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La Sombra que Fui - Capítulo 69

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  4. Capítulo 69 - 69 Memoria enterrada POV Diego
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69: Memoria enterrada (POV Diego) 69: Memoria enterrada (POV Diego) Diego no podía dormir.

El apartamento estaba cubierto por un silencio espeso, apenas interrumpido por el zumbido lejano del refrigerador y el sonido irregular de su propia respiración.

Permanecía sentado en el suelo, recostado contra la pared, con la espalda rígida y los pensamientos inquietos.

Frente a él, Camila dormía en el sofá, si es que puede llamarse dormir a ese estado tenso en el que su cuerpo parecía prepararse para defenderse incluso en sueños.

Tomaba pequeñas bocanadas de aire, fruncía el ceño, se encogía como si quisiera desaparecer dentro de sí misma.

Era imposible no mirarla.

Sacó su teléfono.

Eran las 2:47 AM, pero él no lo había prendido para ver la hora.

Lo había encendido para mirar la fotografía que guardaba ahí desde hacía años; una imagen desgastada que siempre evitaba, aunque en noches como esta terminaba buscándola.

No mostraba ataúdes ni tragedias, sino justamente lo contrario.

En ella aparecía él, con apenas ocho años, riendo con la boca llena de chocolate mientras perseguía una burbuja que estaba a punto de estallar contra su nariz.

Su madre reía detrás de él, capturada en un gesto lleno de amor, mientras su padre tomaba la foto, seguramente a segundos de llamarlo «torbellino».

Esa foto no lo hería, pero sí lo desarmaba.

Le recordaba lo que había perdido, y al mismo tiempo todo aquello que había aprendido a proteger.

Y, de alguna forma que él todavía no lograba entender, esa necesidad de proteger lo había traído hasta aquí, hasta esta madrugada silenciosa, en la que Camila dormía a pocos metros de distancia.

Dieciocho años atrás, el velorio había sido en la Funeraria San Miguel, un lugar elegante y brillante que contrastaba de manera hiriente con la tragedia que intentaba contener.

Diego recordaba el murmullo de voces desconocidas, el aroma sofocante de flores demasiado frescas y el peso del traje nuevo que lo hacía sentir disfrazado de adulto.

Por más que la gente repitiera la palabra «accidente», esa explicación jamás logró volverse lógica para él.

Había pasado horas escuchando frases vacías: «lo siento mucho», «eran buenas personas», «fue muy inesperado».

Todos lo miraban desde arriba, como si no supieran cómo comportarse frente a un niño que acababa de quedarse solo.

Lo tocaban en la cabeza, le daban palmaditas torpes, murmuraban promesas que no iban a cumplir.

A ojos de todos, era un adorno incómodo dentro de una tragedia que les pertenecía solo en apariencia.

Y, sin embargo, todo cambió cuando ella apareció.

Camila.

Una niña de coletas torcidas, vestido negro que no le quedaba y ojos demasiado conscientes para su edad.

Caminaba de la mano de su padre, quien la soltó con suavidad para que avanzara sola hacia Diego.

Ella no evitó mirarlo; por el contrario, lo observó con una mezcla de comprensión y valentía que ningún adulto había tenido con él.

Al acercarse, permaneció en silencio unos segundos, hasta que finalmente preguntó: —¿Te duele?

La pregunta, que en cualquier otro contexto habría sonado absurda, cayó en él como un reconocimiento.

Por primera vez en todo el día, Diego respondió: —Sí.

Mucho.

Ella asintió sin dramatismo, sin frases decoradas.

Simplemente validó su dolor.

Luego, intentando ofrecer consuelo, mencionó la muerte de su perro, una comparación torpe que, sorprendentemente, no le resultó ofensiva.

No porque un perro equivaliera a unos padres, sino porque Camila no pretendía minimizar nada; solo estaba buscando una manera, la que fuera, de acercarse a su dolor.

Cuando ella dijo que las personas que amamos viven en nuestro pecho mientras las recordemos, algo se quebró dentro de él de una forma inevitable.

Las lágrimas que había reprimido todo el día lo inundaron sin permiso, y ella no huyó, ni lo miró con pena, ni llamó a ningún adulto.

En vez de eso, lo abrazó.

La calidez de ese abrazo —tímido, frágil, pero decidido— había sido suficiente para sostenerlo en su peor momento.

Diego nunca olvidó la sensación de ser visto.

De no estar solo.

Recordaba cuando ella preguntó si podían ser amigos y cómo él, sin entender por qué una niña con una vida aparentemente perfecta querría acercarse a un niño recién huérfano, aceptó.

Esa había sido la última vez que la vio durante años.

Presente Diego parpadeó, volviendo lentamente al apartamento.

Camila seguía dormida, acurrucada en una postura que mezclaba vulnerabilidad y cansancio.

Aunque ella no recordaba aquel funeral, Diego jamás logró olvidar ese día, porque había marcado un antes y un después en su vida.

Y aunque durante su adolescencia y juventud se empeñó en enterrar recuerdos para poder sobrevivir, Camila siempre había quedado en un rincón cálido, inalterable.

La vida los había separado durante más de una década, pero el destino volvió a cruzarlos con brutalidad.

Cuando ella apareció por primera vez en televisión hablando de una corrupción que había sido enterrado durante años, él no la reconoció de inmediato, pero le llamó la atención la valentía con la que se había parado frente a toda esa multitud hablando de temas tan controversiales.

De repente, al mencionar la Corporación Montalbán, los recuerdos inundaron su mente.

Ya no era la niña de coletas; era una mujer marcada por dudas, lealtades rotas y una necesidad desesperada de verdad.

Sin embargo, sus ojos… esos ojos tristes, fuertes y honestos, él los habría reconocido en cualquier vida.

A ella le tomó solo unos minutos contarle al mundo lo que estaba viviendo; a él le tomó exactamente esos mismos minutos decidir que debía ayudarla.

No por obligación profesional, sino porque algo mucho más antiguo y profundo lo empujó a hacerlo.

Y en el proceso, casi sin notarlo, Diego se había enamorado de ella.

No del recuerdo.

No de la niña del funeral.

Sino de la mujer que peleaba por justicia incluso cuando todo parecía perdido.

Pero eso aún no podía decírselo.

No cuando ella lo necesitaba como abogado, como ancla, como la única persona en quien podía confiar sin reservas.

Confesarle sus sentimientos ahora sería egoísta, sería cargarla con un peso emocional que no necesitaba mientras cargaba con la culpa de la muerte de Patricia, el miedo por su propia vida y la responsabilidad de exponer a su propio tío.

Así que Diego hacía lo único que podía hacer: quedarse.

Protegerla.

Guiarla a través del laberinto legal que amenazaba con devorarlos a todos.

Y esperar, aunque no supiera exactamente qué estaba esperando.

Él observó cómo Camila se movía inquieta en el sofá, murmurando algo ininteligible.

Probablemente una pesadilla.

Él quería acercarse, despertarla, rescatarla de esos demonios nocturnos.

Pero se quedó donde estaba, porque tocarla en momentos así se sentía como cruzar una línea invisible que se había trazado a sí mismo.

La línea entre ser su abogado y ser algo más.

La línea entre protegerla profesionalmente y amarla.

Porque la amaba.

Con una intensidad que lo asustaba.

Se había enamorado de su determinación feroz, de cómo se negaba a rendirse incluso cuando cada puerta se cerraba en su cara.

De cómo cargaba la culpa como si fuera su cruz personal, aunque ninguno de los crímenes de su familia tuviera que ver con ella.

De cómo lloraba por Patricia como si hubiera perdido a su propia madre, cuando en realidad apenas la había conocido.

Se había enamorado de su vulnerabilidad disfrazada de fortaleza, de las grietas en su armadura que solo él parecía ver.

De la manera en que confiaba en él completamente, sin dudas, sin reservas, incluso cuando el mundo entero le daba razones para no confiar en nadie.

Y eso lo aterraba.

Porque Diego sabía que las personas en quienes Camila confiaba terminaban muertas.

Su padre.

Patricia.

Probablemente pronto todos ellos.

Miró su reloj.

3:15 AM.

Todavía faltaban horas para el amanecer, horas que se sentían eternas.

Se permitió seguir observándola.

La curva de su mejilla.

El mechón de cabello que había caído sobre su rostro.

La manera en que sus dedos se aferraban al borde de la manta como si fuera un salvavidas.

Recordó la primera vez que la había visto llorar, después de encontrar la grabación donde su tío ordenaba acelerar la muerte de su padre.

Se había derrumbado, sollozando con una desesperación que había roto algo dentro de él.

Y cuando la abrazó, cuando dejó que llorara contra su hombro, sintió algo que no había sentido en años: Propósito.

No el propósito vacío de ganar casos o acumular victorias legales.

Sino el propósito real de proteger a alguien que importaba.

De ser la última línea de defensa entre ella y las personas que querían destruirla.

Tal vez era enfermizo.

Tal vez estaba proyectando.

Tal vez todo esto era solo su mente tratando de darle sentido a una conexión que había comenzado hace dieciocho años con un abrazo en un funeral.

Pero no le importaba.

Porque por primera vez desde la muerte de sus padres, Diego sentía que había una razón para levantarse cada mañana.

Una razón para pelear.

Una razón para arriesgar todo.

Y esa razón tenía nombre: Camila.

Se preguntó qué pasaría cuando todo esto terminara.

Si es que terminaba.

Si sobrevivían, si lograban exponer a Alberto y al resto del consejo, si la justicia realmente prevalecía…

¿qué vendría después?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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