La Sombra que Fui - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Viejos aliados nuevas deudas
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6: Viejos aliados, nuevas deudas 6: Viejos aliados, nuevas deudas La búsqueda en la biblioteca la había dejado con más preguntas que respuestas y con la incómoda certeza de que Julián ahora la tenía en su radar.
Necesitaba otra fuente de información.
Alguien de dentro.
Alguien que hubiera estado allí en los inicios y que odiara a su familia tanto como ella.
Solo un nombre vino a su mente: Ricardo Vargas.
El señor Vargas había sido el contador jefe de su padre, un hombre de números, de lealtad inquebrantable y de un carácter tan agrio como el café que bebía sin azúcar.
Después de la muerte de su padre, su tío lo había «jubilado anticipadamente», un eufemismo para despedirlo y colocar a uno de sus propios hombres.
Camila recordaba vagamente haberlo visto en el funeral de su padre, de pie bajo la lluvia, con una expresión de dolor e ira contenida.
Nunca más lo volvió a ver en la empresa.
Lo encontró donde recordaba que su padre solía reunirse con él: una vieja cafetería en el centro financiero, un lugar anclado en el tiempo con sillones de cuero gastado y el humo de cigarros fantasmales impregnado en las paredes.
Estaba sentado en una mesa al fondo, leyendo un periódico financiero con el ceño fruncido.
Parecía más viejo, más cansado, pero sus ojos seguían siendo tan afilados como siempre.
Camila respiró hondo y se acercó.
—¿Señor Vargas?
Él levantó la vista lentamente, sus ojos entrecerrándose para enfocarla.
La confusión inicial dio paso al reconocimiento, y luego a una fría distancia.
—Señorita Montalbán —dijo, su voz rasposa—.
Ha pasado mucho tiempo.
¿Se ha perdido?
No creo que este sea el tipo de lugar que frecuenta su familia.
El veneno en la palabra «familia» era palpable.
—No vengo en nombre de ellos —dijo Camila, sentándose sin ser invitada—.
Vengo por mi cuenta.
Necesito su ayuda.
Vargas soltó una risa seca, sin humor.
—¿Ayuda?
Niña, la última vez que ayudé a un Montalbán, acabé en la calle con una pensión miserable.
Tu padre era mi amigo, pero el resto… —Dejó la frase en el aire, pero el desprecio era claro.
—Es por mi padre que estoy aquí —insistió Camila, inclinándose hacia adelante, bajando la voz—.
Quiero saber la verdad.
Sobre los inicios de la empresa.
Sobre sus socios.
Ricardo la estudió con detenimiento, su mirada viajando desde su rostro joven hasta la determinación inusual en sus ojos.
—¿Por qué ahora?
¿Qué ha cambiado?
—He abierto los ojos —dijo ella, con una sinceridad brutal—.
Me he dado cuenta de que la historia que me contaron es una mentira.
Y sé que usted lo sabe.
Tras un momento de silencio, Vargas dobló su periódico con una precisión metódica.
—Saber las cosas y poder demostrarlas son dos mundos distintos, señorita.
Y meterse con su tío y su gente… es peligroso.
Son tiburones.
—Lo sé.
Fui su carnada durante años —la amargura se filtró en su voz—.
Pero ya no.
Señor Vargas, solo le pido un nombre.
En los registros antiguos se habla de «Asociados».
¿Quién era el otro socio fundador?
Ricardo desvió la mirada hacia la ventana, sus pensamientos perdidos en un recuerdo lejano.
Por un largo minuto, Camila pensó que la rechazaría.
—Su nombre era Alejandro de la Torre —dijo al fin, en un susurro casi inaudible—.
Era el mejor amigo de tu padre.
Su hermano del alma.
Y su genio creativo.
Tu padre tenía la visión para los negocios, pero Alejandro… él creaba la magia.
—¿Qué le pasó?
—preguntó Camila, sintiendo un escalofrío.
Nunca había oído ese nombre.
—Desapareció —contestó Vargas, volviendo a mirarla, y esta vez, había una advertencia en sus ojos—.
Un día, simplemente, se fue.
Vendió sus acciones por una miseria y se esfumó.
Tu padre nunca volvió a ser el mismo.
Y poco después, tu tío empezó a ganar poder en la empresa.
La implicación era monstruosa.
—Usted no cree que se fuera voluntariamente, ¿verdad?
Vargas tomó un sorbo de su café.
—Yo creo que los números nunca mienten, señorita Montalbán.
Y los números de esa transacción nunca tuvieron sentido.
Camila sintió que acababa de encontrar la primera pieza de un rompecabezas enorme y oscuro.
—Gracias —dijo, con la garganta seca—.
Le debo una.
—No me debes nada —la cortó él, con dureza—.
Pero si de verdad vas a hacer esto, si de verdad vas a enfrentarte a ellos, que no sea solo por venganza.
Que sea para limpiar el nombre de tu padre.
Se levantó, dejó unas monedas sobre la mesa y se preparó para irse.
—Señor Vargas —lo llamó Camila—.
¿Dónde puedo encontrar información sobre Alejandro de la Torre?
Él se detuvo en la puerta, dándole la espalda.
—No busques a un fantasma.
Busca a su hija.
Creo que estudiaba Arte.
Se llama Sofía.
Pero ten cuidado.
Hay heridas que nunca cierran.
Y hay deudas que se heredan.
Con esa críptica advertencia, Ricardo desapareció en el bullicio de la calle, dejando a Camila sola en la penumbra de la cafetería, con un nuevo nombre en sus labios y un nuevo objetivo en su mente.
La guerra ya no era solo contra Julián y su familia.
Ahora, se trataba de desenterrar un crimen olvidado.
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