La Sombra que Fui - Capítulo 62
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62: La noche más larga 62: La noche más larga El camino de tierra serpenteaba montaña arriba, estrecho y lleno de baches que hacían gemir los amortiguadores del coche.
Ana conducía despacio, concentrada en las curvas cerradas que apenas se distinguían bajo la luz de los faros.
Habían dejado atrás la ciudad hace más de una hora.
Ahora solo había árboles, oscuridad, y el sonido del motor luchando contra la pendiente.
Nadie había hablado en los últimos veinte minutos.
Camila miraba por la ventana sin ver realmente nada.
En su regazo descansaba la caja metálica.
Todavía cerrada.
Todavía llena de secretos por los que Patricia había muerto.
—Ya casi llegamos —dijo finalmente Ana, rompiendo el silencio—.
La cabaña está después de la siguiente curva.
Y ahí estaba.
Una estructura modesta de madera, rodeada de pinos, con un pequeño porche y ventanas oscuras.
Parecía abandonada, olvidada por el tiempo.
—Mi tía solo viene en verano —explicó Ana mientras estacionaba—.
El resto del año está vacía.
Bajaron del coche.
El aire de la montaña era frío y limpio.
David necesitó ayuda de Teo para salir, su tobillo hinchado apenas le permitía apoyar el pie.
Ana sacó una llave de su bolso y abrió la puerta.
Palpó la pared hasta encontrar el interruptor.
La luz reveló una sala sencilla: un sofá gastado, una mesa de centro rayada, una cocina básica al fondo.
Dos puertas que probablemente llevaban a dormitorios.
—No tiene internet —advirtió Ana—.
Pero hay electricidad y agua caliente.
—Es perfecto —dijo Camila.
Entraron.
Lucía cerró la puerta con llave.
El click del cerrojo sonó reconfortante y aterrador al mismo tiempo.
Camila colocó la caja sobre la mesa de centro.
Todos se reunieron alrededor, mirándola con una mezcla de curiosidad y temor.
—La abrimos ahora —dijo Camila.
No era una pregunta.
Levantó la tapa lentamente.
Dentro no había el orden que esperaban.
Era caos: papeles arrugados, fotografías borrosas, documentos con manchas de café y dobleces.
Algunos papeles tenían notas manuscritas en los márgenes.
Otros estaban medio rotos, como si Patricia los hubiera sacado de la basura.
Y en el centro, un sobre manila grande.
Escrito con marcador negro en letra de Patricia: «PARA CAMILA – LEER PRIMERO».
Camila sintió un escalofrío.
Patricia le había dejado algo específicamente a ella.
Tomó el sobre con manos temblorosas.
Dentro había una carta manuscrita.
Tres páginas escritas en ambos lados con la letra de Patricia, como si hubiera estado tratando de meter toda la información posible en el menor espacio.
Empezó a leer en voz alta: “Camila, Si estás leyendo esto, fracasé.
Me encontraron antes de que pudiera hacer lo correcto.
Lo que te envié por correo electrónico eran copias.
Evidencia secundaria.
Cosas que podía escanear sin levantar sospechas.
Pero esta caja tiene lo que realmente importa.
Lo que no me atreví a digitalizar.
No tengo todo.
Ojalá lo tuviera.
Solo tengo pedazos.
Fragmentos de conversaciones que logré grabar.
Documentos que rescaté de la basura cuando nadie miraba.
Nombres que escuché mencionar en reuniones privadas.
No sé quiénes son todos.
No sé toda la estructura.
Sé que hay más gente involucrada de la que he identificado.
Pero sé suficiente para que te maten.
Como me van a matar a mí.
Hay una memoria USB en este sobre.
Es lo más importante.
Grábala en tu mente antes de decidir qué hacer con ella.
Es sobre tu padre.
Lo siento.
Ojalá no tuviera que decírtelo así.
Pero necesitas saber la verdad.
Tu padre era bueno, Camila.
En los últimos meses antes de morir, vino a la oficina varias veces.
Discutía con Alberto.
Decía que iba a confesar todo.
Que estaba enfermo de todas formas y que quería morir en paz.
Alberto le pedía que esperara.
Que pensara en la familia.
Que pensara en ti.
Y una noche, me quedé trabajando tarde.
No debería haber estado ahí.
Pero escuché a Alberto en su oficina, hablando por teléfono.
Y grabé la conversación.
Perdóname por lo que vas a escuchar.
Patricia.” Camila bajó la carta.
Sus manos temblaban tanto que el papel crujía.
—Hay una memoria USB —dijo con voz hueca.
La encontró pegada con cinta adhesiva en la última página de la carta.
La despegó con cuidado.
—David.
Él extendió la mano.
Camila se la dio y él la insertó en su laptop.
Un solo archivo de audio.
Sin título.
Sin fecha visible en el nombre del archivo.
David lo reprodujo.
Estática al principio.
Luego el sonido de alguien moviendo cosas.
Papeles.
Una silla.
Y entonces, la voz de Alberto.
Sonaba cansado.
“—Víctor, soy yo.” Una pausa.
La otra persona no estaba en altavoz, así que solo se escuchaba a Alberto.
“—No, no puede esperar hasta mañana.
Es sobre Rafael.” Otra pausa.
“—Sí, mi cuñado.
Exacto.” “—El problema es que no se está muriendo lo suficientemente rápido.” Camila sintió que el piso se movía bajo sus pies.
“—Los doctores dicen que está respondiendo mejor de lo esperado al tratamiento.
Que podría tener un año más.
Tal vez más.” “—No, no puedo esperar tanto.
Está hablando de confesar.
Dice que quiere limpiar su conciencia antes de morir.” Pausa más larga.
“—Sí, lo sé.
Es mi familia.
Pero tú y yo sabemos lo que pasa si habla.
Nos arrastra a todos.” “—¿Estás seguro que Milciades puede hacerlo?” “—¿Y va a parecer natural?” “—Bien.
Hazlo entonces.” Pausa.
“—Su próxima sesión es el jueves.
Cuatro días.” “—De acuerdo.
Después de esa sesión, ¿cuánto tiempo?” “—¿Dos semanas?
Perfecto.
Menos sospechoso que si fuera inmediato.” “—Gracias, Víctor.
Te debo una.” “—Lo sé.
Siempre me lo recuerdas.” Una risa breve, sin humor.
“—Después de esto, voy a tener que consolar a mi hermana.
Actuar sorprendido.
Llorar en el funeral.” “—Sí, sí.
Ya sé mi papel.” “—Hablamos después.” Click.
La llamada terminó.
El audio siguió unos segundos más.
Silencio.
Luego el sonido de Alberto suspirando profundamente.
Papeles moviéndose.
Y el audio se cortó.
Nadie en la cabaña se movió.
Nadie respiró.
Camila estaba paralizada.
Las palabras rebotaban en su cabeza, negándose a formar un significado coherente porque el significado era imposible.
«No se está muriendo lo suficientemente rápido.
Su próxima sesión es el jueves.
Dos semanas.
Actuar sorprendido.
Llorar en el funeral.» —Camila…
—La voz de Lucía sonaba lejana.
Camila recordó ese jueves.
Había llevado a su padre al hospital.
Su sesión de quimioterapia.
La número once o doce, ya había perdido la cuenta.
Su padre estaba débil pero de buen humor ese día.
Había bromeado con las enfermeras.
Camila lo había dejado ahí.
Había ido a comprar café.
Había regresado una hora después para recogerlo.
Y él había estado…
raro.
Más cansado de lo normal.
Confundido.
—Es normal —había dicho la enfermera—.
A veces la quimio los deja así.
Dos semanas después, su padre estaba muerto.
Falla orgánica múltiple.
Sepsis.
—El cáncer se aceleró de forma agresiva —habían dicho los doctores—.
A veces pasa.
No pudimos hacer nada.
Y Alberto había estado ahí.
En el hospital.
Todos los días.
Sosteniendo la mano de Rafael.
Trayéndole sopa.
Hablándole suavemente.
Envenenándolo.
Y en el funeral, había dado el discurso.
Había llorado.
Había abrazado a Camila mientras ella sollozaba en su hombro.
—Tu padre está orgulloso de ti —le había susurrado—.
Donde sea que esté.
Camila se puso de pie tan abruptamente que la silla cayó hacia atrás.
—Necesito…
necesito salir.
—Camila, espera…
Pero ya estaba en la puerta, abriéndola, saliendo al frío de la noche.
El aire helado golpeó su rostro pero no lo sintió.
Caminó hasta el borde del porche, agarrándose de la barandilla de madera, tratando de respirar y no pudiendo.
Su padre había muerto hace cuatro años.
Cuatro años llorando su muerte, procesando su ausencia, aprendiendo a vivir sin él.
Y todo había sido mentira.
No había sido el cáncer.
No había sido el destino.
No había sido mala suerte o falta de respuesta al tratamiento.
Había sido asesinato.
Calculado.
Planeado.
Ejecutado mientras ella sostenía su mano y le decía que todo iba a estar bien.
Un sonido salió de su garganta.
Mitad sollozo, mitad grito.
Se tapó la boca con las manos, tratando de contenerse, pero no pudo.
Cayó de rodillas en el porche de madera, doblándose sobre sí misma, y dejó salir todo.
La puerta se abrió y escuchó pasos.
Alguien se arrodilló junto a ella.
Era Lucía.
—Lo mataron —sollozó Camila—.
Lucía, lo mataron.
Mi padre.
Lo envenenaron mientras yo…
mientras yo estaba ahí pensando que estaba enfermo.
¡Pensando que era el cáncer!
—Lo sé.
Lo sé.
—¡Él estaba tratando de hacer lo correcto!
¡Iba a confesar!
¡Iba a arreglar todo!
¡Y lo mataron por eso!
Lucía la abrazó, sosteniéndola mientras Camila temblaba.
—Tu padre era bueno.
Era valiente.
Y Alberto es un monstruo.
Pero Camila, escúchame.
—Lucía la obligó a mirarla—.
Tu padre no murió en vano.
No si nosotros terminamos lo que él empezó.
—¿Cómo?
—Las lágrimas seguían cayendo—.
¿Cómo peleamos contra gente capaz de hacer eso?
De matar a su propia familia.
De fingir en funerales.
¿Cómo ganamos contra eso?
—Con la verdad.
Con esta grabación.
Con todo lo que Patricia recolectó.
Se quedaron ahí, en el porche frío, hasta que Camila pudo respirar otra vez.
Cuando regresaron adentro, los demás estaban revisando el resto del contenido de la caja en silencio respetuoso.
—Hay más documentos —dijo David suavemente—.
Transferencias bancarias.
Emails impresos.
Algunos nombres.
—¿Cuántos nombres?
—preguntó Camila, su voz ronca.
—Patricia identificó a ocho personas seguras.
Hay otros seis o siete que menciona pero con signos de interrogación.
No estaba segura de quiénes eran.
—¿Ocho confirmados?
—Alberto, Valverde, y seis más.
Un fiscal.
Un coronel retirado.
Un doctor.
Otros.
—¿Víctor Salinas?
—Aparece mencionado en varios lugares pero sin detalles.
Patricia escribió notas al margen: «VS – ¿líder?
¿fundador?
Cuidado con él».
Pero no tenía información concreta.
No era una lista perfecta.
No era un organigrama completo.
Era fragmentario, incompleto, lleno de huecos.
Pero era real.
Era evidencia.
Y era suficiente para empezar.
—También hay esto —dijo Ana, sosteniendo una foto borrosa.
Era una imagen tomada con zoom desde lejos.
Se veía la entrada de un restaurante elegante.
Varios hombres en traje entrando.
La calidad era mala pero se podía distinguir a Alberto.
Y a Valverde.
Y a otros tres que Camila no reconocía.
Detrás de la foto, Patricia había escrito: «Reunión mensual.
Último miércoles del mes.
Restaurante La Cumbre.
No pude entrar pero los vi».
—Ella los estuvo siguiendo —dijo Teo—.
Durante años.
Recolectando lo que podía.
—Y ahora está muerta —dijo Camila.
El silencio regresó.
—¿Qué hacemos?
—preguntó finalmente Ana—.
Esto no es suficiente para arrestarlos a todos.
Hay huecos.
Falta información.
—Publicamos lo que tenemos —dijo Camila—.
Ahora.
—Espera.
—David levantó una mano—.
Si publicamos así, incompleto, pueden usar los huecos en nuestra contra.
Pueden decir que es parcial, inventado, sacado de contexto.
—¿Entonces qué?
¿Investigamos más?
¿Esperamos?
—Camila sintió la frustración subiéndole por la garganta—.
¿Cuánto tiempo?
¿Meses?
¿Años?
¿Hasta que nos maten a nosotros también?
—No.
—David negó con la cabeza—.
Dame un día.
Veinticuatro horas.
Puedo hacer que esto se vea mejor presentado.
Organizado.
Crear una página web con toda la información.
Hacerlo imposible de ignorar incluso con los huecos.
—Un día —repitió Camila.
—Un día.
Y luego lo lanzamos todo.
Simultáneamente en cien lugares.
Y que el mundo decida qué hacer con esta información.
Camila miró la caja.
Miró los papeles desordenados.
La foto borrosa.
La memoria USB con la voz de Alberto condenándose a sí mismo.
No era perfecto.
Pero era real.
—Está bien.
Un día.
David asintió y abrió su laptop.
El resto de la noche se perdió en revisiones interminables.
Organizando documentos.
Escuchando más grabaciones.
Encontrando conexiones.
Llenando algunos huecos y descubriendo más en el proceso.
A las 4 AM, Camila encontró una nota manuscrita de Patricia.
Simple.
Directa.
«Eso es todo lo que puedo hacer.
Eso es todo lo que pude lograr.
Espero que sea suficiente.
-PR» Camila dobló la nota y la guardó en su bolsillo junto a la carta de Patricia para Daniela.
—Es suficiente —susurró al aire vacío—.
Te lo prometo, Patricia.
Va a ser suficiente.
Afuera, el cielo empezaba a aclararse.
Un nuevo día.
Camila se recostó en el sofá, exhausta pero incapaz de dormir.
Cada vez que cerraba los ojos veía a su padre.
No como estaba al final, débil y muriendo.
Sino como era antes del cáncer.
Sonriendo.
Riendo.
Vivo.
Y luego veía a Alberto.
Su rostro en el funeral.
Sus lágrimas falsas.
Su abrazo traicionero.
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