Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Sombra que Fui - Capítulo 67

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. La Sombra que Fui
  4. Capítulo 67 - 67 Declaraciones cruzadas
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

67: Declaraciones cruzadas 67: Declaraciones cruzadas Camila salió de la sala de interrogatorios sintiéndose exhausta.

Como si hubiera corrido un maratón.

Los demás la miraron con preguntas en los ojos.

—¿Cómo fue?

—preguntó Lucía en voz baja.

—Difícil.

Pero creo que…

creo que podría estar de nuestro lado.

Tal vez.

—Lucía Moreno —llamó Ramírez desde la puerta—.

Usted es la siguiente.

Lucía apretó la mano de Camila antes de seguir al detective.

Diego fue con ella.

Camila se dejó caer en la silla.

Cerró los ojos, tratando de procesar todo.

Las fotos de Patricia seguían quemando en su mente.

Peores de lo que recordaba.

Más brutales a la luz del día que en la penumbra de la bodega.

—¿Te mostró las fotos?

—preguntó Julián en voz baja.

Camila asintió sin abrir los ojos.

—¿Malas?

—Peor.

No hablaron más.

El interrogatorio de Lucía tomó veinticinco minutos.

Cuando salió, se veía pálida pero controlada.

Ramírez la siguió, su expresión neutral.

—Julián Ortega.

Su turno.

Julián se puso de pie.

Intercambió una mirada con Camila antes de entrar.

Ella intentó darle una sonrisa reconfortante pero no estaba segura de haberlo logrado.

—¿Qué te preguntó?

—susurró Camila a Lucía cuando se sentó.

—Todo.

Desde el principio.

Cómo nos conocimos.

Por qué decidí ayudarte.

Qué vi en la bodega.

—Hizo una pausa—.

Me preguntó específicamente sobre Ana.

—¿Qué sobre Ana?

—Si confiaba en ella.

Si creía que nos había traicionado.

—¿Y qué dijiste?

—Que no lo sé.

—Lucía miró hacia donde Ana estaba sentada, abrazándose a sí misma—.

Que quiero creerle.

Pero que el spyware en su teléfono es sospechoso.

—Ella no sabía que lo tenía.

—¿Estás segura?

Camila no respondió porque no estaba segura de nada.

Julián salió treinta minutos después.

Su mandíbula estaba tensa, los puños apretados.

—¿Estás bien?

—preguntó Camila.

—Me preguntó sobre mi padre.

Sobre si yo sabía lo que hacía.

Si yo estaba involucrado.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad.

Que no sabía nada hasta que tú me lo contaste.

Que mi padre es un extraño para mí.

—Su voz era amarga—.

No estoy seguro de que me creyera.

—Sr.

Teo —llamó el detective.

Teo se levantó con el rostro marcado por la ansiedad.

El interrogatorio fue más corto.

Veinte minutos.

Cuando salió, se veía aliviado.

—¿Qué tal?

—preguntó Camila.

—Bien, creo.

Fui honesto.

Le conté todo exactamente como pasó.

—Se sentó con cuidado—.

Creo que me creyó.

O al menos no me acusó de mentir.

Finalmente quedaba Ana.

Había estado callada todo el tiempo, temblando ligeramente.

Cuando Ramírez dijo su nombre, casi saltó del susto.

—Srta.

Ana.

Por favor.

Ana se puso de pie con piernas temblorosas.

Miró a Camila con ojos de pánico puro.

—Va a estar bien —susurró Camila—.

Solo dile la verdad.

Ana asintió pero no parecía convencida.

Siguió al detective con pasos vacilantes.

Los minutos pasaron lentamente.

Diez.

Veinte.

Treinta.

—Está tardando mucho —murmuró Teo.

—Tal vez está siendo más detallado con ella —sugirió Julián—.

Es la última.

Pero Camila sentía algo mal en su estómago.

Una sensación de que algo estaba yendo muy mal allá adentro.

Cuarenta minutos.

Cincuenta.

—Algo está mal —dijo Lucía—.

No debería tardar tanto.

Finalmente, casi una hora después, la puerta se abrió.

Ana salió.

Tenía la cara roja, los ojos hinchados de llorar.

Caminó hacia ellos y se derrumbó en la silla, temblando violentamente.

—Ana, ¿qué pasó?

—preguntó Camila, arrodillándose frente a ella.

—Yo…

yo no pude…

—sollozó—.

Lo siento.

Lo siento tanto.

—¿Qué le dijiste?

—La verdad.

Todo.

El spyware.

Que me rastreaban sin que yo supiera.

Las llamadas amenazando a mi padre.

Y él…

él seguía preguntando.

Una y otra vez.

Si yo les dije dónde estábamos.

Si yo ayudé a que encontraran a Patricia.

—¿Y qué respondiste?

—¡Que no!

¡Que nunca!

Pero él no me creía.

Seguía diciendo que era demasiada coincidencia.

Que justo después de unirme al grupo, todo se complicó.

Que tal vez yo era el enlace sin saberlo.

O peor, que tal vez sí lo sabía.

Se cubrió la cara con las manos.

—Y entonces me preguntó sobre mi padre.

Dónde estaba.

Cuándo lo vi por última vez.

Y yo…

yo me derrumbé.

No podía parar de llorar.

Y él pensó que era porque estaba escondiendo algo.

Pero solo era porque no sé dónde está mi papá.

¡No sé si está vivo o muerto!

Ramírez salió después de ella.

Su expresión había cambiado.

Ya no era la amabilidad cautelosa de antes.

Ahora se veía serio, profesional, distante.

—Necesito hacer una llamada —dijo sin mirarlos directamente—.

Esperen aquí.

Se fue por el pasillo sin dar más explicaciones.

—Mierda —murmuró Diego—.

Esto no es bueno.

—¿Por qué?

—preguntó Lucía—.

Ana dijo la verdad.

—Sí, pero ahora el detective tiene motivo para dudar de toda nuestra historia.

Si Ana estaba siendo rastreada, si su padre está secuestrado, ¿cómo sabemos que no fue coaccionada para traicionarnos?

Aunque ella no lo supiera conscientemente.

—¡Yo no los traicioné!

—gritó Ana—.

¡Te lo juro, Camila!

—Lo sé —dijo Camila, aunque una pequeña voz en su cabeza susurraba dudas—.

Te creo.

Pero las palabras sonaban huecas incluso para sus propios oídos.

Esperaron.

Ramírez no regresaba.

Pasaron diez minutos.

Veinte.

—¿Qué está haciendo?

—preguntó Teo—.

¿Con quién está hablando?

—Probablemente con su superior —dijo Diego—.

Decidiendo qué hacer con nosotros.

—¿Puede arrestarnos?

—preguntó Lucía—.

Vinimos voluntariamente.

—Puede arrestarnos por múltiples cargos.

Allanamiento.

Robo.

Obstrucción de justicia.

Posesión ilegal de arma.

Homicidio, aunque sea en defensa propia.

—Entonces estamos jodidos —dijo Julián sin emoción.

Camila se levantó y caminó hacia la ventana.

Afuera, la ciudad continuaba con su vida normal.

Gente caminando.

Coches pasando.

El mundo girando como si nada extraordinario estuviera pasando.

Pero adentro de esta estación, su destino se estaba decidiendo.

Vio a Ramírez a través de una ventana interior.

Estaba en su oficina, hablando por teléfono.

Su lenguaje corporal era tenso.

A veces asentía.

A veces negaba con la cabeza.

Una vez golpeó su escritorio con la mano.

¿Con quién estaba hablando?

¿Su capitán?

¿El fiscal?

¿Alguien más?

¿Alguien que trabajaba para Alberto?

Ramírez colgó el teléfono.

Se quedó sentado por un momento, mirando la pared.

Luego se frotó la cara con las manos, como un hombre exhauasto que acaba de tomar una decisión que no quería tomar.

Se puso de pie y salió de su oficina.

Camila regresó rápidamente a su silla.

Todos se tensaron cuando Ramírez entró a la sala de espera.

—Siéntense todos —ordenó.

Ya estaban sentados, pero nadie lo corrigió.

Ramírez se quedó de pie frente a ellos, sus manos en los bolsillos.

Se veía cansado.

Más viejo que hace unas horas.

—Acabo de hablar con mi capitán —comenzó—.

Le expliqué la situación.

Las acusaciones que han hecho.

La evidencia que publicaron.

Y el hecho de que vinieron voluntariamente a dar testimonio.

Hizo una pausa.

El silencio era insoportable.

—Hay órdenes de arrestarlos.

El estómago de Camila cayó al piso.

—¿Qué?

—Diego se puso de pie—.

¿Bajo qué cargos específicos?

—Allanamiento de morada.

Robo de documentos privados.

Obstrucción de justicia.

Posesión ilegal de arma de fuego.

Homicidio.

—Ramírez los miró uno por uno—.

Suficientes cargos para mantenerlos en custodia mientras investigamos las acusaciones que han hecho.

—Esto es persecución política —dijo Diego con voz controlada pero furiosa—.

Mis clientes cooperaron voluntariamente.

Vinieron a ayudar con la investigación.

—Sus clientes rompieron múltiples leyes —interrumpió Ramírez—.

Independientemente de cuán noble fuera su intención, las leyes fueron rotas.

—Porque el sistema está corrupto —dijo Camila, poniéndose de pie también—.

Porque si hubiéramos seguido los canales apropiados, Patricia estaría muerta de todas formas y la evidencia habría desaparecido.

—Tal vez.

O tal vez no.

No podemos saberlo porque no lo intentaron.

—¿Entonces qué?

—preguntó Camila con voz temblorosa—.

¿Nos arresta y mi tío gana?

¿Eso es todo?

¿Veinte años como detective y va a dejar que esto pase?

Ramírez no respondió inmediatamente.

Miró a cada uno de ellos.

Luego suspiró profundamente.

—Tengo órdenes de arrestarlos.

Órdenes que vinieron de arriba.

Muy arriba.

—Hizo una pausa significativa—.

Pero hay un problema con esas órdenes.

—¿Qué problema?

—El problema es que necesito tiempo para «verificar la evidencia» antes de proceder con arrestos formales.

Eso es procedimiento estándar cuando hay esta cantidad de material involucrado.

Camila sintió una chispa de esperanza.

—¿Cuánto tiempo?

—Tal vez cuarenta y ocho si logro estirarlo.

Después de eso, no puedo detenerlo más sin levantar sospechas.

—¿Por qué haría eso?

—preguntó Julián—.

¿Por qué arriesgar su carrera por nosotros?

Ramírez lo miró directamente.

—Porque hace cinco años, mi hermano murió en un «accidente laboral» en una construcción.

Trabajaba para una empresa subsidiaria de Montalbán Corp.

El caso se cerró rápidamente.

Accidente.

Negligencia del trabajador.

Ninguna responsabilidad corporativa.

—Su voz se endureció—.

Pero yo vi el sitio.

Vi las violaciones de seguridad.

Vi cómo la empresa presionó a los testigos para que cambiaran sus historias.

Y no pude hacer nada porque no tenía evidencia suficiente.

Porque gente con poder lo enterró.

Hizo una pausa.

—Así que sí, señorita Montalbán, sé exactamente qué tan corrupto puede ser el sistema.

Y no voy a ser parte de enterrar otro caso.

No esta vez.

—¿Qué necesita de nosotros?

—preguntó Diego.

—Necesito ver toda la evidencia.

No solo lo que publicaron.

Todo.

Cada documento.

Cada grabación.

Cada foto.

Y necesito al que hizo las publicaciones digitales.

David, ¿verdad?

—No pudo venir —dijo Teo—.

Su tobillo está mal.

Pero podemos traerlo.

—Tráiganlo.

Mañana a primera hora.

Ocho de la mañana.

Y traigan todo.

—¿Y qué va a hacer con la evidencia?

—Mi trabajo.

Verificarla.

Autentificarla.

Ver qué puede sostenerse en corte y qué no.

Y si es sólida…

—dejó la frase sin terminar.

—¿Si es sólida?

—presionó Camila.

—Entonces voy a construir un caso.

Un caso real.

Con testimonios, cadena de custodia apropiada, procedimientos legales.

Un caso que no puedan enterrar tan fácilmente porque cada paso estará documentado y será legal.

Era más de lo que Camila había esperado.

Mucho más.

—Está bien.

Traeremos a David.

Con todo.

—Una cosa más.

—Ramírez sacó un papel de su bolsillo y se lo dio a Ana—.

Tu padre, busqué en todos los sistemas.

Prisiones, hospitales, morgues, arrestos recientes.

No hay ningún registro de él en los últimos cinco días.

Ana tomó el papel con manos temblorosas.

—¿Entonces dónde está?

—Si lo tienen, no está en ningún lugar oficial.

Lo cual significa que probablemente está en algún lugar privado.

Bodega, casa abandonada, propiedad privada.

—¿Cómo lo encontramos?

—No lo sé.

Pero si estas personas son tan organizadas como parecen, tienen lugares seguros.

Lugares donde pueden mantener a alguien sin que nadie haga preguntas.

—Miró a Ana con algo parecido a la compasión—.

Lo siento.

Sé que no es la respuesta que querías.

Ana empezó a llorar otra vez.

Lucía la abrazó.

Ramírez caminó hacia la puerta.

—No desperdicien su tiempo y tengan cuidado.

Mucho cuidado.

Si las personas que acusan son tan poderosas como dicen, van a contraatacar.

Fuerte.

—Ya lo hicieron —dijo Camila—.

Mi tío me visitó esta mañana.

Me dio un ultimátum.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que se fuera al infierno.

Ramírez casi sonrió.

Casi.

—Entonces prepárense para la guerra.

Porque eso es lo que viene.

Se fue, dejándolos ahí.

Por un momento nadie habló.

El peso de todo cayendo sobre ellos.

—¿Confías en él?

—preguntó finalmente Julián.

—No lo sé —admitió Camila—.

Pero es la única oportunidad que tenemos.

Diego revisó su reloj.

—Son las cuatro de la tarde.

Si llamamos a David ahora…

Su teléfono sonó.

Lo sacó, miró la pantalla y frunció el ceño.

—Es Mauricio.

Mi amigo.

Contestó.

—¿Mauricio?

¿Qué pasa?

Escuchó.

Su rostro se puso pálido.

—¿Estás seguro?

¿Cuándo?

—Más escucha—.

Está bien.

No hagas nada.

Ya voy.

Colgó.

—¿Qué pasó?

—preguntó Camila.

—El cuerpo de Patricia.

—Diego tragó saliva—.

La funeraria donde se hizo la autopsia fue allanada hace una hora.

Se llevaron el cuerpo.

—¿Quién?

—Oficiales.

Con una orden judicial.

Diciendo que el cuerpo necesitaba ser transferido al Instituto Médico Forense para análisis adicional.

—¿Análisis adicional?

—repitió Lucía—.

Pero ya hicieron la autopsia.

—Exactamente.

—Diego los miró—.

Alguien quiere el cuerpo bajo su control completo.

Y tengo la sensación de que no es por razones legítimas.

Camila sintió hielo en sus venas.

—Van a deshacerse de la evidencia.

Van a cremar el cuerpo o hacerlo desaparecer antes de que podamos solicitar una segunda autopsia independiente.

—Eso es lo que pienso también.

—Entonces tenemos que detenerlos.

Ahora.

—¿Cómo?

Ya se lo llevaron.

Camila pensó rápido.

—Ramírez.

Podemos pedirle que ponga una orden de no cremar.

Que preserve el cuerpo hasta que se complete la investigación.

—Si es que tiene ese poder —dijo Julián—.

Y si es que se lo permiten.

—Tenemos que intentarlo.

Es nuestra única oportunidad.

Corrieron de vuelta hacia donde Ramírez había ido.

Lo encontraron en su oficina, todavía en el teléfono.

Cuando los vio, colgó rápidamente.

—¿Qué pasó?

Camila le explicó rápidamente sobre el cuerpo y Ramírez maldijo en voz baja.

—Se están moviendo rápido.

Más rápido de lo que pensé.

—¿Puede detenerlos?

—Puedo intentar poner una orden de preservación de evidencia.

Pero si viene de arriba, si hay presión política…

—Inténtelo.

Por favor.

Ramírez asintió y levantó el teléfono otra vez.

Mientras marcaba, miró a Camila.

—Salgan de aquí.

Ahora.

Antes de que cambien de opinión sobre dejarlos ir.

—Pero…

—Ahora.

Vayan a un lugar seguro.

Y llamen a David.

Lo necesito aquí mañana sin falta.

No discutieron.

Salieron de la estación rápidamente y una vez afuera, el sol ya estaba bajando.

El cielo teñido de naranja y rojo.

—¿A dónde vamos?

—preguntó Ana.

—A mi apartamento —dijo Diego—.

Al menos por esta noche.

—¿Es seguro?

—Ningún lugar es seguro.

Pero es lo mejor que tenemos.

Subieron al coche.

Mientras Ana conducía, Camila miró hacia atrás, hacia la estación de policía.

A través de las ventanas iluminadas, podía ver la silueta de Ramírez todavía en su oficina.

Todavía en el teléfono.

Todavía peleando.

—Dios —murmuró—, espero que esté del lado correcto.

—Todos lo esperamos —dijo Lucía en voz baja.

Porque si no lo estaba, si Ramírez los había traicionado, entonces todo estaba perdido.

Y no había manera de saberlo hasta que fuera demasiado tarde.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo