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La Sombra que Fui - Capítulo 58

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  4. Capítulo 58 - 58 El peso de la culpa
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58: El peso de la culpa 58: El peso de la culpa La muerte de Patricia no fue un estallido, fue la implosión silenciosa del universo de Camila.

El aire dentro de la furgoneta se espesó, volviéndose pesado y difícil de respirar, cargado con el último aliento de una mujer valiente.

El cuerpo, ahora cubierto con la chaqueta de Diego, era un bulto informe en la penumbra, pero su presencia gritaba más fuerte que cualquier sirena.

Camila no estaba fría.

No era una general planeando su siguiente movimiento.

Estaba rota.

Miraba sus propias manos, las mismas manos que habían marcado el número, las que habían escrito el mensaje, y las veía manchadas con una culpa que ninguna lágrima podría limpiar.

«Mi idea.

Fue mi idea.

Yo los llamé.

Yo pensé que podía manipularlos.

Pensé que era más lista.

Y ella está muerta por mi culpa.» El pensamiento era un veneno que se extendía por sus venas, paralizándola.

Las miradas de sus amigos la quemaban.

Ana sollozaba en silencio, cada espasmo un martillazo en la conciencia de Camila.

Lucía, por una vez, no tenía palabras, solo una expresión sombría que era peor que cualquier acusación.

Fue Diego quien habló primero, su voz un murmullo ronco cargado de una tristeza infinita.

—Camila… te lo advertí.

No era un reproche.

Era la constatación de un hecho.

Una verdad tan dolorosa que partió el poco autocontrol que a Camila le quedaba.

—Lo sé —susurró, su voz quebrándose—.

Lo sé, Diego.

Pensé que podía… pensé que era un juego que podía ganar.

—Esto nunca fue un juego —dijo él, y la brecha entre ellos se sintió de repente como un abismo.

Julián, desde la oscuridad, se aclaró la garganta.

—¿Vamos a quedarnos aquí llorando o vamos a hacer que su muerte signifique algo?

—¿Significar algo?

—replicó Diego, girándose hacia él con una furia helada—.

¡Una mujer está muerta!

¡No es una pieza de ajedrez en uno de tus malditos planes!

—Fue una soldado que cayó en batalla —contestó Julián con crudeza—.

Y los soldados muertos merecen que su sacrificio sirva para ganar la guerra, no para llorar en una furgoneta mientras el enemigo se reagrupa.

La pregunta inevitable flotó en el aire, venenosa y práctica.

¿Qué hacer con el cuerpo?

—Tenemos que llevarla a las autoridades —dijo Diego, aferrándose a los últimos vestigios de su código moral—.

Se acabó, Camila.

Cometiste un error terrible.

No cometas otro.

Nos entregamos, asumimos las consecuencias.

El juego terminó.

Camila levantó la vista.

Sus ojos, enrojecidos y salvajes, se clavaron en los de Diego.

—No.

La palabra fue un susurro, pero resonó en la furgoneta con la fuerza de un disparo.

—No puedo dejar que termine así.

No puedo dejar que su muerte sea mi último error.

Tengo que… tengo que arreglarlo.

Su lógica ya no era fría ni estratégica.

Era el razonamiento febril de una culpable buscando la expiación a cualquier precio.

Julián sonrió levemente en la penumbra.

Vio la fractura en Camila, la desesperación, y supo que era el momento de actuar.

—Diego, no lo entiendes.

Si nos entregamos ahora, la evidencia por la que Patricia murió se pierde para siempre.

La única forma de honrar su muerte es usarla para ganar.

Se acercó a Camila, su voz un susurro persuasivo.

—La única forma de que su sacrificio no haya sido en vano es que tú ganes.

Yo te entiendo.

Yo sé lo que hay que hacer.

La fractura en el equipo era ahora una grieta visible.

Teo y David intercambiaron una mirada de pánico, atrapados entre dos fuerzas opuestas.

Lucía miraba a Camila, su lealtad luchando contra su preocupación.

—Patricia dijo que la caja estaba en su casa —dijo Camila, su voz cobrando una fuerza febril—.

Debajo del piso de su habitación.

Es lo único que nos queda.

Tenemos que ir.

Ahora.

Antes de que ellos piensen en buscarla.

—¡Es un suicidio!

—exclamó Diego, poniéndose frente a ella, bloqueándole el paso—.

¡Mírate, Camila!

Estás operando desde la culpa y la rabia.

No estás pensando con claridad.

¡Vas a hacer que nos maten a todos!

—¡TAL VEZ ESO ES LO QUE MERECEMOS!

—gritó ella, y el sonido de su propia voz rota la sorprendió.

Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente se desbordaron, cayendo por sus mejillas como lluvia ácida—.

¡Ella murió por mi culpa, Diego!

¿No lo entiendes?

¡Murió porque yo fui arrogante, porque fui estúpida!

Por un instante, Camila no vio el interior de la furgoneta.

Vio la bodega.

El olor a sangre vieja.

Las manos atadas de Patricia.

El sonido de los huesos rompiéndose.

Y supo, con una claridad que dolió más que cualquier golpe, que algo en ella se había quebrado para siempre.

No importaba cuánto tratara de aferrarse a la Camila sensata, a la estratega fría: esa versión de sí misma ya no estaba.

Había muerto con Patricia.

Lo empujó, golpeando su pecho con los puños, pero los golpes carecían de fuerza.

Eran los golpes de una niña perdida.

—No puedo volver atrás.

No puedo ser la persona que querías que fuera.

Esa persona murió en esta furgoneta junto con Patricia.

Así que o me ayudas a hacer esto, o te apartas de mi camino.

Él la sostuvo por las muñecas, su expresión devastada.

Vio en sus ojos que la había perdido.

No a manos de Julián, sino a manos de su propia oscuridad, de su propia culpa.

Lentamente, soltó sus muñecas y dio un paso atrás.

—No puedo ser parte de esto, Camila.

No puedo profanar otro cuerpo, no puedo cometer más crímenes en nombre de una justicia que cada vez se parece más a la venganza.

Camila no respondió.

Su silencio fue una respuesta más dolorosa que cualquier palabra.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se giró hacia el resto.

Su voz era ahora un témpano de hielo.

—¿Quién viene conmigo?

Lucía abrió la puerta del conductor sin dudarlo.

—Siempre, Cami.

Julián sonrió, una sonrisa torcida que no llegó a sus ojos.

—Parece que al fin estamos en la misma página.

Teo y David se miraron, el miedo palpable en sus rostros.

Pero luego miraron a Camila, a su líder rota pero decidida, y tras un segundo que pareció una eternidad, asintieron.

Salieron de la furgoneta, dejando a Diego solo con el cuerpo y el eco de sus principios rotos.

El grupo caminó en silencio por la calle oscura, una procesión fúnebre hacia su siguiente crimen.

Diego los observó desde la furgoneta, su silueta recortada contra la luz lejana.

Los vio desaparecer en la noche, un equipo fracturado siguiendo a una líder que corría hacia el abismo, no por estrategia, sino por desesperación.

Se dejó caer en el asiento del conductor, el rostro entre las manos.

Había intentado salvarla de sus enemigos.

No se le ocurrió que tendría que intentar salvarla de sí misma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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