La Sombra que Fui - Capítulo 47
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47: La ejecución 47: La ejecución Ana caminaba con pasos medidos, la espalda recta, la carpeta bajo el brazo.
Su lenguaje corporal era perfecto: confiada pero no arrogante, seria pero no tensa.
El guardia en la entrada principal, un hombre corpulento de unos cincuenta años, apenas la miró.
Ana pasó el primer filtro sin problemas.
—Primer obstáculo superado —murmuró Teo en la furgoneta.
En la pantalla, vieron a Ana acercarse al mostrador de información.
Una empleada de mediana edad, con lentes y expresión eficiente, la atendió.
A través del auricular, escucharon la conversación: —Buenos días.
Necesito acceder a una caja de seguridad.
Es una herencia de mi tía fallecida.
La voz de Ana salió clara, profesional.
No había rastro del nerviosismo que Camila sabía que debía estar sintiendo.
—Por supuesto, señorita.
¿Tiene la documentación necesaria?
—Sí, aquí está.
El sonido de papeles siendo entregados.
Luego, un silencio que se sintió eterno.
Camila contó los segundos.
Diez.
Quince.
Veinte.
—Todo parece estar en orden —dijo finalmente la empleada—.
La caja está en el sótano.
El señor Méndez la acompañará.
—Gracias.
Un suspiro colectivo de alivio en la furgoneta.
El primer gran obstáculo había sido superado.
Los documentos falsos habían pasado la inspección inicial.
En la pantalla, vieron a Ana seguir a un empleado hacia el elevador.
Bajaron.
Las puertas se abrieron en el sótano.
El guardia joven —Méndez, aparentemente— levantó la vista de su teléfono cuando los vio salir.
—Hola, Méndez.
La señorita viene a acceder a una caja —dijo el empleado del banco.
—Claro.
Documentos, por favor —dijo Méndez, su tono era rutinario, aburrido.
De nuevo, el sonido de papeles.
Pero esta vez, la pausa fue más larga.
Camila sintió su corazón acelerarse.
—Ana Beatriz Sánchez —leyó Méndez en voz alta—.
¿Puede confirmar su fecha de nacimiento?
Camila cerró los ojos.
Era una pregunta que habían anticipado, pero el miedo de que Ana se bloqueara era real.
La voz de Ana, después de apenas un segundo de pausa, respondió: —15 de marzo de 1999.
—Correcto.
¿Y el número de la caja?
—1847.
—Perfecto.
Por aquí, señorita.
En la pantalla, vieron al guardia escoltar a Ana hacia el área de las cajas de seguridad.
Era un pasillo largo con paredes llenas de pequeñas puertas metálicas numeradas.
Se detuvieron frente a la 1847.
Méndez sacó una llave maestra y la insertó en una de las cerraduras.
—Ahora necesito que usted ingrese su código personal —dijo.
Ana se acercó al panel numérico.
La cámara no tenía un ángulo perfecto, pero Camila podía ver sus dedos moviéndose: 5-9-7-3-2-1.
Un clic.
Un pitido.
La puerta de la caja se desbloqueó.
—Tiene quince minutos —dijo Méndez—.
Cuando termine, toque el timbre.
—Señaló un botón rojo en la pared—.
Estaré en mi escritorio si necesita algo.
—Gracias —dijo Ana.
El guardia se retiró, caminando de regreso a su escritorio al final del pasillo.
Se sentó y volvió a su teléfono.
En el auricular, la respiración de Ana era rápida, casi jadeante.
—Ana —dijo Camila suavemente—.
Respira.
Lo estás haciendo perfecto.
Ahora, abre la caja.
Despacio.
Natural.
El sonido metálico de la caja siendo extraída de la pared.
Luego, un silencio.
—¿Ana?
—preguntó Camila—.
¿Qué ves?
—Hay…
hay muchos documentos —susurró Ana, su voz apenas audible—.
Carpetas.
Y hay algo más.
Una grabadora vieja.
De cinta.
Camila sintió una descarga de adrenalina.
—Toma todo.
Todo lo que quepa en la carpeta.
Rápido pero sin apresurarte.
El sonido de papeles siendo movidos, el roce de una cremallera.
Treinta segundos.
Cuarenta.
Un minuto.
—Lo tengo todo —dijo Ana—.
¿Ahora qué?
—Cierra la caja.
Asegúrate de que quede exactamente como estaba.
Luego toca el timbre y espera al guardia.
Actúa normal.
Aburrida, incluso.
Como si esto hubiera sido una pérdida de tiempo.
Ana siguió las instrucciones.
Cerró la caja con un clic metálico.
Tocó el timbre.
Méndez levantó la vista y caminó hacia ella.
—¿Ya terminó?
—Sí, gracias.
Solo eran algunos documentos viejos de mi tía.
Nada importante, al final.
Su tono era perfecto: ligeramente decepcionado, como alguien que esperaba encontrar algo valioso y solo halló papeles sin valor.
—Bueno, a veces es así —dijo Méndez con simpatía—.
Por aquí, la acompaño.
La escoltó de vuelta al elevador.
Subieron.
Las puertas se abrieron en el lobby principal.
Ana caminó hacia la salida con pasos medidos.
Diez metros.
Cinco.
Tres.
Y entonces, justo cuando su mano tocaba la puerta giratoria de salida, una voz gritó detrás de ella: —¡Señorita!
¡Espere!
Ana se congeló.
En el auricular, todos escucharon su respiración detenerse por completo.
En la furgoneta, Camila se puso de pie de un salto.
—No corras —susurró urgentemente—.
Gírate despacio.
Tranquila.
En la pantalla, vieron a Ana girarse lentamente.
Era el guardia del lobby principal, el hombre corpulento de la entrada, corriendo hacia ella.
Camila sintió que el mundo se detenía.
El guardia llegó junto a Ana, extendiendo algo en su mano.
—Olvidó esto en el mostrador de información —dijo con una sonrisa amable.
Era un bolígrafo.
Un simple bolígrafo negro que Ana debía haber dejado caer sin darse cuenta cuando firmó el registro de entrada.
—Oh.
Gracias —dijo Ana, su voz apenas controlada, tomando el bolígrafo.
—De nada.
Que tenga un buen día.
El guardia regresó a su puesto.
Ana se quedó congelada durante un segundo que pareció eterno.
Luego, finalmente, salió del banco.
Camila observó las pantallas, esperando alguna alarma, alguna señal de que habían sido descubiertos.
Pero no pasó nada.
Los guardias volvieron a sus rutinas.
Las cámaras siguieron grabando impasibles.
El banco continuó con sus operaciones normales.
Ana había salido.
Y tenía los documentos.
—Ana —dijo Camila en el auricular—.
Camina.
Natural.
Dos cuadras hacia el norte.
Te recogemos allí.
Ana obedeció como un autómata.
Caminó con pasos mecánicos, la carpeta apretada contra su pecho como si fuera lo único que la mantenía de pie.
David guardó rápidamente sus portátiles.
Lucía arrancó la furgoneta.
Dieron la vuelta a la cuadra.
Vieron a Ana en la acera, pálida como un fantasma, temblando visiblemente.
La puerta lateral de la furgoneta se abrió y Teo literalmente la estiró dentro.
David pisó el acelerador, pero no demasiado fuerte.
No podían llamar la atención.
Se alejaron a velocidad normal, como cualquier vehículo más en el tráfico de la tarde.
Dentro de la furgoneta, Ana comenzó a temblar incontrolablemente.
No era solo nervios.
Era el shock completo del cuerpo liberando toda la adrenalina acumulada, toda la tensión de los últimos veinte minutos donde cada segundo podría haber significado su arresto.
Lucía la abrazó mientras Ana lloraba sin sonido, su cuerpo convulsionando.
—Lo hiciste —susurró Lucía—.
Mierda, Ana, lo lograste.
Eres increíble.
Eres la persona más valiente que conozco.
Camila, sentada en el asiento delantero, giró y tomó la carpeta que Ana había soltado.
La abrió con manos que temblaban casi tanto como las de Ana.
Dentro había documentos.
Muchos.
Contratos.
Acuerdos.
Transferencias bancarias.
Todos viejos, amarillentos por el tiempo, pero con firmas claras y legibles.
Reconoció la letra de su padre.
La de Alberto.
La de Alejandro de la Torre.
La de Ronaldo Ferrer.
Y allí, en al menos quince documentos diferentes, la firma inconfundible: Magistrado Ernesto Valverde.
No eran copias.
Eran originales.
Con firmas auténticas.
Con sellos oficiales.
Con fechas que correspondían exactamente a la época del Proyecto San Carmelo.
Era todo lo que necesitaban.
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