La Sombra que Fui - Capítulo 45
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45: La rendición del aliado 45: La rendición del aliado La mañana llegó demasiado rápido y con ella, las consecuencias.
Camila no había dormido.
Se había quedado sentada en su sofá, con el papel arrugado de la caja de seguridad en una mano y su teléfono en la otra, viendo cómo las fotos de la noche anterior se propagaban por internet como un virus.
Los titulares eran cada vez más creativos en su crueldad: «La Caída de una Informante: ¿Camila Montalbán Perdió la Cordura o Siempre Fue una Mentirosa?» «Expertos Legales Cuestionan la Veracidad de las Acusaciones contra Montalbán Corp».
«¿Venganza Personal o Justicia?
El Caso que Divide a la Opinión Pública» Pero el golpe más duro vino de una fuente inesperada.
A las 7:30 AM, El Centinela Digital publicó un comunicado oficial: «Comunicado de la Dirección Editorial: Tras revisar las recientes acusaciones y el material fotográfico que cuestiona los métodos de obtención de información, El Centinela Digital se ve obligado a tomar medidas precautorias.
Los artículos publicados por el periodista Adrián Soto sobre la Corporación Montalbán están siendo sometidos a una auditoría interna exhaustiva.
Mientras tanto, hemos decidido suspender temporalmente la publicación de nuevos artículos relacionados con este tema hasta que se complete dicha revisión.
El Centinela Digital mantiene su compromiso con el periodismo ético y responsable.
No toleraremos que nuestro nombre sea asociado con prácticas cuestionables de obtención de información» Era una rendición disfrazada de «ética periodística».
El periódico estaba cortando lazos con ella para salvar su pellejo.
Camila llamó a Adrián inmediatamente.
Él contestó al tercer tono, su voz sonando como papel de lija.
—Ya lo vi —dijo antes de que ella pudiera hablar.
—Adrián, yo no…
—Lo sé.
Sé que no estabas fabricando nada.
Sé que esas fotos están fuera de contexto.
Pero Camila, no importa lo que yo sepa.
Importa lo que el público crea.
Y ahora mismo, tu credibilidad está en el suelo.
Y con ella, la mía.
—¿Qué vas a hacer?
Hubo un largo silencio.
—Me pidieron que me distancie públicamente de ti.
Que diga que actuaste sin mi conocimiento, que fuiste una fuente que se volvió…
inestable.
Que mis artículos fueron escritos de buena fe pero con información posiblemente comprometida.
—¿Y vas a hacerlo?
—No quiero.
Pero si no lo hago, me despiden.
Y si me despiden, pierdo el único escudo que tengo contra la demanda de tu tío.
Camila, tengo dos hijas que alimentar.
Una exesposa a la que paso pensión.
Deudas que…
—Está bien —lo interrumpió Camila, su voz sorprendentemente calmada—.
Hazlo.
Distánciate de mí.
Salva tu trabajo.
—Camila…
—Hablo en serio, Adrián.
No voy a dejar que te hundan conmigo.
Ya hiciste suficiente.
Publicaste la verdad.
Dos veces.
Eso no se borra, sin importar lo que digas ahora.
—Si hago esto, te quedas completamente sola.
Sin un periodista que respalde tu versión.
Sin un medio que publique más revelaciones.
—Ya estaba sola —dijo Camila—.
Solo que ahora es oficial.
Colgó antes de que Adrián pudiera responder.
Se quedó mirando el teléfono, sintiendo el peso de la soledad que había elegido.
Un mensaje entrante de Lucía: —Enciende la TV.
Canal 7.
Ya.
Camila encendió el televisor.
Era un programa de noticias matutino.
Y allí, en el panel de invitados, estaba su madre.
Elena Montalbán lucía impecable como siempre, con un vestido sobrio y elegante, el cabello perfectamente arreglado y una expresión de dolor maternal cuidadosamente ensayada.
—Es muy difícil para mí estar aquí —estaba diciendo, su voz quebrándose en los momentos precisos—.
Como madre, ver a tu hija en este estado…
es desgarrador.
—¿A qué estado se refiere, señora Montalbán?
—preguntó el presentador con falsa compasión.
—Camila siempre fue una chica…
intensa.
Apasionada.
Pero desde la muerte de su padre, algo en ella cambió.
Se volvió obsesiva.
Resentida.
—Su madre se secó una lágrima que Camila estaba segura era fabricada—.
Empezó a culpar a su tío, el hombre que nos cuidó a ambas, por cosas que solo existían en su imaginación.
—¿Está sugiriendo que su hija inventó las acusaciones?
—Estoy sugiriendo que mi hija necesita ayuda.
Ayuda psicológica.
No legal, no mediática.
Ayuda de verdad.
—Su madre miró directamente a la cámara, como si le hablara a Camila—.
Cariño, si me estás viendo, por favor, vuelve a casa.
Deja que te ayudemos.
Esto no tiene que terminar mal.
Camila apagó el televisor, incapaz de seguir mirando.
Su propia madre la había pintado como inestable.
Como una conspiradora paranoica que necesitaba ayuda psiquiátrica.
Era el golpe perfecto: no negaba las acusaciones directamente, solo desacreditaba a quien las hacía.
A las 9 AM, sonó su timbre.
Camila miró por la mirilla.
Era Julián.
Abrió la puerta, demasiado cansada para sentir sorpresa.
—¿Vienes a rematar?
—preguntó sin emoción.
Julián entró sin esperar invitación.
Lucía exhausto, desaliñado de una forma que ella nunca había visto.
Su corbata estaba floja, su camisa arrugada.
—Vine a advertirte.
Otra vez.
—Sacó su teléfono y le mostró un mensaje—.
Acaban de acelerar la orden de arresto.
Ya no son 72 horas.
Son 24.
Camila sintió que el piso se movía bajo sus pies.
—¿Por qué?
—Porque las fotos de anoche fueron el pretexto perfecto.
Tu tío convenció al fiscal de que estás obstruyendo la justicia, intimidando testigos.
Necesitan detenerte antes de que «contamines» más evidencia.
—¿Cuándo emiten la orden?
—Mañana por la mañana.
Tal vez antes si sospechan que vas a huir.
Camila se dejó caer en una silla.
—Entonces esto se acabó.
—No necesariamente.
—Julián se sentó frente a ella, su expresión era difícil de leer—.
Hay otra opción.
Una que no va a gustarte.
—Te escucho.
—Entrégarte voluntariamente.
Ahora.
Antes de que emitan la orden.
Coopera.
Di que actuaste sola, que estabas…
emocionalmente afectada por la muerte de tu padre.
Acepta consejería psicológica.
Tu tío estará dispuesto a no presionar cargos penales si…
—Si me declaro loca y me retracto de todo —completó Camila con amargura.
—Si admites que fuiste demasiado lejos.
Que las acusaciones fueron…
exageradas.
No tienes que decir que mentiste.
Solo que te equivocaste en algunas interpretaciones.
—¿Y mi padre?
¿Y Alejandro?
¿Y Ronaldo Ferrer y su hija que vivieron escondidos por veinte años?
—Estarán igual que están ahora.
Muertos o escondidos.
Pero tú estarás viva.
Libre.
Podrás terminar tu carrera, tener una vida.
Camila lo miró fijamente.
—¿De verdad crees que aceptaré eso?
¿Después de todo?
—No —admitió Julián—.
Pero tenía que ofrecértelo.
Porque soy el último puente que tienes con tu tío.
Y después de esta conversación, ese puente se quema.
Definitivamente.
—¿Por qué haces esto, Julián?
En serio.
¿Por qué me ayudas?
Julián se quedó en silencio un largo momento, mirando sus manos.
—Porque vi lo que tu tío le hizo a alguien que trabajó para él durante quince años.
Un vicepresidente.
El hombre cometió un error, uno pequeño, y tu tío lo destruyó.
No solo lo despidió.
Lo destruyó.
Su reputación, sus ahorros, su matrimonio.
Lo dejó sin nada.
—Levantó la vista—.
Y me di cuenta de que yo soy completamente prescindible.
Que el día que falle, el día que no le sea útil, haré lo mismo que ese hombre.
Terminaré en la calle, sin nada, preguntándome cómo llegué ahí.
—¿Y crees que traicionarlo antes te salvará?
—No sé si me salvará.
Pero al menos podré mirarme al espejo.
—Se levantó—.
Tienes 24 horas, Camila.
Úsalas bien.
Y por lo que más quieras, ten cuidado.
Tu tío ya no está jugando.
Se dirigió a la puerta.
Antes de salir, se giró una última vez.
—Por lo que vale, creo que tienes razón.
Sobre tu tío.
Sobre todo.
Ojalá tuviera tu coraje para pelear abiertamente.
Pero no lo tengo.
Solo tengo la cobardía suficiente para filtrar información y rogar que no me descubran.
—Julián —lo llamó Camila—.
Gracias.
Por todo.
Él asintió y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Camila se quedó sola en su apartamento.
Miró el papel con la información de la caja de seguridad.
Miró su teléfono, lleno de mensajes de odio de extraños que la creían una mentirosa.
Veinticuatro horas.
Un día para encontrar la evidencia definitiva.
Para cambiar la narrativa.
Para salvar todo por lo que había luchado.
O un día para despedirse de su libertad.
De repente, su teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido: —Viste lo que tu madre dijo.
Viste lo que tu periodista hará.
Estás sola.
¿Todavía crees que puedes ganar?
Ríndete ahora y tal vez haya clemencia.
— A.M.
Alberto.
Su tío le escribía directamente ahora, sin intermediarios.
Era un movimiento de poder, una demostración de que ya no necesitaba esconderse.
Camila miró el mensaje durante un largo momento.
Luego escribió su respuesta: —Nos vemos en el infierno, tío.
Y prometo que llegaré allí antes que tú solo para asegurarme de que tu lugar esté listo.
Presionó enviar.
Ya no había vuelta atrás.
Ya no había rendición posible.
Era todo o nada.
A las 10 AM, Camila convocó a su equipo en el apartamento de Lucía.
Cuando todos estuvieron reunidos —Teo, David, Ana y Lucía— les mostró el papel.
—Esta es la ubicación de los documentos originales.
Los contratos que incluyen la firma del juez.
Es la prueba definitiva.
Les contó sobre el plazo de 24 horas.
Sobre la orden de arresto inminente.
Sobre el hecho de que esta era literalmente su última oportunidad.
—Hay que entrar al banco y sacarlos de la caja de seguridad —dijo finalmente.
—Eso es…
ilegal —dijo Ana con voz temblorosa—.
Muy ilegal.
Robo.
Suplantación de identidad.
Si nos atrapan…
—Si nos atrapan, vamos a la cárcel —completó Camila con brutal honestidad—.
Todos nosotros.
Por eso les voy a dar una última oportunidad de salir.
De verdad esta vez.
Sin resentimientos.
Sin culpa.
Porque lo que estoy proponiendo no es un juego universitario.
Es un crimen.
Y si sale mal, arruinará sus vidas.
Nadie se movió.
—Necesito escucharlo —insistió Camila—.
Necesito que cada uno de ustedes diga, en voz alta, si está dentro o fuera.
Porque después de esto, no hay vuelta atrás.
Teo fue el primero.
—Estoy dentro.
Desde el principio supe que esto iba a ponerse feo.
Y no voy a rajarme ahora.
David asintió.
—Dentro.
Ya crucé la línea cuando hackeé el sistema de la universidad.
Esto es solo…
dar un paso más.
Ana tardó más.
Se mordió el labio, sus manos temblando ligeramente.
Luego miró a Camila directamente a los ojos.
—Mi padre me llamó esta mañana.
Vio las noticias.
Me dijo que me alejara de ti.
Que esto ya era demasiado peligroso.
—Hizo una pausa—.
Y luego me dijo algo más.
Me dijo: «Pero si decides seguir, hazlo con todo.
Porque la gente que hace lo correcto a medias siempre pierde».
Así que sí.
Estoy dentro.
Lucía fue la última.
Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad por un largo momento.
—He pasado toda mi vida siendo la rebelde sin causa.
La que protestaba solo por protestar.
La que se peleaba con el sistema porque era divertido, no porque importara.
—Se giró hacia Camila—.
Pero esto importa.
Y tú importas.
Así que sí, estoy dentro.
Hasta el final.
Incluso si el final es una celda.
Camila sintió un nudo en la garganta.
Estos extraños, este grupo imposible de inadaptados, estaban dispuestos a arriesgar su futuro por su guerra.
—De acuerdo —dijo, su voz ronca—.
Entonces hagamos esto bien.
Tenemos menos de 24 horas para planear el robo perfecto.
Se miraron entre sí, el peso de lo que estaban a punto de hacer cayendo sobre todos como una losa.
Pero nadie retrocedió.
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