La Sombra que Fui - Capítulo 52
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52: En pánico 52: En pánico La luz del sol le lastimaba los ojos después de casi cuarenta y ocho horas bajo luces fluorescentes.
Camila salió de la estación de policía tambaleándose ligeramente, con Diego a su lado intentando guiarla.
Afuera la esperaba el infierno.
Periodistas con cámaras, pero no solo periodistas.
Había una multitud furiosa, gente con carteles.
Algunos decían «Justicia para Camila», pero otros…
«MENTIROSA» «DIFAMADORA» «TRAIDORA A TU FAMILIA» Y la gente gritaba.
No preguntas de periodistas, sino insultos directos.
—¡Perra desagradecida!
—¡Deberías pudrirte en la cárcel!
—¡Vendiste a tu propia familia por fama!
Camila sintió sus piernas debilitarse.
En su vida anterior, nunca había experimentado odio público.
Había sido invisible, cómoda, protegida por muros corporativos.
Esto era diferente.
Esto era visceral.
Un hombre en primera fila le escupió.
La saliva le cayó en la mejilla.
Camila se congeló, humillada, incapaz de moverse.
Sus manos temblaban.
Su respiración se acortó.
El mundo comenzó a dar vueltas.
«Voy a desmayarme.
Aquí.
Frente a todos.
Van a grabarlo.» Diego reaccionó de inmediato.
Se quitó su chaqueta y la envolvió con ella, cubriéndola parcialmente.
Luego la tomó del brazo con firmeza.
—Camina.
No los mires.
Solo camina.
Pero Camila no podía.
Sus piernas no respondían.
El pánico la paralizaba.
—No puedo…
hay demasiada gente…
yo…
—Sí puedes.
—Diego la miró directamente a los ojos—.
Respira.
Uno, dos, tres.
Ahora camina conmigo.
Ella intentó dar un paso y tropezó.
Él la sostuvo antes de que cayera, pero las cámaras capturaron todo.
Camila Montalbán, la «valiente heroína» de la conferencia de prensa, tambaleándose como una borracha, con saliva en su rostro, incapaz de caminar en línea recta.
Mañana esas imágenes estarían por todas partes.
Finalmente, Diego prácticamente la arrastró hasta donde estaba su equipo detrás de las barreras.
Lucía la agarró inmediatamente.
—Dios, Cami, estás temblando.
¿Qué te hicieron?
—Nada…
yo solo…
—Camila intentó hablar pero las palabras salían entrecortadas—.
Hay mucha gente…
mucho ruido…
—Ataque de pánico —diagnosticó Teo, poniéndose en modo filosófico-práctico—.
Respira en esta bolsa.
Le ofreció una bolsa de papel.
Camila la rechazó, avergonzada.
—No necesito…
estoy bien…
Pero no estaba bien.
Vomitó.
Ahí mismo, en la acera, frente a docenas de cámaras.
El desayuno de prisión que apenas había tocado salió en oleadas violentas mientras ella se doblaba, humillada más allá de las palabras.
Las cámaras no dejaban de grabar.
Ana le sostuvo el cabello.
David intentó bloquear las cámaras con su cuerpo.
Lucía maldecía a los periodistas.
Y Julián apareció de la nada con una botella de agua y toallas de papel, arrodillándose junto a ella sin importarle manchar sus zapatos caros.
—Aquí.
Enjuágate la boca.
Camila lo hizo, con las manos todavía temblando, sin poder mirarlo a los ojos.
Quería desaparecer.
Quería que la tierra se la tragara.
«En mi otra vida nunca tuve que experimentar esto.
Morí con dignidad al menos.
Aquí…
aquí estoy vomitando en público como una borracha después de una fiesta universitaria».
—Necesitamos sacarla de aquí —dijo Diego a Julián, y por primera vez, no había rivalidad en su tono.
Solo preocupación compartida.
Julián asintió.
—Mi coche está más cerca.
Dos calles abajo, estacionamiento privado.
Entre los dos prácticamente cargaron a Camila.
Ella caminaba como zombie, consciente de cada cámara, cada teléfono, cada mirada de juicio grabando su momento más bajo.
… El coche de Julián era un sedán negro, discreto pero lujoso.
Camila se desplomó en el asiento trasero.
Lucía entró con ella, sosteniéndola.
Diego se sentó adelante, con Julián al volante.
El resto del equipo los seguiría en el coche de David.
Nadie habló durante los primeros cinco minutos.
Solo el sonido del tráfico y la respiración irregular de Camila llenaban el espacio.
Finalmente, Lucía rompió el silencio.
—¿Estás bien?
—No —respondió Camila con honestidad brutal—.
No estoy bien.
Acabo de vomitar frente a medio país.
Mañana seré un meme.
«Camila la cobarde que no puede ni salir de la prisión sin derrumbarse».
—No eres cobarde —dijo Diego desde adelante.
—¿Ah no?
Porque hace dos minutos me paralicé completamente.
No pude ni caminar.
Tú tuviste que arrastrarme como a una niña asustada.
—Tuviste un ataque de pánico.
Es una respuesta fisiológica al trauma.
No es debilidad.
—Se ve como debilidad.
Y en la guerra de la opinión pública, la percepción es todo.
Julián miró por el espejo retrovisor, sus ojos encontrando los de Camila.
—Entonces cambiamos la narrativa.
—¿Cómo?
—Das otra conferencia.
Mañana.
Y eres honesta.
Dices que fue aterrador.
Que fue humillante.
Que estuviste a punto de rendirte.
—Hizo una pausa—.
Pero que no lo hiciste.
Y que no lo harás.
—Julián tiene razón —admitió Diego a regañadientes—.
La vulnerabilidad humaniza.
Si intentas parecer perfecta, invulnerable, la gente no se conecta.
Pero si muestras que esto te cuesta, que te duele, pero lo haces de todas formas…
eso inspira.
Camila cerró los ojos, agotada.
—No sé si puedo hacer otra conferencia.
Ni siquiera pude salir de un edificio sin colapsar.
Lucía apretó su mano.
—No tienes que decidir ahora.
Primero descansa.
Llegaron al edificio de apartamentos de Camila.
Diego insistió en subir con ella para asegurarse de que estuviera bien.
Julián se ofreció a quedarse también «por seguridad».
Lucía los miró a ambos con diversión apenas disimulada.
—Dos perros alfa peleando por el mismo hueso.
Qué entretenido.
—No soy un hueso —murmuró Camila.
—Lo sé.
Pero ellos parecen no haberse dado cuenta.
El apartamento estaba tal como lo había dejado dos días atrás, pero se sentía diferente.
Más vacío.
Más frío.
Como si hubiera estado abandonado por años, no por días.
Camila se dejó caer en el sofá.
Diego fue a la cocina a preparar té.
Julián se quedó de pie junto a la ventana, observando la calle, probablemente buscando periodistas o paparazzi.
—¿Alguien los siguió?
—preguntó Camila.
—No que haya notado —respondió Julián—.
Pero eso no significa que no lo intentarán.
Tu edificio probablemente estará vigilado por días.
—Genial.
Prisionera en mi propia casa.
—Puedes quedarte en otro lugar.
Un hotel, la casa de Lucía, o…
—¿O tu casa?
—Camila arqueó una ceja.
Julián se giró, sorprendido por el tono.
—Tengo espacio.
Y seguridad privada.
No era una propuesta indecente, era práctica.
—Todo contigo parece práctico en la superficie.
Pero siempre hay algo más debajo.
La tensión se cortaba con cuchillo.
Diego regresó con té caliente, notando inmediatamente la atmósfera.
—¿Interrumpo algo?
—No —dijeron Camila y Julián al mismo tiempo.
Diego dejó el té y se sentó en el sillón frente a Camila, creando un triángulo incómodo entre los tres.
—Necesitamos hablar de los próximos pasos.
Legalmente, tienes que reportarte a la corte en una semana.
Antes de eso, debemos preparar tu declaración oficial.
Y decidir si hacemos otra aparición pública o nos mantenemos en bajo perfil.
—Bajo perfil suena bien —dijo Camila, tomando el té con manos temblorosas—.
Muy bien, de hecho.
—No puedes esconderte —dijo Julián con su típica franqueza brutal—.
Si desapareces ahora, después de lo que pasó hoy, parecerá que te rompieron.
Que ganaron.
—Tal vez me rompieron.
¿Consideraste eso?
—No lo creo.
—Julián caminó hacia ella, arrodillándose para quedar a su nivel—.
Te conozco.
—No me conoces.
—Te conozco más de lo que crees.
—Su intensidad era inquietante—.
Y sé que no eres el tipo de persona que se rinde cuando las cosas se ponen difíciles.
Camila lo miró directamente, y por un momento, se preguntó si él realmente recordaba algo de la otra vida.
La forma en que la miraba, como si tuviera memorias que no podía explicar…
—Julián —interrumpió Diego, su paciencia claramente agotándose—.
Aprecio que pagaras la fianza.
Pero Camila necesita descansar, no un discurso motivacional de alguien que apenas la conoce.
—¿Apenas la conozco?
—Julián se levantó, girándose hacia Diego—.
He estado investigando con ella durante semanas.
¿Dónde estabas tú?
—Viviendo mi vida hasta que vi a alguien que necesitaba ayuda real, no juegos de poder corporativos.
—¿Juegos de poder?
Yo arriesgué mi carrera, mi futuro, mi relación con la única familia que tengo para ayudarla.
—Sí, qué noble.
¿Y cuánto de eso fue por ella y cuánto fue para redimirte de lo que sea que hayas hecho trabajando para su tío?
Julián dio un paso amenazante hacia Diego.
—Cuidado con lo que insinúas.
Diego se levantó, igualando su postura.
—No insinúo nada.
Lo digo directamente.
No confío en ti.
—Bien.
Porque yo tampoco confío en ti, abogado salvador que aparece conveniente en el momento exacto— —¡BASTA!
Camila se puso de pie de un salto.
El té se derramó de su taza, manchando su ropa, pero no le importó.
—¡Los dos, cállense!
¡AHORA!
Ambos hombres se giraron hacia ella, sorprendidos por la explosión.
—Estoy cansada.
Estoy humillada.
Acabo de pasar dos días en una celda, vomité frente a cámaras nacionales, y probablemente seré un meme ambulante para mañana.
—Su voz temblaba de rabia contenida—.
¿Y ustedes están aquí midiendo testosterona como adolescentes en un partido de fútbol?
Dio un paso hacia Julián.
—Tú.
Pagaste mi fianza y te lo agradezco.
Pero no me conoces tanto como crees.
Y tus motivos para ayudarme son tan confusos para mí como probablemente lo son para ti.
Luego se giró hacia Diego.
—Y tú.
Eres mi abogado.
Mi muy apreciado y necesario abogado.
Pero eso no te da derecho a decidir en quién puedo o no confiar.
Respiró hondo, el enojo dándole una claridad que el pánico le había robado.
—Los dos, fuera.
Ahora.
Necesito estar sola.
—Camila— comenzó Diego.
—Dije.
Fuera.
El tono no admitía discusión.
Diego recogió su maletín, claramente herido pero respetando su petición.
—Te llamaré mañana.
Para hablar de la estrategia legal.
—Bien.
Julián no se movió inmediatamente.
La miró con algo parecido a…
¿orgullo?
—Ahí está.
La Camila que conozco.
—No me conoces —repitió ella, pero con menos convicción esta vez.
—Tal vez no.
—Caminó hacia la puerta—.
Pero quiero conocerte.
Y se fue, dejando esas palabras flotando en el aire como humo.
Cuando la puerta se cerró, Camila finalmente se permitió colapsar.
Se dejó caer en el sofá, abrazando un cojín, y lloró.
No con elegancia, no con dignidad.
Lloró feo, con mocos y sollozos que sacudían su cuerpo entero.
Lloró por la humillación del día.
Por el miedo que todavía sentía.
Por la confusión de tener dos hombres peleando por ella cuando ni siquiera sabía quién era ella misma en esta nueva vida.
Lloró hasta quedarse dormida, exhausta, en el sofá, todavía con la ropa manchada de té y el sabor amargo del vómito en su boca.
Despertó horas después con su teléfono vibrando sin parar.
Eran las 11 PM.
Tenía 47 mensajes sin leer y 23 llamadas perdidas.
Revisó los mensajes con temor.
La mayoría eran de su equipo, preguntando si estaba bien.
Algunos de números desconocidos con insultos.
Y uno de su madre.
Lo abrió con el corazón acelerado.
—Vi las noticias.
Estás haciendo el ridículo.
Ven a casa mañana.
Necesitamos hablar.
No es una petición.
Camila sintió la rabia burbujear de nuevo.
Su madre.
Su perfecta y controladora madre que siempre había elegido la comodidad sobre la verdad, la apariencia sobre la honestidad.
Sin pensarlo dos veces, Camila respondió: —No.
Ya no recibo órdenes.
Si quieres hablar, vienes tú.
Pero prepárate, porque tengo muchas cosas que decirte.
Y no todas serán cómodas de escuchar.
Presionó enviar antes de arrepentirse.
Tres minutos después, su madre respondió: —¿Cómo te atreves a hablarme así?
Soy tu madre.
Camila sonrió con amargura y escribió: —Ser madre es más que dar a luz.
Es proteger.
Es apoyar.
Es estar presente.
Tú has sido muchas cosas, mamá.
Pero madre de verdad no es una de ellas.
Bloqueó el número antes de que pudiera responder.
Fue una venganza pequeña, insignificante en el gran esquema de las cosas.
Pero se sintió increíblemente satisfactoria.
Como finalmente tomar un respiro después de estar bajo el agua por demasiado tiempo.
Por primera vez en dos días, Camila sonrió genuinamente.
Mañana sería otro infierno.
Más videos, más humillaciones, más batallas.
Pero esta noche, por un momento breve y precioso, había recuperado un poco de control.
Y eso era suficiente.
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