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La Sombra que Fui - Capítulo 60

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  4. Capítulo 60 - 60 Eventos inesperados
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60: Eventos inesperados 60: Eventos inesperados Camila caminaba por las calles oscuras con los puños cerrados en los bolsillos de su chaqueta.

Cada paso resonaba en el pavimento vacío, un recordatorio constante de que seguía moviéndose aunque por dentro se sentía completamente paralizada.

Congelada en ese momento en la furgoneta cuando Patricia exhaló su último aliento.

«Debajo del piso de su habitación.» Esas palabras, compradas con sangre, eran lo único que la mantenía avanzando.

—¿Cuánto falta?

—preguntó Lucía desde su lado, su voz más baja de lo normal.

—Dos cuadras —respondió Julián, que iba adelante revisando el mapa en su teléfono.

Detrás de ellos, Teo y David caminaban en silencio.

Nadie hacía bromas.

Nadie se quejaba del frío.

El peso de lo que acababan de presenciar los había aplastado a todos en un silencio sepulcral.

—La casa está registrada a nombre de Patricia Ruiz —continuó Julián—.

Distrito residencial.

Tranquilo.

—¿Demasiado tranquilo?

—preguntó Teo—.

¿Cómo entramos sin que los vecinos llamen a la policía?

—Deja que me preocupe por eso —dijo Julián.

David aceleró el paso hasta alcanzar a Julián.

—¿Tienes experiencia haciendo esto?

¿Allanando casas?

—Digamos que mi educación fue más amplia de lo que aparece en mi currículum.

—Eso no responde mi pregunta.

Julián se detuvo y lo miró directamente.

—Sé abrir cerraduras.

¿Es eso suficiente respuesta?

David sostuvo su mirada por un momento, luego asintió y se dejó caer atrás.

Llegaron a una calle tranquila bordeada de casas pequeñas con jardines cuidados.

Farolas cada tres casas.

Todo se veía pacífico, ordinario.

El tipo de lugar donde la gente vivía vidas normales preocupándose por cosas normales.

—Esa —señaló Julián hacia una casa de dos pisos con un porche pequeño y luces apagadas—.

Número 247.

Se detuvieron en la acera de enfrente, observando.

Ninguna luz encendida.

Ningún movimiento visible.

Ningún coche en la entrada.

—Parece vacía —murmuró Ana.

—Según mis investigaciones, su hija está en un programa de intercambio —recordó Camila—.

Canadá.

No vuelve hasta diciembre.

—¿Estamos seguros de eso?

—preguntó Teo.

—No —admitió Camila—.

Pero no tenemos opción.

Necesitamos esa caja.

Julián cruzó la calle sin esperar más respuesta.

Los demás lo siguieron, manteniéndose en las sombras tanto como pudieron.

En la puerta principal, Julián sacó algo de su bolsillo.

Dos herramientas metálicas delgadas que brillaron brevemente bajo la luz de la farola.

—Manténganse alertas —susurró—.

Si ven luces encendiéndose en las casas vecinas, avísenme.

Se arrodilló frente a la cerradura y empezó a trabajar.

El sonido del metal contra metal era casi inaudible, pero a Camila le pareció que resonaba como campanas de iglesia.

Un minuto pasó.

Luego otro.

—¿Cuánto más?

—susurró Lucía.

—Ya casi…

—Julián ajustó el ángulo de una de las herramientas—.

Estas cerraduras viejas son más complicadas que las modernas.

Finalmente, click.

La puerta se abrió con un crujido suave.

Julián se giró hacia ellos e hizo un gesto con la cabeza.

Camila fue la primera en cruzar el umbral, con los demás siguiéndola en fila india.

El interior tenía un olor hogareño que hizo que el estómago de Camila se retorciera.

Esto era el hogar de alguien.

El lugar donde Patricia preparaba desayuno, veía televisión, vivía su vida normal antes de que ella la destruyera.

Las paredes del pasillo estaban cubiertas de fotografías enmarcadas.

Patricia sonriendo junto a una niña que crecía en cada imagen.

Primera comunión.

Graduación.

Selfies recientes con filtros tontos.

—No toquen nada innecesario —susurró Lucía—.

Entre menos evidencia de que estuvimos aquí, mejor.

—Arriba —indicó Julián, señalando las escaleras—.

Las habitaciones deben estar en el segundo piso.

Empezaron a subir.

El primer escalón crujió bajo el peso de Camila.

Se congeló, esperando que aparecieran luces, voces, consecuencias.

Nada.

Subieron el resto en silencio, distribuyendo su peso cuidadosamente para minimizar el ruido.

En el segundo piso había tres puertas.

La primera estaba abierta: un baño.

La segunda, cerrada.

La tercera, entreabierta.

—¿Cuál es cuál?

—preguntó Teo.

—Averigüémoslo —dijo Camila, acercándose a la puerta cerrada.

La empujó suavemente.

Adentro, pósters de bandas de K-pop cubrían las paredes.

Ropa tirada sobre una silla.

Escritorio lleno de libros escolares y maquillaje.

Olor a perfume dulce.

—Habitación de adolescente —murmuró Ana—.

Debe ser la de Daniela.

—Entonces la de Patricia es esa —señaló Lucía hacia la puerta entreabierta.

Camila estaba a punto de caminar hacia ella cuando escuchó algo.

Un clic metálico abajo.

En la puerta principal.

Todos se congelaron.

—¿Qué fue eso?

—susurró Ana, pánico en su voz.

—Alguien está entrando —dijo Julián.

—¿Los vecinos llamaron a la policía?

—David estaba pálido—.

Mierda, debimos ser más rápidos.

El sonido de la puerta abriéndose.

Pasos entrando.

No eran pasos pesados de botas policiales.

Eran pasos ligeros.

Una persona sola.

Una luz se encendió abajo.

Escucharon el sonido de llaves siendo dejadas en una mesa.

—Mierda —siseó Teo—.

Hay alguien en la casa.

—¿La hija?

—preguntó Lucía.

—Se supone que está en Canadá —respondió Camila.

—Claramente no lo está.

Escucharon pasos moviéndose por la planta baja.

El sonido de una puerta de refrigerador abriéndose.

Un suspiro cansado.

—Está en la cocina —susurró Julián—.

Tenemos tal vez un minuto antes de que suba.

—¿Qué hacemos?

—Ana estaba al borde del pánico.

—Nos escondemos —decidió Camila rápidamente—.

Ahora.

Habitación de Patricia.

Entraron en tropel a la habitación y cerraron la puerta casi completamente, dejándola entreabierta solo una rendija para poder ver el pasillo.

—¿Dónde?

—preguntó David mirando alrededor desesperadamente.

La habitación era minimalista.

Cama.

Armario.

Escritorio.

Mesita de noche.

No había muchos lugares para esconderse.

—Armario —indicó Julián—.

Todos.

Se apretujaron dentro del armario, entre la ropa colgada de Patricia que todavía olía a su perfume.

Camila estaba prensada entre Lucía y Julián, apenas pudiendo respirar, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que se podía escuchar.

Los pasos subieron las escaleras.

A través de la rendija de la puerta del armario, Camila pudo ver una sombra moviéndose por el pasillo.

Una chica entró en la habitación de enfrente —la de Daniela— y encendió la luz.

Camila pudo verla claramente por un segundo a través de la puerta entreabierta de la habitación de Patricia.

Diecisiete años, tal vez.

Cabello largo recogido en una cola de caballo desordenada.

Sudadera de universidad.

Mochila en el hombro.

Era Daniela, la hija de la mujer que habían dejado morir hacía apenas unas horas.

Camila sintió que se ahogaba.

Quería salir corriendo, confesarlo todo, pedirle perdón, algo, cualquier cosa.

Pero Julián puso una mano en su brazo, apretando, manteniéndola quieta.

Escucharon a Daniela moverse en su habitación.

El sonido de la mochila cayendo al suelo.

Música empezando a sonar bajo —alguna canción pop en coreano.

—¿Se va a dormir?

—susurró Teo, apenas audible.

—Espero que sí —respondió Julián con el mismo volumen—.

Porque no podemos salir mientras esté despierta.

Pasaron cinco minutos.

Diez.

Quince.

La música seguía sonando.

Escucharon a Daniela moviéndose, hablando por teléfono con alguien en voz baja.

Riendo ocasionalmente.

Completamente ajena al hecho de que había cinco criminales escondidos en el armario de su madre muerta.

—No puedo respirar —susurró Ana—.

Necesito salir.

—Aguanta —dijo Lucía.

—No puedo, yo— Ana empujó, tratando de salir del armario.

Chocó contra David, que chocó contra Teo, que perdió el equilibrio y se apoyó contra una caja en la esquina del armario.

La caja cayó con un golpe sordo.

Todos se congelaron y la música en la otra habitación se detuvo abruptamente.

—¿Mamá?

—La voz de Daniela sonó confundida—.

¿Llegaste temprano?

Pasos acercándose por el pasillo.

—Mierda —susurró Julián.

La puerta de la habitación de Patricia se abrió completamente.

La luz del pasillo entró y la silueta de Daniela apareció en el umbral.

—¿Mamá?

Su mano se movió hacia el interruptor de luz.

Camila cerró los ojos, preparándose para ser descubierta, para tener que explicar lo inexplicable.

Y entonces escucharon otro sonido abajo.

En la planta baja.

La puerta principal abriéndose.

Violentamente esta vez.

El sonido de madera astillándose.

Pasos pesados.

Múltiples personas entrando.

Voces masculinas, ásperas: —Revisen arriba.

Rápido.

Daniela se giró hacia las escaleras, olvidando completamente el ruido en la habitación de su madre.

—¿Quién está ahí?

—gritó, su voz ahora asustada—.

¡Voy a llamar a la policía!

—Hazlo y te matamos, niña.

¿Dónde estás?

Camila sintió que su sangre se convertía en hielo, no eran policías, eran los hombres de Víctor.

Y ahora estaban atrapados.

—¿Qué hacemos?

—susurró David, pánico puro en su voz—.

¿Qué mierda hacemos?

Julián ya estaba moviéndose, saliendo del armario con movimientos silenciosos.

—Busquen la caja.

Ahora.

Yo me encargo de esto.

—¿Cómo supieron que estaríamos aquí?

—susurró Lucía.

—No lo sé —respondió Julián—.

Pero no tenemos tiempo para averiguarlo.

Abajo, escucharon a Daniela gritar.

El sonido de una bofetada y un cuerpo cayendo.

—Registren la casa.

Tiene que estar aquí.

—¿Y la chica?

—Átala.

Si alguien aparece, la usamos como palanca.

Camila sintió la rabia reemplazar el miedo.

Estos hijos de puta no solo habían matado a Patricia.

Ahora iban a usar a su hija.

—El piso —dijo, saliendo del armario—.

Patricia dijo debajo del piso.

Se arrodillaron, presionando cada tabla de madera, buscando desesperadamente mientras los pasos pesados subían las escaleras.

—¿Cuántos son?

—susurró Teo.

—Al menos tres —respondió Julián—.

Tal vez cuatro.

—Estamos jodidos.

—No si encontramos esa caja primero.

Camila presionó una tabla junto al armario.

Cedió ligeramente.

—Aquí.

David se acercó con su navaja, trabajando en los bordes de la tabla.

Sus manos temblaban tanto que casi la deja caer.

—Apúrate —urgió Lucía.

Los pasos estaban en el pasillo ahora.

Una puerta abriéndose.

El baño.

—No está aquí.

Otra puerta.

La habitación de Daniela.

—Vacía también.

La tabla finalmente cedió.

Debajo había un espacio hueco y dentro, una caja metálica.

Camila la sacó.

Era pesada y tenía un candado.

—David, ábrela.

—No hay tiempo —dijo Julián—.

Agarren la caja y vámonos.

—¿Cómo?

—preguntó Ana—.

Están entre nosotros y la salida.

Julián señaló la ventana.

—Segundo piso.

No es tan alto.

—¿Estás loco?

Los pasos se detuvieron frente a la puerta de la habitación de Patricia.

—Última habitación —dijo una voz áspera.

La puerta empezó a abrirse.

—¡AHORA!

—gritó Julián.

Corrió hacia la ventana y la abrió de golpe.

Miró hacia abajo.

Tres metros, tal vez cuatro.

Un jardín con pasto abajo.

—Salten.

Yo voy último.

Camila no dudó.

Se lanzó por la ventana con la caja apretada contra su pecho, rezando para no romperse las piernas.

Aterrizó mal, rodando, el impacto dejándola sin aliento.

Pero no se rompió nada.

—¡Vamos!

—gritó hacia arriba.

Lucía saltó siguiente.

Luego Ana.

Teo.

Todos aterrizando con gruñidos de dolor pero enteros.

David estaba a punto de saltar cuando una mano lo agarró por la chaqueta desde atrás.

—¡Te tengo, hijo de puta!

David se retorció, zafándose de la chaqueta, y se lanzó por la ventana aterrizando de forma pesada, gritando de dolor.

—¡Mi tobillo!

¡Creo que me rompí el tobillo!

Julián fue el último.

Justo cuando estaba en el alféizar, una figura apareció en la ventana apuntándole con una pistola.

—¡Alto o disparo!

Julián se lanzó y el disparo resonó en la noche.

La bala pasó a centímetros de su cabeza e impactó el pasto junto a Camila.

—¡CORRAN!

Teo ayudó a David a ponerse de pie, sosteniéndolo mientras cojeaba violentamente.

Corrieron a través del jardín trasero, saltaron la cerca hacia el callejón posterior.

Más disparos.

Una bala impactó la cerca junto a la cabeza de Ana.

—¡No paren!

Corrieron por el callejón, giraron en una esquina, luego otra.

Los gritos de los sicarios persiguiéndolos resonaban detrás.

Finalmente llegaron a donde Ana había estacionado su coche dos cuadras atrás.

Se lanzaron adentro, David gimiendo de dolor mientras Teo prácticamente lo aventaba al asiento trasero.

Ana arrancó el motor con manos temblorosas, las llantas chillando mientras aceleraba.

A través del espejo retrovisor, Camila vio a tres hombres salir corriendo a la calle, apuntando con sus armas.

Pero ya estaban demasiado lejos.

Durante cinco minutos, nadie habló.

Solo el sonido de respiraciones pesadas y el gemido ocasional de dolor de David.

Finalmente, Lucía rompió el silencio: —¿Alguien puede explicarme qué mierda acaba de pasar?

—Nos tendieron una trampa —dijo Julián.

—¿Cómo?

—preguntó Teo—.

Nadie sabía que íbamos ahí.

Solo nosotros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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