Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Sombra que Fui - Capítulo 55

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. La Sombra que Fui
  4. Capítulo 55 - 55 El aliado misterioso
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

55: El aliado misterioso 55: El aliado misterioso Camila no durmió después del mensaje.

Se quedó sentada en el suelo de la sala, rodeada de sus amigos dormidos, mirando fijamente la pantalla de su teléfono.

«Revisa tu correo a las 8 AM.

Lo que te enviaré cambiará todo».

Cada minuto se sentía como una hora.

Revisaba el reloj obsesivamente.

6:47 AM.

7:03 AM.

7:28 AM.

A las 7:45, no aguantó más.

Abrió su laptop con manos temblorosas y actualizó su correo electrónico cada treinta segundos.

7:58 AM.

Nada.

7:59 AM.

Nada.

8:00 AM exactamente.

Un nuevo mensaje apareció.

Asunto: La verdad que tu tío no quiere que sepas Camila hizo clic con el corazón acelerado.

El mensaje era breve: «Camila, no me conoces, pero yo sí te conozco.

He trabajado para tu tío durante 15 años.

He visto cosas.

He callado cosas.

Ya no puedo seguir haciéndolo.

Lo que encontrarás en el link de abajo no es solo evidencia de corrupción.

Es evidencia de asesinatos.

Asesinatos disfrazados de accidentes.

Usa esta información con cuidado.

Ellos no solo son corruptos.

Son peligrosos.

Matan a quien se interpone en su camino.

No respondas a este correo.

No intentes contactarme.

Cuando sea el momento correcto, yo te encontraré.

P.R» Debajo había un enlace a una carpeta de Dropbox protegida con contraseña.

La contraseña estaba en el mensaje: RafaelMereciaJusticia1997 Camila sintió lágrimas ardiendo en sus ojos.

Su padre.

Su nombre usado como contraseña.

Con manos temblorosas, ingresó el link y la contraseña.

La carpeta se abrió y contenía 47 archivos.

Comenzó a revisar.

Cada archivo era peor que el anterior.

Carpeta 1: Grabaciones de audio (5 archivos) Reprodujo el primero.

Era una conversación telefónica.

La voz de Alberto era inconfundible.

«—¿Y el periodista?

¿Ya dejó de hacer preguntas?

—Todavía está investigando.

Habló con dos ex-empleados de Quim-Tec.

—Entonces necesita tener un accidente.

Pronto.

Que parezca natural.

—¿Qué tan natural?

—Accidente de tráfico.

Los frenos fallan.

Pasa todo el tiempo.» Camila pausó la grabación, sintiendo náuseas.

Puso el segundo archivo.

Era Valverde.

Su voz era inconfundible también.

«—El caso Fernández está programado para el jueves.

—¿Puedes archivarlo?

—Puedo.

Pero va a costar.

—¿Cuánto?

—Cincuenta mil.

Transferencia a la cuenta usual.

—Hecho.

El dinero estará ahí mañana.» Camila sintió algo quebrarse en su interior.

No era solo corrupción.

Era un mercado.

Compraban y vendían justicia como si fuera ganado.

Carpeta 2: Documentos escaneados (23 archivos) Transferencias bancarias.

Cientos de ellas.

De cuentas offshore a cuentas personales.

Nombres que reconocía: Valverde, otros apellidos que sonaban vagamente familiares.

Fechas que abarcaban 15 años.

Contratos falsificados.

Acuerdos alterados.

Fechas cambiadas.

Firmas que parecían legítimas pero que los metadatos mostraban como editadas digitalmente.

Y una lista.

Una lista con 23 nombres bajo el título: «Casos Archivados – Operación Limpieza» Camila reconoció tres nombres inmediatamente: Proyecto San Carmelo Quim-Tec Desechos Industriales Ronaldo Ferrer – Investigación periodística Carpeta 3: Un video (1 archivo) Lo reprodujo.

Era una grabación de cámara de seguridad, con fecha de seis meses atrás.

Era una sala de juntas.

La oficina de Alberto, reconocía los muebles.

Alberto estaba sentado a la cabeza de la mesa.

A su alrededor, cinco hombres.

Uno de ellos era Valverde.

«—Tenemos un problema —dijo Alberto—.

El periodista de El Centinela sigue investigando San Carmelo.

—¿Adrián Soto?

—preguntó uno de los hombres que Camila no reconocía—.

Pensé que ya lo habíamos manejado.

—Lo intentamos.

Pero es persistente.

Y tiene protección editorial.

—Entonces removemos la protección —dijo Valverde con frialdad—.

El dueño del periódico tiene tres inversiones que dependen de permisos gubernamentales.

Permisos que se pueden…

retrasar indefinidamente.

—Eso funcionará por ahora —dijo Alberto—.

¿Pero qué hacemos a largo plazo?

Si un periodista cae, otro tomará su lugar.

—No si el primero sirve de advertencia —dijo un tercer hombre, mayor, con cabello completamente blanco—.

Ronaldo Ferrer investigó demasiado.

Tuvo un accidente.

Nadie más ha preguntado desde entonces.» Camila pausó el video.

Ronaldo Ferrer.

El padre de Laura.

El «accidente de tráfico» de hace cinco años.

No fue accidente.

Fue asesinato.

Siguió reproduciendo.

El hombre del cabello blanco continuó hablando: «—Rafael casi fue un problema también.

Afortunadamente, la naturaleza se encargó de él antes de que pudiera actuar.

—El cáncer fue…

conveniente —admitió Alberto con una sonrisa fría—.

Aunque él sabía demasiado.

Si hubiera vivido seis meses más, nos habría expuesto a todos.

—Pero no vivió.

Y su hija era muy joven para entender nada en ese momento.

Problema resuelto.» Camila sintió algo quebrarse en su pecho.

Su padre.

Habían hablado de su muerte como si fuera…

conveniente.

Como si hubieran tenido suerte de que el cáncer lo matara antes de que pudiera denunciarlos.

¿Su padre había planeado exponerlos?

¿Había intentado hacer lo correcto antes de morir?

Y ella nunca lo supo.

… Lucía despertó encontrando a Camila sentada frente a la laptop, con lágrimas cayendo silenciosamente por su rostro.

—¿Cami?

—Se acercó, alarmada—.

¿Qué pasó?

—Mi padre sabía —susurró Camila—.

Sabía todo.

E iba a denunciarlos.

Pero el cáncer…

—Su voz se quebró—.

Murió antes de poder hacerlo.

Y ellos se alegraron.

Dijeron que fue «conveniente».

—¿Qué?

Camila giró la laptop.

Le mostró los archivos.

Las grabaciones.

El video.

Lucía los revisó, su expresión oscureciéndose con cada segundo.

—Esto es…

Dios.

Esto es enorme.

No solo corrupción.

Asesinatos.

Ronaldo no murió en un accidente.

—Fue asesinado porque investigaba demasiado.

Como están intentando silenciar a Adrián ahora.

—Camila se limpió las lágrimas con rabia—.

Necesito llamar a Diego.

Ahora.

… Diego llegó en veinte minutos, todavía con ropa arrugada y cabello despeinado.

Había dormido en su oficina, como solía hacer.

Camila le mostró todo.

Él lo revisó metódicamente, tomando notas, su expresión profesional pero con mandíbula tensa.

—Esto es suficiente para enterrarlos a todos —dijo finalmente—.

No solo a Alberto y Valverde.

A todos los que aparecen en ese video.

—¿Pero es admisible en corte?

—preguntó Lucía—.

Lo obtuvimos de…

bueno, no sabemos de dónde exactamente.

—Ese es el problema —admitió Diego—.

Si no podemos probar la cadena de custodia, si no sabemos quién lo obtuvo o cómo, un buen abogado defensor lo hará pedazos.

Dirán que fue fabricado, editado, plantado.

—Pero es real —insistió Camila—.

Reconozco las voces.

Reconozco la oficina.

—Yo también —dijo una voz desde la puerta.

Todos se giraron.

Julián estaba ahí, apoyado contra el marco.

Nadie lo había escuchado entrar.

—¿Qué haces aquí?

—preguntó Diego, claramente molesto.

—La puerta estaba abierta.

Y tenía el presentimiento de que algo había pasado.

—Caminó hacia la laptop—.

¿Puedo?

Camila asintió.

Julián reprodujo el video, observando con atención.

—Estuve en reuniones como esta —dijo en voz baja—.

No esta específica, pero similares.

Reconozco a tres de esos hombres además de Alberto y Valverde.

—¿Quiénes son?

—preguntó Diego.

—El del cabello blanco es Gustavo Herrera.

Ex-fiscal general, ahora «consultor».

El de la corbata azul es Fernando Ríos, juez de apelaciones.

Y el último…

—entrecerró los ojos—.

No estoy seguro.

Pero lo he visto en eventos corporativos.

Diego anotó los nombres furiosamente.

—Si testificas sobre esto, si confirmas que estuviste en reuniones similares, eso valida la evidencia.

—Testificaré —dijo Julián sin dudar.

—¿Y si te destrozan en el estrado?

¿Si te acusan de conspirador?

—Entonces me destrozan.

—Miró directamente a Diego—.

No todos tenemos el lujo de mantener las manos limpias en esta guerra.

La tensión entre ambos era palpable.

Camila se interpuso físicamente.

—Basta.

Los dos.

No tenemos tiempo para esto.

Se giró hacia Diego.

—¿Qué hacemos con la información?

—Primero, necesitamos protegerla.

David, ¿puedes hacer copias en múltiples servidores?

David, que acababa de despertar y estaba revisando su laptop, asintió.

—Ya lo estoy haciendo.

Cinco servidores diferentes, tres países.

Si intentan borrar algo, solo activarán más copias.

—Bien.

Segundo, necesitamos identificar quién envió esto.

—Diego miró a Camila—.

¿P.R.?

¿Alguna idea?

—Alguien que trabajó para Alberto durante 15 años —repitió Camila, pensando—.

Secretaria.

Asistente.

Alguien con acceso a su oficina, a sus grabaciones de seguridad.

—Patricia Ruiz —dijo Julián de repente.

Todos lo miraron.

—¿Quién?

—preguntó Camila.

—La secretaria ejecutiva de Alberto.

Lleva con él desde que yo era adolescente.

Mujer de unos cuarenta y tantos, eficiente, discreta.

—Hizo una pausa—.

Tiene una hija.

Adolescente.

Recuerdo que Alberto hizo comentarios…

inapropiados sobre ella en alguna ocasión.

Camila sintió náuseas de nuevo.

—¿Crees que ella envió esto?

—Encaja.

Acceso completo.

Motivación personal.

Y las iniciales: P.R.

Diego ya estaba buscando en su teléfono.

—Patricia Ruiz…

aquí está.

LinkedIn muestra que trabajó para Montalbán Corp desde 2010.

Antes en otra corporación.

Vive en…

—leyó la dirección—.

Distrito de San Martín.

—Tenemos que encontrarla —dijo Camila—.

Agradecerle.

Protegerla.

—O confirmar que fue ella antes de acercarnos —contrarrestó Diego—.

Si nos equivocamos, alertamos a las personas equivocadas.

Luego de unas horas de discusión, el teléfono de Camila sonó.

Era un número desconocido.

Lo puso en altavoz con manos temblorosas.

—¿Hola?

Una voz distorsionada electrónicamente, imposible de identificar si era hombre o mujer.

—Camila Montalbán.

Sé que tienes los archivos de Patricia.

El corazón de Camila se detuvo.

—¿Quién es?

—Eso no importa.

Lo que importa es que cometiste un error al abrirlos.

Y Patricia cometió un error al enviártelos.

—¿Qué quieren?

—Queremos los archivos.

Todos.

Las copias.

Todo lo que descargaste.

Lo devuelves, o Patricia muere.

—¿Cómo sé que está viva?

Un sonido de lucha.

Luego, una voz femenina, aterrada: —¡No les des nada!

¡Ellos mataron a… —Un golpe.

Silencio.

La voz distorsionada regresó.

—Tienes 24 horas.

Te contactaremos con instrucciones.

Si involucras a la policía, muere.

Si publicas algo, muere.

Si haces cualquier movimiento estúpido, muere.

¿Entendido?

—Espera, yo… La llamada se cortó y el silencio era absoluto en la habitación.

Finalmente, Lucía habló: —¿Cómo supieron tan rápido?

Los archivos llegaron hace apenas unas horas.

Diego se puso pálido.

—La carpeta de Dropbox.

Podían estar monitoreando los movimientos de Patricia.

En el momento en que ella se comunicó con Camila, rastrearon la carpeta oculta…

—Los alertamos —completó Julián—.

Y fueron directamente por Patricia.

Camila sentía que el mundo se desmoronaba.

—Es mi culpa.

Abrí el link y ahora ella…

—No —la interrumpió Diego, tomándola por los hombros—.

Esto no es tu culpa.

Es culpa de ellos.

De los que la secuestraron.

—Pero yo la puse en peligro.

—Ella se puso en peligro al enviarte eso —dijo Julián con crudeza—.

Sabía los riesgos.

Y eligió hacerlo de todas formas.

Camila se zafó de Diego, dándole la espalda a todos.

—Necesitamos un plan.

Tenemos 24 horas.

—¿Un plan para qué?

—preguntó Ana con voz temblorosa—.

¿Entregar los archivos?

¿Intentar rescatarla?

—Las dos cosas —dijo Camila, girándose con determinación en sus ojos—.

Pero primero, necesitamos encontrarla.

David, ¿puedes rastrear desde dónde vino esa llamada?

—Puedo intentarlo, pero probablemente usaron un teléfono desechable.

—Inténtalo de todas formas.

Julián, necesito que me digas todo lo que sabes sobre los lugares que Alberto usa para…

este tipo de cosas.

—¿Qué tipo de cosas?

—Lugares donde nadie haría preguntas.

Almacenes, propiedades abandonadas, cualquier cosa.

Julián asintió lentamente.

—Hay algunos.

Pero llevará tiempo ubicarlos todos.

—Entonces empecemos ahora.

—Camila miró a Diego—.

Tú tienes contactos en la policía, ¿verdad?

¿Alguien en quien confíes?

—Algunos.

Pero dijeron nada de policía.

—No vamos a reportar el secuestro.

Solo necesitamos información.

Cámaras de tráfico, placas de vehículos cerca de la casa de Patricia esta mañana.

Algo.

Diego dudó, luego asintió.

—Haré algunas llamadas.

Todos se pusieron en movimiento, cada uno con una tarea.

Camila se quedó de pie en medio del caos, mirando la pantalla de su laptop donde todavía estaba pausado el video de la reunión.

Cinco hombres planeando crímenes como si estuvieran discutiendo el menú del almuerzo.

Y ahora, una mujer iba a morir por intentar exponerlos.

A menos que Camila pudiera detenerlo.

Su teléfono vibró y vio que le llegó otro mensaje del número desconocido.

Era una foto de Patricia atada a una silla.

Con un ojo morado, pero viva.

Debajo de la foto, había un mensaje: —El reloj avanza.

23 horas y 47 minutos.

Camila cerró los ojos, respirando profundo.

—Lo siento, Patricia.

Voy a sacarte de ahí.

Te lo prometo.

Pero en el fondo de su mente, una voz oscura susurraba: «¿Y si no puedes?

¿Y si es demasiado tarde?».

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo