La Sombra que Fui - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 La sombra en la biblioteca
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5: La sombra en la biblioteca 5: La sombra en la biblioteca La biblioteca central era un santuario de silencio y madera oscura.
El aire olía a papel viejo y a la promesa de conocimiento oculto en miles de lomos de cuero.
Para Camila, era un campo de batalla.
Siguiendo el consejo de su cuaderno, se dirigió a la hemeroteca, la sección donde se archivaban los periódicos y revistas económicas de décadas pasadas.
Necesitaba encontrar el punto de origen, el momento exacto en que Corporación Montalbán dejó de ser el sueño de su padre para convertirse en la cueva de ladrones que la devoró.
Sus dedos, ahora jóvenes y ágiles, pasaron sobre los microfilmes, buscando las fechas clave: los años de fundación de la empresa.
En su vida anterior, solo conocía la historia oficial, la que su tío contaba en las cenas de gala: —Mi hermano, un visionario, empezó esto de la nada.
Camila sabía que «de la nada» era casi siempre una mentira.
Tras una hora de búsqueda, encontró una pequeña nota en la sección financiera de un periódico local de hacía veinticinco años.
«Montalbán & Asociados anuncian su primera ronda de inversión exitosa».
«¿Asociados?
En plural.
La historia oficial siempre hablaba de su padre como un lobo solitario.
¿Quiénes eran los otros?».
Siguió buscando registros mercantiles, actas de constitución.
Pero los archivos universitarios solo llegaban hasta cierto punto.
Mucha de la información estaba clasificada como «privada» o simplemente había desaparecido de los registros públicos.
Frustrada, se recostó en la silla, frotándose los ojos.
Estaba buscando una aguja en un pajar y ni siquiera sabía cómo era la aguja.
—¿Buscas algo interesante o solo te escondes de tu primera clase de Romano?
La voz, suave y peligrosamente cercana, la hizo tensarse.
No necesitó girarse.
Reconocería ese tono aterciopelado en cualquier parte.
Julián estaba de pie junto a su mesa, con un par de libros bajo el brazo.
La observaba con esa curiosidad analítica que ella ahora sabía interpretar como la mirada de un depredador estudiando a su presa.
—Hago mi tarea, Julián.
Algo que deberías intentar —respondió ella, sin mirarlo, volviendo a enfocar su vista en el lector de microfilmes.
Él soltó una risa baja.
—Siempre tan dedicada.
Admiro eso de ti.
Pero me pregunto qué busca con tanto ahínco una estudiante de primer año de Derecho en archivos tan… polvorientos.
Estos no son los casos que nos darán de comer en el futuro.
—Quizá me gusta la historia —replicó ella, finalmente girándose para enfrentarlo.
Sus ojos se encontraron, y por un instante, el mundo pareció reducirse a los dos metros que los separaban—.
Dicen que quien olvida su historia está condenado a repetirla.
¿No estás de acuerdo?
La sonrisa de Julián no vaciló, pero algo en su mirada cambió.
Un destello de cálculo.
Él no entendía la referencia, no podía.
Pero captó el desafío.
—Una frase muy profunda para una tarde de martes —dijo, apoyando una mano en la mesa y acercándose un poco más.
Su cercanía ya no le provocaba mariposas en el estómago, sino una fría alerta—.
Pero ten cuidado, Camila.
A veces, desenterrar el pasado solo te llena las manos de tierra.
—Prefiero la tierra a la ignorancia —contestó ella, empezando a guardar sus cosas.
La conversación había terminado.
Había revelado demasiado con solo estar allí.
Julián se enderezó, dándole espacio para levantarse.
No era una retirada.
Era una concesión calculada.
—Como quieras.
Por cierto, el profesor Márquez ha organizado un grupo de estudio para los mejores promedios.
Pensé que te interesaría.
Nos reuniremos el jueves.
Era una trampa.
Una invitación a su círculo, donde podría vigilarla de cerca, entender su cambio de actitud.
En su vida pasada, habría aceptado con gratitud, desesperada por su aprobación.
—Gracias, pero prefiero estudiar sola.
Recogió su mochila y pasó a su lado sin rozarlo.
Pero mientras se alejaba por el pasillo silencioso, sintió su mirada clavada en su espalda.
No era una mirada de rechazo.
Era de interés.
La había subestimado en el club de debate.
Ahora, la veía como un enigma.
Y Julián odiaba los enigmas que no podía resolver y controlar.
Camila apretó las correas de su mochila.
«Bien», pensó.
«Que me observe.
Así, cuando ataque, no me verá venir».
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