La Sombra que Fui - Capítulo 56
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56: La carrera contra el tiempo 56: La carrera contra el tiempo —Veintidós horas y treinta minutos —anunció David, mirando su reloj—.
Ese es el tiempo que tenemos.
Camila estaba de pie frente a una pizarra blanca que habían comprado en una tienda 24 horas.
Había escrito tres columnas con marcador: UBICACIONES POSIBLES CONTACTOS ÚTILES PLAN DE RESCATE —Julián, empieza con las ubicaciones —ordenó.
Julián se acercó, tomando el marcador.
—Alberto tiene cuatro propiedades que usa para…
actividades discretas.
—Escribió las direcciones—.
Un almacén en el distrito industrial.
Una casa abandonada en las afueras.
Una bodega cerca del puerto.
Y un edificio de oficinas que oficialmente está «en renovación» pero nunca tiene trabajadores.
—¿Cuál usaría para un secuestro?
—preguntó Diego.
—El almacén o la bodega.
Están aislados.
Pocas cámaras de seguridad en esas zonas.
—Entonces empezamos por esos dos.
Ana levantó la mano tímidamente.
—¿No deberíamos…
llamar a la policía?
—¿A cuál policía?
—replicó Lucía con amargura—.
¿A la que está en la nómina de Alberto?
Dijeron nada de policía.
Si lo hacemos, Patricia muere.
—Pero nosotros no somos…
no sabemos rescatar personas —insistió Ana—.
No somos soldados ni agentes secretos.
Somos estudiantes.
—Estudiantes con todo que perder —dijo Teo—.
Y con alguien que necesita nuestra ayuda.
Diego intervino, su voz calmada pero firme: —Ana tiene razón en una cosa.
No podemos ir sin plan.
Necesitamos reconocimiento primero.
Saber dónde está antes de intentar cualquier cosa.
—¿Cuánto tiempo nos tomaría vigilar cuatro ubicaciones?
—preguntó Camila.
—Demasiado tiempo —respondió David—.
Pero puedo hackear las cámaras de tráfico cerca de esas zonas.
Ver si hay movimiento sospechoso.
Vehículos que entraron y no salieron.
Ese tipo de cosas.
—Hazlo.
Ahora.
David ya estaba tecleando furiosamente.
El teléfono de Diego sonó.
Contestó, escuchó brevemente, su expresión endureciéndose.
—Entiendo.
Gracias.
—Colgó y miró a Camila—.
Mi contacto en tránsito revisó las cámaras cerca de la casa de Patricia esta mañana.
—¿Y?
—Un Toyota Corolla gris.
Placas robadas.
Llegó a las 7:45 AM.
Dos hombres entraron a la casa.
Salieron a las 8:03 AM con una mujer con capucha.
La metieron en el maletero.
Camila sintió náuseas.
—¿Adónde fueron?
—Las cámaras los siguieron hacia el sur.
Distrito industrial.
Luego se pierden en una zona sin cobertura.
—El almacén —dijo Julián inmediatamente—.
Está en esa zona.
Tiene sentido.
—¿Estás seguro?
—preguntó Diego.
—No.
Pero es nuestra mejor apuesta.
Camila tomó una decisión.
—Vamos.
Todos.
Reconocimiento primero.
Si está ahí, hacemos un plan.
—¿Y si no está?
—preguntó Ana.
—Entonces revisamos la siguiente ubicación.
Pero no nos quedamos aquí sentados perdiendo tiempo.
… Cuarenta minutos después, estaban estacionados a dos cuadras del almacén.
Era una zona desolada.
Edificios industriales abandonados.
Calles sin iluminación.
El tipo de lugar donde los gritos no importaban.
—Ahí —señaló Teo—.
Hay luz en el segundo piso.
Tenía razón.
Un resplandor tenue salía de una de las ventanas cubiertas con periódico.
—Alguien está ahí —dijo Lucía.
Diego sacó unos binoculares pequeños de su mochila.
—Hay un auto estacionado en la parte trasera.
SUV negra.
No puedo ver las placas desde aquí.
—Necesitamos acercarnos —dijo Camila.
—Eso es una pésima idea —contrarrestó Diego—.
Si nos ven, Patricia muere.
—Si nos quedamos aquí sin hacer nada, Patricia también muere.
—Camila tiene razón —apoyó Julián—.
Necesitamos confirmar que está ahí.
Y necesitamos saber cuántos guardias hay.
—¿Y cómo propones hacerlo?
¿Tocar la puerta y preguntar?
—No.
Yo voy.
Solo.
Reconocimiento rápido.
—Ni hablar —dijo Diego inmediatamente.
—¿Tienes mejor idea?
—Sí.
Que vaya alguien que no sea reconocible.
Alguien que si lo atrapan, pueda inventar una excusa creíble.
—Yo voy —ofreció David.
Todos lo miraron.
—Puedo fingir que estoy perdido.
Buscando a mi gato.
Cualquier tontería.
Nadie me conoce.
No he salido en las noticias.
—Es demasiado peligroso —dijo Camila.
—Todo esto es peligroso.
—David ya estaba saliendo del coche—.
Diez minutos.
Si no regreso, asuman lo peor.
Se fue antes de que pudieran detenerlo, caminando con las manos en los bolsillos, con aspecto casual.
Los siguientes diez minutos fueron los más largos de la vida de Camila.
Lucía contaba en voz baja.
—Dos minutos…
tres minutos…
Al minuto cinco, vieron movimiento.
Un hombre grande salió del almacén, mirando alrededor.
Tenía un walkie-talkie en la mano.
—Mierda —susurró Teo—.
Lo vieron.
El hombre habló por el walkie-talkie.
Luego regresó adentro.
—Necesitamos irnos —dijo Diego urgentemente—.
Ahora.
—No sin David —insistió Camila.
—Si nos quedamos, nos atrapan a todos.
En ese momento, David apareció corriendo desde un callejón lateral.
Se lanzó dentro del coche.
—¡Arranquen!
Lucía aceleró antes de que terminara la frase.
El coche salió disparado.
—¿Te vieron?
—preguntó Camila.
—No sé.
Tal vez.
—David respiraba agitadamente—.
Había un guardia fumando en la entrada trasera.
Casi choco con él.
Inventé algo sobre buscar una dirección.
No creo que me creyera.
—¿Viste algo útil?
—Dos guardias.
Tal vez tres.
Y escuché algo.
Alguien llorando.
Segundo piso.
Camila cerró los ojos.
Patricia estaba ahí.
—Tenemos que volver —dijo.
—¿Estás loca?
—Diego se giró hacia ella—.
¡Saben que alguien estuvo husmeando!
Van a estar en alerta máxima.
—Exacto.
Lo cual significa que Patricia está en más peligro ahora.
Si deciden que es demasiado arriesgado mantenerla…
No completó la frase.
No necesitaba hacerlo.
Julián habló, su voz seria: —Camila tiene razón.
Si nos retiramos ahora, podrían matarla esta noche.
Mover el cuerpo.
Cuando volvamos mañana, será demasiado tarde.
—¿Entonces qué propones?
—preguntó Diego, claramente frustrado—.
¿Que entremos como los Power Rangers y rescatemos a la dama en apuros?
—No.
Propongo que seamos inteligentes.
—Julián miró a Camila—.
¿Todavía tienes el número desde el que te llamaron?
—Sí.
—Llámalo.
Ofrece un intercambio.
Los archivos por Patricia.
Ahora.
Esta noche.
—No van a aceptar —dijo Diego—.
Todavía tienen casi 22 horas de ventaja.
—Pero nosotros sabemos dónde está.
Esa es nuestra ventaja.
—Julián sonrió sin humor—.
Llamamos.
Ofrecemos el intercambio para esta noche.
Les decimos que tenemos miedo, que queremos terminar con esto.
Que si esperamos hasta mañana, nuestra resolución podría flaquear.
—¿Y luego?
—Luego, cuando vengan al punto de intercambio, el almacén queda desprotegido.
O al menos con menos guardias.
—Es arriesgado —murmuró Ana.
—Todo lo que hemos hecho es arriesgado —respondió Teo.
Camila miró a cada miembro de su equipo.
Todos estaban asustados.
Todos estaban exhaustos.
Pero ninguno sugirió rendirse.
—Está bien.
—Sacó su teléfono—.
Hagámoslo.
Marcó el número desconocido.
Sonó tres veces antes de contestar.
La voz distorsionada: —¿Ya decidiste ser inteligente?
—Quiero hacer el intercambio.
Esta noche.
Ahora.
Una pausa.
—El plazo es mañana.
—No quiero esperar hasta mañana.
Cada hora que pasa es una hora donde puedo arrepentirme.
Donde puedo hacer algo estúpido.
—Camila forzó el miedo en su voz, no fue difícil—.
Terminemos con esto.
Ahora.
Te doy los archivos, tú liberas a Patricia.
Otra pausa más larga.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque estoy asustada.
Porque no quiero que nadie más muera por mi culpa.
Porque quiero que esto termine.
Silencio.
Camila pudo escuchar voces en el fondo, deliberando.
Finalmente alguien dijo: —Está bien.
Plaza San Martín.
En dos horas.
Medianoche.
Vienes sola con un USB que contenga todos los archivos.
Todos.
Si intentas algo, si traes a alguien, Patricia muere antes de que puedas parpadear.
—¿Cómo sé que la liberarás?
—No lo sabes.
Pero no tienes opción.
La llamada se cortó y Camila miró a su equipo.
—Dos horas.
Plaza San Martín.
—No vas a ir sola —dijo Diego inmediatamente.
—No voy a ir para nada.
—Camila sonrió con frialdad—.
Porque mientras ellos esperan en la plaza, nosotros vamos a estar sacando a Patricia del almacén.
Lucía silbó.
—Eso es…
audaz.
—Es estúpido —corrigió Diego—.
¿Y si dejan guardias?
¿Y si es una trampa?
—Todo es una trampa —respondió Julián—.
La pregunta es: ¿cuál trampa nos da mejor oportunidad de salir vivos?
Teo revisó su reloj.
—Dos horas.
Necesitamos un plan.
Uno bueno.
Todos miraron a Camila.
Ella respiró hondo.
—Está bien.
Esto es lo que vamos a hacer…
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