La Sombra que Fui - Capítulo 61
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61: Sospechas 61: Sospechas Nadie se movió durante un largo minuto.
El coche estaba estacionado en la esquina más oscura del estacionamiento vacío, las luces apagadas, el motor todavía caliente haciendo pequeños ruidos metálicos mientras se enfriaba.
Dentro, cinco personas se miraban entre sí con una mezcla de miedo, confusión y algo peor: Desconfianza.
—No puede ser —dijo Ana finalmente, su voz apenas un susurro—.
No puede ser uno de nosotros.
—¿Por qué no?
—La voz de Julián era fría, analítica—.
Piénsalo.
Los sicarios sabían exactamente dónde estaríamos.
No estaban ahí por casualidad.
No estaban vigilando la casa esperando a que alguien apareciera.
Llegaron justo después que nosotros.
Como si supieran que íbamos para allá.
—Tal vez nos siguieron —sugirió Teo—.
Desde que salimos del lugar donde…
donde dejamos a Diego.
—No nos siguieron —contradijo Lucía—.
Yo iba checando.
Todo el camino.
No había nadie.
David gemía en el asiento trasero, sosteniendo su tobillo hinchado.
—¿Podemos hablar de esto en otro lugar?
Necesito hielo.
Y tal vez un hospital.
—No podemos ir a un hospital —dijo Camila, su voz sonando distante incluso a sus propios oídos—.
Harían preguntas.
Y si uno de nosotros…
—se detuvo, incapaz de completar la frase.
—Si uno de nosotros es un traidor —completó Julián sin emoción—, entonces ir a un hospital sería llevarlos directamente a nosotros.
Camila sintió un nudo en el estómago.
No era solo paranoia: algo no encajaba.
El tiempo de reacción de los sicarios, su precisión, su llegada exacta… Nada de eso era casualidad.
Y aunque odiaba admitirlo, la única explicación lógica era la más dolorosa: alguien, dentro de ese coche, había hablado.
Ana se giró en el asiento del conductor, mirándolos a todos.
—Esto es una locura.
Nos conocemos.
Todos hemos arriesgado nuestras vidas por esto.
¿Por qué alguien traicionaría al grupo?
—Dinero —dijo Julián—.
Chantaje.
Miedo.
Las razones usuales por las que la gente traiciona.
—O tal vez nadie traicionó a nadie —intervino Teo, su voz subiendo de tono—.
Tal vez solo tuvimos mala suerte.
Tal vez ellos tenían la casa vigilada por si alguien venía.
—¿Patricia les dice con su último aliento dónde está escondida la evidencia y ellos NO ponen vigilancia en su casa?
—Julián negó con la cabeza—.
No.
Son más inteligentes que eso.
Si hubieran sabido del escondite, habrían ido directamente por la caja antes que nosotros.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
—preguntó Lucía.
—Estoy diciendo que no sabían del escondite específico.
Pero alguien les dijo que íbamos a ir a esa casa esta noche.
Camila cerró los ojos, tratando de pensar a través de la niebla de agotamiento y trauma.
Julián tenía razón.
La lógica era sólida.
Pero la conclusión era imposible de aceptar.
—¿Quién?
—preguntó en voz baja—.
¿Quién de nosotros sería capaz de…?
Se detuvo, porque la respuesta obvia era que cualquiera de ellos podría serlo.
Bajo suficiente presión, suficiente miedo, suficiente motivación.
Patricia había muerto por la evidencia en la caja que Camila ahora sostenía.
¿Cuántos de ellos estarían dispuestos a morir por ella?
¿Cuántos preferirían salvar su propio pellejo?
—Revisemos lo que sabemos —dijo Julián, su tono clínico—.
¿Quién sabía que íbamos a la casa de Patricia?
—Todos nosotros —respondió Lucía—.
Todos escuchamos a Patricia decir dónde estaba la caja.
—¿Y Diego?
—preguntó Ana.
—Diego se quedó con el cuerpo —dijo Camila—.
No sabe dónde fuimos después.
—¿Estás segura?
—presionó Julián—.
Porque Diego tiene contactos.
Conoce gente en el sistema.
Tal vez hizo una llamada.
—¡Diego no haría eso!
—Camila se giró hacia él, furiosa—.
Él…
—¿Él qué?
¿Te quiere?
—Julián la miró directamente—.
El amor no hace a la gente inmune a la traición.
A veces es exactamente la razón por la que traicionan.
Para proteger a la persona que aman.
—Basta —dijo Lucía—.
Diego no está aquí para defenderse.
No vamos a acusarlo sin pruebas.
—Bien.
—Julián se recargó en su asiento—.
Entonces uno de nosotros.
El silencio regresó, más pesado esta vez.
Camila observó a cada persona en el coche.
Lucía, su mejor amiga desde el primer día de universidad.
Leal hasta la médula.
Pero su familia estaba en deuda.
Camila lo sabía.
¿Suficiente deuda como para venderlos?
Teo, el bromista que siempre sabía cómo aligerar el ambiente.
Pero su madre estaba enferma.
Tratamientos caros.
¿Desesperación suficiente para hacer un trato?
Ana, tímida, asustada, claramente fuera de su zona de confort.
Su padre era ingeniero en Quim-Tec.
Ya habían amenazado a su familia antes.
¿Presión suficiente para quebrarla?
David, el genio tech que había hackeado sistemas, abierto cerraduras, indispensable.
Pero también el que siempre sabía dónde estaban, qué estaban haciendo, tenía acceso a toda su información digital.
¿Oportunidad suficiente?
Julián, el hijo pródigo de la familia corrupta, el que más tenía que perder al traicionarlos.
O el que más tenía que ganar regresando al lado de su padre.
¿Jugaba a dos lados?
Cualquiera de ellos podría serlo.
Todos tenían motivos.
Todos tenían oportunidad.
—No podemos hacer esto —dijo finalmente Camila—.
No podemos destruirnos desde adentro.
Eso es exactamente lo que ellos quieren.
—¿Y qué sugieres?
—preguntó Julián—.
¿Que sigamos adelante como si nada?
¿Confiando ciegamente mientras uno de nosotros reporta cada movimiento?
—Sugiero que abramos esta maldita caja —dijo Camila, levantándola—.
Patricia murió por ella.
Lo mínimo que podemos hacer es ver qué hay adentro antes de empezar a acusarnos mutuamente.
David se estiró desde el asiento trasero, gimiendo de dolor.
—Denme la caja.
Puedo abrir el candado.
Camila dudó.
Hace diez minutos, habría confiado en él sin pensarlo.
Ahora…
—Yo lo hago —dijo Julián, extendiendo la mano—.
Tengo experiencia.
—Claro que la tienes —murmuró David—.
¿Qué más no nos has dicho sobre tus «habilidades»?
—Dice el hacker que puede entrar a cualquier sistema —contraatacó Julián.
—¡Basta!
—Camila elevó la voz—.
Los dos, cállense.
Le entregó la caja a Lucía.
—Tú.
Ábrela.
Lucía parpadeó, sorprendida.
—¿Yo?
No sé cómo.
—Entonces aprende.
Entre todos.
Pero nadie la abre solo.
Era una solución imperfecta para un problema imposible.
Pero era lo mejor que Camila podía ofrecer.
Lucía tomó la caja y la estudió.
El candado era pequeño, viejo.
David le pasó dos clips que sacó de su mochila.
—Enderézalos.
Inserta uno en la parte inferior del candado como palanca, el otro…
Le dio instrucciones mientras Lucía trabajaba, sus manos temblando ligeramente.
Teo iluminaba con su teléfono.
Ana observaba por el espejo retrovisor, vigilando que nadie se acercara al coche.
Pasaron cinco minutos.
Diez.
—No funciona —dijo Lucía, frustrada.
—Déjame intentar —ofreció Teo.
Lo intentó durante otros cinco minutos sin éxito.
—Esto es ridículo —dijo Julián—.
Voy a romper el candado.
—¿Con qué?
—preguntó Lucía.
Julián miró alrededor del coche, luego salió.
Camila lo observó caminar hacia la entrada del supermercado cerrado, recoger una piedra grande del lugar, y regresar.
—Pónla en el suelo —indicó—.
Y retrocedan.
Colocaron la caja en el pavimento.
Julián levantó la piedra sobre su cabeza y la dejó caer con fuerza sobre el candado.
El sonido metálico resonó en el estacionamiento vacío y el candado no se rompió.
—De nuevo —dijo.
Tres golpes más.
En el cuarto, el candado finalmente cedió, rompiéndose.
Julián recogió la caja y se la devolvió a Camila.
—Toda tuya.
Camila se sentó en el capó del coche, la caja frente a ella.
Los demás se reunieron alrededor, formando un semicírculo.
Con manos temblorosas, abrió la tapa.
Adentro había…
desorden.
Papeles arrugados, algunos con manchas de café o doblados en las esquinas.
No era un archivo organizado.
Era el caos desesperado de alguien recolectando evidencia durante años, guardando lo que podía cuando podía.
Camila sacó el primer documento.
Un email impreso.
Del correo corporativo de Alberto a una dirección de Gmail: [email protected] Leyó en voz alta: —”V.S., necesito tu consejo sobre el asunto Ferrer.
Se está volviendo problemático.
¿Procedemos como discutimos o esperamos?
Firmado, A.M.” Giró la hoja.
La respuesta estaba impresa debajo: —”Procede.
Ya sabes cómo.
Hazlo parecer natural.
V.S.” —Miró la fecha—.
Diez de marzo, 2020.
—Ronaldo Ferrer —dijo Teo en voz baja—.
El periodista.
Murió el quince de marzo.
—Cinco días después —completó Ana.
Lucía tomó el siguiente documento.
Una transferencia bancaria.
Cincuenta mil dólares de una cuenta offshore a una cuenta personal registrada a nombre de Ernesto Valverde.
—El magistrado —dijo—.
Tienen su cuenta bancaria.
Siguieron revisando.
Email tras email.
Transferencia tras transferencia.
Nombres que iban apareciendo repetidamente: Valverde, Herrera, Ríos, Cordero, Salinas.
Y entre los papeles, tres memorias USB.
David las tomó.
—Necesitamos una computadora para ver qué hay aquí.
—No aquí —dijo Julián—.
Es demasiado arriesgado.
Necesitamos un lugar seguro.
—¿Dónde?
—preguntó Lucía—.
No podemos ir al apartamento de Camila.
Es el primer lugar donde van a buscar.
—Ni a mi casa —añadió Teo—.
Ni a la de ninguno de nosotros.
Ana habló, su voz vacilante: —Conozco un lugar.
Mi tía tiene una cabaña.
A una hora de aquí.
En las montañas.
Está vacía.
Ella solo va en verano.
—¿Qué tan vacía?
—preguntó Julián.
—Completamente.
Sin vecinos cercanos.
Electricidad pero no internet.
Nadie sabría que estamos ahí.
—Perfecto —dijo Camila—.
Vamos.
—Espera.
—Julián la detuvo—.
Si uno de nosotros es el traidor, llevarlos a un lugar aislado es exactamente lo que no deberíamos hacer.
—¿Entonces qué?
—explotó Lucía—.
¿Nos separamos?
¿Cada uno toma una parte de la evidencia y confía en que los demás no los van a vender?
—Estoy diciendo que necesitamos ser inteligentes.
—Inteligente habría sido no entrar a esa casa —dijo Teo amargamente—.
Inteligente habría sido escuchar a Diego y llamar a la policía hace horas.
Inteligente habría sido no meternos en esto desde el principio.
—Pero lo hicimos —dijo Camila—.
Y ahora no hay vuelta atrás.
Así que vamos a la cabaña.
Revisamos todo.
Y mañana decidimos qué hacer.
—¿Y el tobillo de David?
—preguntó Ana—.
Está del tamaño de una toronja.
David intentó mover el pie y siseó de dolor.
—Puedo manejarlo.
Solo…
necesito hielo y algo para el dolor.
—Hay una farmacia 24 horas tres cuadras al norte —dijo Julián—.
Podemos comprar lo necesario.
—¿Y si alguien nos reconoce?
—preguntó Teo—.
Camila salió en todas las noticias.
—Entonces Camila se queda en el coche —dijo Lucía—.
Yo voy.
Nadie tenía mejores objeciones.
Condujeron a la farmacia.
Lucía entró sola, regresando diez minutos después con vendas, analgésicos, bolsas de hielo instantáneo, y agua embotellada.
David tomó tres pastillas de una vez y aplicó el hielo a su tobillo con un gemido de alivio.
—Está bien —dijo Ana desde el asiento del conductor—.
Cabaña.
Una hora.
¿Todos listos?
Nadie respondió.
Pero tampoco nadie objetó.
Ana arrancó el motor y salieron del estacionamiento, dejando atrás la ciudad hacia las montañas oscuras.
Camila miraba por la ventana, viendo las luces de la ciudad desaparecer gradualmente, reemplazadas por oscuridad y árboles.
En su regazo, la caja abierta con sus secretos apenas explorados.
A su alrededor, cuatro personas, una de las cuales podría estar esperando el momento perfecto para traicionarlos a todos.
Y esa cabaña, tan aislada que el viento parecía tragarse el sonido, era el escenario perfecto para que todo se derrumbara.
Si alguien quería entregarla, si alguien quería silenciarla, ese lugar era el sueño de cualquier traidor.
Y por primera vez desde que había vuelto al pasado, Camila sintió verdadero miedo por su vida.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES roret ¿Quién crees que es el traidor?
¿Tienes alguna idea?
Coméntala y házmelo saber.
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