La Sombra que Fui - Capítulo 46
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46: El plan 46: El plan Las siguientes 20 horas fueron un torbellino de planificación meticulosa y ensayos constantes.
David había transformado el apartamento de Lucía en un centro de operaciones improvisado.
Su portátil estaba conectado a dos monitores externos que había «tomado prestados» del laboratorio de informática de la universidad.
En las pantallas se desplegaban planos del Banco Central, horarios de guardias, protocolos de seguridad.
—Conseguí acceso al sistema del banco —anunció David a las 2 AM, después de seis horas de trabajo ininterrumpido—.
Tengo los planos completos.
Es un edificio viejo pero con seguridad moderna: cámaras en cada piso, tres guardias rotativos, protocolo de verificación de identidad biométrica en ciertas áreas.
Proyectó el plano en la pantalla más grande.
Era un edificio de cuatro pisos.
El sótano albergaba las cajas de seguridad, con acceso a través de un elevador que requería autorización.
—El problema principal es el sótano —continuó David, señalando con un láser—.
Hay un guardia fijo allí.
Ex-militar según su ficha de empleado.
Ricardo Benegas, 15 años en el puesto, récord impecable.
No es del tipo que se distrae fácilmente.
—¿Y las cámaras?
—preguntó Camila.
—Puedo entrar al sistema remotamente, pero solo puedo ver las grabaciones en tiempo real.
No puedo borrarlas o alterarlas sin levantar banderas rojas en su sistema de seguridad.
Así que cualquier cosa que hagamos quedará registrada.
—Entonces la clave es que parezca legítimo —dijo Lucía—.
Si actuamos como si tuviéramos derecho a estar allí, las grabaciones no importarán.
Solo seremos una clienta más accediendo a su caja.
—Excepto que no somos la clienta —señaló Teo—.
La caja está a nombre de una empresa fantasma que ni siquiera existe ya.
Necesitamos documentos perfectos.
Camila asintió.
—Teo, necesito que vayas a ver a ese amigo tuyo.
El de diseño gráfico.
El que tiene…
habilidades cuestionables con documentos.
—Marcos.
Sí.
Pero va a costar.
Y no acepta tarjetas de crédito, por razones obvias.
—¿Cuánto?
—Para una identificación falsa que pase inspección visual, más una carta notarial falsa…
probablemente mil dólares.
Efectivo.
Camila hizo cálculos mentales.
Tenía exactamente mil doscientos dólares de lo que quedaba del pago de Adrián.
—Hazlo.
Esta noche.
Teo salió inmediatamente.
Eran las 2:30 AM, pero aparentemente los falsificadores no dormían.
—Ana —dijo Camila, girándose hacia la chica más tímida del grupo—.
Tú vas a entrar.
Ana palideció visiblemente.
—¿Yo?
¿Por qué yo?
—Porque eres la que tiene el perfil más…
normal —explicó Camila con gentileza—.
Los guardias de seguridad están entrenados para detectar nerviosismo sospechoso.
Pero una chica joven, tímida, que está reclamando la herencia de un pariente fallecido…
eso es creíble.
Eso es lo que esperan ver.
—Pero no sé actuar.
Me pongo nerviosa.
Tartamudeo cuando…
—Exacto —interrumpió Lucía—.
Eso es perfecto.
Eres nerviosa naturalmente.
Los guardias lo esperarán.
Si entra Camila, la reconocerán de las noticias.
Si entro yo, parezco demasiado…
conflictiva.
Pero tú…
tú pareces inocente.
Y esa es tu mejor arma.
Ana se mordió el labio, las lágrimas amenazando con brotar.
—¿Y si me descubren?
¿Si me atrapan?
—No te atraparán —dijo Camila, sentándose junto a ella y tomando sus manos—.
Porque vamos a planear esto hasta el último detalle.
Vamos a ensayar cada palabra, cada gesto, cada paso.
Y vamos a tener planes de contingencia para todo.
—¿Y si algo sale realmente mal?
Camila la miró directamente a los ojos.
—Si algo sale realmente mal, si te atrapan, dices la verdad: que te coaccioné.
Que yo te forcé.
Me echas toda la culpa.
Te convertirás en testigo.
—No voy a hacer eso.
No voy a traicionarte.
—Ana, si la situación se vuelve insostenible, necesito que lo hagas.
Prométemelo.
Ana la miró un largo momento, luego asintió lentamente.
Pero Camila sabía que era una promesa vacía.
Ana no traicionaría.
Eso la hacía tanto admirable como peligrosamente vulnerable.
Teo regresó a las 5 AM con una mochila pequeña.
Dentro había dos documentos que parecían increíblemente auténticos: una licencia de conducir a nombre de Ana Beatriz Sánchez, nacida el 15 de marzo de 1999, y una carta notarial que «autorizaba» a la señorita Sánchez a acceder a la caja de seguridad número 1847 en nombre de su difunta tía, María Sánchez Villarreal.
—Marcos es un artista —dijo Teo con admiración—.
Miren la textura del papel, la marca de agua, incluso el sello notarial tiene la impresión correcta.
Camila examinó los documentos bajo la luz.
Eran perfectos.
Demasiado perfectos.
Si los analizaban en detalle, si los escaneaban en una base de datos…
—No resistirán una verificación digital profunda —advirtió David, leyendo su mente—.
Pero para una inspección visual, son impecables.
—Entonces nos aseguramos de que no haya verificación digital —dijo Camila—.
Ana, necesitas ser tan convincente que el guardia no sienta la necesidad de revisar más allá de lo básico.
Lucía apareció con una maleta llena de ropa.
—Hora del cambio de imagen.
Ana, ven conmigo.
Llevó a Ana al baño.
Treinta minutos después, cuando salió, era casi irreconocible.
Llevaba un traje de chaqueta sobrio en gris oscuro, el cabello recogido en un moño profesional, gafas sin graduación que cambiaban sutilmente la forma de su rostro, y un maquillaje discreto que la hacía parecer mayor, más seria.
—Luces como una joven profesional —dijo Teo con aprobación—.
Abogada junior, tal vez.
Contadora.
—Me siento como una impostora —murmuró Ana.
—Eso es porque lo eres —dijo Lucía sin rodeos—.
Pero la clave es que ellos no lo sepan.
Actúa como si tuvieras todo el derecho a estar allí.
Como si esto fuera solo otro trámite aburrido de un martes por la tarde.
Pasaron las siguientes horas ensayando.
Una y otra vez, Camila interpretaba al guardia, haciendo preguntas, pidiendo documentación, observando cada reacción de Ana.
—Documentos, por favor.
Ana extendía la carpeta, con manos que temblaban ligeramente.
—No.
Más firme —corrigió Camila—.
No eres una criminal.
Eres una heredera legítima haciendo un trámite legal.
Tienes derecho a estar ahí.
Lo intentaron de nuevo.
Y otra vez.
Y otra.
A las 10 AM, después de docenas de ensayos, Ana finalmente lo logró.
Su voz era clara, su postura confiada pero no arrogante, su nerviosismo parecía el nerviosismo natural de alguien manejando asuntos importantes, no el de alguien cometiendo un crimen.
—Bien —dijo Camila—.
Ahora la parte crucial.
El código de la caja de seguridad.
Ana cerró los ojos, recitando: —Caja 1847.
Código 5-9-7-3-2-1.
—Perfecto.
Pero en el momento, con el guardia mirándote, con la presión…
¿podrás recordarlo?
—Puedo hacerlo —dijo Ana, y por primera vez, Camila vio verdadera determinación en sus ojos, no solo miedo.
David levantó la vista de su portátil.
—Tenemos otro problema.
El banco cierra a las 4 PM.
Son las 10:30 AM ahora.
Eso nos da menos de seis horas.
Y necesitamos ir a una hora específica.
—¿Por qué específica?
—Porque revisé los horarios de los guardias.
Benegas, el ex-militar del sótano, tiene su descanso para almorzar de 2 a 2:30 PM.
Lo reemplaza temporalmente un guardia más joven, menos experimentado.
Esa es nuestra ventana.
—Entonces vamos a las 2:15 PM —decidió Camila—.
Justo en medio de su turno de reemplazo.
Suficiente tiempo para que esté relajado pero no tan tarde que Benegas ya haya regresado.
Lucía apareció con una serie de dispositivos pequeños.
—Auriculares inalámbricos —dijo, entregándole uno a Ana—.
Prácticamente invisible.
Estaremos en una furgoneta a media cuadra.
Podremos escuchar todo lo que digas y guiarte si es necesario.
Si te bloqueas, si necesitas ayuda, solo di una frase natural como «estoy un poco perdida» o «¿me puede repetir eso?».
Sabremos que necesitas guía.
Ana se colocó el auricular.
Era tan pequeño que desaparecía completamente dentro de su oreja.
—¿Me escuchan?
—susurró.
—Alto y claro —respondió David desde su estación de monitores.
A la 1 PM, hicieron una última revisión de todo.
Camila reunió a todos en un círculo.
—Última oportunidad de salir —dijo, mirando a cada uno—.
Especialmente tú, Ana.
Una vez que entres a ese banco, estás cometiendo al menos tres delitos federales.
Si cambias de opinión, nadie te juzgará.
Ana respiró hondo.
—No voy a cambiar de opinión.
Pero necesito saber…
¿qué hago si todo sale mal?
¿Si me atrapan allí mismo?
—Si te atrapan en el acto, antes de salir del banco, no digas nada —instruyó Camila—.
Literalmente, nada.
Solo pide un abogado.
No respondas preguntas.
No trates de explicar.
El silencio es tu derecho.
—¿Y si me atrapan después?
¿Si revisan las cámaras y vienen a buscarme?
—Entonces nos atrapan a todos —dijo Lucía simplemente—.
Porque no vamos a dejarte enfrentar esto sola.
Somos un equipo.
Nos hundimos o nadamos juntos.
Todos asintieron en acuerdo silencioso.
Camila sintió una oleada de emoción que amenazó con quebrar su fachada de control.
Este grupo extraño de inadaptados estaba dispuesto a arriesgar todo por una causa que ni siquiera era suya.
Por ella.
—Entonces vamos a asegurarnos de que nademos —dijo finalmente.
A las 1:45 PM, salieron en dos grupos.
Ana tomó un taxi sola hacia el Banco Central, con instrucciones de llegar exactamente a las 2:10 PM.
El resto se amontonó en la vieja furgoneta de Lucía y estacionaron a media cuadra del banco, en un lugar donde tenían visual de la entrada pero no eran obvios.
David desplegó su equipo.
Tres portátiles, todos conectados al sistema de cámaras del banco.
—Estoy dentro —anunció—.
Tengo visual de todas las cámaras.
Entrada principal, lobby, pasillos, elevadores, y…
bingo, sótano.
En una de las pantallas apareció la imagen del sótano del banco.
Un hombre joven con uniforme de guardia estaba sentado en un escritorio, mirando su teléfono.
No era Benegas.
—El reemplazo está en posición —confirmó David—.
Parece aburrido.
Perfecto.
Camila se puso los auriculares.
Podía escuchar la respiración de Ana, ligeramente acelerada.
—Ana, ¿me escuchas?
—Sí —la voz de Ana era apenas un susurro.
—Respira.
Despacio.
Eres Beatriz Sánchez.
Solo vas a hacer un trámite aburrido.
Nada más.
—Nada más —repitió Ana, pero su voz temblaba.
A las 2:12 PM, en las pantallas de David, vieron a Ana entrar al banco.
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