La Sombra que Fui - Capítulo 70
- Inicio
- Todas las novelas
- La Sombra que Fui
- Capítulo 70 - 70 Actitud dudosa POV Diego
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
70: Actitud dudosa (POV Diego) 70: Actitud dudosa (POV Diego) Diego desvió la mirada de Camila hacia el otro lado del apartamento, donde Julián dormía en una silla, cabeza echada hacia atrás, brazos cruzados sobre el pecho.
Incluso dormido mantenía esa postura defensiva que Diego había notado desde el primer día.
Tensa.
Cerrada.
Como si estuviera listo para saltar y defenderse en cualquier momento.
Julián Ortega.
Diego no podía evitar la incomodidad que sentía cada vez que lo miraba.
No era nada específico, nada que pudiera articular en palabras o presentar como evidencia en una corte.
Solo una sensación persistente, el instinto de abogado que había aprendido a no ignorar después de años de leer lenguaje corporal en salas de interrogatorio.
Había algo en Julián que no terminaba de cuadrar.
La manera en que había aparecido en el momento justo, ofreciendo ayuda cuando más la necesitaban.
La forma en que siempre parecía saber un poco más de lo que debería.
Las miradas que intercambiaba con Camila cuando pensaba que nadie lo notaba, cargadas de algo que Diego no lograba descifrar del todo.
¿Protección?
¿Interés?
¿Algo más oscuro?
Diego se reprendió mentalmente.
Tal vez estaba siendo paranoico.
Tal vez sus propios sentimientos por Camila estaban nublando su juicio, haciéndole ver amenazas donde no las había.
Después de todo, Julián había arriesgado tanto como cualquiera de ellos.
Había estado en la bodega cuando rescataron a Patricia.
Había escapado con ellos.
Había estado escondido en la cabaña.
Pero eso era precisamente lo que incomodaba a Diego.
Julián había estado ahí en todos los momentos críticos.
Siempre cerca.
Siempre observando.
Diego recordó la conversación en la cabaña, días atrás, cuando Julián había sugerido que se entregaran a las autoridades.
Lo había planteado como la opción lógica, la más segura.
Y técnicamente tenía razón.
Pero había algo en la forma que lo dijo, en el énfasis que puso, que había hecho que las alarmas de Diego se dispararan.
Como si quisiera que los arrestaran.
O tal vez Diego solo estaba proyectando.
Tal vez estaba buscando enemigos donde no los había porque no podía soportar la idea de que Camila confiara en alguien que no fuera él.
Eso también era posible.
Y honestamente, era igual de preocupante.
Diego observó cómo Julián se movía ligeramente, acomodándose en la silla sin despertar.
Su rostro estaba relajado en el sueño, más joven de lo que parecía despierto.
Sin esa máscara de dureza que siempre llevaba puesta.
¿Quién era realmente Julián Ortega?
Diego había hecho investigaciones básicas, por supuesto.
Lo había hecho con todos desde el principio.
Era su trabajo como abogado proteger a su cliente, y eso incluía saber con quién se estaba asociando.
Julián venía de una familia de clase media alta.
Nada particularmente sospechoso en su historial público.
Pero Diego sabía mejor que nadie que los historiales públicos solo contaban la mitad de la historia.
Lo que le molestaba más era la conexión.
¿Cómo había terminado Julián exactamente en este grupo?
Camila lo había conocido antes, eso lo sabía.
Pero antes de eso, ¿qué?
¿Por qué estaría tan dispuesto a arriesgarlo todo?
La mayoría de las personas huían del peligro.
No corrían hacia él.
A menos que tuvieran una razón.
Diego sacudió la cabeza, frustrado consigo mismo.
Estaba dejando que su mente lo llevara por caminos oscuros sin evidencia real.
Solo porque no confiaba fácilmente no significaba que todos fueran traidores potenciales.
Pero la voz en el fondo de su cabeza, la que había mantenido vivo durante años de navegar casos peligrosos, susurraba que debía estar atento.
Porque si Julián resultaba ser una amenaza, si estaba jugando algún tipo de juego doble, Camila sería la más vulnerable.
Ella confiaba demasiado, demasiado rápido, en personas que le mostraban aunque fuera un atisbo de lealtad.
Era una de las cosas que Diego amaba de ella.
Y también una de las que más lo aterraban.
Su teléfono vibró en su mano.
Un mensaje.
Diego miró la pantalla.
Mauricio.
—¿Sigues despierto?
Escribió de vuelta: —Sí.
¿Qué pasa?
La respuesta llegó casi inmediatamente.
—Tengo información.
Sobre tu petición de ayer.
Los registros que me pediste buscar.
Diego se tensó.
Le había pedido a Mauricio que investigara discretamente algunos detalles sobre las personas en el grupo.
No porque desconfiara de todos, sino porque necesitaba saber si alguien podía estar comprometido sin saberlo.
O peor, con conocimiento.
—¿Y?
—La mayoría está limpio.
Pero hay algo raro con uno de ellos.
No puedo decirlo por mensaje.
¿Podemos vernos mañana?
—¿Quién?
—Mañana.
Cara a cara.
Es delicado.
Diego apretó el teléfono con fuerza.
Mauricio no era alguien que se asustara fácilmente.
Si decía que era delicado, era porque había encontrado algo serio.
—Está bien.
Después de la reunión con Ramírez.
—Cuídate, hermano.
Y cuida a tu gente.
El mensaje terminó ahí.
Diego guardó el teléfono lentamente, su mente acelerándose.
¿Qué había encontrado Mauricio?
¿Sobre quién?
Su mirada volvió a Julián automáticamente, aunque trató de no hacer suposiciones.
Podría ser sobre cualquiera.
Ana con su teléfono comprometido.
David que había aparecido casi de la nada ofreciendo su habilidad técnica.
Incluso Lucía, aunque esa posibilidad le parecía la más remota.
Pero su instinto seguía volviendo a Julián.
Tal vez porque era el que menos conocía.
O tal vez porque era el que más tenía que ocultar detrás de esa fachada de tipo duro que no necesitaba a nadie.
Diego conocía esa fachada.
Él mismo la había usado durante años.
Un sonido lo sacó de sus pensamientos.
Camila se había movido, esta vez más violentamente.
Su respiración se aceleró.
Sus manos se aferraron a la manta como si fuera lo único que la mantenía anclada.
—No…
—murmuró—.
Por favor…
Otra pesadilla.
Diego no lo pensó dos veces esta vez.
Se levantó y cruzó el espacio hasta el sofá.
Se arrodilló junto a ella, poniendo su mano suavemente sobre la de ella.
—Camila —dijo en voz baja—.
Estás soñando.
Estás a salvo.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Desorientados.
Buscando amenazas invisibles en la penumbra del apartamento.
Se levantó silenciosamente y fue a la ventana.
—Diego…
—su voz era pequeña, rota—.
Perdón, yo…
—No te disculpes.
¿La misma pesadilla?
Ella asintió, sentándose lentamente.
Se abrazó las rodillas, haciéndose pequeña.
—Patricia.
Siempre Patricia.
Atada a esa silla.
Y yo solo…
miro.
No puedo hacer nada.
Nunca puedo hacer nada.
Diego se sentó en el borde del sofá, manteniendo una distancia respetuosa aunque cada instinto le gritaba que la abrazara.
—No es tu culpa.
—Todos dicen eso.
Pero se siente como si lo fuera.
—Los sentimientos no siempre reflejan la verdad.
Camila lo miró con esos ojos que lo desarmaban completamente.
Cansados.
Tristes.
Pero también agradecidos.
—¿Nunca te cansas de esto?
¿De tener que consolarme cada vez que me derrumbo?
—No.
Nunca.
—Era la verdad más honesta que había dicho en días.
—¿Por qué?
—preguntó ella, y había algo en su voz, una vulnerabilidad que hacía que el corazón de Diego doliera—.
¿Por qué te quedas cuando sería mucho más fácil irte?
Diego podría haberle dado cien razones profesionales.
Responsabilidad como abogado.
Compromiso con el caso.
Obligación ética.
Pero ninguna de esas era la verdadera razón.
—Porque creo en ti —dijo finalmente—.
Creo que lo que estás haciendo importa.
Y creo que mereces tener a alguien en tu esquina que no te abandone cuando las cosas se ponen difíciles.
No era toda la verdad.
Pero era lo más cerca que podía llegar sin cruzar esa línea.
Camila sostuvo su mirada por un momento largo.
Había algo en sus ojos, una pregunta no formulada, una búsqueda de algo más profundo.
Pero entonces apartó la vista, rompiendo el momento.
—Gracias.
Por todo.
No sé qué haría sin ti.
Las palabras se clavaron en el pecho de Diego.
Ella no sabía.
No recordaba.
No tenía idea de que él había estado esperándola durante dieciocho años sin saberlo.
Y tal vez era mejor así.
—Deberías intentar dormir un poco más —dijo, poniéndose de pie—.
En unas horas tenemos que estar con Ramírez.
En menos de cuatro horas estarían en la estación de policía, entregando toda su evidencia a un detective que podría o no ser confiable.
Jugándose todo en la esperanza de que el sistema funcionara.
Diego no tenía mucha fe en el sistema.
Pero tenía fe en algo más importante.
Tenía fe en Camila.
En su determinación.
En su negativa a rendirse incluso cuando cada puerta se cerraba.
Y mientras ella siguiera peleando, él estaría a su lado.
Sin importar quién más estuviera jugando qué juego.
Sin importar qué secretos Mauricio había descubierto.
Sin importar si Julián u otra persona resultaba ser una amenaza.
Diego protegería a Camila.
Como lo había hecho desde el momento que ella apareció en su vida.
Como lo haría hasta el final, fuera cual fuera ese final.
Porque eso era lo que hacías por las personas que amabas.
Incluso si nunca podías decírselo.
Su mirada se posó en Julián una vez más.
El hombre seguía dormido, aparentemente ajeno a las sospechas que lo rodeaban.
«Mañana», pensó Diego.
«Mañana hablaré con Mauricio.
Y entonces sabré».
Y dependiendo de lo que descubriera, tendría que tomar decisiones difíciles.
¿Le decía a Camila?
¿Confrontaba a Julián directamente?
¿Esperaba a tener más evidencia?
No lo sabía todavía.
Pero lo que sí sabía era que no dejaría que nadie le hiciera daño a Camila.
Nunca más.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com