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La Sombra que Fui - Capítulo 63

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  4. Capítulo 63 - 63 La acusación
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63: La acusación 63: La acusación La luz del amanecer entraba por las ventanas de la cabaña, pintando todo de un naranja pálido.

Camila seguía en el sofá, sin haber dormido.

Tenía los ojos abiertos, mirando el techo de madera, pero sin ver realmente nada.

Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la voz de Alberto.

«No se está muriendo lo suficientemente rápido».

Se sentó lentamente.

Su cuerpo protestó, cada músculo adolorido.

No había comido nada desde…

¿cuándo?

No recordaba.

David estaba en la mesa, todavía frente a su laptop.

No estaba segura si había dormido o había estado trabajando toda la noche.

Probablemente lo segundo.

Su tobillo hinchado descansaba sobre una silla, envuelto en una venda improvisada.

Lucía estaba acurrucada en un sillón individual, dormida finalmente.

Teo y Ana en los dormitorios.

Y Julián en el porche, visible a través de la ventana, fumando un cigarrillo.

Camila no sabía que Julián fumaba.

Se levantó con cuidado de no despertar a Lucía y salió.

El aire frío de la mañana era cortante, despejó su cabeza inmediatamente.

Julián se giró al escuchar la puerta.

—No sabía que fumaras —dijo Camila.

—No fumo.

—Él miró el cigarrillo en su mano como si no supiera cómo había llegado ahí—.

Bueno, no fumaba.

Dejé el hábito hace dos años.

Pero después de anoche…

Le dio otra calada.

Sus manos temblaban ligeramente.

—¿No dormiste?

—No pude.

—Julián exhaló el humo—.

Cada vez que cerraba los ojos veía a mi padre.

Preguntándome cuántas conversaciones como esa ha tenido.

Cuántas personas ha matado con una simple llamada telefónica.

—Al menos tu padre sigue vivo —dijo Camila, más amarga de lo que pretendía—.

El mío no tuvo esa suerte.

Julián aplastó el cigarrillo contra la barandilla.

—Lo siento.

Eso fue estúpido de mi parte.

—No.

Tienes razón en estar asustado.

—Camila se apoyó en la barandilla junto a él—.

Todos deberíamos estarlo.

Se quedaron en silencio por un momento, viendo cómo el sol subía lentamente sobre las montañas.

—¿Sabes qué es lo peor?

—dijo Camila finalmente—.

No es solo que lo mataran.

Es que me hicieron parte de ello sin saberlo.

Estuve ahí.

Lo llevé a esa sesión de quimio.

Lo dejé en manos de esas personas.

Sonreí a las enfermeras.

Confié en los doctores.

—No es tu culpa.

—Lo sé.

Aquí.

—Se tocó la cabeza—.

Pero aquí…

—se tocó el pecho—.

Aquí siento que debí haberlo sabido.

Debí haberlo protegido.

—No podías saber.

—Pero él sí sabía que estaba en peligro.

Por eso quería confesar.

Y yo…

—su voz se quebró—.

Yo le dije que no lo hiciera.

Le dije que pensara en la familia.

Que pensara en mamá.

Que no valía la pena arruinar su reputación.

Julián la miró.

—¿Le dijiste eso?

—Sí.

Un mes antes de que muriera.

Vino a mi apartamento.

Me dijo que había hecho cosas malas.

Que necesitaba confesar.

Y yo pensé que estaba deprimido por el cáncer.

Pensé que estaba siendo melodramático.

—Las lágrimas empezaron a caer—.

Le dije que se concentrara en mejorar.

Que olvidara el pasado.

—Camila…

—Si lo hubiera escuchado.

Si lo hubiera apoyado.

Tal vez habría confesado antes de que Alberto pudiera detenerlo.

Tal vez estaría vivo.

—O tal vez lo habrían matado más rápido —dijo Julián con dureza—.

Camila, escúchame.

Tu padre tomó sus decisiones.

Y Alberto tomó la suya.

Tú no mataste a tu padre.

Alberto lo hizo.

La puerta se abrió.

David salió, cojeando, con su laptop bajo el brazo.

—Necesitan ver esto —dijo.

Volvieron adentro.

Lucía ya estaba despierta.

Teo y Ana salieron de los dormitorios con cara de no haber dormido mucho tampoco.

Todos se reunieron alrededor de la mesa donde David colocó su laptop.

—Estuve trabajando toda la noche organizando la información —explicó—.

Creé una página web.

Temporal por ahora, pero funcional.

Tiene todo.

Los audios.

Los documentos.

Las fotos.

Todo organizado cronológicamente.

Giró la pantalla para que todos pudieran ver.

El sitio era simple pero efectivo.

Fondo negro.

Letras blancas.

Un título: «LA VERDAD SOBRE MONTALBÁN CORP.» Debajo, secciones organizadas: Víctimas.

Evidencia.

Audio.

Documentos.

Nombres.

—También configuré cuentas en veinte plataformas de redes sociales diferentes —continuó David—.

Cuando publiquemos, sale simultáneamente en todas.

Y programé bots para que lo repliquen cada vez que alguien intente borrarlo.

—¿Cuándo?

—preguntó Camila—.

¿Cuándo podemos lanzarlo?

—Ahora mismo si quieres.

Todo está listo.

Solo necesito presionar un botón.

Camila miró la pantalla.

Su dedo podría terminar esto.

Un click y todo saldría.

Alberto, Valverde, todos los demás serían expuestos.

—Hazlo.

—Espera.

—Julián levantó una mano—.

Una vez que esto salga, estaremos en peligro inmediato.

No como ahora, escondiéndonos.

Peligro real, inminente.

—Ya lo sé.

—¿Y estás preparada para eso?

¿Todos lo están?

Ana se abrazó a sí misma.

—Yo…

no sé si puedo hacer esto.

Todos la miraron.

—Ana…

—comenzó Lucía.

—Mi padre sigue desaparecido —dijo Ana con voz temblorosa—.

Recibí otra llamada anoche mientras ustedes dormían.

Dijeron que si publico cualquier cosa, lo matan.

El silencio en la cabaña era absoluto.

—¿Otra llamada?

—preguntó Teo—.

¿Cuándo?

—A las 2 AM.

En mi celular.

—¿Y cómo sabían que estabas despierta a las 2 AM?

—La voz de Julián era peligrosamente calmada—.

¿Cómo sabían que tu teléfono estaría encendido?

Ana palideció.

—Yo…

no sé.

—¿Dónde está tu teléfono ahora?

—En mi bolso.

En el dormitorio.

—Tráelo.

Ana no se movió.

—Dije que lo traigas.

Ahora.

—Julián, cálmate —dijo Lucía—.

Ana está asustada.

Es normal que…

—¿Normal?

—Julián se giró hacia ella—.

¿Es normal recibir llamadas que saben exactamente dónde estás y qué estás haciendo?

—¡No es mi culpa!

—gritó Ana—.

¡Tienen a mi padre!

¿Qué se supone que haga?

—No traernos a todos a una trampa sería un buen comienzo.

—¡No los traje a ninguna trampa!

—¿No?

¿Entonces cómo sabían que íbamos a la casa de Patricia?

—Julián dio un paso hacia ella—.

Estuvimos bien hasta que fuimos ahí.

Y de repente aparecen sicarios como si supieran exactamente dónde estaríamos.

—¡Yo no les dije nada!

—¡Mentirosa!

—¡BASTA!

—La voz de Camila cortó el aire como un látigo.

Todos se callaron.

—Julián, retrocede —ordenó Camila.

—Camila, ella es la traidora.

Es obvio.

—Dije que retrocedas.

Julián la miró, sorprendido por el tono.

Pero retrocedió.

Camila se acercó a Ana, que estaba llorando ahora.

—Ana, mírame.

Ana levantó la vista, las mejillas mojadas.

—¿Les dijiste dónde estábamos?

—No.

Te lo juro.

Nunca les diría.

—¿Pero te llamaron?

Ana asintió miserablemente.

—¿Qué dijeron exactamente?

—Que…

que sabían dónde estaba.

Que tenían a mi padre.

Que si ayudaba a publicar cualquier cosa, lo matarían lentamente.

—¿Y qué dijiste tú?

—Nada.

Colgué.

No les dije nada, Camila.

Lo juro por Dios.

No dije dónde estábamos ni qué estábamos haciendo.

—¿Pero tampoco nos dijiste que te llamaron?

Ana bajó la mirada.

—Tenía miedo.

Pensé que si les decía, no confiarían en mí.

Pensarían que los traicioné.

—¿Y no lo hiciste?

—preguntó Teo.

—¡NO!

David, que había estado en silencio, habló: —Dame tu teléfono.

Ana fue a buscarlo.

Regresó con un smartphone barato.

Se lo entregó a David.

Él lo examinó, abrió configuraciones, revisó aplicaciones.

—Mierda —murmuró.

—¿Qué?

—preguntó Lucía.

—Tiene una app instalada.

Se ve como una app normal de linterna.

Pero es spyware.

Rastreador GPS.

Puede ver todo.

Mensajes, llamadas, ubicación en tiempo real.

—¿Cómo llegó ahí?

—preguntó Ana—.

Yo no instalé nada.

—No necesitas instalarla tú.

Si alguien tiene acceso físico a tu teléfono por cinco minutos, puede hacerlo remotamente.

—¿Cuándo fue la última vez que dejaste tu teléfono solo?

—preguntó Julián.

Ana pensó.

—Yo…

en la universidad.

Lo dejé en mi mochila en la biblioteca.

Fui al baño.

—¿Cuándo?

—Hace…

tres días.

Antes de que todo esto empezara.

—Antes de la reunión donde decidimos ir a la casa de Patricia —dijo Julián—.

Suficiente tiempo para planearlo todo.

—Nos han estado rastreando desde entonces —dijo David—.

Por eso sabían exactamente dónde íbamos.

No porque Ana les dijera.

Porque podían ver cada mensaje que enviábamos, cada ubicación donde estábamos.

—Y ahora saben que estamos aquí —dijo Teo—.

En esta cabaña.

Todos se miraron.

—Tenemos que irnos —dijo Lucía—.

Ahora.

—No.

—Camila negó con la cabeza—.

Ya es demasiado tarde para correr.

—¿Qué?

—Si nos han estado rastreando por tres días, ya saben dónde estamos.

Si quisieran atacarnos, ya lo habrían hecho.

—¿Entonces por qué no lo han hecho?

—preguntó Ana.

—Porque están esperando —respondió Julián—.

Esperando a que publiquemos.

Así saben qué información tenemos exactamente.

Así pueden controlar el daño.

—O —dijo David lentamente—.

Están esperando para atraparnos con la evidencia.

Arrestarnos legalmente.

Acusarnos de robo, allanamiento, conspiración.

Desacreditarnos antes de que podamos publicar nada.

Camila miró la laptop.

La página web lista.

El botón de publicar esperando.

—Entonces lo hacemos ahora.

Antes de que lleguen.

—Camila…

—comenzó Lucía.

—David, publica todo.

Ahora.

David la miró por un largo momento.

Luego asintió.

Sus dedos se movieron sobre el teclado.

Click.

Click.

Enter.

—Ya está.

Publicado en todas las plataformas simultáneamente.

No hay vuelta atrás.

Camila sintió algo extraño.

No alivio, ni victoria.

Solo…

inevitabilidad.

Ya estaba hecho.

—¿Cuánto tiempo antes de que empiece a propagarse?

—preguntó Teo.

—Segundos.

Tal vez minutos.

Depende de cuánta gente lo vea y lo comparta.

David refrescó una de las páginas.

Cero shares.

Refrescó otra vez.

Cinco.

Otra vez.

Veintitrés.

—Está empezando.

Ana se había quedado de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera.

—Hay un coche —dijo de repente—.

Subiendo por el camino.

Todos se congelaron.

—¿Qué tipo de coche?

—preguntó Julián.

—No lo sé.

Negro.

Grande.

—Mierda.

—Julián se acercó a la ventana—.

Es una SUV.

Vidrios polarizados.

—¿Policía?

—preguntó Teo.

—No lo creo.

No tiene marcas.

El coche se detuvo frente a la cabaña.

Las puertas se abrieron.

Dos hombres salieron.

Trajes oscuros.

Lentes de sol aunque apenas estaba amaneciendo.

Y detrás de ellos, bajando del asiento del pasajero, una figura que Camila reconoció inmediatamente.

Alberto.

Su tío.

El asesino de su padre.

Ahí, frente a la cabaña, como si tuviera todo el derecho del mundo de estar ahí.

—Es Alberto —susurró Camila.

Todos retrocedieron de las ventanas.

—¿Cómo nos encontró tan rápido?

—preguntó Ana.

—El teléfono —respondió David—.

Sabían exactamente dónde estábamos.

Se escuchó un golpe fuerte en la puerta.

Tres golpes.

Autoritarios.

Pero nadie se movió.

Otro golpe.

Más fuerte.

Luego la voz de Alberto, clara incluso a través de la puerta de madera: —Camila, sé que estás ahí.

Abre la puerta.

Solo quiero hablar.

Camila sintió rabia subir por su garganta como ácido.

—No le abras —susurró Lucía.

Pero Camila ya estaba caminando hacia la puerta.

—Camila, no —dijo Julián, agarrándola del brazo.

Ella se soltó.

—Suéltame.

—Va a matarte.

—Ya mató a mi padre.

—Camila lo miró—.

¿Qué más puede quitarme?

Abrió la puerta de golpe.

Alberto estaba ahí, con su traje impecable, su expresión de preocupación practicada.

Los dos hombres detrás de él tenían las manos dentro de sus sacos.

Obviamente armados.

—Camila —dijo Alberto con voz suave—.

Gracias a Dios.

He estado buscándote por todas partes.

—Apuesto a que sí.

—Necesitamos hablar.

En privado.

—Lo que tengas que decir, puedes decirlo aquí.

Alberto miró más allá de ella, viendo a los demás agrupados en la sala.

—Camila, por favor.

Somos familia.

Esa palabra.

Familia.

De su boca.

Después de lo que había hecho.

—¿Familia?

—repitió Camila con una risa sin humor—.

¿De verdad vas a usar esa palabra?

¿Después de asesinar a tu familia?

Alberto no reaccionó.

Su expresión no cambió.

Como si hubiera esperado exactamente esas palabras.

—Veo que encontraste la caja de Patricia —dijo calmadamente—.

Y escuchaste cosas.

Cosas sacadas de contexto.

—¿Contexto?

—la voz de Camila subió—.

¿Qué contexto hace que esté bien envenenar a tu propia familia?

—Baja la voz.

—¡NO!

—Camila.

—Alberto dio un paso adelante.

Uno de sus guardias se movió también—.

No sabes de qué estás hablando.

Esa grabación es vieja.

Editada.

Patricia estaba resentida, inventó…

—Tengo tu voz.

Tus palabras exactas.

«No se está muriendo lo suficientemente rápido».

¿Eso también está editado?

Alberto cerró los ojos por un momento.

Cuando los abrió, algo había cambiado.

La máscara de preocupación había desaparecido.

—Entra al coche, Camila.

No me hagas hacer esto por la fuerza.

—¿O qué?

¿Me vas a matar como a él?

—No.

Te voy a salvar.

De ti misma.

—Señaló hacia adentro de la cabaña—.

Ustedes acaban de cometer múltiples delitos.

Allanamiento.

Robo.

Difamación.

Tengo abogados listos para procesarlos a todos.

—Publicamos la evidencia —dijo Camila—.

Ya salió.

Todo el mundo lo verá.

Alberto sonrió.

No fue reconfortante.

—¿La evidencia fragmentaria de una secretaria resentida?

¿Una grabación que mi equipo legal destrozará en la corte?

—Se encogió de hombros—.

Camila, eres inteligente.

Sabes que esto no va a ninguna parte.

—Entonces, ¿por qué viniste?

—Porque eres familia.

Y a pesar de todo, no quiero verte destruir tu vida por esto.

Se miraron.

Tío y sobrina.

Asesino y víctima.

—Vete —dijo Camila finalmente—.

Aléjate de mí antes de que haga algo de lo que me arrepienta.

—Camila…

—¡DIJE QUE TE VAYAS!

Alberto estudió su rostro por un largo momento.

Luego asintió lentamente.

—Está bien.

Me voy.

Pero Camila, escúchame bien.

—Su voz se volvió dura como acero—.

Esto termina ahora.

Te retractas de todo.

Borras lo que publicaste.

Y tal vez, solo tal vez, puedo protegerte de las consecuencias legales.

—Nunca.

—Entonces entiende esto: ya no eres mi sobrina.

Eres enemiga.

Y yo trato a mis enemigos de manera muy diferente a como trato a mi familia.

Dio un paso atrás.

—Tienen veinticuatro horas para retractarse.

Después de eso, todo lo que pase es su responsabilidad.

Se giró y caminó de vuelta al coche.

Sus guardias lo siguieron y las puertas se cerraron.

El motor arrancó y se fueron.

Camila cerró la puerta y se apoyó contra ella, temblando.

—¿Qué acabas de hacer?

—preguntó Ana con voz horrorizada.

—Lo que tenía que hacer.

—¡Acabas de declarar guerra contra él!

—No.

—Camila la miró—.

Él declaró guerra hace cuatro años cuando mató a mi padre.

Yo solo acabo de empezar a pelear de vuelta.

David estaba en su laptop otra vez.

—Las publicaciones están explotando.

Miles de shares en minutos.

Cientos de comentarios.

—¿Buenos o malos?

—preguntó Teo.

—Mixtos.

Algunos dicen que es valentía.

Otros que es difamación sin pruebas.

Pero está propagándose.

Eso es lo que importa.

Julián miraba por la ventana hacia donde el coche de Alberto había desaparecido.

—Veinticuatro horas —dijo—.

Nos dio veinticuatro horas antes de contraatacar.

—Entonces tenemos veinticuatro horas para prepararnos —dijo Camila.

—¿Prepararnos para qué?

—preguntó Lucía.

Camila no respondió.

Pero todos sabían la respuesta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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