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La Sombra que Fui - Capítulo 64

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  4. Capítulo 64 - 64 Una difícil decisión
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64: Una difícil decisión 64: Una difícil decisión El coche de Alberto se había ido hace veinte minutos pero nadie se había movido.

Seguían ahí, en la sala de la cabaña, procesando lo que acababa de pasar.

Camila finalmente se apartó de la puerta.

Sus piernas temblaban.

—Nos dio veinticuatro horas —dijo con voz hueca.

—¿Y luego qué?

—preguntó Ana—.

¿Qué va a hacer después de veinticuatro horas?

Nadie respondió porque todos sabían la respuesta.

Julián caminó hacia la ventana, mirando el camino vacío donde el coche de Alberto había desaparecido.

—No va a esperar veinticuatro horas —dijo—.

Eso era para asustarnos.

Para que nos sintamos seguros por un día mientras él prepara su contraataque.

—¿Qué tipo de contraataque?

—preguntó Teo.

—Legal probablemente.

Demandas.

Órdenes de arresto.

Desacreditarnos públicamente antes de que la evidencia pueda hacer daño real.

—Ya publicamos todo —dijo David—.

Está afuera.

Miles de personas lo vieron.

—¿Y?

—Julián se giró hacia él—.

Alberto tiene contactos en medios, en gobierno, en todas partes.

Puede controlar la narrativa.

Puede hacer que parezca teoría conspiratoria.

Puede hacer que nosotros parezcamos los criminales.

El teléfono de Camila sonó.

Todos saltaron ante el sonido.

Camila miró la pantalla.

Diego.

—Es Diego —dijo.

—No contestes —advirtió Julián—.

Podría estar comprometido.

—Es Diego.

—Eso no significa que esté solo.

O que no lo obliguen a llamar.

Camila dudó.

El teléfono siguió sonando.

Cuatro timbres.

Cinco.

Contestó y puso altavoz.

—¿Diego?

—Camila, gracias a Dios.

—Su voz sonaba tensa—.

¿Están todos bien?

—Por ahora.

¿Qué pasó con…?

—No terminó la frase pero Diego entendió.

—Patricia está con Mauricio.

En la funeraria.

Él la tiene preparada, pero Camila, tenemos un problema serio.

—¿Qué problema?

—Daniela.

La hija de Patricia.

Me llamó.

Camila sintió que su corazón se detenía.

—¿Te llamó?

¿Cómo consiguió tu número?

—Lo encontró en la agenda de su madre.

Aparentemente Patricia me tenía guardado como «Abogado de Camila».

Daniela está buscando respuestas.

Sabe que algo malo pasó.

—¿Qué le dijiste?

—Nada todavía.

Le dije que necesitaba hablar con ella en persona.

Pero Camila, ella no es tonta.

Vio que entraron a su casa.

Vio que se llevaron cosas.

Y su madre sigue sin aparecer.

—Dios…

—Camila se pasó una mano por el pelo—.

¿Llamó a la policía?

—Todavía no.

Me dijo que primero quería hablar conmigo.

Que sentía que la policía no era segura.

Aparentemente su madre le había dicho en algún momento que si algo le pasaba, no confiara en la policía.

—Patricia la preparó —murmuró Lucía—.

Le dio instrucciones por si acaso.

—¿Dónde está Daniela ahora?

—preguntó Camila.

—En su casa.

Sola.

Asustada.

Y creo que sospecha que su madre está muerta.

Me preguntó si necesitaba identificar un cuerpo.

El silencio en la cabaña era pesado.

—Alguien tiene que decirle —dijo finalmente Camila—.

Alguien tiene que darle las cartas de su madre.

Explicarle qué pasó.

—Ese alguien no puedes ser tú —dijo Diego—.

Camila, ya publicaste todo.

Tu cara está por todas partes.

Si vas a esa casa, Alberto lo sabrá.

Probablemente ya tiene vigilancia ahí.

—¿Y qué?

¿La dejamos sin respuestas?

—No.

Yo puedo ir.

Como su abogado.

Puedo explicarle…

—No.

—Camila negó con la cabeza aunque Diego no podía verla—.

Esto es mi responsabilidad.

Patricia murió por ayudarme.

Lo mínimo que puedo hacer es mirar a su hija a los ojos y decirle la verdad.

—Camila, eso es suicidio.

—Vivir escondida también lo es.

Solo más lento.

—Tiene razón —intervino Julián sorpresivamente—.

Daniela ya nos vio.

Esa noche en su casa cuando sacábamos la caja.

Probablemente no vio nuestras caras bien porque estaba oscuro y todo pasó rápido, pero si ve las fotos en las publicaciones, va a reconocernos eventualmente.

—Exactamente —dijo Camila—.

Mejor que lo escuche de nosotros directamente que lo descubra viendo las noticias.

—O mejor aún —sugirió Diego—, que no vaya ninguno de ustedes.

Que Mauricio se encargue.

Él puede entregarle el cuerpo de su madre, darle las cartas…

—No —interrumpió Camila con firmeza—.

Patricia me dejó esas cartas a mí.

Me confió su historia.

Daniela merece escucharla de alguien que estuvo ahí.

De alguien que vio lo valiente que fue su madre al final.

Diego suspiró pesadamente al otro lado de la línea.

—No te voy a convencer de que no vayas, ¿verdad?

—No.

—Entonces al menos déjame ir contigo.

Como tu abogado.

Si Alberto tiene gente ahí, tu mejor protección es tener representación legal presente.

—¿Puedes llegar en una hora?

—Puedo llegar en cuarenta minutos si manejo rápido.

—Entonces nos vemos ahí.

En la casa de Patricia.

—Camila, espera.

Hay algo más que necesitas saber.

—¿Qué?

—Alberto ya empezó su contraataque.

Tiene a sus abogados trabajando.

Están preparando demandas por difamación, amenazando con cargos penales por allanamiento, robo de documentos privados.

—Tenemos las cartas de Patricia autorizándonos…

—Escritas a mano por una mujer muerta que no puede testificar que realmente las escribió ella.

Alberto puede argumentar que las falsificaron.

O que las escribió bajo coerción.

—Eso es ridículo.

—Ridículo pero legalmente viable.

Y sin Patricia viva para defender su propia evidencia…

—Diego dejó la frase sin terminar.

—¿Qué estás diciendo?

—Que necesitan prepararse para ser arrestados.

Pronto.

Tal vez hoy.

Tal vez mañana.

Alberto va a usar el sistema legal como arma.

Va a hacer que los arresten antes de que puedan organizarse o defenderse apropiadamente.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Se presentan voluntariamente.

Antes de que emitan órdenes de arresto.

Con un abogado.

Cooperando.

Es la única manera de controlar aunque sea un poco la narrativa.

—Diego tiene razón —dijo Julián de mala gana—.

Si esperamos a que nos arresten, parecemos fugitivos.

Criminales huyendo.

—Pero si nos entregamos, ¿qué garantía tenemos de salir vivos?

—preguntó Lucía—.

Alberto controla a jueces, policías, hasta al médico forense.

Puede hacer lo que quiera con nosotros una vez estemos bajo custodia.

—No si el mundo está mirando —respondió Diego—.

Por eso las publicaciones fueron importantes.

Ahora tienen visibilidad.

Si algo les pasa estando bajo custodia policial, después de haber publicado evidencia contra Alberto, va a levantar demasiadas preguntas.

—Patricia también levantó preguntas —dijo Camila amargamente—.

Y está muerta.

—Patricia murió antes de publicar.

Ustedes ya publicaron.

Esa es la diferencia.

Ana, que había estado callada, finalmente habló: —¿Y mi padre?

Dijeron que lo tienen.

Si nos entregamos, si seguimos adelante con esto…

lo van a matar.

Nadie tenía respuesta para eso.

—Ana…

—comenzó Camila.

—No.

No me digas que lo sientes.

No me digas que no hay opción.

¡Es mi padre!

¡Mi único padre!

Y lo van a matar por esto.

Por algo en lo que yo ni siquiera quería estar involucrada.

—Nadie te obligó a quedarte —dijo Julián con dureza—.

Pudiste irte en cualquier momento.

—¿Y a dónde iría?

¡Tienen a mi padre!

¡No tengo opción!

—Siempre hay opción.

—¡Basta!

—La voz de Camila cortó el aire—.

Julián, cállate.

Ana, siéntate.

Sorprendentemente, ambos obedecieron.

—Ana tiene razón —dijo Camila—.

Su padre está en peligro por esto.

Y sí, ella tenía opción de irse, pero eligió quedarse.

Eligió ayudarnos a pesar del riesgo.

Eso vale algo.

—¿Entonces qué sugieres?

—preguntó Julián—.

¿Que nos rindamos para salvar a su padre?

—No.

Sugiero que encontremos a su padre.

Antes de que sea demasiado tarde.

—¿Cómo?

—preguntó Ana con desesperación—.

No sabemos dónde está.

Ni siquiera sabemos si sigue vivo.

—Diego —dijo Camila hacia el teléfono—.

El padre de Ana.

¿Puedes investigar?

¿Averiguar si está en alguna prisión, hospital, cualquier registro oficial?

—Puedo intentarlo.

Pero si lo tienen escondido ilegalmente…

—Entonces hacemos ruido.

Publicamos sobre él también.

Lo hacemos parte de la historia.

Hacemos que sea público que lo tienen.

—Eso podría ponerlo en más peligro —advirtió Diego.

—O podría salvarlo.

Si Alberto sabe que el mundo está preguntando por él, matarlo se vuelve más complicado.

Ana la miró con ojos llorosos.

—¿De verdad harías eso?

¿Arriesgar todo para buscar a mi padre?

—Patricia murió protegiéndonos.

Podemos al menos intentar proteger a tu padre.

Ana se derrumbó en sollozos.

Lucía la abrazó.

—Está bien —dijo Diego a través del teléfono—.

Voy a investigar.

Pero Camila, prométeme algo.

—¿Qué?

—No vayas a esa casa sin mí.

Espérame.

Cuarenta minutos.

¿De acuerdo?

—De acuerdo.

—Lo digo en serio.

Si llegas antes que yo y entras sola, voy a estar muy enojado contigo.

A pesar de todo, Camila sonrió ligeramente.

—Entendido.

Te esperamos.

Colgó.

Teo, que había estado sentado en silencio, finalmente habló: —Entonces, ¿cuál es el plan real?

Vamos a la casa de Patricia, le contamos a Daniela, ¿y luego qué?

—Luego nos entregamos —dijo Camila—.

Todos juntos.

Con Diego como abogado.

En la estación de policía.

Frente a cámaras si es posible.

—¿Y David?

—preguntó Lucía—.

Sigue aquí con su tobillo jodido.

—Me quedo aquí —dijo David—.

Sigo publicando.

Sigo haciendo ruido desde afuera.

Si los arrestan, yo me aseguro de que el mundo lo sepa.

—¿Solo?

—Puedo manejar una computadora mejor que ustedes de todas formas.

Era cierto.

—Está bien —aceptó Camila—.

Teo, tú también te quedas.

Tu tobillo todavía está mal.

No puedes caminar bien.

—Es el tobillo de David el que está mal —corrigió Teo—.

El mío está bien.

—Perdón.

David se queda.

El resto vamos.

Se prepararon para salir.

Lucía sacó las cartas de Patricia que había guardado.

Una para Daniela.

Una describiendo todo lo que había documentado.

Otra más personal que decía “Te amo.

No me arrepiento.” Camila las sostuvo por un momento, sintiendo su peso.

—Estas cartas son lo único que le queda de su madre —dijo en voz baja—.

Tenemos que asegurarnos de que las reciba.

—Lo haremos —prometió Lucía.

Subieron al coche.

Ana conducía, sus manos ya no temblaban tanto.

Camila adelante.

Lucía, Julián y Teo atrás.

El camino de vuelta a la ciudad fue silencioso.

Cada uno perdido en sus propios pensamientos.

Camila miraba por la ventana, viendo las montañas dar paso gradualmente a edificios.

Cada kilómetro más cerca del peligro.

Cada kilómetro más cerca de la verdad.

Llegaron a la casa de Patricia treinta y cinco minutos después.

Diego todavía no estaba ahí.

—Esperamos —dijo Camila.

—¿Y si no llega?

—Llegará.

Cinco minutos después, un coche conocido dobló la esquina.

Diego.

Se estacionó detrás de ellos y bajó.

Se veía cansado, ojeras profundas, pero sus ojos se iluminaron al ver a Camila.

Caminó hacia ella y, sin decir palabra, la abrazó.

Camila se quedó rígida por un segundo, sorprendida, antes de corresponder el abrazo.

—Pensé que te había perdido —murmuró Diego contra su cabello.

—Todavía no te desharás de mí tan fácil.

Se separaron.

Diego miró a los demás.

—¿Listos?

—No —admitió Lucía—.

Pero hagámoslo de todas formas.

Caminaron hacia la casa.

La misma puerta que habían forzado noches atrás.

Ahora cerrada apropiadamente.

Diego tocó el timbre y se oyeron pasos rápidos desde adentro.

Luego la puerta se abrió.

Daniela los miró y su rostro palideció inmediatamente.

—Ustedes —dijo, su voz una mezcla de miedo y reconocimiento—.

Ustedes estuvieron aquí.

Esa noche.

Vi sus siluetas cuando…

Se detuvo.

Sus ojos fueron de Camila a Diego a los demás y de vuelta.

—¿Dónde está mi madre?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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