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La Sombra que Fui - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 El muro de arte y silencio
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7: El muro de arte y silencio 7: El muro de arte y silencio El departamento de Arte era otro universo.

Si la facultad de Derecho olía a ambición y papel sellado, esta olía a aguarrás, arcilla húmeda y la libertad caótica de la creación.

Los pasillos no estaban impecables; estaban salpicados de manchas de pintura y las paredes cubiertas de lienzos, fotografías y esculturas extrañas que parecían gritar o susurrar historias.

Camila se sentía como una intrusa en su propio campus.

Su ropa, un conjunto sobrio de pantalón y blusa, contrastaba con los vaqueros rotos, las camisetas manchadas y el cabello de colores que la rodeaban.

Nadie le prestó atención, demasiado absortos en sus propios mundos.

En la oficina del departamento, una secretaria con gafas y un humor ácido le permitió, a regañadientes, echar un vistazo a la lista de estudiantes de último año.

Allí estaba: «Sofía de la Torre.

Especialidad: Escultura».

No había foto.

Solo un nombre y un horario de taller.

Camila se dirigió al estudio de escultura, un enorme depósito con techos altos y ventanales que inundaban el espacio de luz.

El lugar era un campo de batalla de formas: torsos de metal, figuras de yeso cubiertas con sábanas como fantasmas, y proyectos a medio terminar que parecían esqueletos de criaturas imposibles.

En el centro del salón, de espaldas a la puerta, una joven trabajaba con una intensidad febril.

Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño desordenado, del que se escapaban varios mechones rebeldes.

Estaba cubierta de polvo blanco y golpeaba con un cincel una gran pieza de mármol negro.

Camila se acercó con cautela, sin querer interrumpir la concentración casi violenta con la que trabajaba.

La escultura era abstracta, una maraña de formas afiladas y rotas que parecían luchar por liberarse de la piedra.

Era hermosa y dolorosa a la vez.

En la base de la obra, una pequeña placa de metal tenía un título grabado: «Lo que queda».

—¿Sofía de la Torre?

—preguntó Camila, su voz sonando extrañamente formal en aquel caos creativo.

La joven se detuvo, el eco del último golpe del martillo flotando en el aire.

Se giró lentamente.

Tenía un rostro delgado, pálido, y unos ojos grandes y oscuros que la analizaron con una desconfianza inmediata.

Eran ojos que parecían haber visto demasiado.

—¿Quién pregunta?

—Su voz era grave, teñida de cansancio.

—Mi nombre es Camila Montalbán.

El efecto fue instantáneo.

La poca calidez que pudiera haber en la mirada de Sofía se congeló, convirtiéndose en hielo puro.

Dejó el martillo y el cincel sobre una mesa con un ruido sordo.

—Montalbán —repitió el nombre como si fuera veneno—.

¿Qué quiere la hija del rey en el taller de los plebeyos?

La hostilidad era un muro.

Camila sintió la tentación de retroceder, pero la imagen de su propia ruina, de su futuro robado, la ancló al suelo.

—Quería hacerte unas preguntas.

Sobre tu padre, Alejandro de la Torre.

Sofía soltó una risa amarga y corta.

Se cruzó de brazos, creando una barrera física entre ellas.

—¿Mi padre?

¿Qué interés puede tener una Montalbán en un fantasma?

Que yo sepa, tu familia es experta en borrarlos de la historia, no en desenterrarlos.

—Eso es lo que intento cambiar —dijo Camila, manteniendo la calma—.

Estoy investigando los primeros años de la corporación.

La historia real.

Sé que tu padre fue cofundador.

—Fue el alma de esa empresa —la corrigió Sofía, su voz temblando con una furia contenida—.

Y a cambio, lo destruyeron.

Le quitaron todo y lo desecharon como si fuera basura.

Así que, perdóname si no tengo ganas de tomar el té y recordar los viejos tiempos contigo.

Se giró, dando por terminada la conversación, y recogió de nuevo sus herramientas.

—Por favor, Sofía.

No soy como ellos —suplicó Camila, dando un paso al frente—.

Mi padre también… —No te atrevas —la interrumpió Sofía, sin mirarla—.

No te atrevas a comparar a tu padre, el gran Rafael Montalbán, con el mío.

Tu padre construyó un imperio.

El mío acabó con las manos vacías y el corazón roto.

Ahora, si me disculpas, tengo trabajo que hacer.

El martillo volvió a golpear la piedra, cada impacto era como un punto final.

Un portazo en la cara de Camila.

Derrotada, dio media vuelta y salió del taller.

El muro que Sofía había levantado era demasiado alto, demasiado grueso.

Estaba hecho de años de dolor y resentimiento, y Camila no tenía herramientas para derribarlo.

No todavía.

Mientras caminaba por el pasillo, su teléfono móvil vibró en el bolsillo.

Era su madre.

—¿Camila?

—la voz sonaba tensa, gélida—.

Tu primo Esteban me ha dicho que no solo no lo ayudaste, sino que fuiste grosera con él.

Y me entero por tu tío que te has cambiado de carrera a Derecho sin consultar a nadie.

¿Se puede saber qué te pasa?

Camila cerró los ojos, apoyando la frente contra la pared fría del pasillo.

La presión venía de todos lados.

—Estoy decidiendo mi propio futuro, mamá.

—Tu futuro es la empresa familiar, y para eso necesitas las herramientas adecuadas, no caprichos de niña rebelde.

Esta noche hay cena en casa de tu tío.

Vas a venir.

Y te vas a disculpar con Esteban.

Y vamos a hablar seriamente sobre tu comportamiento.

No era una petición.

Era una orden.

—Estaré allí —dijo Camila, con una voz desprovista de emoción, y colgó antes de que su madre pudiera añadir nada más.

Se quedó inmóvil un momento, el eco de los martillazos de Sofía y la voz helada de su madre resonando en su cabeza.

Estaba sola, rodeada de enemigos y de muros de silencio.

Levantó la vista.

Al otro lado del patio central del campus, cerca de la entrada de la biblioteca, vio una figura familiar.

Julián estaba hablando con un par de compañeros, pero su mirada estaba fija en el edificio de Arte.

Fija en la puerta por la que ella acababa de salir.

No la estaba mirando a ella directamente, pero era obvio que la había visto.

Una leve sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.

Camila sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Él no sabía nada.

No podía saberlo.

Pero estaba observando.

Estaba conectando puntos.

Y cada movimiento que ella hacía, cada pieza que intentaba mover en su tablero, él lo estaba registrando.

La partida de ajedrez había comenzado mucho antes de lo que ella pensaba.

Y Julián, se dio cuenta con una claridad aterradora, no era un peón, era el otro rey en el tablero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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