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La Sombra que Fui - Capítulo 66

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  4. Capítulo 66 - 66 Interrogatorio
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66: Interrogatorio 66: Interrogatorio Al llegar a la comisaria, el oficial en el mostrador levantó el teléfono mientras los observaba con una mezcla de curiosidad y sospecha.

Habló en voz baja, pero Camila alcanzó a escuchar fragmentos: —…Montalbán…

voluntariamente…

abogado presente…

Colgó y los miró.

—El Detective Ramírez viene en camino.

Esperen ahí.

—Señaló unas sillas de plástico contra la pared.

Se sentaron.

Camila entre Diego y Lucía.

Julián al otro lado, con Teo y Ana al final.

Nadie hablaba.

El silencio era pesado, cargado de tensión y miedo apenas contenido.

Camila miraba las baldosas del piso.

Grises, con manchas oscuras que probablemente eran de años de tráfico.

Se preguntó cuántas personas habían esperado en estas mismas sillas.

Cuántos inocentes.

Cuántos culpables.

¿En qué categoría caían ellos?

Habían robado documentos.

Allanado una casa.

Huido de la escena de un crimen.

Técnicamente, eran criminales.

Pero también eran las únicas personas dispuestas a exponer la verdad.

—Señorita Montalbán.

Levantó la vista.

Un hombre de mediana edad con traje arrugado los observaba.

Cabello gris, peinado hacia atrás.

Rostro cansado con arrugas profundas alrededor de los ojos.

Llevaba una carpeta manila bajo el brazo.

—Detective Ramírez —se presentó—.

¿Pueden acompañarme?

Diego se puso de pie inmediatamente.

—Soy Diego Salazar, abogado de la señorita Montalbán y sus acompañantes.

Antes de cualquier interrogatorio, necesito aclarar que mis clientes están aquí voluntariamente para dar testimonio.

—Entiendo —dijo Ramírez con tono neutral—.

Pero igual necesito hablar con cada uno por separado.

Procedimiento estándar.

—Con abogado presente.

—Por supuesto.

—Ramírez miró al grupo—.

¿Quién va primero?

Camila se puso de pie.

—Yo.

La sala de interrogatorios era exactamente como Camila había imaginado.

Pequeña.

Mesa metálica atornillada al piso.

Dos sillas de un lado, una del otro.

Espejo unidireccional en la pared.

Una cámara en la esquina superior, su luz roja parpadeando.

Ramírez señaló la silla solitaria.

—Siéntese.

Camila lo hizo.

Diego se sentó a su lado.

Ramírez del otro lado de la mesa, abriendo su carpeta.

—Voy a grabar esto —dijo, presionando un botón en una grabadora—.

Detective Héctor Ramírez, interrogatorio a Camila Montalbán, presente su abogado Diego Salazar.

—Miró a Camila—.

Señorita Montalbán, ¿está aquí por voluntad propia?

—Sí.

—¿Entiende que puede irse en cualquier momento?

—Sí.

—¿Entiende que cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra?

—Sí.

Ramírez asintió, sacando una pluma.

—Bien.

Empecemos por el principio.

¿Cómo conoció a Patricia Ruiz?

Camila tomó una respiración profunda.

—Ella trabajaba para mi tío.

Alberto Montalbán.

Era su secretaria ejecutiva.

La conocía de vista, de años atrás cuando visitaba la oficina, pero nunca habíamos hablado realmente hasta hace poco.

—¿Y cuándo estableció contacto con ella?

—Hace aproximadamente una semana.

Ella me envió un email.

Anónimo al principio.

Decía que tenía información sobre mi tío que yo necesitaba ver.

—¿Y usted le creyó?

—No inmediatamente.

Pensé que podía ser una trampa.

Pero ella…

me envió una muestra.

Una grabación.

De mi tío hablando sobre…

—su voz se quebró—.

Sobre mi padre.

—¿Su padre?

—Rafael Montalbán.

Murió hace cuatro años.

De cáncer.

O eso me dijeron.

—¿Y la grabación decía otra cosa?

Camila asintió, las lágrimas comenzando a formarse.

—La grabación era de mi tío hablando con alguien por teléfono.

Ordenando que aceleraran la muerte de mi padre.

Que manipularan su tratamiento de quimioterapia para que muriera más rápido.

Ramírez dejó de escribir y la miró.

—¿Está diciendo que su padre fue asesinado?

—Sí.

Por mi tío.

Porque mi padre quería confesar.

Quería exponer todo lo que sabía antes de morir.

—¿Y Patricia tenía prueba de esto?

—Sí.

Esa grabación.

Y más.

Mucho más.

—¿Cuándo fue la última vez que se comunicó con ella?

—Hace cuatro días la vi en persona.

Me dijo que la evidencia completa estaba escondida en su casa, en una caja de seguridad.

Me dio instrucciones de cómo encontrarla.

Antes de eso recibí una llamada.

En mi celular.

Número desconocido.

—¿Quién llamó?

—No lo sé.

La voz estaba distorsionada.

Como procesada electrónicamente.

Me dijeron que si quería ver a Patricia viva, fuera a una dirección específica.

Una bodega en el distrito industrial.

Ramírez se inclinó hacia adelante.

—¿Y usted fue?

¿Sin llamar a la policía?

—Patricia me había advertido específicamente que no confiara en la policía.

Que algunos oficiales trabajaban para mi tío.

Y la persona que llamó dijo: «Sin policía o ella muere».

—¿Fue sola?

—No.

Fui con Diego y mis amigos.

No iba a ir completamente sola a una trampa obvia.

—Pero sí fue, sabiendo que era una trampa.

—Era la única manera de llegar a Patricia.

De ayudarla.

Ramírez escribió notas.

—¿Y qué encontraron en esa bodega?

Camila cerró los ojos, reviviendo el momento.

—Patricia.

Atada a una silla.

Golpeada.

Torturada.

Sangrando.

Apenas consciente.

—¿Había alguien más?

—Sí.

Dos hombres.

Uno estaba…

interrogándola.

Haciéndole cosas.

El otro hacía guardia afuera.

—¿Los conocía?

—No.

Nunca los había visto antes.

—¿Y qué pasó?

—Intentamos rescatarla.

Distrajimos al guardia de afuera.

Entramos.

Pero el hombre que estaba con Patricia nos vio.

Sacó un arma.

Apuntó.

Iba a disparar.

—¿Y?

—Empezamos a correr para no salir heridos.

—¿Y el otro hombre?

—No recuerdo muy bien los detalles, todo pasó demasiado rápido.

Estaba más preocupada por Patricia.

—¿Y qué pasó con ella?

La voz de Camila se quebró.

—Logramos desatarla.

Había recibido un disparo, tratamos de detener el sangrado.

Queríamos llevarla al hospital.

Pero ella…

ella nos detuvo.

Dijo que no había tiempo, que le habían obligado a consumir veneno y que necesitaba decirnos algo antes de que fuera demasiado tarde.

—¿Qué?

—Dónde estaba el resto de la evidencia.

La caja en su casa.

El código de seguridad.

Los nombres de las personas involucradas.

Todo lo que había recolectado durante quince años.

Nos lo dijo todo.

Y luego…

No pudo terminar.

—¿Y luego?

—Luego murió.

En mis brazos.

Antes de que pudiéramos hacer nada para salvarla.

Ramírez dejó que el silencio se extendiera por un momento.

Luego abrió su carpeta y sacó algo.

Fotos.

Las puso sobre la mesa boca abajo.

—Señorita Montalbán, voy a mostrarle algo.

Es gráfico.

¿Está preparada?

Camila asintió aunque su estómago se contrajo.

Ramírez volteó las fotos y el mundo de Camila se detuvo.

Era Patricia.

Sobre una mesa de acero en la morgue.

Su rostro hinchado, desfigurado.

Moretones por todas partes.

Cortes.

Quemaduras.

Peor de lo que recordaba en la penumbra de la bodega.

Camila sintió bilis subir por su garganta.

Se tapó la boca.

—¿Reconoce a esta mujer?

—preguntó Ramírez con voz neutral.

Camila solo asintió.

—Necesito que lo diga en voz alta para la grabación.

—Sí —logró susurrar—.

Es Patricia Ruiz.

Diego puso una mano en su hombro.

—Detective, mi cliente está cooperando voluntariamente.

No es necesario traumatizarla.

—Es necesario si quiero la verdad completa —respondió Ramírez—.

Estas fotos fueron tomadas hace dos días en la funeraria donde estaba guardado el cuerpo.

El Dr.

Esteban Villarreal fue asignado para realizar la autopsia preliminar.

Camila levantó la vista, limpiándose las lágrimas.

—¿Y qué dijo?

Ramírez sacó otro documento.

—Oficialmente, causa de muerte: traumatismo múltiple resultante en falla orgánica y shock hipovolémico.

En español: la golpearon hasta la muerte.

—Entonces admiten que fue asesinato, pero no dicen nada del veneno.

—El informe dice «traumatismo múltiple».

No especifica si fue asesinato, accidente o autoinfligido.

—¿Autoinfligido?

—Camila casi gritó—.

¡Mire esas fotos!

¡Nadie se hace eso a sí mismo!

—Las estoy mirando.

Y veo tortura.

Veo asesinato claramente.

—Ramírez se inclinó hacia adelante—.

Pero el Dr.

Villarreal ve otra cosa.

O eso dice su informe.

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir que hay inconsistencias sospechosas.

El informe describe las heridas como consistentes con tortura prolongada.

Pero luego concluye que no hay evidencia suficiente para determinar perpetrador específico.

También menciona que había trazas de sedantes en su sistema.

Como si alguien quisiera sugerir que tal vez fue un incidente relacionado con drogas.

—Eso es absolutamente ridículo.

—Lo sé.

He trabajado con el Dr.

Villarreal durante diez años.

—Ramírez hizo una pausa significativa—.

Sus informes siempre son…

convenientes.

Especialmente cuando ciertos nombres aparecen en los casos.

Camila sintió una chispa de esperanza.

—¿Entonces no confía en él?

—No dije eso.

Dije que he notado patrones.

—Pero lo está insinuando.

Ramírez la miró directamente a los ojos.

—Señorita Montalbán, llevo veinte años en este trabajo.

He visto casos que desaparecen de la noche a la mañana.

Evidencia que se pierde misteriosamente.

Testigos que cambian sus historias o desaparecen.

Y siempre, siempre, hay ciertos nombres que aparecen y hacen que todo se complique.

—Como Montalbán.

—Como Montalbán.

Y Salinas.

Y Valverde.

Y otros.

—Hizo una pausa—.

Aquí está mi problema.

Ustedes publicaron evidencia que, si es real, implica a algunas de las personas más poderosas del país en crímenes graves.

Pero esa evidencia fue obtenida ilegalmente.

Su testigo principal está muerta y no puede corroborar nada.

Y el forense encargado de la autopsia trabaja para la misma gente que ustedes están acusando.

—Entonces, ¿qué hacemos?

¿Nos rendimos?

—No.

Yo hago mi trabajo.

Investigo.

Busco más evidencia.

Corroboro lo que publicaron.

Y si es real, si puedo probarlo…

—¿Si puede probarlo?

—Entonces tal vez, solo tal vez, puedo construir un caso que realmente llegue a alguna parte.

Un caso que no puedan enterrar tan fácilmente.

Era una oportunidad.

Pequeña, frágil, pero una oportunidad.

—Pregunte lo que necesite —dijo Camila—.

Voy a cooperar completamente.

—¿Ustedes mataron a Patricia Ruiz?

—No.

Cuando llegamos ya estaba siendo torturada.

Intentamos salvarla.

—¿Por qué huyeron de la escena?

—Porque el otro hombre escapó.

Sabíamos que probablemente llamaría refuerzos.

Y teníamos la información que Patricia nos dio.

Necesitábamos mantenerla segura.

—¿Y fueron directamente a su casa?

¿A buscar la caja?

—Sí.

Esa misma noche.

—¿Forzaron la entrada?

—Sí.

—¿Vio alguien hacerlo?

Camila dudó.

—La hija de Patricia.

Daniela.

Estaba en casa.

Nos vio brevemente cuando salíamos con la caja.

Pero todo pasó muy rápido.

No hablamos con ella en ese momento.

—¿Por qué no?

—Porque teníamos miedo.

Miedo de que vinieran más hombres.

Miedo por nuestras vidas.

Fue cobarde, lo sé.

Pero estábamos aterrorizados.

Ramírez asintió, escribiendo notas.

—Voy a interrogar a sus acompañantes ahora.

Ver si sus historias coinciden con la suya.

Se puso de pie.

Camila y Diego también.

—Una cosa más —dijo Ramírez en la puerta—.

Las publicaciones que hicieron.

¿Todavía están en línea?

—Sí.

Y seguirán estándolo.

Aunque nos arreste.

Ramírez la estudió por un largo momento.

—Bien.

Porque si esto es real, si la mitad de lo que publicaron es verdad, van a necesitar toda la presión pública que puedan conseguir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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