La Sombra que Fui - Capítulo 53
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53: El circo 53: El circo Camila no durmió bien esa noche.
Cada vez que cerraba los ojos, veía las caras de la multitud.
Escuchaba los insultos.
Sentía la saliva en su mejilla.
A las 6 AM se rindió y encendió su teléfono.
Error.
Lo primero que apareció en su feed de redes sociales fue un video.
No uno, sino decenas de videos del mismo momento.
Ella saliendo de la estación de policía.
Tambaleándose.
Vomitando.
Los títulos variaban: «Camila Montalbán se derrumba después de solo 48 horas en custodia».
«¿Heroína o fraude?
La heredera que no puede manejar las consecuencias».
«MIRA: Camila vomita en público tras salir de prisión».
Y los comentarios…
Dios, los comentarios.
—Actuación digna de un Oscar.
—Así es como se ve la culpa.
—Dos días en la cárcel y ya colapsó.
Imaginen si fuera real criminal.
—Pobre niña rica no puede manejar la vida real.
Pero algunos eran diferentes: —Yo también tendría ataques de pánico si hubiera expuesto corrupción y todo el sistema me atacara.
—Déjenla en paz.
Es humana.
—Todos los que la critican: ¿ustedes tendrían el valor de hacer lo que ella hizo?
Camila cerró la aplicación antes de seguir leyendo.
No podía hacer esto.
No hoy.
Pero tenía que ir a la universidad.
Tenía clases, tenía exámenes.
Y sobre todo, tenía que demostrar que no estaba rota.
Aunque sí lo estaba.
Se vistió con cuidado, eligiendo ropa que la hacía sentir protegida: jeans oscuros, botas, una sudadera con capucha.
Pelo recogido.
Gafas de sol aunque el día estaba nublado.
Armadura de civil.
Lucía le había enviado un mensaje a las 5 AM: —Te acompaño a la Uni.
No discutas.
Paso por ti a las 8.
Camila casi lloró de gratitud.
Cuando Lucía llegó, venía con refuerzos: Teo y David también.
—No vas sola a ese foso de leones —declaró Lucía mientras subían al coche de David—.
Somos una manada.
Y las manadas no abandonan a los suyos.
El campus estaba extrañamente tranquilo cuando llegaron.
Demasiado tranquilo.
Camila sintió los ojos sobre ella desde el momento en que bajó del coche.
Susurros.
Miradas.
Teléfonos levantándose para tomar fotos.
—Ignóralos —murmuró Teo—.
Son como perros.
Si muestras miedo, atacan.
Pero Camila no podía ignorarlos.
Cada susurro era como un alfiler clavándose en su piel.
Cada risa ahogada era una puñalada.
Llegaron al edificio de Derecho.
Camila tenía clase de Procedimientos Legales a las 9 AM.
Con el profesor Márquez.
La misma clase donde Julián era el estudiante estrella.
La sala estaba casi llena cuando entraron.
Las conversaciones se apagaron gradualmente cuando la vieron.
Camila mantuvo la cabeza alta, caminando hacia su asiento usual en la quinta fila.
Alguien había dejado algo en su mesa.
Una impresión de su foto vomitando, con las palabras «JUSTICIA POÉTICA» escritas en marcador rojo.
Camila se quedó congelada, mirando la imagen.
Las risas ahogadas llenaron la sala.
—Hijos de puta —siseó Lucía, arrancando el papel y rompiéndolo en pedazos.
—¿Quién hizo esto?
—Teo se giró hacia la clase, con los puños apretados—.
¿Eh?
¿Quién fue el cobarde?
Nadie respondió.
Solo más risas.
Camila sintió las lágrimas amenazando con brotar.
No aquí.
No ahora.
No les daría esa satisfacción.
Se sentó con movimientos mecánicos.
Lucía a su lado, protectora como una leona.
La puerta se abrió y entró el profesor Márquez.
Detrás de él, Julián, quien recorrió la sala con la mirada, notando inmediatamente la tensión.
Sus ojos encontraron los de Camila, y algo pasó por su rostro.
¿Preocupación?
¿Culpa?
—Buenos días —comenzó Márquez, dejando su maletín en el escritorio—.
Antes de empezar con la clase de hoy, quiero dejar algo en claro.
Se giró hacia los estudiantes con una expresión severa.
—Esta aula es un espacio de aprendizaje y debate intelectual.
No es un circo de reality show.
No es un lugar para acoso o intimidación.
—Su mirada recorrió la sala—.
Si alguien tiene un problema con algún compañero de clase por asuntos fuera de estos muros, lo dejan afuera.
¿Entendido?
Silencio incómodo.
—Pregunté si han entendido.
Murmullos de asentimiento.
—Bien.
Ahora, procedimientos legales.
Capítulo 12: Evidencia obtenida ilegalmente y su admisibilidad en corte.
Camila casi rió ante la ironía.
Por supuesto que el tema era ese.
La clase transcurrió en una niebla.
Camila intentaba concentrarse, tomar notas, pero las palabras del profesor se mezclaban con los susurros a su alrededor.
A mitad de la clase, Márquez hizo una pregunta al aire: —¿Alguien puede darme un ejemplo de un caso donde evidencia obtenida ilegalmente fue crucial para exponer un crimen mayor?
Silencio.
Nadie levantaba la mano.
—Vamos, no sean tímidos.
—Márquez paseaba entre las filas—.
Les daré una pista: es un caso muy reciente.
De hecho, está en las noticias ahora mismo.
Todas las miradas se giraron hacia Camila.
Ella sintió el calor subir por su cuello, sus mejillas ardiendo.
Esto era intencional.
Márquez la estaba poniendo en el centro de atención a propósito.
Levantó la mano con dedos temblorosos.
—¿Sí, señorita Montalbán?
—El caso…
mi caso.
Los documentos del Proyecto San Carmelo fueron obtenidos sin autorización legal de una caja de seguridad bancaria.
Técnicamente, acceso ilegal a propiedad privada.
—Correcto.
¿Y cuál es el argumento legal para que esa evidencia sea admisible?
Camila tragó saliva.
—La doctrina del interés público superior.
Cuando la evidencia revela crímenes de gravedad suficiente, el interés de la sociedad en conocer esos crímenes supera el derecho individual a la privacidad.
—Excelente.
—Márquez asintió—.
Ahora, ¿alguien puede argumentar el caso contrario?
¿Por qué esa evidencia NO debería ser admisible?
Varias manos se levantaron.
Márquez señaló a un estudiante en la tercera fila.
—Si permitimos que la gente robe información privada porque «creen» que expone crímenes, abrimos la puerta al caos.
Cualquiera podría justificar cualquier violación diciendo que lo hizo por el «bien mayor».
—Bien argumentado.
¿Señor Ortega?
Usted tiene opinión sobre esto, seguro.
Julián, que había estado silencioso toda la clase, finalmente habló.
—Creo que hay una diferencia entre robar información para beneficio personal y exponerla para beneficio público.
La intención importa.
—¿Pero cómo medimos la intención?
—presionó Márquez—.
Las personas siempre pueden decir que sus intenciones eran puras.
—Las intenciones se miden por acciones.
—Julián miró directamente a Camila—.
Si alguien expone información y luego huye con dinero, la intención era egoísta.
Pero si alguien expone información sabiendo que será arrestada, sabiendo que perderá todo, sin beneficio personal…
entonces la intención es clara.
El silencio en la sala era absoluto.
Márquez sonrió levemente.
—Interesante punto.
Aunque legalmente, la intención no siempre es suficiente para justificar métodos ilegales.
—Miró su reloj—.
Continuaremos esto el próximo día.
Lean el capítulo 13 para la próxima clase.
Los estudiantes empezaron a recoger sus cosas.
Camila intentó salir rápido, pero una voz la detuvo.
—Oye, Camila.
Se giró y vio a Esteban, su primo.
Venía con dos amigos, ambos con sonrisas prepotentes.
—Prima.
Qué sorpresa verte.
Pensé que estarías escondida después del espectáculo de ayer.
Camila sintió la rabia burbujeando.
—¿Qué quieres, Esteban?
—Solo ver cómo estás.
Familia, ¿sabes?
—Su tono era burlón—.
Aunque después de lo que le hiciste al tío Alberto, no sé si todavía cuentas como familia.
—Yo no le hice nada a Alberto.
Solo expuse lo que él hizo.
—Claro, claro.
«Exposición».
—Hizo comillas con los dedos—.
¿Así le llamas ahora al intento desesperado de atención?
Uno de sus amigos rió.
—Vi el video.
El del vómito.
Fue épico.
—Sí, muy heroico —añadió el otro—.
«Mírenme, expongo corrupción» y luego no puede ni salir de un edificio sin colapsar.
Lucía se adelantó.
—Aléjate, Esteban.
Ahora.
—¿O qué?
¿Tú y tu grupo de inadaptados me van a hacer algo?
Teo dio un paso adelante también.
—No te conviene averiguarlo.
Esteban alzó las manos en falsa rendición.
—Tranquilos.
Solo vine a darle un mensaje de mi tia, que también es tu mamá, Camila.
—Su sonrisa se amplió—.
Dice que eres una vergüenza.
Que tu padre estaría avergonzado de ti.
Que destruiste el nombre de la familia por egoísmo.
Algo se rompió dentro de Camila.
Todo el dolor de los últimos días.
La humillación.
El miedo.
La rabia contenida.
Explotó.
—Mi padre estaría orgulloso.
—¿En serio?
Porque— —¡Cállate!
—Su voz resonó en el pasillo—.
¿Quieres hablar de vergüenza?
Hablemos de ti, Esteban.
Él parpadeó, sorprendido por la intensidad.
—¿Qué?
—Tú.
El hijo perfecto.
El heredero.
El que nunca hace nada malo.
—Camila dio un paso hacia él—.
¿Cuántas veces reprobaste Contabilidad Básica?
¿Tres?
¿Cuatro?
—Eso no— —¿Cuántos proyectos en la empresa has arruinado?
¿Cuántas presentaciones has hecho que yo tuve que corregir en secreto porque eras demasiado incompetente?
Los amigos de Esteban empezaron a retroceder, grabando todo con sus teléfonos.
—Eres un mediocre que llegó donde está por apellido, no por mérito.
Y todos lo saben.
Por eso necesitas venir aquí con tus amiguitos, a intentar humillarme.
Porque si no estás pisoteando a otros, la gente podría notar que no tienes nada valioso que ofrecer.
Esteban estaba rojo de rabia y vergüenza.
—Perra— —¿Qué dijiste?
Era Julián.
Había aparecido detrás de Esteban, y su voz era peligrosamente baja.
—Yo…
nada.
No dije nada.
—Te escuché.
Repite lo que ibas a decir.
Esteban se giró, encontrándose cara a cara con Julián, que lo superaba por varios centímetros.
—Esto no es tu problema, Ortega.
—Si insultas a alguien en mi presencia, se convierte en mi problema.
Por un momento, pareció que Esteban iba a responder.
Pero vio algo en la expresión de Julián que lo hizo retroceder.
—Como sea.
Esto es ridículo.
Vámonos.
Se fue con sus amigos, arrastrando los pies, murmurando insultos que no se atrevía a decir en voz alta.
Cuando se fueron, Camila sintió las piernas debilitarse.
La adrenalina se evaporó, dejándola temblorosa.
—Cami…
—comenzó Lucía.
—Necesito aire.
Solo…
necesito aire.
Salió del edificio casi corriendo, Lucía y Teo detrás de ella.
Julián los siguió a distancia.
Se dirigió al patio trasero, el área menos concurrida del campus, y se dejó caer en un banco bajo un árbol viejo.
Por un momento, sintió algo parecido a la satisfacción.
Le había dicho sus verdades a Esteban.
Lo había humillado como él intentó humillarla.
Pero esa satisfacción duró solo un segundo antes de que la culpa llegara.
«Debería ser mejor que ellos.
Más controlada».
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