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La Sombra que Fui - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 Merecida bofetada
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54: Merecida bofetada 54: Merecida bofetada Camila se quedó en el banco, intentando controlar su respiración.

Las lágrimas amenazaban con salir, pero se negaba a darle a nadie más munición contra ella.

—Eso fue increíble —dijo Teo, sentándose a su lado—.

La cara de Esteban cuando le dijiste todo eso.

Poético.

—No debí perder el control —murmuró Camila.

—¿Por qué no?

Él te provocó.

Eres humana.

—Se supone que soy la heroína de esta historia.

Las heroínas no explotan en público.

Julián, que se había mantenido a distancia, finalmente habló: —Las heroínas reales sí.

Las de verdad, no las de cuentos de hadas.

Las reales sangran, lloran, explotan.

Porque son humanas.

Camila lo miró con sorpresa.

Lucía y Teo intercambiaron miradas.

—Nosotros…

vamos a buscar café —dijo Lucía, claramente forzada—.

¿Quieres algo, Cami?

—Estoy bien.

—Volvemos en diez minutos.

Se fueron, dejándolos solos.

Julián se sentó en el banco, dejando espacio entre ellos pero no mucho.

—¿Por qué haces esto?

—preguntó Camila después de un silencio incómodo.

—¿Hacer qué?

—Defenderme.

Ayudarme.

Pagarme la fianza.

—Hizo una pausa—.

Te he dado pocas razones para que te importe.

—Tal vez no se trata de razones.

—Se acercó un poco—.

Tal vez se trata de instinto.

De algo que no puedo explicar.

—Julián…

—Siento cosas cuando estoy cerca de ti.

Como si te conociera.

Como si hubieras sido importante para mí en algún momento.

—Su voz se suavizó—.

Y sé que suena a locura.

Camila sintió el pánico subir.

—Es locura.

—¿Lo es?

Porque a veces me miras como si yo fuera un fantasma.

Como si hubieras conocido una versión diferente de mí.

—Estás imaginando cosas.

—¿En serio?

Porque dijiste algo extraño hace un rato.

Sobre proyectos que tuviste que corregir, como si hubieras trabajado en la empresa con Esteban.

Mierda.

Camila había dejado que su memoria de la vida anterior se filtrara sin pensar.

—Fue una exageración.

Para el efecto dramático.

—No sonó así.

—Se acercó más, sus rodillas casi tocando las de ella—.

Sonó como si realmente lo hubieras vivido.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

Lógicamente, lo sé.

—Su mano se movió, casi tocando la de ella, pero deteniéndose justo antes—.

Pero hay cosas que la lógica no puede explicar.

Camila quería correr.

Quería terminar esta conversación antes de decir algo que no podía retractar.

Antes de que pudiera decidir, escucharon voces acercándose.

Un grupo de cinco estudiantes caminaba hacia ellos.

Uno de ellos tenía su teléfono levantado, claramente grabando.

—¡Ahí está!

¡La víctima profesional!

Camila reconoció al líder: Marco Suárez, un estudiante de tercer año conocido por ser un provocador.

—¿Cómo se siente ser famosa por vomitar en público?

—¿Es cierto que inventaste todo para llamar la atención?

—Oigan, ¿hacen apuestas sobre cuánto tiempo durará antes de tener otro ataque de pánico?

Julián se levantó inmediatamente, interponiéndose entre ellos y Camila.

—Aléjense.

Ahora.

—Oh, mira, tiene un guardaespaldas.

Qué tierno —se burló Marco.

—¿También le pagas para que sea tu novio?

¿O eso es gratis?

Camila se puso de pie, con las manos temblando de rabia.

—Lárguense.

—¿O qué?

¿Vas a llorar?

¿A vomitar de nuevo?

—Marco se acercó más, empujando su teléfono casi en la cara de Camila—.

Vamos, danos una declaración.

¿Cómo se siente que todo el país sepa que eres una fra…

El sonido de la bofetada resonó como un disparo.

La mano de Camila conectó con la mejilla de Marco con tanta fuerza que él trastabilló hacia atrás.

El teléfono salió volando de su mano, aterrizando en el pasto.

El silencio fue absoluto.

Camila estaba de pie, temblando, con la mano todavía en alto.

No había planeado eso.

No había pensado.

Solo había reaccionado.

—Aléjate de mí —dijo con voz baja pero letal—.

O la próxima no será una bofetada.

Marco se tocó la mejilla, incrédulo.

Sus amigos habían retrocedido varios pasos, algunos todavía grabando.

—¿Me golpeaste?

¡Eso es agresión!

¡Tengo testigos!

—Tenías tu teléfono a dos centímetros de mi cara después de que te pidieron que te alejaras —respondió Camila con una calma aterradora que no sentía por dentro—.

Eso es acoso.

Y sí, hay testigos.

Julián recogió el teléfono del suelo.

Revisó la pantalla.

—Todavía estaba grabando.

Perfecto.

—Miró a Marco—.

Aquí está tu evidencia.

Muestra cómo acosaste a alguien hasta que reaccionaron.

Le lanzó el teléfono.

Marco lo atrapó torpemente.

—Esto no se va a quedar así.

Mi padre es abogado.

—Qué conveniente —dijo Julián con frialdad—.

El mío también.

Y le encanta destruir a acosadores con complejos de superioridad.

Marco dudó, mirando entre Julián y Camila.

Finalmente, recogió su orgullo herido y se fue, sus amigos siguiéndolo mientras murmuraban.

Cuando se fueron, Camila miró su mano.

Le ardía la palma.

Todavía temblaba.

—Dios.

¿Qué hice?

—Te defendiste —dijo Julián simplemente.

—Golpeé a alguien en público y fue grabado en video.

—El pánico comenzó a instalarse—.

Diego va a matarme.

Esto va a estar en todas partes.

Van a usarlo en mi contra en el juicio.

—Ese video muestra que te provocaron.

—No importa.

—Camila se sentó de nuevo, poniendo la cabeza entre las manos—.

Acabo de darles exactamente lo que querían.

Prueba de que soy violenta, inestable, peligrosa.

Julián se arrodilló frente a ella.

—O prueba de que no eres una víctima fácil.

—No entiendes.

Esto…

esto lo cambia todo.

Lucía y Teo regresaron corriendo, con cafés en mano.

—¿Qué pasó?

Vimos gente corriendo y— —Lucía se detuvo al ver la expresión de Camila—.

¿Cami?

—Abofeteé a Marco Suárez.

—¿QUÉ?

—Estaba grabándome.

Acosándome.

Llamándome…

—No pudo terminar la frase—.

Y yo perdí el control.

De nuevo.

Teo silbó suavemente.

—Marco Suárez.

Su padre es socio en Torres & Asociados.

Uno de los bufetes más grandes de la ciudad.

—Genial.

Perfecto.

—Camila se puso de pie—.

Necesito irme.

Ahora.

Antes de que la policía aparezca o algo peor.

—Te llevo —ofreció Julián.

—No.

Ya hiciste suficiente.

—Camila— —¡Dije que no!

—Se giró hacia él—.

Gracias por defenderme, pero no puedes seguir apareciendo así.

La gente va a empezar a hacer preguntas.

Y no tengo respuestas que pueda dar.

Se fue caminando rápido, Lucía y Teo detrás.

Julián se quedó ahí, mirándola alejarse, con una expresión que mezclaba frustración y algo más profundo.

Para cuando llegaron al apartamento de Camila, el video ya era viral.

«Camila Montalbán golpea a estudiante en campus universitario» «La “heroína” muestra su verdadero rostro violento» «EXCLUSIVA: Camila pierde el control y ataca a compañero» Pero también había otros titulares que estaban del lado de ella.

«Estudiante acosa a Camila Montalbán hasta que ella reacciona» «El contexto importa: vean el video completo de lo que pasó» «Marco Suárez tiene historial de acosar a mujeres en campus» Diego ya estaba esperándola frente a su casa cuando llegó.

Su expresión era una mezcla de preocupación y exasperación.

—Tenemos que hablar.

—Lo sé.

Lucía y Teo se quedaron en un rincón, dándoles privacidad, mientras ellos se dirigían a una oficina.

Una vez dentro, Diego cerró la puerta y se giró hacia ella.

—¿En qué estabas pensando?

—No estaba pensando.

Ese es el problema.

—¡Exacto!

¡No estabas pensando!

—Se pasó las manos por el cabello—.

Camila, estás enfrentando cargos criminales.

¿Y qué haces?

¡Golpeas a alguien en cámara!

—Él me estaba acosando.

—¡Lo sé!

Vi el video completo.

Y muestra que él fue el agresor inicial.

Pero eso no cambia el hecho de que ahora tenemos otro problema en nuestras manos.

—Entonces arréglalo.

Eres mi abogado.

—¡No soy un mago!

—Levantó la voz por primera vez—.

No puedo defenderte si sigues dándoles munición.

Camila sintió las lágrimas amenazando.

—Entonces tal vez no deberías ser mi abogado.

Diego se detuvo, como si lo hubieran golpeado.

—¿Qué?

—Si soy tan problemática, tan imposible de defender, tal vez deberías irte.

Ahora.

Antes de que arruine tu carrera también.

—No digas eso.

—¿Por qué no?

Es verdad.

Soy un desastre.

Todo lo que toco se destruye.

Tal vez todos tienen razón.

Tal vez debería simplemente rendirme.

Diego cruzó la distancia entre ellos en dos pasos y la tomó por los hombros.

—No.

No te atrevas a rendirte.

No después de todo lo que has hecho.

—¿Qué he hecho?

¿Vomitar en público?

¿Golpear estudiantes?

¿Hacer el ridículo constantemente?

—Has expuesto corrupción.

Has arriesgado todo por la verdad.

—Su voz se suavizó—.

Y sí, has cometido errores.

Porque eres humana.

No eres perfecta.

Pero eso no significa que debas rendirte.

Camila finalmente dejó que las lágrimas cayeran.

—No sé si puedo seguir haciendo esto.

Diego la abrazó, y ella se permitió colapsar contra él.

Sus brazos eran firmes alrededor de ella, y por un momento, Camila se sintió segura.

Cuando finalmente se separaron, sus rostros quedaron a centímetros.

Ella pudo ver sus largas pestaña encima de sus ojos cafés y la barba de dos días que le daba un aspecto menos pulido, más real.

Diego levantó una mano, casi tocando su mejilla, pero se detuvo en el aire.

En su mente, un flash: manos pequeñas sosteniéndolo mientras lloraba.

«Las personas que amamos viven aquí», había dicho ella, tocándose el pecho con esa sabiduría imposible para una niña tan pequeña.

Esa niña se había convertido en esta mujer.

Y él seguía sin poder dejarla ir.

Dieciocho años después.

Sus dedos quedaron suspendidos a milímetros de su piel, temblando con todo lo que no podía decirle.

—Camila, yo…

Su teléfono sonó, rompiendo el momento.

Él retrocedió como si lo hubieran quemado, aclarándose la garganta y sacando el teléfono de su bolsillo.

—Es mi socio del bufete.

Tengo que…

—Señaló el teléfono, evitando su mirada.

—Claro.

Responde.

Él salió al balcón para hablar, dejándola sola en la sala.

Camila tocó su propia mejilla, donde casi la había acariciado.

Su corazón todavía latía rápido.

La piel le hormigueaba donde sus dedos casi habían hecho contacto.

«¿Qué fue eso?

¿Qué está pasando entre nosotros?».

Cuando Diego regresó, había recuperado su compostura profesional, pero algo había cambiado en su mirada.

—Tengo que irme.

Hay un problema con otro caso.

Pero…

—Dudó en la puerta—.

¿Estarás bien sola esta noche?

—Estaré bien.

Él asintió, pero no se movió inmediatamente hacia la salida.

Se quedó ahí, como debatiendo algo internamente.

—Camila, sobre hace un momento…

—No tienes que decir nada.

—Sí, tengo que decirlo.

—La miró directamente, y la intensidad en sus ojos la dejó sin aliento—.

Eres mi clienta.

Y hay líneas que no debería cruzar.

Pero contigo…

esas líneas se están volviendo muy borrosas.

Camila sintió mariposas en el estómago.

—¿Y eso es malo?

—No lo sé.

Probablemente.

—Sonrió con tristeza—.

Pero no parece importarme tanto como debería.

Se fue antes de que ella pudiera responder, cerrando la puerta suavemente tras de sí.

Camila se quedó ahí parada, con el eco de sus palabras resonando en su mente.

Veinte minutos después, Lucía llegó con Teo, David y Ana, cargados con bolsas de comida chatarra y tequila.

—Noche de terapia con comida basura —anunció Lucía—.

Es obligatorio.

Se instalaron en el suelo de la sala, rodeados de tacos, papas fritas y helado.

Era ridículo.

Camila ya era adulta, pero estaban teniendo una pijamada como adolescentes.

Para animarla un poco, David puso su compilación de comentarios positivos sobre el video de la bofetada: —Marco Suárez es conocido por acosar mujeres.

Camila hizo lo que muchas querían hacer.

—Contexto: él la persiguió, le metió el teléfono en la cara.

Ella reaccionó.

Fin.

—No todos te odian —dijo David—.

Tienes más apoyo de lo que crees.

—Pero los que me odian, me odian mucho.

—Así es siempre —dijo Ana suavemente—.

No puedes hacer algo grande sin que algunos te amen y otros te odien.

Los tibios nunca cambian nada.

Camila la miró, sorprendida por la profundidad.

—Tu papá te dijo eso, ¿verdad?

Ana asintió.

—Cuando decidí ayudarte.

A medianoche, todos se habían quedado dormidos esparcidos por la sala.

Camila se quedó despierta, mirando a sus amigos.

Lucía estaba roncando en el sofá, Teo en el suelo, David abrazando su portátil y Ana acurrucada en el sillón.

De repente, en medio de la moche, su teléfono vibró.

Recibió un mensaje de número desconocido con el link de un video adjunto.

Lo abrió con cautela.

Era el video de la bofetada, editado con música épica y cámara lenta en el momento del impacto.

Título: «Cuando los acosadores encuentran su límite» Los comentarios explotaban: —Team Camila 100%.

—Ella es mi heroína.

No todos eran positivos.

Pero suficientes la defendían.

Camila estaba a punto de cerrar el teléfono cuando llegó otro mensaje.

Del mismo número desconocido.

—El video es solo el principio.

Mañana, algo más grande.

Prepárate.

Tienes más aliados de los que crees.

El corazón de Camila se aceleró.

—¿Quién eres?

—escribió.

La respuesta llegó inmediatamente: —Alguien que también quiere ver caer a los Montalbán.

Revisa tu correo a las 8 AM.

Lo que te enviaré cambiará todo.

Y luego, nada más.

Camila se quedó mirando la pantalla, con mil preguntas en su mente.

«¿Quién era este aliado misterioso?

¿Qué información tenía?

¿Era una trampa?».

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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