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La Sombra que Fui - Capítulo 48

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  4. Capítulo 48 - 48 El nombre del juez
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48: El nombre del juez 48: El nombre del juez Una hora después estaban en un almacén abandonado que el primo de Lucía usaba para ensayos de su banda.

Era un espacio grande, polvoriento, con equipos de sonido viejos amontonados en las esquinas y grafitis cubriendo las paredes.

Camila extendió los documentos sobre una mesa improvisada.

Eran cincuenta páginas, tal vez más.

Contratos de construcción, transferencias bancarias, acuerdos de inversión.

Todos con firmas que reconocía.

Su padre.

Alberto.

Alejandro.

Ronaldo.

Y en quince documentos diferentes, siempre la misma firma elegante: Magistrado Ernesto Valverde.

—¿Quién es?

—preguntó Teo, mirando por encima de su hombro.

—Un juez de la Corte Suprema —respondió Camila, su voz tensa—.

Uno de los más respetados del país.

Lleva treinta años en el cargo.

Es intocable.

—Era intocable —corrigió David—.

Hasta ahora.

Lucía señaló la grabadora de cassette que habían encontrado en la caja.

—¿Y eso qué es?

—No lo sé todavía —admitió Camila—.

Necesitamos un reproductor.

Teo ya estaba marcando en su teléfono.

—Marcos colecciona aparatos vintage.

Puedo conseguir uno en veinte minutos.

Mientras esperaban, Camila examinó los documentos más de cerca.

David había abierto su portátil y comenzó a buscar información sobre Valverde.

—Aquí está —dijo, girando la pantalla—.

Ernesto Valverde.

68 años.

En la Corte Suprema desde 1995.

Antes fue juez de distrito.

Historial impecable.

Ni una sola acusación de corrupción.

Es como el abuelo de la nación.

—Pero hay algo más —añadió, siguiendo con la búsqueda—.

Su hijo.

Milciades Valverde.

42 años.

Vicepresidente ejecutivo de…

mierda.

—¿Qué?

—Vicepresidente ejecutivo de Montalbán Industrial.

Una de las subsidiarias más grandes de la corporación de tu tío.

El silencio fue absoluto.

—No es coincidencia —dijo Camila lentamente—.

Es pago diferido.

Mi tío no le pagó a Valverde directamente hace veinte años.

Le dio a su hijo un puesto multimillonario.

Sin riesgo de rastreo.

Sin transferencias bancarias sospechosas.

Solo un trabajo muy bien pagado que nadie cuestionaría.

Era brillante.

Era siniestro.

Y era irrefutable cuando se conectaba con los documentos firmados.

Teo regresó con el reproductor de cassettes.

Era un aparato antiguo pero funcional, con botones físicos y una pequeña ventana donde se podía ver la cinta girar.

Con manos temblorosas, Camila insertó la cinta y presionó play.

Los primeros segundos fueron solo estática.

Luego, una voz.

Una voz joven, nerviosa, que Camila reconoció de inmediato: era su padre.

«—Esto es una locura, Alberto.

No podemos hacer esto.

—Ya está hecho, Rafa.

El dinero ya entró.

Los contratos están firmados».

La voz de Alberto, también más joven pero ya con ese tono de control absoluto.

«—¿Pero sabes de dónde viene ese dinero?

¿Qué tipo de gente son estos “inversores”?

—No me importa.

El dinero es verde, sin importar de dónde venga.

—A mí sí me importa.

Alejandro tiene razón.

Esto nos va a destruir».

Una pausa.

Luego, una tercera voz.

Una voz culta, educada, con un ligero acento: «—Nadie va a destruir nada, caballeros.

Mientras yo esté supervisando este proyecto, les garantizo protección total».

Era Valverde.

«—¿Y si alguien pregunta?

¿Si hay una investigación?

—Entonces la investigación se cerrará.

Sin resultados.

Sin cargos.

Tengo esa autoridad.

Para eso me están pagando.

—Magistrado Valverde, con todo respeto, usted está arriesgando mucho.

—Y ustedes me están compensando generosamente.

Además, caballeros, todos estamos en el mismo barco ahora.

Si uno se hunde, nos hundimos todos.

Así que les sugiero que rememos en la misma dirección».

La grabación continuó durante quince minutos.

Era una conversación completa entre su padre, su tío, Alejandro de la Torre y Valverde, discutiendo los detalles del Proyecto San Carmelo, las fuentes del dinero lavado, y cómo Valverde usaría su posición para protegerlos de cualquier investigación.

Era devastador.

Era irrefutable.

Era la prueba definitiva.

Cuando la grabación terminó, nadie habló durante un largo minuto.

—Tu padre también está ahí —dijo David finalmente, con suavidad—.

Su voz.

Sus dudas, sí, pero también su participación.

Camila asintió, sintiendo el peso de esa verdad.

—Lo sé.

No era perfecto.

Pero al menos sabía que estaba mal.

Mi tío y Valverde…

ellos no tenían ningún remordimiento.

Miró los documentos, la grabadora, y luego a su equipo.

—Tenemos todo.

Suficiente para destruir a Valverde.

Para vincularlo a mi tío.

Para desmantelar toda la red.

—¿Y ahora qué?

—preguntó Lucía.

Camila revisó su teléfono.

Eran las 4:37 PM.

Le quedaban menos de 20 horas antes de la orden de arresto.

—Ahora preparamos una conferencia de prensa —dijo, con determinación férrea—.

Mañana a primera hora.

Convocamos a todos los medios que podamos.

No vamos a filtrar esto a un periódico.

Vamos a presentarlo nosotros mismos.

En vivo.

Ante todos.

—Te arrestarán —dijo Teo—.

En el momento.

Frente a las cámaras.

—Probablemente —admitió Camila—.

Pero para entonces, la verdad ya estará afuera.

Ya no podrán enterrarla.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de número desconocido: —Sé que tienes los documentos.

Última advertencia: destrúyelos y vete del país.

O mañana no solo te arrestaremos.

Desaparecerás.

— E.V.

Valverde.

El Juez la amenazaba directamente.

Camila mostró el mensaje a su equipo.

—Nos está vigilando —dijo Ana, el pánico volviendo a su voz—.

Sabe lo que hicimos.

—Bien —dijo Camila, y una sonrisa peligrosa se dibujó en sus labios—.

Que sepa.

Que tenga miedo.

Porque mañana, el mundo entero sabrá quién es realmente.

Escribió una respuesta: —Nos vemos mañana, Magistrado.

Traiga su toga.

Va a necesitarla para su juicio.

— C.M.

Presionó enviar.

—David —dijo Camila, girándose hacia él—.

Necesito que contactes a todos los medios que puedas.

Pequeños, grandes, independientes, corporativos.

Todos.

Diles que hay una conferencia de prensa explosiva mañana a las 9 AM.

Sobre corrupción judicial y lavado de dinero.

—¿Dónde la hacemos?

—En la plaza frente al edificio de los tribunales —dijo Camila—.

Justo frente a donde Valverde trabaja.

Será simbólico.

—Eso es arriesgado —advirtió Lucía—.

Estaremos completamente expuestos.

Sin escape si las cosas se ponen feas.

—Ese es el punto —dijo Camila—.

Necesito que sea imposible de ignorar.

Necesito que sea tan público, tan visible, que no puedan hacerme desaparecer sin que todo el país lo vea.

Teo se levantó.

—Entonces necesitamos equipo.

Micrófonos, parlantes.

Algo para proyectar los documentos.

No podemos depender de que los medios traigan todo.

—Yo me encargo —dijo Lucía—.

Conozco gente en el sindicato de trabajadores.

Tienen equipo de sonido para protestas.

—Y yo prepararé copias digitales de todo —añadió David—.

Las subiré a la nube con acceso compartido.

Si intentan confiscar los documentos físicos, las copias digitales ya estarán en todas partes.

Camila miró a su equipo.

Estaban asustados, exhaustos, pero ninguno retrocedía.

—Esto va a ser peligroso —dijo—.

Más peligroso que entrar al banco.

Valverde tiene poder real.

Tiene conexiones.

Si se siente acorralado…

—Entonces que se sienta acorralado —interrumpió Ana, su voz sorprendentemente firme—.

Ya llegamos hasta aquí.

No vamos a detenernos ahora.

Esa noche, mientras los demás descansaban en el almacén, Camila se quedó despierta, organizando los documentos en orden cronológico, preparando su declaración.

Escribió y reescribió su discurso.

Tenía que ser claro.

Directo.

Irrefutable.

No solo estaba acusando a un juez de la Corte Suprema.

Estaba acusando al sistema entero de estar podrido desde adentro.

A las 3 AM, su teléfono vibró.

Era un mensaje de Julián: —Tu tío sabe lo que planeas.

Van a arrestarte antes de que puedas hablar.

Ten cuidado.

Camila respondió: —Gracias por la advertencia.

Pero si vienen por mí, será frente a las cámaras.

Y eso es exactamente lo que quiero.

Cerró los ojos, permitiéndose un momento de duda.

Un momento para preguntarse si había llevado las cosas demasiado lejos.

Pensó en su padre.

En Alejandro.

En Ronaldo y Laura, escondidos durante veinte años.

Abrió los ojos y la duda se había ido.

Mañana, el mundo conocería la verdad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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