La Sombra que Fui - Capítulo 50
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50: El arresto 50: El arresto El amanecer llegó demasiado rápido.
Camila se había quedado dormida apenas dos horas, recostada contra una pared del almacén con su chaqueta como almohada.
Cuando despertó, el resto del equipo ya estaba en movimiento.
Lucía había conseguido el equipo de sonido: dos parlantes portátiles, un micrófono inalámbrico y un pequeño proyector.
Teo ayudaba a cargar todo en la furgoneta.
David estaba en su portátil, subiendo copias digitales de los documentos a múltiples servidores en la nube.
—Listo —anunció David—.
Los documentos están en seis ubicaciones diferentes.
Dropbox, Google Drive, servidores privados.
Si intentan confiscar algo, ya es demasiado tarde.
Las copias ya existen.
Ana estaba sentada en silencio, con la mirada perdida.
Camila se acercó y se sentó junto a ella.
—¿Estás bien?
Ana tardó en responder.
—Ayer robamos un banco.
Hoy vamos a acusar a un juez de la Corte Suprema frente a todo el país.
No, no estoy bien.
Estoy aterrada.
—Yo también —admitió Camila.
—Pero tú no lo pareces.
Pareces…
lista.
Como si esto fuera lo que siempre quisiste.
Camila miró sus manos, manchadas de tinta de revisar documentos toda la noche.
—No es lo que quería.
Es lo que tengo que hacer.
Hay una diferencia.
—¿Y si fracasamos?
¿Si nadie nos cree?
—Entonces fracasamos sabiendo que lo intentamos.
Que no nos quedamos calladas cuando importaba.
Ana asintió lentamente, pero el miedo no abandonó sus ojos.
A las 7:30 AM salieron del almacén.
La plaza frente al edificio de los tribunales estaba a veinte minutos en tráfico matutino.
Necesitaban llegar temprano para montar el equipo.
Lucía manejaba.
David iba en el asiento del copiloto, monitoreando las redes sociales en su teléfono.
—Ya hay movimiento —anunció—.
Tres medios confirmaron que enviarán equipos.
Incluyendo Noticias Nacional.
Eso es enorme.
—¿Adrián?
—preguntó Camila.
—Nada de El Centinela.
Pero hay periodistas independientes que dicen que irán por cuenta propia.
Camila asintió.
No había esperado que Adrián estuviera ahí después de haberse distanciado públicamente.
Pero dolía de todas formas.
Cuando llegaron a la plaza, ya había gente.
Dos furgonetas de medios estaban estacionadas.
Cámaras siendo montadas en trípodes.
Periodistas tomando café y hablando entre ellos.
—Okay —dijo Lucía—.
Showtime.
Montaron el equipo en el centro de la plaza, frente a las escaleras del edificio de los tribunales.
Simbólicamente perfecto.
Camila estaría literalmente frente a la casa de la justicia cuando acusara a uno de sus miembros más prominentes de corrupción.
A las 8:30 AM, la plaza comenzó a llenarse.
Más medios.
Estudiantes universitarios.
Curiosos.
Gente que había visto los rumores en redes sociales sobre una «conferencia explosiva».
Camila vio rostros conocidos entre la multitud.
Algunos compañeros de clase.
El profesor Márquez, observando desde una distancia prudente.
Incluso reconoció a dos periodistas que habían escrito artículos criticándola.
A las 8:45, un coche negro llegó y se estacionó al otro lado de la plaza.
Las puertas no se abrieron, pero Camila sabía quién estaba adentro.
Su tío.
Observando.
Esperando.
—Son casi las 9 —dijo Teo, su voz temblorosa—.
¿Estás lista?
Camila respiró hondo.
No.
No estaba lista.
Nunca estaría lista para lo que estaba a punto de hacer.
Pero lo haría de todas formas.
—Vamos.
Caminó hacia el micrófono.
Las conversaciones en la plaza se apagaron gradualmente.
Las cámaras se enfocaron en ella.
De repente, había más de cien personas mirándola, esperando.
Camila tomó el micrófono.
—Buenos días.
Mi nombre es Camila Montalbán.
Hace dos meses, mi vida era simple.
Era una estudiante de derecho.
Una heredera.
Una chica con un futuro predecible y cómodo.
Su voz salió más firme de lo que esperaba.
—Hoy estoy aquí para arruinar ese futuro.
Para quemar todos los puentes.
Para decir verdades que me costarán mi libertad, mi reputación, posiblemente mi vida.
Las cámaras seguían grabando.
La multitud estaba en silencio absoluto.
—Pero antes de explicar por qué, quiero presentar a alguien.
Hizo una señal.
Lucía activó el proyector.
En la pared blanca del edificio de tribunales apareció una imagen: un documento viejo, amarillento, con firmas claras.
—Este es un contrato del Proyecto San Carmelo, firmado en 1997.
Noten las firmas.
Aquí está mi padre, Rafael Montalbán.
Aquí mi tío, Alberto Montalbán.
Y aquí…
Hizo una pausa dramática.
—Aquí está la firma del Magistrado Ernesto Valverde, actualmente miembro de la Corte Suprema de Justicia.
Un murmullo recorrió la multitud.
Las cámaras se acercaron al proyector.
—Este contrato es uno de quince que he recuperado.
Todos demuestran que el Magistrado Valverde recibió pagos, tanto directos como indirectos, para proteger el Proyecto San Carmelo de investigaciones legales.
Un proyecto que involucró lavado de dinero, violaciones de regulaciones ambientales, y la destrucción sistemática de cualquiera que intentara exponerlo.
Cambió la imagen.
Aparecieron más documentos.
Transferencias bancarias.
Acuerdos.
—Pero eso no es todo.
Porque tengo algo más.
Una grabación.
Hizo una señal a David.
Los parlantes cobraron vida con la estática de la cinta vieja.
Luego, las voces: —¿Y si alguien pregunta?
¿Si hay una investigación?
—Entonces la investigación se cerrará.
Sin resultados.
Sin cargos.
Tengo esa autoridad.
Para eso me están pagando.
La voz de Valverde resonó en la plaza como un trueno.
La multitud explotó.
Periodistas gritando preguntas.
Cámaras grabando frenéticamente.
Gente sacando sus teléfonos para capturar el momento.
Camila levantó la mano, pidiendo silencio.
Gradualmente, el ruido disminuyó.
—Sé lo que están pensando.
¿Por qué debería creerle a una chica de 22 años con problemas familiares?
¿Por qué no podría estar inventando todo esto?
Sacó su teléfono y lo conectó al sistema de audio.
—Porque hace tres horas, recibí este mensaje.
Reprodujo el audio del buzón de voz.
Era una voz masculina, distorsionada pero comprensible: —Señorita Montalbán, esto es una última advertencia.
Retire sus acusaciones o habrá consecuencias.
No estamos jugando.
Sabemos dónde vive.
Sabemos dónde estudian sus amigos.
Detenga esto ahora.
—Ese mensaje vino de un número vinculado a un asistente del Magistrado Valverde.
Tengo el registro.
Tengo la evidencia.
De repente, un murmullo diferente recorrió la multitud.
Gente mirando hacia las calles laterales.
Camila giró y vio lo que todos veían: tres patrullas policiales llegando a la plaza.
Se detuvieron en los bordes.
Oficiales saliendo de los vehículos.
—Aquí vienen —murmuró Lucía junto a ella.
Camila respiró hondo y volvió al micrófono.
—Esperaba esto.
Mi tío, Alberto Montalbán, en colaboración con fiscales corruptos, ha emitido una orden de arresto en mi contra.
Los cargos: robo de documentos corporativos.
Obstrucción de la justicia.
Los oficiales comenzaron a caminar hacia el centro de la plaza.
La multitud se abrió, creando un pasillo.
—Pero quiero que todos ustedes, todos los que están grabando esto, todos los que están transmitiendo en vivo, vean lo que está pasando.
Vine aquí a exponer corrupción.
Y la respuesta del sistema es arrestarme.
No investigar mis acusaciones.
Arrestarme a mí.
Su voz se quebró ligeramente, pero continuó.
—Mi padre murió pensando que sus errores morirían con él.
Pero no fue así.
Sus errores envenenaron todo.
Y durante veinte años, ese veneno creció en silencio.
Destruyendo vidas.
Comprando jueces.
Corrompiendo el sistema desde dentro.
Los oficiales estaban a diez metros.
—Hoy, ese silencio termina.
Pueden arrestarme.
Pueden confiscar estos documentos.
Pero no pueden borrar la verdad.
Porque ya está afuera.
Ya está en servidores.
Ya está en manos de periodistas independientes.
Ya está siendo vista por miles de personas en vivo.
Cinco metros.
—Magistrado Ernesto Valverde: renuncia.
O enfrenta juicio.
No hay tercera opción.
Tres metros.
—Alberto Montalbán: esto es por mi padre.
Por Alejandro de la Torre.
Por Ronaldo Ferrer.
Por todos los que destruiste.
Los oficiales llegaron junto a ella.
El líder, un hombre de mediana edad con expresión neutral, habló: —Camila Montalbán, está bajo arresto por robo agravado, falsificación de documentos y obstrucción de la justicia.
Tiene derecho a permanecer en silencio…
Camila dejó caer el micrófono.
Extendió las manos voluntariamente y las esposas hicieron clic alrededor de sus muñecas mientras docenas de cámaras capturaban cada segundo.
La multitud rugió.
Algunos gritaban apoyo.
Otros exigían que la liberaran.
Los periodistas empujaban para acercarse, haciendo preguntas que se perdían en el caos.
Mientras los oficiales la escoltaban hacia la patrulla, Camila miró hacia atrás una vez.
Su equipo estaba ahí.
Teo con lágrimas en los ojos.
David con los puños apretados.
Ana tapándose la boca con las manos y Lucía con una expresión de furia absoluta.
Y más atrás, junto al coche negro, una figura solitaria observaba todo.
Su tío.
Sus ojos se encontraron a través de la multitud.
Alberto no sonreía.
No lucía victorioso.
Solo lucía…
cansado.
Como un hombre que acababa de ganar una batalla pero perdido algo más importante en el proceso.
Camila fue empujada suavemente hacia el asiento trasero de la patrulla.
La puerta se cerró.
A través de la ventana, vio a la multitud rodear a su equipo, a los periodistas bombardeándolos con preguntas, a las cámaras siguiendo grabando.
Había funcionado.
Más allá de lo que esperaba.
Había convertido su arresto en el momento más visible, más documentado, más imposible de ignorar.
Mientras la patrulla se alejaba de la plaza, Camila cerró los ojos.
No sabía qué vendría después.
Tal vez la cárcel.
Tal vez años de juicios.
Tal vez perder todo.
Pero había una cosa que sí sabía: la verdad estaba afuera.
Y no había forma de enterrarla de nuevo.
Por primera vez en semanas, Camila sonrió.
No era una sonrisa de felicidad.
Era una sonrisa de alguien que acababa de saltar al abismo y descubierto que podía volar.
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