La Sombra que Fui - Capítulo 51
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51: La celda 51: La celda La celda olía a desinfectante barato.
Camila llevaba ya dieciocho horas en custodia preventiva, compartiendo un espacio de tres por cuatro metros con otras cinco mujeres.
Dos dormían en los catres oxidados.
Una lloraba en silencio contra la pared.
Las otras dos la observaban con curiosidad apenas disimulada.
—Eres la de la tele —dijo una de ellas finalmente, una mujer de unos cuarenta años con tatuajes descoloridos en los brazos—.
La que acusó al juez.
Camila asintió, demasiado cansada para fingir.
—Eres valiente o estúpida —continuó la mujer—.
Probablemente ambas.
—Probablemente —admitió Camila.
La mujer se sentó junto a ella en el suelo frío.
—¿Sabes qué hice yo?
Testifiqué contra mi jefe.
Un empresario que violaba a las empleadas.
Me ofrecí a declarar.
—Soltó una risa amarga—.
Tres días después, encontraron drogas en mi coche.
Drogas que nunca estuvieron ahí.
Ahora tengo antecedentes y él sigue libre.
Camila sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la celda.
—¿Y aun así testificaste?
—¿Qué más podía hacer?
Callarme y vivir con eso el resto de mi vida.
—La mujer la miró directamente—.
El sistema está podrido, niña.
Lo que hiciste hoy no lo va a cambiar.
Solo te va a tragar como nos tragó a todas.
—Tal vez —dijo Camila—.
Pero al menos lo intenté.
La mujer sonrió con tristeza.
—Sí.
Al menos eso.
… La noche fue interminable.
Camila no podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, las imágenes la asaltaban.
Pero no eran imágenes de la conferencia de prensa o del arresto.
Eran imágenes de otra vida.
Se vio a sí misma a los cuarenta y dos años, en la oficina de un oncólogo, escuchando las palabras que cambiarían todo: —Cáncer.
Etapa cuatro.
Seis meses, tal vez un año si tiene suerte.
Se vio en su apartamento vacío, sin visitas, sin llamadas.
Julián hacía años que había desaparecido con su dinero.
Su madre la había visitado una vez, solo una, con esa frialdad característica.
Se vio en la cama de hospital, consumiéndose lentamente, con una sola certeza abrumadora: había vivido una vida de cobardía.
Había visto la corrupción, había encontrado los documentos, había sabido la verdad sobre San Carmelo.
Y no había hecho nada.
Su padre le había confesado todo en su lecho de muerte, llorando, suplicando perdón.
Y ella lo había perdonado.
Pero nunca había hecho nada para corregir sus errores.
Esa culpa la había carcomido más que el cáncer.
Su último pensamiento consciente, mientras la morfina la arrastraba hacia la oscuridad final, había sido: —Ojalá hubiera hecho las cosas diferente.
Estas cosas no llegaron a materializarse porque había tenido la suerte de vivir una segunda oportunidad y abierto los ojos en su dormitorio teniendo dieciocho años.
…
Camila se despertó sobresaltada, con lágrimas en las mejillas.
La celda estaba oscura.
Afuera, un guardia hacía su ronda, la linterna iluminando brevemente cada celda.
¿Había valido la pena esta segunda oportunidad?
Su equipo estaba en peligro.
Adrián había perdido su trabajo.
Y ella estaba en una celda, esperando una audiencia que podría enviarla a prisión por años.
Pero la verdad estaba afuera.
Millones de personas habían visto la conferencia.
Los documentos estaban en servidores inaccesibles.
La grabación de Valverde había sido compartida miles de veces.
En su vida anterior, había muerto sabiendo que la verdad se quedaría enterrada para siempre.
En esta vida, sin importar lo que le pasara, la verdad ya estaba libre.
«Sí», pensó, secándose las lágrimas.
«Valió la pena.» … A las seis de la mañana, un guardia abrió la celda.
—Montalbán.
Tu abogado está aquí.
Camila se levantó, siguiendo al guardia por pasillos grises que olían a humedad.
La llevaron a una sala de visitas pequeña, con una mesa metálica y dos sillas.
Esperaba ver a algún abogado de oficio, alguien cansado y resignado a perder otro caso.
Lo que no esperaba era ver dos hombres esperándola.
El primero, de pie junto a la puerta, era Julián.
Lucía impecable como siempre, con su traje perfectamente cortado, pero había algo diferente en su expresión.
Algo que ella no había visto nunca en esta vida: vulnerabilidad genuina.
El segundo, sentado a la mesa, era un desconocido.
Alto, tal vez de veintiseis años, con el cabello castaño oscuro ligeramente despeinado y ojos que parecían haber visto demasiado para su edad.
Vestía traje también, pero era evidente que no era caro.
Funcional, no ostentoso.
Cuando Camila entró, algo en Diego se removió.
Una memoria antigua, enterrada.
Una niña de coletas torcidas en un funeral.
Un abrazo que lo había salvado.
«Imposible», se dijo.
«Han pasado dieciocho años.
Ella no me recuerda.» Y tal vez era mejor así.
Se levantó cuando ella entró, extendiendo la mano.
—Camila Montalbán.
Soy Diego Salazar.
Voy a ser tu abogado.
Ella estrechó su mano, sintiendo el agarre firme y cálido.
Había callos en sus dedos, señal de alguien que había trabajado con sus manos antes de trabajar con documentos.
—No contraté a ningún abogado —dijo Camila, confundida.
—Lo sé.
Estoy aquí pro bono.
Vi tu conferencia de prensa.
—Diego sonrió ligeramente—.
Fue la cosa más valiente o más estúpida que he visto en mi vida.
Probablemente ambas.
—Todos me dicen eso.
—Porque es verdad.
—Se sentó, abriendo un maletín gastado lleno de documentos—.
Pero también vi algo más.
Vi a alguien dispuesta a sacrificarlo todo por hacer lo correcto.
Y eso…
eso no lo veo a menudo en este trabajo.
Camila finalmente miró a Julián, que seguía junto a la puerta, observando en silencio.
—¿Y tú qué haces aquí?
Julián se acercó lentamente.
—Pagué tu fianza.
Quinientos mil.
Es todo lo que tenía ahorrado.
—¿De dónde sacaste medio millón?
—Herencia de mi abuelo.
Iba a usarla para comprar casa.
—Se encogió de hombros—.
Una casa puede esperar.
Tú no.
Camila se quedó sin aliento.
—¿Por qué?
—Porque me equivoqué contigo.
Desde el principio.
—Su voz era tensa, controlada—.
Y porque alguien tiene que empezar a hacer lo correcto en esta familia maldita.
El silencio fue pesado.
Diego observaba el intercambio con interés apenas disimulado, como un abogado evaluando testigos.
—La audiencia de fianza es en dos horas —dijo Diego finalmente, rompiendo la tensión—.
El fiscal va a pedir que permanezcas detenida.
Argumentará riesgo de fuga, destrucción de evidencia, influencia sobre testigos.
Van a pintarte como una criminal peligrosa.
—¿Y qué argumentarás tú?
Diego la miró directamente a los ojos.
—Que eres exactamente lo opuesto.
Que cuando pudiste huir, te quedaste.
Que cuando pudiste esconderte, te paraste frente a cámaras.
Que el único peligro que representas es para gente poderosa que ha estado corrompiendo el sistema durante décadas.
—Se inclinó hacia adelante—.
Voy a decirles que si te encierran, no estarán protegiendo a la justicia.
Estarán protegiéndose de ella.
Camila sintió algo extraño en su pecho.
Esperanza, tal vez.
O algo más peligroso.
Julián carraspeó.
—Necesitan prepararse.
Yo los dejo.
—Caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró—.
Camila, lo que dije antes…
en serio.
Me equivoqué contigo.
Se fue antes de que ella pudiera responder.
Diego esperó hasta que la puerta se cerrara.
—¿Cuál es la historia con él?
—Complicada —respondió Camila, honesta pero evasiva.
—¿Vas a necesitar que sea tu abogado o tu guardaespaldas?
Ella casi sonrió.
—Solo mi abogado.
—Bien.
Porque soy pésimo peleando.
—Abrió una carpeta—.
Ahora, hablemos de cómo vamos a convencer a un juez de que eres una heroína y no una criminal.
Dos horas después, Camila estaba en la sala de audiencias, esposada, con un uniforme naranja de prisión que le quedaba dos tallas grande.
La sala estaba llena de periodistas, cámaras y curiosos que habían logrado conseguir un lugar.
El juez era un hombre de unos sesenta años, con expresión severa pero no necesariamente hostil.
El fiscal, por otro lado, era exactamente lo que esperaba: un hombre de mediana edad con traje caro y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Su señoría —comenzó el fiscal—, la señorita Montalbán representa un peligro claro y presente.
Ha robado documentos corporativos, ha cometido actos de difamación contra figuras respetadas de nuestro sistema judicial, y ha orquestado una campaña mediática diseñada para obstruir la justicia.
Tiene medios, tiene motivación, y claramente tiene disposición para huir del país si se le da la oportunidad.
Diego se levantó con calma.
—Su señoría, todo lo que el fiscal acaba de decir es técnicamente correcto, excepto por un pequeño detalle: la realidad.
Mi clienta no huyó cuando tuvo todas las oportunidades de hacerlo.
Al contrario, se paró frente a docenas de cámaras y cientos de testigos para presentar evidencia de corrupción judicial.
Si su intención fuera huir, ¿por qué organizaría el evento más público posible?
El fiscal interrumpió: —Para crear simpatía pública antes de— —¿Antes de qué?
—Diego no le dejó terminar—.
¿Antes de ser arrestada?
Eso no tiene sentido.
Lo que tiene sentido es que mi clienta sabía exactamente lo que iba a pasar.
Sabía que sería arrestada.
Y lo hizo de todas formas, porque creyó que la verdad era más importante que su libertad.
Se giró hacia el juez.
—Su señoría, este no es un caso de riesgo de fuga.
Es un caso de una joven que tuvo el coraje de hacer lo que nuestro sistema judicial debería haber hecho hace veinte años: investigar a los poderosos.
Mantenerla detenida no protege a la justicia.
La protege de ella.
El juez observó a Camila durante un largo momento.
—Señorita Montalbán, póngase de pie.
Camila obedeció, con las rodillas temblando ligeramente.
—He revisado el material que presentó en su conferencia.
También he visto la reacción pública.
Y he leído los antecedentes de este caso.
—Hizo una pausa—.
Voy a otorgar la fianza, pero con condiciones estrictas.
No puede salir de la ciudad.
Debe reportarse semanalmente a la corte.
Y cualquier contacto con testigos potenciales debe ser aprobado por esta corte primero.
El fiscal se levantó de un salto.
—¡Su señoría, esto es—!
—Es mi decisión, fiscal.
Y es final.
—El juez golpeó el mazo—.
La señorita Montalbán queda en libertad bajo fianza de quinientos mil.
Siguiente caso.
Camila sintió que las piernas le fallaban.
Diego la sostuvo del brazo, sonriendo.
—Respira.
Lo logramos.
Pero mientras la llevaban para procesar su liberación, Camila vio algo que la inquietó.
En la parte trasera de la sala, observando con una expresión indescifrable, estaba su tío Alberto.
Sus ojos se encontraron por un segundo.
Él no sonreía.
No parecía furioso.
Solo…
calculador.
Como un jugador de ajedrez que acaba de perder una pieza, pero ya está planeando su próximo movimiento.
Y Camila supo, con certeza absoluta, que esto apenas estaba comenzando.
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