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La Sombra que Fui - Capítulo 68

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  4. Capítulo 68 - 68 Refugio temporal
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68: Refugio temporal 68: Refugio temporal El apartamento de Diego era pequeño.

Un estudio en un tercer piso sin ascensor.

Sofá desgastado.

Cocina minúscula y una ventana que daba a un callejón oscuro.

Pero tenía puertas con cerradura y paredes sólidas, y en este momento, eso era suficiente.

Se acomodaron como pudieron.

Ana y Lucía en el sofá.

Teo en el piso con cojines.

Julián en una silla.

Camila junto a la ventana, mirando la calle abajo.

Diego preparaba café en la cocina.

Nadie hablaba mucho.

Todos estaban exhaustos, procesando lo que había pasado en la estación.

—Necesitamos llamar a David —dijo finalmente Diego, trayendo tazas—.

Tiene que estar aquí mañana a las ocho.

Con toda la evidencia.

Camila sacó su teléfono.

Marcó el número de David.

Sonó cuatro veces antes de que contestara.

—¿Camila?

¿Están bien?

He estado monitoreando todo.

Vi que entraron a la estación hace horas pero no han salido en las publicaciones…

—Estamos bien.

Por ahora.

—Camila puso en altavoz—.

David, necesitamos que vengas a la ciudad.

Mañana.

Temprano.

—¿Por qué?

¿Qué pasó?

Camila le contó todo lo que había ocurrido en la estación.

Tras escuchar lo sucedido hubo silencio al otro lado de la línea.

—Mierda —dijo finalmente David—.

Entonces van a deshacerse de la evidencia física.

Sin cuerpo, sin autopsia independiente.

—Por eso necesitamos que Ramírez vea todo lo que tenemos.

Toda la evidencia digital.

Necesita poder construir un caso que no dependa solo del cuerpo.

—¿Y confían en él?

—No tenemos opción.

—Esa no es una respuesta.

—Lo sé.

Pero es la única que tengo.

—Camila se frotó los ojos—.

¿Puedes venir?

—Mi tobillo todavía está mal pero…

sí.

Puedo conducir.

Saldré en una hora.

Llegaré como a las siete u ocho de la noche.

—Perfecto.

Te enviamos la dirección del apartamento de Diego.

—¿Y la evidencia?

¿Llevo todo?

—Todo.

La laptop.

Los archivos.

Las copias de respaldo.

Todo lo que Patricia nos dio.

—Entendido.

—David hizo una pausa—.

Camila, tengan cuidado.

Si confiscaron el cuerpo, significa que saben que estamos cerca.

Que estamos siendo una amenaza real.

—Lo sé.

—Y las amenazas reales no las dejan vivir.

—También lo sé.

Colgó.

Diego le pasó una taza de café.

Camila la tomó aunque no tenía hambre ni sed.

Solo necesitaba algo que hacer con las manos.

—¿Qué hacemos mientras esperamos a David?

—preguntó Teo.

—Descansar —dijo Diego—.

Comer algo.

Recuperar energía.

Mañana va a ser un día largo.

Pero nadie se movió.

Todos se quedaron donde estaban, perdidos en sus propios pensamientos.

Camila miraba por la ventana.

La calle abajo estaba tranquila.

Algunas personas caminando.

Un coche pasando ocasionalmente.

Todo normal.

Pero había un sedán negro estacionado al final de la cuadra.

Vidrios polarizados y el motor apagado.

—Diego —dijo en voz baja—.

Ese coche.

¿Siempre está ahí?

Diego se acercó a la ventana.

Miró.

—No.

Nunca lo había visto.

—¿Crees que nos siguieron?

—Probablemente.

Alberto sabe que estuvimos en la estación.

Probablemente tiene gente vigilando para ver a dónde fuimos después.

—Entonces saben que estamos aquí.

—Sí.

Pero no van a hacer nada.

Todavía.

Demasiado público.

Demasiados testigos potenciales.

Solo están…

observando.

Era inquietante.

Saber que alguien los estaba mirando.

Monitoreando.

Esperando.

—¿Y si entran?

—preguntó Ana con voz pequeña—.

Como hicieron con la casa de Patricia.

—No lo harán —dijo Julián—.

Todavía no.

Después de que publicamos todo, tienen que ser más cuidadosos.

Si algo nos pasa ahora, especialmente después de presentarnos en la estación, sería demasiado obvio.

—¿Entonces estamos seguros?

—No.

Pero estamos más seguros que ayer.

No era muy reconfortante pero era algo.

El tiempo pasó lentamente.

Diego ordenó comida.

Pizza.

Nadie tenía mucho apetito pero comieron de todas formas porque necesitaban la energía.

Mientras comían, Lucía rompió el silencio que había estado colgando sobre ellos.

—Ana.

Necesitamos hablar sobre el spyware.

Ana dejó su pedazo de pizza.

—Ya les dije.

No sabía que estaba ahí.

—¿Pero cómo llegó a tu teléfono?

—No lo sé.

Tal vez cuando secuestraron a mi papá.

Estuve inconsciente por un momento.

Cuando desperté, mi teléfono estaba en el piso junto a mí.

—¿Y no notaste nada raro después?

¿Batería descargándose más rápido?

¿Calentándose?

—Yo…

no lo sé.

No estaba prestando atención a eso.

Estaba más preocupada por mi padre.

Lucía la estudió.

—¿Y las llamadas?

Dijiste que te llamaban amenazando a tu padre.

—Sí.

Tres veces.

Siempre número bloqueado.

Siempre voz distorsionada.

—¿Y qué te decían exactamente?

—Que tenían a mi papá.

Que si quería verlo vivo otra vez, tenía que mantenerme callada.

No decirles nada a ustedes sobre las llamadas.

Seguir actuando normal.

—¿Te pidieron que nos traicionaras?

¿Que les dijeras dónde estábamos?

Ana negó con la cabeza enfáticamente.

—No.

Nunca me pidieron información.

Solo que me quedara callada.

Que no les dijera que me estaban contactando.

—¿Y no lo hiciste?

—¡No!

Bueno, al principio no.

Tenía miedo.

Pero después…

después le conté a Camila.

En la cabaña.

¿Recuerdan?

Camila asintió.

—Es verdad.

Me contó sobre las llamadas.

—Entonces si el spyware estaba rastreándonos —dijo Julián lentamente—, no era porque Ana les estaba dando información activamente.

Era porque el teléfono mismo estaba transmitiendo nuestra ubicación.

—Exactamente —dijo Ana—.

Por eso cuando lo descubrimos, lo apagué.

Lo dejé en la cabaña.

—¿Está todavía ahí?

—Sí.

No me atreví a prenderlo de nuevo.

Lucía se relajó un poco.

—Está bien.

Te creo.

Lo siento por dudar.

—No.

—Ana negó con la cabeza—.

Está bien.

Yo también dudaría de mí en su lugar.

Un momento de silencio incómodo.

—Entonces —dijo Teo—, si nos rastrearon a través del teléfono de Ana, ¿cómo supieron dónde encontrar a Patricia?

Ella no estaba presente.

Todos se miraron.

—Buena pregunta —dijo Diego—.

¿Cómo supieron?

—Tal vez rastrearon los emails de Patricia —sugirió Camila—.

Si su cuenta de correo estaba comprometida, pudieron ver nuestras comunicaciones.

—O tal vez la seguían físicamente —dijo Julián—.

Si sospechaban de ella, pudieron haber puesto vigilancia.

Visto con quién se reunía, aunque fuera digitalmente.

—O alguien más en su oficina la delató —añadió Lucía—.

Patricia era secretaria de Alberto.

Trabajaba rodeada de gente leal a él.

Si alguien la vio actuando sospechosamente, revisando archivos que no debería…

Todas eran posibilidades.

Y no había forma de saber cuál era la correcta.

—No importa cómo nos encontraron —dijo finalmente Camila—.

Lo importante es que nos encontraron.

Y van a seguir encontrándonos hasta que esto termine.

—¿Y cómo termina?

—preguntó Ana—.

¿Con todos nosotros muertos?

¿Con Alberto en prisión?

¿Cómo?

—No lo sé —admitió Camila—.

Pero tiene que terminar.

De una forma u otra.

El teléfono de Diego sonó.

Todos saltaron.

Lo contestó.

—¿Sí?

—Escuchó.

Su rostro se puso serio—.

Entiendo.

Gracias por avisarme.

Colgó.

—¿Quién era?

—preguntó Camila.

—Ramírez.

Tiene noticias.

Ninguna buena.

—¿Qué pasó?

—Intentó poner la orden de preservación del cuerpo.

Su capitán la bloqueó.

Dijo que no había justificación legal suficiente.

—¿Qué significa eso?

—Significa que el cuerpo de Patricia va a ser cremado.

Mañana por la mañana.

A las seis.

—No.

—Camila se puso de pie—.

No pueden hacer eso.

Es evidencia.

Es…

—Pueden y lo van a hacer —interrumpió Diego—.

Y no hay nada que Ramírez pueda hacer para detenerlo.

Las órdenes vienen de demasiado arriba.

—Entonces vamos ahí.

Al instituto forense.

Protestamos.

Hacemos una escena.

Algo.

—¿Y qué va a lograr eso?

—preguntó Julián—.

Nos arrestan por obstrucción.

Y el cuerpo se crema de todas formas.

—¡Entonces qué hacemos?

¿Nos rendimos?

—No nos rendimos —dijo Diego con calma—.

Ajustamos la estrategia.

Sin el cuerpo, dependemos completamente de la evidencia digital.

Por eso es crucial que David llegue mañana con todo intacto.

—¿Y si la evidencia digital no es suficiente?

—Tiene que serlo.

Porque es todo lo que nos queda.

Camila se dejó caer en el sofá, sintiéndose derrotada.

Patricia había muerto para proteger esa evidencia.

Y ahora su cuerpo iba a ser destruido antes de que pudieran usarlo para probar cómo murió realmente.

Era como si cada paso adelante viniera con dos pasos atrás.

—Hay más —dijo Diego en voz baja—.

Ramírez también me avisó que los abogados de Alberto ya presentaron contrademandas.

Contra todos nosotros.

—¿Por qué cargos?

—Difamación.

Daño reputacional.

Invasión de privacidad.

Robo.

Están buscando compensación financiera.

Millones de dólares.

—No tenemos millones.

—Lo saben.

El punto no es ganar dinero.

El punto es enterrarnos en procesos legales.

Hacernos gastar recursos en defendernos en lugar de atacarlos a ellos.

Era una estrategia clásica.

Ahogar al enemigo en litigios hasta que se rinda por agotamiento.

—¿Y qué hacemos?

—Peleamos.

En cada frente.

—Diego los miró a todos—.

Esto es guerra ahora.

Y en la guerra, no gana el lado con más recursos.

Gana el lado que se niega a rendirse.

Sonaba bien, inspirador.

Pero Camila podía ver el cansancio en los ojos de todos.

El miedo.

La duda.

¿Cuánto tiempo podrían seguir peleando antes de quebrarse?

El timbre del apartamento sonó.

Todos se tensaron.

—¿David?

—preguntó Lucía—.

¿Tan rápido?

Diego miró su reloj.

—Son las siete y media.

Es posible si manejó rápido.

Se acercó al intercomunicador.

—¿Quién es?

—Soy yo.

David.

Déjenme subir.

Mi tobillo está matándome.

Diego presionó el botón.

Escucharon pasos subiendo las escaleras.

Lentos.

Cojeando.

Abrió la puerta.

David entró, arrastrando su pierna mala.

Llevaba una mochila grande sobre su hombro y una laptop bajo el brazo.

—Hola a todos.

Bonita fiesta.

A pesar de todo, Camila sonrió.

David siempre intentando aligerar el ambiente.

—¿Cómo está tu tobillo?

—Horrible.

Pero funcional.

—Se dejó caer en el sofá junto a Ana—.

¿Entonces?

¿Qué me perdí?

Le contaron todo.

David escuchó en silencio, su expresión poniéndose más seria con cada detalle.

—Entonces mañana a las ocho, llevamos todo a Ramírez —resumió cuando terminaron—.

Y esperamos que sea honesto y que pueda hacer algo con la evidencia.

—Básicamente, sí.

—Y si no puede, o si nos traiciona, estamos jodidos.

—También básicamente sí.

David asintió lentamente.

—Bueno.

Sin presión entonces.

Abrió su mochila y sacó tres discos duros externos.

—Traje todo.

Cada archivo.

Cada grabación.

Cada documento.

Todo respaldado tres veces en diferentes formatos.

—¿Y la laptop?

—Tiene todo también.

Organizado.

Etiquetado.

Listo para presentar.

—Buen trabajo.

David se encogió de hombros.

—Es lo que hago.

—Miró a Camila—.

¿Y tú?

¿Cómo estás?

Era una pregunta simple pero Camila sintió que su control se resquebrajaba.

—Cansada.

Asustada.

Enojada.

—Su voz se quebró—.

Patricia está muerta.

Su cuerpo va a ser destruido.

Y siento que no importa qué hagamos, ellos siempre están un paso adelante.

David se acercó y la abrazó.

No dijo nada.

Solo la sostuvo mientras ella temblaba.

Los demás miraron hacia otro lado, dándoles privacidad.

Después de un momento, Camila se separó, limpiándose los ojos.

—Lo siento.

No debería…

—Cállate —dijo David gentilmente—.

Tienes derecho a sentir.

No tienes que ser fuerte todo el tiempo.

—Pero si yo no soy fuerte, ¿quién lo será?

—Todos nosotros.

Juntos.

—Miró al grupo—.

Nadie tiene que cargar esto solo.

Era un bonito sentimiento.

Camila quería creerlo.

Pero en el fondo sabía que ella había empezado esto.

Había arrastrado a todos a este desastre.

Y si algo les pasaba, sería su culpa.

—Deberíamos dormir —dijo Diego—.

Mañana va a ser un día muy largo.

Se acomodaron como pudieron.

Diego ofreció su cama a las chicas.

Ellas insistieron en que él la tomara ya que era su apartamento.

Finalmente acordaron turnos.

Algunos dormirían primero, otros después.

Camila tomó el primer turno de sueño pero no podía dormir.

Se quedó acostada en la oscuridad, escuchando la respiración de los demás.

Afuera, el sedán negro seguía ahí.

Esperando.

Vigilando.

Eventualmente, el agotamiento la venció.

Cayó en un sueño inquieto lleno de pesadillas.

Patricia atada a la silla.

Su padre en la cama del hospital.

Daniela llorando sobre el cuerpo de su madre.

Alberto sonriendo.

Siempre sonriendo.

Despertó sobresaltada en la madrugada tras sentir a Diego tocando su mano queriendo consolarla.

Sudando y con el corazón acelerado.

Miró su teléfono, eran las 4:30 AM.

En dos horas y media, estarían cremando a Patricia.

Y no había nada que pudieran hacer para detenerlo.

Se levantó silenciosamente y fue a la ventana.

La calle estaba vacía ahora.

Incluso el sedán negro se había ido.

Pero Camila sabía que volverían.

Siempre volvían.

Diego se acercó por detrás, también incapaz de dormir.

—¿No puedes dormir?

—No.

—Yo tampoco.

Se quedaron ahí, mirando la ciudad despertar lentamente.

Luces prendiéndose a través de las ventanas y los primeros coches fueron apareciendo en las calles.

Ambos se sentían cómodos en la presencia del otro, por lo que hablaron de la situación que estaba ocurriendo.

En un momento, Camila no pudo evitar preguntar:  —¿Crees que va a funcionar?

—preguntó Camila—.

¿Darle todo a Ramírez?

—No lo sé.

Pero es nuestra mejor oportunidad.

—¿Y si no es suficiente?

Diego no respondió inmediatamente.

—Entonces seguimos peleando.

De otra forma.

Pero no nos rendimos.

Camila asintió, aunque no estaba segura de creerlo.

A las 6:00 AM, Camila imaginó el cuerpo de Patricia entrando al crematorio.

Las llamas consumiéndolo.

Toda evidencia física desapareciendo en cenizas.

Una lágrima cayó por su mejilla.

—Lo siento, Patricia —susurró—.

Intentamos.

Dios, intentamos.

A las 7:00 AM, todos estaban despiertos.

Preparándose.

David organizando la evidencia.

Diego revisando argumentos legales.

Los demás simplemente esperando.

A las 7:45 AM, salieron del apartamento.

Todos juntos.

Cargando la laptop y los discos duros.

Rumbo a la estación de policía.

El sedán negro estaba de vuelta.

Siguiéndolos a distancia discreta.

—Nos siguen otra vez —observó Teo.

—Déjalos —dijo Camila—.

Ya no importa.

Llegaron a la estación a las 7:58 AM.

Dos minutos antes.

Ramírez los estaba esperando en la entrada.

Se veía peor que ayer.

Más cansado.

Más viejo.

Como si no hubiera dormido nada.

—Buenos días —dijo—.

¿Trajeron todo?

David levantó la laptop y la mochila.

—Todo está aquí.

—Bien.

Síganme.

Los llevó a una sala de conferencias.

Más grande que la de interrogatorios.

Mesa larga.

Sillas alrededor.

Pantalla en la pared.

—Muéstrenme —dijo Ramírez—.

Empiecen desde el principio.

Y no se salten nada.

David abrió la laptop y empezó a hablar.

Y así comenzó la presentación que podría salvar sus vidas.

O terminarlas completamente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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