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La Sombra que Fui - Capítulo 59

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  4. Capítulo 59 - 59 Sin saber qué camino tomar
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59: Sin saber qué camino tomar 59: Sin saber qué camino tomar Diego se quedó solo en la furgoneta con el cuerpo de una mujer que no conocía.

La chaqueta que había usado para cubrirla —su chaqueta favorita, la que su madre le regaló cuando se graduó de abogado— ahora estaba empapada con la sangre de Patricia Ruiz.

Secretaria.

Madre.

Mártir involuntaria de una guerra que no había pedido pelear.

Podía escuchar su propia respiración en el silencio de la furgoneta.

Pesada.

Irregular.

Como si sus pulmones también estuvieran procesando la enormidad de lo que acababa de presenciar.

«Una mujer murió.

Y yo estoy sentado aquí como un idiota sin saber qué hacer.» Su entrenamiento legal le gritaba el protocolo: llamar a la policía, reportar la muerte, cooperar con las autoridades.

Era lo correcto.

Lo legal.

Lo que cualquier ciudadano responsable haría.

Pero su mano no se movía hacia el teléfono.

Porque sabía —con la certeza devastadora de quien ha visto demasiado en muy poco tiempo— que la policía no era una opción.

No cuando magistrados de la Corte Suprema estaban involucrados.

No cuando fiscales aparecían en listas de sobornos.

No cuando el sistema que había jurado defender estaba podrido desde la raíz.

«Entonces, ¿qué hago?

¿Abandono el cuerpo en un callejón como un criminal común?» La náusea subió por su garganta.

Se bajó de la furgoneta, dio tres pasos y vomitó en la cuneta.

No había comido mucho, así que fue principalmente bilis amarga.

El sabor se quedó en su boca como un recordatorio físico de su fracaso moral.

Cuando se enderezó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, vio su propio reflejo en la ventana sucia de la furgoneta.

Un hombre de treinta y dos años con ojeras profundas y expresión de alguien que acaba de perder una batalla que no sabía que estaba peleando.

«Camila tenía razón.

Soy un cobarde.» No.

Eso no era justo.

Él no era cobarde por querer hacer las cosas correctamente.

Por querer preservar los principios que hacían funcionar una sociedad civilizada.

Pero entonces, ¿por qué se sentía tan impotente?

Sacó su teléfono.

La pantalla iluminó su rostro en la oscuridad.

Tenía tres opciones, y las tres eran terribles.

Opción 1: Llamar a su socio, Mauricio.

Un buen abogado.

Un mejor amigo.

Pero involucrar a Mauricio significaba arrastrarlo al desastre.

Y Mauricio tenía esposa, dos hijos pequeños, una hipoteca.

Una vida normal que Diego no tenía derecho a destruir.

Opción 2: Llamar a su contacto en la fiscalía, la fiscal Ramírez.

Una de las pocas personas en el sistema judicial en quien todavía confiaba.

Pero, ¿y si estaba equivocado?

¿Y si ella también estaba en la lista?

Entregaría el cuerpo de Patricia y la evidencia que murió protegiendo directamente a los asesinos.

Opción 3: Una clínica clandestina que Teo había mencionado antes.

Un lugar sin preguntas.

Sin registros.

Sin consecuencias legales inmediatas.

La opción más fácil.

La más práctica.

La que lo convertiría oficialmente en cómplice.

«¿Cuándo me volví el tipo de persona que considera llevar un cadáver a una clínica ilegal como una “opción práctica”?» La respuesta era obvia: desde el momento en que decidió representar a Camila Montalbán.

No.

Eso tampoco era justo.

Camila no lo había arrastrado a esto.

Él había elegido.

Había visto una oportunidad de hacer algo importante, de usar sus habilidades para algo más grande que divorcios y contratos corporativos aburridos.

Había querido ser un héroe.

Resultó que los héroes tomaban decisiones imposibles en callejones oscuros a las 3 AM.

Marcó un número antes de poder arrepentirse.

Sonó cuatro veces antes de que contestaran.

—¿Hola?

—La voz era ronca de sueño, confundida—.

¿Diego?

¿Sabes qué hora es?

—Mauricio.

Necesito un favor.

Y vas a querer colgarme cuando te diga qué es.

Una pausa.

Luego, un suspiro.

—¿Cuán ilegal?

—Muy.

—¿Cuán necesario?

—Desesperadamente.

Otra pausa.

Más larga.

Diego podía escuchar a la esposa de Mauricio murmurando algo en el fondo, preguntando quién llamaba tan tarde.

—Dame la dirección.

Llego en veinte minutos.

—Mauricio, no tienes que…

—Cállate, Diego.

Llevas dos años salvándome el trasero en cada caso complicado.

Es mi turno.

Dame la dirección.

Diego se la dio, la voz quebrándose en la última sílaba.

Colgó y se dejó caer contra la furgoneta, las piernas repentinamente débiles.

Mauricio llegó en dieciocho minutos.

Salió de su Toyota con jeans y una sudadera, el cabello despeinado, pero los ojos alertas.

Vio la furgoneta.

Vio la expresión de Diego.

—¿Cuán malo?

—Hay un cuerpo.

Mauricio cerró los ojos.

Respiró profundo.

—Por supuesto que hay un cuerpo.

—Abrió los ojos—.

¿Lo mataste tú?

—¿Qué?

¡No!

—Solo verificando.

Porque si me estás pidiendo que te ayude a esconder un asesinato, ahí sí nos vamos a pelear.

—No la maté.

Pero…

—Diego se pasó las manos por el cabello—.

Pero tampoco pude salvarla.

Mauricio lo miró un largo momento.

Luego asintió.

—Muéstrame.

Abrieron la parte trasera de la furgoneta.

Mauricio vio el cuerpo cubierto con la chaqueta.

No dijo nada por un momento.

Luego, con voz cuidadosamente neutral: —¿Quién era?

—Patricia Ruiz.

Secretaria de Alberto Montalbán.

Tenía información.

Ellos…

—No pudo terminar la frase.

—Entiendo.

—Mauricio cerró la furgoneta con cuidado—.

Conozco un lugar.

Una funeraria.

El dueño me debe varios favores.

Puede…

manejar esto discretamente.

Tenerla allí sin hacer preguntas.

—¿Tiene familia?

—Una hija.

Daniela.

Diecisiete años.

—Entonces ella va a reportarla como desaparecida eventualmente.

Y habrá investigación policial.

—Lo sé.

—Diego, esto se va a volver más complicado.

Mucho más complicado.

—Lo sé, Mauricio.

Pero no puedo entregarla al sistema.

Porque el sistema es el que la mató.

Mauricio lo estudió con expresión seria.

—Te has metido en algo muy por encima de tu cabeza, ¿verdad?

—Más allá de mi cabeza.

Estoy ahogándome y ni siquiera sé en qué dirección está la superficie.

—Entonces nada hacia mí.

Yo te saco.

—Mauricio le puso una mano en el hombro—.

Pero después de esto, me lo cuentas todo.

Y decidimos juntos qué hacer.

¿Entendido?

Diego asintió, incapaz de hablar por el nudo en su garganta.

Mauricio se subió a la furgoneta.

Diego en el asiento del pasajero.

Condujeron en silencio por calles vacías hacia el otro lado de la ciudad.

Diego miró por la ventana, observando la ciudad dormida pasar.

En algún lugar ahí afuera, Camila y los demás estaban cometiendo otro crimen, persiguiendo una caja de evidencia que tal vez ni siquiera existía, impulsados por culpa y desesperación en lugar de estrategia.

Y él, el abogado íntegro, el que siempre seguía las reglas, estaba transportando un cadáver en una furgoneta con ayuda de su mejor amigo.

«¿En qué momento todo se torció tanto?» No había una respuesta simple.

Solo la certeza creciente de que cruzar líneas era mucho más fácil de lo que había imaginado.

La primera línea era la más difícil.

Después de esa, cada línea subsecuente se volvía borrosa, negociable, justificable.

«Solo esta vez.

Por una buena razón.

Porque no hay otra opción.» Las palabras que todo criminal se decía a sí mismo.

—¿Diego?

—La voz de Mauricio interrumpió sus pensamientos—.

Sea lo que sea en lo que estés metido, todavía puedes salir.

Todavía puedes volver.

Diego miró hacia atrás, hacia el bulto cubierto en la parte trasera.

Patricia Ruiz había intentado hacer lo correcto.

Y había muerto por ello.

¿Volver a qué?

¿A una vida donde fingía que el sistema funcionaba?

¿Donde cerraba los ojos ante la corrupción porque confrontarla era demasiado peligroso, demasiado complicado, demasiado costoso?

—No —dijo finalmente—.

No creo que pueda.

Y en ese momento, supo que había perdido algo fundamental.

No solo a Camila.

No solo su inocencia legal.

Había perdido la certeza de saber qué era lo correcto.

Y esa, quizás, era la pérdida más devastadora de todas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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