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La Sombra que Fui - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - 49 La ofensiva final
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49: La ofensiva final 49: La ofensiva final POV: Alberto Montalbán Alberto Montalbán no había dormido bien en semanas, pero esa noche fue particularmente brutal.

Sentado en su oficina privada en el piso 42 de la Torre Montalbán, con la ciudad iluminada bajo él, revisaba por décima vez los informes que le habían llegado en las últimas horas.

La amiga de Camila había entrado al Banco Central.

Había accedido a la caja de seguridad 1847.

Había salido con documentos.

Los mismos documentos que él creía enterrados para siempre.

Su teléfono sonó.

Era Valverde.

—¿Ya lo sabes?

—La voz del magistrado sonaba al borde del pánico, algo que Alberto nunca había escuchado antes.

—Sí.

Tiene los contratos originales.

Probablemente también la grabación.

—¿La grabación?

—Valverde prácticamente gritó—.

¿Me estás diciendo que esa niña tiene una grabación de nosotros discutiendo el arreglo?

—Eso parece.

—Alberto, esto es…

esto es el fin.

Si eso se hace público, no solo pierdo mi posición.

Voy a la cárcel.

¡A la cárcel!

Alberto tomó un sorbo de whisky, dejando que el líquido quemara su garganta antes de responder.

—Solo si lo hace público.

Y no lo hará si la detenemos antes.

—¿Cómo?

Ya intentaste desacreditarla.

Ya intentaste presión legal.

Nada funciona.

Esa chica es como una cucaracha.

No importa cuántas veces la pisas, sigue moviéndose.

Alberto apretó la mandíbula ante la comparación, pero no la corrigió.

—Tengo información de que planea una conferencia de prensa.

Mañana a las 9 AM.

En la plaza frente a los tribunales.

—¿Frente a…?

¿Está loca?

—Está siendo estratégica.

Sabe que si la arrestamos en privado, puede desaparecer.

Pero si hace su acusación en público, frente a cámaras, frente a periodistas…

se convierte en mártir.

—Entonces detenla antes.

Arresta a esa mocosa ahora.

Esta noche.

Antes de que llegue a esa plaza.

—No es tan simple —dijo Alberto, aunque la idea ya había cruzado su mente—.

Si la arrestamos sin causa aparente, en medio de la noche, parecerá exactamente lo que es: censura.

Los medios lo volverán un escándalo.

—¡Ya es un escándalo!

—Valverde respiraba con dificultad—.

Alberto, escúchame bien.

He protegido tus intereses durante treinta años.

He cerrado investigaciones, he archivado casos, he mirado hacia otro lado cuando era necesario.

Pero no voy a caer solo.

Si yo me hundo, me llevo a todos conmigo.

¿Entiendes?

Era una amenaza clara.

Valverde estaba considerando un pacto con la fiscalía.

Testigo protegido a cambio de testimonios contra todos los demás.

Alberto sintió la familiar sensación de control deslizándose entre sus dedos.

—No vas a hacer eso —dijo con voz fría—.

Porque sabes lo que les pasa a los que me traicionan.

—¿Me estás amenazando?

¿A mí?

—Te estoy recordando la realidad.

Tu hijo trabaja para mí.

Tu familia vive del dinero que yo les pago.

Si decides convertirte en testigo estrella, Ernesto, no solo te destruyes a ti mismo.

Destruyes a todos los que amas.

El silencio al otro lado de la línea fue largo y pesado.

—Tienes hasta mañana a las 9 AM —dijo finalmente Valverde, su voz temblando—.

Si esa conferencia sucede, si ella habla…

hago lo que tenga que hacer para salvarme.

Y que Dios nos ayude a todos.

Tras decir eso colgó.

Alberto se quedó mirando el teléfono, sintiendo por primera vez en décadas algo parecido al miedo.

Valverde era un riesgo ahora.

Un riesgo enorme.

Un juez paranoico era más peligroso que cualquier periodista o sobrina rebelde.

Marcó otro número.

Respondió al segundo tono.

—Señor Montalbán.

—Detective Romero.

Necesito que adelante la orden de arresto contra mi sobrina.

—Señor, está programada para mañana a las 10 AM.

Ya está todo listo.

—No es suficiente.

Necesito que la arresten esta noche.

Ahora.

Una pausa.

—Señor, sin una razón adicional, sin una amenaza inmediata…

podría ser cuestionable legalmente.

—Encuentre una razón —dijo Alberto con frialdad—.

Riesgo de fuga.

Destrucción de evidencia.

Lo que sea necesario.

Pero quiero a Camila bajo custodia antes del amanecer.

—Entendido.

¿Y qué hay de sus…

asociados?

Los estudiantes que la ayudan.

Alberto lo consideró.

Arrestar a todo el grupo causaría más ruido.

Pero dejarlos libres significaba que podrían continuar su trabajo.

—Solo a ella por ahora.

Los demás pueden esperar.

Colgó y se recostó en su silla, mirando el techo.

Camila había aprendido bien.

Demasiado bien.

Se había convertido en todo lo que él le había enseñado: implacable, estratégica, dispuesta a sacrificarlo todo por ganar.

El problema era que ahora estaba usando esas lecciones contra él.

Su mente trabajaba en múltiples escenarios simultáneamente.

Si arrestaban a Camila esa noche, los medios lo cubrirían como represión.

Pero sin Camila, la conferencia de prensa no sucedería.

Sus amigos no tendrían el coraje de enfrentarse solos al mundo.

A menos que…

Tomó su teléfono de nuevo.

Buscó en sus contactos hasta encontrar el nombre que necesitaba: Marcos Villegas, editor en jefe de Noticias Nacional, el periódico más grande del país y uno que había sido…

receptivo a sus sugerencias en el pasado.

—Alberto, es tarde —contestó Marcos con voz de sueño.

—Necesito un favor.

Mañana a las 9 AM habrá una conferencia de prensa.

Una chica haciendo acusaciones infundadas contra mí y contra el magistrado Valverde.

Acusaciones basadas en documentos robados y posiblemente falsificados.

—¿Y quieres que no la cubramos?

—Quiero que la cubran.

Pero quiero que la cubran con el ángulo correcto: una joven con problemas mentales, manipulada por intereses políticos, haciendo acusaciones desesperadas para evitar su inminente arresto por crímenes reales.

—Alberto, si hay otros medios allí…

—Los habrá.

Por eso necesito que tu periódico, el más respetado del país, establezca la narrativa correcta.

Los demás seguirán tu ejemplo.

Una pausa.

—¿Qué hay en esto para nosotros?

—Acceso exclusivo a mi versión completa.

Una entrevista en profundidad sobre cómo una familia respetada está siendo atacada por una hija resentida.

Drama humano.

Tragedia familiar.

Tus lectores lo amarán.

—Lo pensaré.

—Marcos —la voz de Alberto se endureció—.

Recuerda quién financia una parte considerable de tus ingresos publicitarios.

Y quién podría retirar esa inversión si el periódico decidiera publicar…

inexactitudes.

El mensaje era claro.

—Estaremos allí.

Con el ángulo correcto.

Alberto colgó y marcó tres números más.

Otros editores.

Otros periodistas.

Algunos respondieron con entusiasmo ante la posibilidad de una primicia.

Otros necesitaron más…

persuasión.

Para cuando terminó, eran las 4 AM.

Había construido un muro de narrativa alternativa que estaría listo para cuando Camila abriera la boca.

Pero había un problema, Julián.

Su protegido, su mano derecha, el chico al que había moldeado durante años, lo había traicionado.

Había filtrado información.

Había advertido a Camila.

Alberto había confirmado la filtración esa tarde.

Un empleado leal había visto a Julián saliendo de una reunión con archivos que no debería tener.

Archivos que luego aparecieron en manos de Camila.

Marcó el número de Julián.

—¿Señor Montalbán?

—Julián sonaba nervioso, como si hubiera estado esperando la llamada.

—Necesito verte.

Ahora.

En mi oficina.

—Señor, son las 4 AM…

—Ahora, Julián.

O considero tu ausencia como una confirmación.

Colgó antes de que Julián pudiera responder.

Treinta minutos después, Julián entró a la oficina.

Lucía exhausto, con ojeras profundas y la ropa arrugada.

No era el joven pulcro y ambicioso que Alberto había contratado años atrás.

—Siéntate —ordenó Alberto.

Julián obedeció, sus manos temblando ligeramente.

—¿Cuánto tiempo?

—preguntó Alberto sin preámbulos.

—¿Señor?

—¿Cuánto tiempo llevas filtrando información a mi sobrina?

Julián palideció.

—Yo no…

—No me insultes mintiendo —interrumpió Alberto, su voz como hielo—.

Sé que fuiste tú.

La pregunta es por qué.

¿Te pagó?

¿Te sedujo?

¿O simplemente decidiste que la lealtad ya no importaba?

Julián respiró hondo.

Cuando habló, su voz era más firme de lo que Alberto esperaba.

—Porque me di cuenta de algo, señor.

Me di cuenta de que no importa qué tan leal sea, qué tan bien haga mi trabajo, qué tanto sacrifique…

para usted siempre seré prescindible.

Y no quiero terminar como otros aliados.

Alberto entrecerró los ojos.

—Otras personas le dieron quince años de su vida.

Y usted los destruyó en una semana.

Sin juicio.

Sin segunda oportunidad.

Solo…

destrucción total.

—Julián se inclinó hacia adelante—.

Así que sí, filtré información.

Porque prefiero apostar por alguien que todavía tiene principios, aunque esté equivocada, que seguir apostando por alguien que no tiene ninguno.

El silencio fue absoluto.

Alberto se levantó lentamente, caminando hacia la ventana.

—Estás despedido, por supuesto.

Y me aseguraré de que ninguna empresa respetable te contrate.

Tus referencias serán…

problemáticas.

—Lo esperaba.

—Pero no voy a destruirte.

No como a otros.

—Alberto se giró—.

Porque a diferencia de ellos, tú tuviste el coraje de admitirlo.

Y porque, en el fondo, respeto la traición honesta más que la lealtad fingida.

Julián lo miró con sorpresa.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Recoge tus cosas.

Quiero que salgas del edificio antes del amanecer.

Julián se levantó, caminando hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

—Una última cosa, señor.

Camila va a ganar.

Tal vez no mañana.

Tal vez no la próxima semana.

Pero eventualmente, va a ganar.

Porque ella está dispuesta a perderlo todo.

Y usted no.

Se fue, dejando a Alberto solo en su oficina.

Alberto regresó a su escritorio, su mente trabajando en el último movimiento.

Camila quería un espectáculo público.

Quería convertir su arresto en un circo mediático.

Muy bien.

Le daría su espectáculo.

Pero sería un espectáculo bajo sus términos.

Marcó un último número.

—Fiscal Garrido.

Alberto Montalbán.

Adelante la orden de arresto.

Quiero agentes en la plaza mañana a las 9 AM.

Justo cuando empiece su conferencia de prensa.

—¿En público?

¿Frente a los medios?

—Exactamente.

Quiero que todos vean a una criminal siendo detenida.

No una mártir siendo silenciada.

Una criminal enfrentando la justicia.

—Entendido.

¿Cargos adicionales?

—Robo.

Falsificación de documentos.

Obstrucción de la justicia.

Todo lo que pueda sostener.

Quiero que pase al menos 48 horas bajo custodia antes de cualquier audiencia.

Colgó y se sirvió otro whisky.

Afuera, la ciudad comenzaba a despertar.

Las primeras luces del amanecer pintaban el horizonte de naranja y púrpura.

En unas horas, su sobrina intentaría destruirlo frente al mundo.

Y él estaría listo.

Sonrió, pero no era una sonrisa de alegría.

Era la sonrisa de un hombre que acababa de darse cuenta de que, sin importar quién ganara esta batalla, ambos habían perdido algo irreemplazable.

Habían perdido la posibilidad de ser familia.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES roret A veces los peores villanos son aquellos que creen firmemente estar haciendo lo correcto.

¿Dónde trazas la línea entre proteger lo tuyo y destruir a quien se interpone?

¿Tienes alguna idea sobre como debe seguir la historia?

¡Comenta!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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