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La Sombra que Fui - Capítulo 57

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  4. Capítulo 57 - 57 El precio de la verdad
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57: El precio de la verdad 57: El precio de la verdad El plan era simple.

Demasiado simple, lo cual era exactamente el problema.

—Lucía lleva el USB falso a la plaza —explicó Camila, señalando el mapa que habían desplegado sobre el capó del coche—.

Se hace pasar por mí.

Con capucha, de espaldas, mantiene distancia.

—Ellos van a saber que no eres tú —objetó Ana.

—No inmediatamente.

Solo necesitamos diez, quince minutos de confusión.

Tiempo suficiente para que el resto entre al almacén.

—¿Y si matan a Lucía en cuanto se den cuenta?

—preguntó Diego.

Lucía levantó la mano.

—Estoy aquí, ¿saben?

Pueden hablar conmigo directamente.

—Perdón.

¿Y si te matan?

—No lo harán.

No sin conseguir los archivos primero.

—Lucía sonaba más confiada de lo que probablemente sentía—.

Les diré que Camila está paranoica, que me envió como intermediaria.

Que los archivos están en un lugar seguro y solo ella sabe dónde.

Eso me compra tiempo.

—¿Y si no te creen?

—Entonces improviso.

Soy buena improvisando.

Camila continuó: —Mientras tanto, Julián, Teo, David y yo entramos al almacén por la parte trasera.

Según David, hay dos guardias, máximo tres.

—Que sepamos —murmuró Diego.

—Que sepamos —admitió Camila—.

Por eso necesitamos ser rápidos.

Entramos, encontramos a Patricia, salimos.

—¿Y si está atada?

¿Herida?

¿No puede caminar?

—La cargamos.

—¿Y los guardias?

Camila vaciló.

Julián respondió por ella: —Los manejamos.

—¿«Manejamos»?

—Diego lo miró con incredulidad—.

¿Qué significa eso?

¿Los vas a pedir amablemente que se hagan a un lado?

—Significa que hacemos lo necesario.

La tensión entre ambos era palpable de nuevo.

Camila se interpuso.

—Basta.

No tenemos tiempo para esto.

—Miró su reloj—.

Una hora y cuarenta minutos.

Necesitamos movernos.

Ana levantó la mano temblorosamente.

—¿Qué hago yo?

—Tú manejas el coche de escape.

Esperas a dos cuadras del almacén.

Cuando salgamos corriendo, arrancas inmediatamente.

—Pero yo no…

no soy buena bajo presión.

—Entonces es hora de que aprendas.

—Camila puso una mano en su hombro—.

Confío en ti.

Diego sacudió la cabeza.

—Esto es una locura.

Hay mil cosas que pueden salir mal.

—¿Tienes mejor idea?

—Sí.

Llamar a la policía.

Reportar un secuestro.

Dejar que los profesionales lo manejen.

—Los «profesionales» están en la nómina de Alberto.

Ya lo discutimos.

—No todos.

Tengo contactos, gente en la que confío… —No hay tiempo.

—Camila lo miró directamente—.

Si quieres ayudar, ayuda.

Si no, quédate en el coche con Ana.

Eso lo calló.

Pero su expresión dejaba claro que no estaba de acuerdo.

—Voy con ustedes al almacén.

—No es necesario… —No te estoy pidiendo permiso, Camila.

—Su voz era firme—.

Si vas a hacer esta estupidez, al menos habrá un abogado presente para cuando los arresten.

Julián sonrió con sarcasmo.

—Qué romántico.

—Cállate.

—Suficiente.

—Camila miró a todos—.

Es hora de irnos.

Eran las once y media de la noche y estaban en la Plaza San Martín.

Lucía caminaba lentamente hacia el centro de la plaza, con una capucha cubriéndole el rostro, una mochila en la espalda.

Dentro de la mochila, un USB con archivos completamente irrelevantes.

Su teléfono vibró.

Mensaje de texto del número desconocido: —Más al centro.

Donde podamos verte.

Lucía obedeció, caminando hacia la fuente central.

Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podían escucharlo.

Otro mensaje: —Quítate la capucha.

Mierda.

Lucía escribió de vuelta: —Camila está paranoica.

Me envió en su lugar.

Soy su mejor amiga.

Los archivos están seguros.

Ella me dará la ubicación cuando sepa que Patricia está libre.” Pausa larga.

Demasiado larga.

Finalmente llegó otro mensaje.

—Tienes 5 minutos para traer a Camila o tu amiga muere.

Lucía respiró hondo.

Cinco minutos.

Tenían que ser suficientes.

… Once treinta y dos.

Almacén, entrada trasera.

Camila, Julián, Diego, Teo y David se agachaban en las sombras.

El guardia que había visto David antes ya no estaba.

—Tal vez fue a la plaza —susurró Teo.

—O está adentro —contrarrestó Diego.

—Solo hay una forma de averiguarlo.

Julián se adelantó, probando la puerta.

Cerrada.

David sacó algo de su mochila.

Una herramienta pequeña, metálica.

—¿Sabes abrir cerraduras?

—preguntó Camila.

—Vi tutoriales en YouTube.

—Dios, estamos muertos —murmuró Diego.

Pero David lo logró.

Treinta segundos después, la puerta se abrió con un clic suave.

Entraron en fila, silenciosos como fantasmas.

En el interior apenas había luz, solo lo que se filtraba desde el segundo piso.

—Arriba —señaló Julián.

Subieron las escaleras metálicas.

Cada paso resonaba, cada crujido sonaba como un grito.

En el segundo piso, una luz salía de una habitación al final del pasillo.

Y voces.

Dos hombres hablando.

—…no me gusta esto.

¿Por qué el jefe quiere el intercambio esta noche?

—No preguntes.

Solo haz tu trabajo.

—¿Y la mujer?

—Cuando termine el intercambio, nos deshacemos de ella.

Órdenes del jefe.

Camila sintió hielo en sus venas.

Iban a matarla de todas formas.

Julián le hizo señas diciéndole: «Yo me encargo».

Antes de que Camila pudiera detenerlo, entró a la habitación.

—Disculpen, caballeros.

Están despedidos.

El sonido de una pelea estalló.

Golpes, gritos ahogados, algo rompiéndose.

Camila corrió hacia adentro.

Uno de los guardias estaba en el suelo, inconsciente.

Julián luchaba con el otro, más grande, más fuerte.

Diego se lanzó a ayudar.

Entre los dos, lograron someter al segundo guardia.

Teo encontró cinta adhesiva y lo amarraron rápidamente.

—¿Dónde está Patricia?

—exigió Camila.

El guardia escupió sangre.

—Vete al diablo.

Julián presionó su antebrazo contra el cuello del hombre.

—Te hice una pregunta.

—¡Habitación del fondo!

¡Está en la habitación del fondo!

Camila corrió.

Abrió la puerta de golpe.

Patricia Ruiz estaba atada a una silla.

Tenía un ojo morado, labio partido, sangre seca en su sien.

Pero estaba consciente.

Sus ojos se abrieron con shock al ver a Camila.

—¿Qué…

qué haces aquí?

—Rescatarte.

—Camila empezó a desatar las cuerdas—.

Vamos, rápido.

—No debiste venir.

Es una trampa.

Hay más guardias— Como si la hubieran invocado, escucharon pasos pesados subiendo las escaleras.

Muchos pasos.

—Mierda —susurró Diego.

Julián asomó la cabeza al pasillo.

—Tres hombres.

Armados.

—¿Armados?

—repitió Teo, pánico en su voz—.

¡Nadie dijo nada de armas!

—Salida trasera —dijo Patricia con voz débil—.

Escalera de emergencia.

Lado oeste del edificio.

Camila terminó de desatarla.

Patricia intentó ponerse de pie y colapsó.

Sus piernas no respondían después de horas atada.

—No puedo…

no puedo caminar.

—Te cargo yo.

—Diego la levantó sin esfuerzo—.

Vamos.

Corrieron hacia la escalera de emergencia.

Los gritos de los guardias resonaban detrás de ellos.

—¡Ahí están!

Un disparo.

La bala impactó la pared junto a la cabeza de Teo.

—¡CORRAN!

Bajaron las escaleras de emergencia a toda velocidad.

Patricia gemía de dolor en los brazos de Diego.

Camila marcó el teléfono de Ana.

—¡Necesitamos el coche!

¡AHORA!

Salieron del edificio justo cuando la camioneta de Ana derrapaba frente a ellos.

Las puertas se abrieron.

Se lanzaron adentro.

Ana aceleró antes de que cerraran las puertas completamente.

Más disparos.

La ventana trasera explotó en mil pedazos.

—¡Agáchense!

Ana manejaba como poseída, tomando esquinas a velocidades suicidas.

Finalmente, después de cinco minutos de persecución, perdieron a los perseguidores.

Se detuvieron en un callejón oscuro, todos respirando como si hubieran corrido un maratón.

—¿Están todos bien?

—preguntó Camila.

Milagrosamente nadie parecía herido.

—Patricia, estás a salvo.

Vamos a llevarte al hospital— —No.

—Patricia tosió, sangre saliendo de su boca—.

No hospital.

Ellos…

tienen gente en hospitales.

—Estás herida.

Necesitas atención médica.

—Escúchame.

—Patricia la agarró del brazo con fuerza sorprendente—.

Los archivos que te envié…

son solo el principio.

Hay más.

Mucho más.

—Puedes contarnos después.

Ahora necesitas— —No hay después para mí.

—Patricia tosió de nuevo, más sangre—.

Me dieron algo.

Veneno.

Píldora.

Me obligaron a tragarla antes de que llegaras.

—¿Qué?

—Camila sintió el mundo desmoronarse—.

No, no, no…

—Escucha.

—La voz de Patricia se debilitaba—.

En mi casa.

Debajo de las tablas del piso de mi habitación.

Hay una caja.

Más documentos.

Nombres.

El Consejo completo.

No son solo cuatro.

Son doce.

Jueces, fiscales, políticos.

Todos.

—Patricia, resiste.

Por favor— —Mi hija Daniela… Tiene diecisiete años.

Dile…

dile que lo siento.

Que hice esto por ella.

Por todas las hijas que merecen un mundo mejor.

—Se lo dirás tú misma.

Vamos a salvarte— —No puedes.

—Una sonrisa triste—.

Pero puedes terminar lo que empecé.

Prométemelo.

Camila tenía lágrimas cayendo libremente.

—Te lo prometo.

—Bien.

—Patricia cerró los ojos—.

Rafael estaría orgulloso de ti.

Yo…

yo lo conocí.

Era un buen hombre.

Atrapado en un mal sistema.

Tú…

tú eres mejor que él.

Más valiente.

—Patricia, por favor…

—Cuida a mi Daniela.

Dile que su madre…

fue valiente al final.

Su mano se aflojó y su pecho dejó de moverse.

Patricia estaba muerta.

Camila soltó un grito desgarrador que venía desde lo más profundo de su alma.

Diego la abrazó, pero ella se zafó, golpeando el piso del coche con los puños.

—¡Fue mi culpa!

¡Murió por ayudarme!

—No —dijo Julián con voz firme—.

Murió porque ellos son asesinos.

Murió porque decidieron matarla sin importar lo que hiciéramos.

—Pero yo abrí ese maldito archivo…

—Y ella te lo envió sabiendo los riesgos.

—Julián se arrodilló frente a ella—.

Ella eligió.

Le arrebataste esa elección si la conviertes en víctima indefensa.

Fue una soldado.

Y cayó en batalla.

Lucía llamó.

Camila contestó con manos temblorosas.

—¿Cami?

¿Lo lograron?

—Sí.

La sacamos.

—Su voz se quebró—.

Pero murió de todas formas.

Silencio al otro lado.

—Vuelvo ahora.

Espérenme.

La llamada terminó.

Camila miró el cuerpo de Patricia.

Una mujer que conoció por menos de diez minutos.

Una mujer que dio su vida por exponer la verdad.

—Vamos a su casa —dijo finalmente—.

A buscar esa caja.

Y luego vamos a destruir a cada uno de esos hijos de puta.

Todos y cada uno.

Nadie discutió.

En ese momento, Camila dejó de buscar justicia, ahora buscaba venganza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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