a presentar los cargos.

Pero Camila, tu tío tiene amigos en lugares altos.

No me sorprendería si…

—Si tiene jueces que le deben favores —completó Camila, pensando en todos los fantasmas sin nombre que debían estar en la nómina de su tío.

—Exacto.

Esto no es solo una batalla de relaciones públicas.

Es una guerra legal.

Y él tiene más armas que nosotros.

Colgaron con la promesa de mantenerse en contacto.

Camila se quedó mirando el teléfono, sintiendo el peso del cerco cerrándose a su alrededor.

Su tío no estaba jugando.

La amenaza de la demanda criminal era real.

Y si lograban arrestarla, confiscarían toda la evidencia, pintarían todo como el producto de un robo, de una venganza personal de una sobrina resentida.

La verdad quedaría enterrada bajo montañas de procedimientos legales y tecnicismos.

A las 10 AM, Camila convocó una reunión de emergencia con su equipo.

No en la biblioteca esta vez.

Era demasiado público.

Se reunieron en el apartamento de Lucía, con las cortinas cerradas y el ambiente cargado de tensión.

Les contó todo.

La demanda contra el periódico.

La posible demanda criminal contra ella.

La amenaza de que retiraran los artículos.

El silencio que siguió fue absoluto.

Finalmente, Teo habló.

—Entonces…

¿perdimos?

—No hemos perdido —dijo Camila, aunque su voz carecía de la convicción habitual—.

Solo nos están acorralando.

Pero todavía tenemos opciones.

—¿Qué opciones?

—preguntó David, su habitual optimismo técnico ausente—.

Si retiran los artículos y te arrestan, ¿qué nos queda?

—Nos queda encontrar al Juez —dijo Camila con firmeza—.

Si podemos exponerlo, si podemos demostrar que la corrupción llega hasta la cima del sistema judicial, entonces la demanda de mi tío se desmorona.

Porque estará claro que no está defendiendo su reputación.

Está protegiendo una red criminal.

—Pero no tenemos pruebas sólidas sobre el Juez —señaló Ana—.

Solo tenemos la mención en el diario de Ronaldo.

Eso no es suficiente para acusar a un magistrado.

—Entonces necesitamos encontrar más —dijo Camila—.

Y rápido.

Justo en el momento más oportuno, su teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Lo abrió y su corazón se aceleró.

—Si necesitas evidencia, tengo lo que necesitas.

Pero no es gratis, y no es seguro.

¿Estás dispuesta a arriesgarlo todo?

Si es así, ven sola.

Edificio abandonado en Calle Industrial 847.

Medianoche.

Si traes a alguien, no habrá segunda oportunidad.

Camila mostró el mensaje al grupo.

—Es una trampa —dijo Lucía inmediatamente—.

Es obvio.

Tu tío sabe que estás desesperada.

Está jugando contigo.

—Tal vez —admitió Camila—.

O tal vez es alguien que realmente tiene información.

Alguien que estuvo allí.

Alguien que tiene miedo pero que quiere hablar.

—¿Y vas a arriesgarte a ir sola a un edificio abandonado a medianoche para averiguarlo?

—preguntó David, incrédulo—.

Camila, eso es de manual de cómo desaparecer.

—Si no voy, nunca sabremos.

Y si no conseguimos más pruebas, perdemos de todas formas.

—Miró a cada uno de ellos—.

Iré.

Pero con precaución.

—¿Qué tipo de precaución?

—preguntó Teo.

—Llevaré mi teléfono con el GPS activado.

Lucía, tú tendrás mi ubicación en tiempo real.

Si no salgo en una hora, llamas a la policía.

David, quiero que hackees la red de cámaras de seguridad de esa zona.

Si hay alguna funcional, necesito que grabes todo.

Y Ana…

Se detuvo, mirando a la chica más tímida del grupo.

—Ana, quiero que te quedes con Sofía esta noche.

Mantente lejos de todo esto.

Tu padre acaba de jubilarse.

No puedes arriesgarte a que te salpique.

—No —dijo Ana con una firmeza que sorprendió a todos—.

Ya estoy dentro.

Y no voy a abandonarte ahora.

Me quedaré con Lucía.

Estaré lista para lo que necesites.

Camila sintió un nudo en la garganta.

Su equipo, su extraño y leal equipo, estaba dispuesto a seguirla incluso al borde del abismo.

—De acuerdo —dijo—.

Entonces esta noche vamos a averiguar quién está detrás de ese mensaje.

Y esperemos que sea un aliado y no otro enemigo.

… El resto del día transcurrió en una agonía de preparación y espera.

Camila asistió a sus clases, pero su mente estaba en otro lugar.

Cada sombra parecía amenazante.

Cada mirada, una acusación.

A las 5 PM, cuando salía del edificio de Derecho, se encontró cara a cara con Julián.

Él no lucía victorioso.

Lucía exhausto, con ojeras profundas y el cabello menos perfectamente peinado que de costumbre.

Se quedaron mirándose durante un momento incómodo.

—Supongo que ya sabes de la demanda —dijo finalmente.

—Difícil no saberlo.

Está en todos lados.

Julián miró a su alrededor, asegurándose de que estaban solos.

—Te prometí información.

Y cumplo mis promesas.

—Sacó un USB de su bolsillo—.

Aquí está todo.

Los planes legales completos.

Nombres de los abogados que tu tío contrató.

La estrategia para la demanda civil y la penal.

Documentos que muestran cómo están presionando a El Centinela para que se retracte.

Y algo más…

información sobre los jueces que están considerando para el caso.

Camila tomó el USB, sintiendo su peso insignificante en la mano.

—¿Por qué haces esto?

De verdad, Julián.

¿Por qué me ayudas?

Julián apartó la mirada, su mandíbula tensa.

—Porque estuve en una reunión con tu tío esta mañana.

Y por primera vez, lo vi como realmente es.

No como el mentor brillante.

No como el titán de los negocios.

Lo vi como un hombre dispuesto a destruir a su propia sobrina, a arruinar un periódico entero, a usar el sistema judicial como un arma personal…

solo para proteger su ego.

Hizo una pausa.

—Y me di cuenta de que si puede hacerte eso a ti, su familia, no hay límite a lo que me haría a mí si alguna vez me vuelvo inconveniente.

—Bienvenido al club de los desechables —dijo Camila sin alegría.

—Hay algo más en ese USB —añadió Julián—.

Grabaciones.

De conversaciones entre tu tío y su equipo legal.

Las grabé en secreto durante las últimas semanas.

Es ilegal, no se pueden usar en un tribunal.

Pero pueden darte una idea de sus próximos movimientos.

—¿Sabes lo que arriesgas dándome esto?

—Sí.

Por eso necesito que te muevas rápido.

Tiene espías en todas partes.

Eventualmente, se dará cuenta de que hay una filtración.

Y cuando lo haga…

—dejó la frase sin terminar.

—Gracias —dijo Camila, guardando el USB en su mochila—.

En serio.

Julián asintió y comenzó a alejarse.

Luego se detuvo.

—Camila, una cosa más.

La demanda penal contra ti…

no es solo amenaza.

Ya está en proceso.

Tienen un fiscal dispuesto a presentar los cargos.

El Fiscal Garrido.

Está en la nómina de tu tío desde hace años.

Tienes tal vez 72 horas antes de que emitan una orden de arresto.

El mundo se inclinó ligeramente.

—Tres días.

—Como mucho.

Después de eso, estarás arrestada.

Confiscarán todos tus dispositivos, tu evidencia, todo.

Y lucharás desde una celda.

—La miró con algo que podría haber sido respeto o lástima—.

Así que lo que sea que estés planeando, hazlo rápido.

Se marchó, dejándola sola en el campus que se vaciaba con el atardecer.

Camila se quedó ahí, sosteniendo su mochila que ahora contenía tanto el USB de Julián como la pequeña grabadora que llevaría esa noche.

Tres días.

Setenta y dos horas para encontrar la prueba definitiva, para exponer a un juez corrupto, para derribar a un imperio.

O para perderlo todo.

A las 11:30 PM, Camila estaba en su apartamento, preparándose.

Se vistió con ropa oscura, práctica.

Guardó su teléfono en el bolsillo con el GPS activado.

Puso la pequeña grabadora de audio en el interior de su chaqueta.

Lucía estaba con ella, revisando la aplicación de rastreo.

—Veo tu ubicación perfectamente.

En cuanto llegues al edificio, David activará las cámaras si las hay.

—Miró a Camila con preocupación—.

Todavía pienso que esto es una mala idea.

—Todas mis ideas últimamente son malas —dijo Camila con una sonrisa sin humor—.

Pero son las únicas que tengo.

Se abrazaron.

Era un abrazo breve pero intenso, el tipo de abrazo que se da cuando ambas personas saben que podría ser el último.

—Si pasa algo…

—comenzó Camila.

—No va a pasar nada —la interrumpió Lucía—.

Vas a ir, vas a conseguir la información, y vas a volver.

Y luego vamos a derribar a esos bastardos.

¿Entendido?

—Entendido.

Camila salió del apartamento y tomó un taxi.

Le dio al conductor la dirección de la Calle Industrial.

El hombre la miró con suspicacia.

—Esa zona está abandonada, señorita.

No es seguro a esta hora.

—Lo sé.

Lléveme de todas formas.

El viaje duró veinte minutos.

Con cada minuto que pasaba, la ciudad se volvía más oscura, más desierta.

Pasaron de los edificios iluminados del centro a las fábricas cerradas y los almacenes vacíos de la zona industrial.

El taxi se detuvo frente al edificio 847.

Era un esqueleto de concreto, con ventanas rotas y graffiti cubriendo las paredes.

La puerta principal colgaba de una bisagra.

—¿Está segura de esto?

—preguntó el taxista.

—No.

Pero necesito hacerlo de todas formas.

Pagó y bajó.

El taxi se alejó rápidamente, sus luces traseras desapareciendo en la oscuridad como los últimos vestigios de civilización.

Camila se quedó sola frente al edificio.

El viento hacía crujir las láminas de metal sueltas.

En algún lugar, un perro ladraba.

Miró su reloj: 11:58 PM.

Respiró hondo, encendió la grabadora en su bolsillo y entró.

El interior del edificio era un laberinto de pasillos oscuros y habitaciones vacías.

Usó la linterna de su teléfono para iluminar el camino.

Las sombras bailaban en las paredes, creando formas amenazantes.

—¿Hola?

—llamó, su voz resonando en el vacío—.

Estoy aquí.

Sola, como pediste.

Silencio.

Caminó más adentro, su corazón latiendo con fuerza.

Cada paso parecía hacer eco mil veces.

Llegó a lo que alguna vez fue una oficina grande, con escritorios volcados y archivos esparcidos por el suelo.

Y entonces, una figura emergió de las sombras.

Era un hombre mayor, tal vez de sesenta años, con ropa desgastada y una expresión de miedo absoluto.

Sostenía una linterna temblorosa.

—¿Camila Montalbán?

—su voz era apenas un susurro.

—Sí.

¿Quién eres tú?

—Mi nombre es…

mi nombre no importa.

Trabajé en San Carmelo.

En la construcción.

Yo estaba allí la noche que Ronaldo Ferrer fue amenazado.

Yo vi a los hombres de tu tío.

Yo escuché las conversaciones.

Camila dio un paso adelante, apenas atreviéndose a respirar.

—¿Qué viste?

¿Qué escuchaste?

El hombre miró a su alrededor nerviosamente, como si esperara que las sombras cobraran vida.

—Vi al Juez.

Estaba allí esa noche.

No como observador.

Como partícipe.

Él fue quien le dijo a Alberto cómo hacerlo.

Cómo amenazar a Ferrer sin dejar rastro legal.

Cómo usar la ley como un arma.

—Necesito pruebas.

Documentos.

Algo que pueda usar.

—Las hay.

—El hombre sacó un papel arrugado de su bolsillo—.

Esto es la clave de una caja de seguridad.

En el Banco Central.

Está a nombre de una empresa fantasma que ya no existe.

Dentro están los contratos originales.

Los reales.

Con las firmas de todos.

Incluyendo la del juez.

Yo ayudé a esconderla hace años.

Era nuestro seguro de vida, por si alguna vez nos traicionaban.

Extendió el papel hacia Camila.

—¿Por qué me la das ahora?

¿Por qué después de tantos años?

—Porque estoy muriendo.

Cáncer.

Seis meses, tal vez menos.

Y no quiero irme sabiendo que dejé ese veneno enterrado.

—Sus ojos se llenaron de lágrimas—.

He vivido veinte años con miedo.

Mirando sobre mi hombro.

Escondiéndome.

Pero tú…

tú no tienes miedo.

O lo tienes pero sigues luchando.

Eso es…

eso es valiente.

Camila tomó el papel con manos temblorosas.

Era un número de caja de seguridad y un código de acceso.

—Gracias.

Esto es…

esto es lo que necesitaba.

—Ten cuidado.

Tienen ojos en todas partes.

Si sospechan que alguien va tras esa caja…

No terminó la frase.

No necesitaba hacerlo.

Un sonido vino desde afuera.

El ruido de coches deteniéndose.

Puertas cerrándose.

Voces.

El hombre palideció.

—No.

No, no, no.

Me siguieron.

O te siguieron a ti.

—Tenemos que salir —dijo Camila, agarrándolo del brazo.

Corrieron hacia la salida trasera.

Pero al girar la esquina, se encontraron con flashes cegadores.

Cámaras.

Al menos tres fotógrafos, disparando foto tras foto.

—¡Camila Montalbán!

—gritó uno de ellos—.

¿Es cierto que está acosando a testigos para fabricar evidencia contra su tío?

—¿Este hombre es un empleado al que está coaccionando?

—¿Cuánto le está pagando por testimonios falsos?

Camila se quedó paralizada, comprendiendo de golpe lo que estaba pasando.

No era una emboscada violenta.

Era algo peor.

Era una emboscada mediática.

Su tío había orquestado esto.

Los había seguido o había adivinado que ella vendría.

Y ahora tenía fotos de Camila en un edificio abandonado, en la oscuridad, con un «testigo» asustado.

Fotos que podían ser tergiversadas, editadas, usadas para pintar la narrativa de que ella estaba fabricando evidencia.

El hombre mayor soltó su brazo y huyó por otra salida, desapareciendo en la noche.

Los fotógrafos lo siguieron brevemente, consiguiendo más tomas.

Camila se quedó sola bajo los flashes, sintiendo que acababa de caer en una trampa perfectamente diseñada.

Sacó su teléfono y marcó a Lucía.

—Me tendieron una trampa.

Sal de ahí.

Ahora.

Corrió hacia la salida, alejándose de los fotógrafos.

Consiguió llegar a una calle adyacente y llamó otro taxi.

Cuando finalmente llegó a su apartamento, a las 2 AM, su teléfono ya explotaba con alertas.

Las fotos estaban en línea.

En todas partes.

«CAMILA MONTALBÁN SORPRENDIDA EN ENCUENTRO NOCTURNO CON SUPUESTO TESTIGO: ¿Fabricación de Evidencia?».

«Heredera Rebelde Acusada de Acosar a Testigos en Edificio Abandonado».

Los medios controlados por su tío estaban en frenesí.

Las fotos, sacadas de contexto, la hacían parecer una acosadora, una conspiradora, una obsesiva fabricando evidencia.

Camila se dejó caer en el sofá, sosteniendo el papel con la información de la caja de seguridad.

Lo tenía.

Tenía la clave para la prueba definitiva.

Pero ahora su credibilidad estaba destruida.

Y el cerco se había cerrado un poco más.

Miró el reloj: 2:17 AM.

Le quedaban aproximadamente 70 horas antes de la orden de arresto.

Setenta horas para encontrar esa caja de seguridad.

Para exponer a todos.

Para cambiar el tablero de juego.

O setenta horas antes de perderlo todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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