La Sombra que Fui - Capítulo 71
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71: El último recurso 71: El último recurso En la estación de policías.
David colocó la última memoria USB sobre la mesa de conferencias.
Eran las 8:47 AM y llevaban casi una hora presentando evidencia a Ramírez.
El detective había tomado notas sin parar, su expresión volviéndose más sombría con cada documento, cada grabación, cada transferencia bancaria.
—Esto es todo —dijo David, cerrando su laptop—.
Cincuenta y dos documentos escaneados.
Dieciocho grabaciones de audio.
Ciento veintitrés transferencias bancarias.
Ocho nombres confirmados con evidencia sólida.
Seis más con evidencia circunstancial.
Ramírez se recostó en su silla, frotándose los ojos.
Se veía exhausto, como si hubiera envejecido diez años en la última hora.
—Es mucho —dijo finalmente—.
Más de lo que esperaba.
Pero también es…
complicado.
—¿Complicado cómo?
—preguntó Diego.
—Complicado porque la mitad de esta evidencia fue obtenida ilegalmente.
Allanamiento.
Robo.
No hay cadena de custodia apropiada.
Un buen abogado defensor va a destrozar esto en corte.
—Pero es real —insistió Camila—.
Cada palabra.
Cada número.
Todo es real.
—Lo sé.
Y yo te creo.
Pero creer no es suficiente en una corte.
Necesito poder probar que es real.
Que no fue fabricado.
Que no fue editado.
Y sin Patricia viva para testificar sobre cómo obtuvo todo esto…
Dejó la frase sin terminar.
—¿Entonces qué?
—La voz de Lucía subió de tono—.
¿Todo esto fue para nada?
¿Patricia murió para nada?
—No dije eso.
Dije que es complicado.
—Ramírez se inclinó hacia adelante—.
Pero no imposible.
Puedo trabajar con esto.
Puedo usarlo para construir un caso.
Pero va a tomar tiempo.
Meses, probablemente.
Y mientras tanto, ustedes van a estar en peligro.
—Ya estamos en peligro —señaló Julián—.
Desde el momento que publicamos todo.
—Exacto.
Por eso necesito que se mantengan con perfil bajo.
Nada de más publicaciones.
Nada de entrevistas con medios.
Nada que les dé a los abogados de Alberto más munición para desacreditarlos.
Camila negó con la cabeza.
—No voy a esconderme.
No después de todo lo que hemos hecho.
—No te estoy pidiendo que te escondas.
Te estoy pidiendo que seas inteligente.
—Ramírez la miró directamente—.
Alberto va a contraatacar.
Ya lo está haciendo.
Las demandas son solo el principio.
Va a usar cada recurso que tiene para destruirte.
Legal, financiero, reputacional.
Todo.
—Que lo intente.
—Camila —intervino Diego—, Ramírez tiene razón.
Necesitamos ser estratégicos ahora.
No impulsivos.
—¿Impulsivos?
¿Llamas impulsivo a exponer a un asesino?
—Llamo impulsivo a no pensar en las consecuencias.
A ponerte en peligro innecesariamente.
Camila se puso de pie bruscamente, la silla raspando el piso.
—Las consecuencias son que mi tío sigue libre.
Que Valverde sigue en la Corte Suprema.
Que todos esos hijos de puta siguen viviendo sus vidas cómodas mientras Patricia está muerta.
—¿Y vas a cambiar eso muriendo tú también?
—La voz de Diego era dura—.
¿Porque eso es lo que va a pasar si no te calmas y piensas?
El silencio cayó pesado en la habitación.
Todos los miraban, la tensión palpable.
Ramírez se aclaró la garganta.
—Necesito que salgan de aquí.
Todos.
Ahora.
Antes de que mi capitán cambie de opinión sobre dejarlos ir.
—¿Y luego qué?
—preguntó Teo—.
¿Esperamos?
¿Por cuánto tiempo?
—El tiempo que sea necesario.
Los mantendré informados.
Pero por ahora, desaparezcan.
Vayan a algún lugar seguro.
Y por el amor de Dios, no hagan nada estúpido.
Salieron de la estación en silencio.
El sol de la mañana era brillante, casi ofensivo en su normalidad.
La ciudad continuaba como si nada extraordinario estuviera pasando.
—¿A dónde vamos?
—preguntó Ana una vez que estuvieron en el coche.
—Al apartamento de Diego —respondió Camila—.
Es lo más seguro que tenemos.
El viaje fue tenso.
Nadie hablaba.
Camila miraba por la ventana, su mandíbula apretada.
Diego conducía con las manos firmes en el volante pero los nudillos blancos de la presión.
Cuando llegaron, subieron en silencio las escaleras.
El apartamento se sentía más pequeño ahora con todos ahí.
Claustrofóbico.
Como una jaula.
—Necesitamos un plan —dijo Julián una vez que se acomodaron—.
No podemos simplemente sentarnos y esperar.
—Ramírez dijo que nos mantuviéramos con perfil bajo —recordó David.
—Ramírez no es nuestro jefe.
—No, pero es nuestra única oportunidad de construir un caso legal sólido.
Julián negó con la cabeza.
—Un caso legal va a tomar meses.
Años, probablemente.
¿Y mientras tanto qué?
¿Alberto sigue libre?
¿Sigue haciendo lo que quiere?
—¿Y qué sugieres?
—preguntó Diego con tono peligrosamente calmado—.
¿Que tomemos la justicia en nuestras manos?
¿Que nos convirtamos en vigilantes?
—Sugiero que no nos quedemos de brazos cruzados mientras ellos planean cómo silenciarnos permanentemente.
—Nadie está sugiriendo quedarnos de brazos cruzados.
Pero hay una diferencia entre ser activos y ser suicidas.
La tensión entre ambos era palpable.
Camila se interpuso antes de que escalara.
—Basta.
Los dos.
Pelearse entre ustedes no ayuda.
Se giró hacia el grupo.
—Julián tiene razón en una cosa.
No podemos simplemente esperar.
Pero Diego también tiene razón.
No podemos ser imprudentes.
Necesitamos pensar esto.
—¿Pensar qué exactamente?
—preguntó Lucía—.
Ya entregamos toda la evidencia.
Ya publicamos todo.
¿Qué más podemos hacer?
Camila caminó hacia la ventana.
El sedán negro estaba de vuelta.
Estacionado al final de la cuadra.
Observando.
—Hay algo que no hemos hecho todavía —dijo lentamente.
—¿Qué?
—No hemos ido tras el dinero.
Todos la miraron con confusión.
—Explícate —pidió Diego.
Camila se giró para enfrentarlos.
—Patricia documentó transferencias bancarias.
Cientos de ellas.
De cuentas offshore a cuentas personales.
Pero solo documentó las que pudo ver.
Solo las que pasaron por el sistema de Montalbán Corp.
—¿Y?
—Y apuesto a que hay más.
Mucho más.
Cuentas que nunca tocaron el sistema corporativo.
Dinero escondido en paraísos fiscales.
Propiedades a nombre de empresas fantasma.
David se enderezó, sus ojos brillando.
—Tienes razón.
Patricia solo vio la punta del iceberg.
El dinero real, el dinero serio, estaría mejor escondido.
—Exactamente.
Y si podemos encontrarlo, si podemos rastrearlo…
—Podemos demostrar el alcance completo de la operación —completó Diego, su tono cambiando de escéptico a interesado—.
No solo crímenes aislados.
Sino una red criminal completa.
Organizada.
Sostenida.
—Pero, ¿cómo?
—preguntó Ana—.
No tenemos acceso a sistemas bancarios.
No podemos hackear cuentas internacionales.
No somos…
—Yo puedo —interrumpió David.
Todos lo miraron.
—No debería poder.
Es ilegal.
Muy ilegal.
Pero…
puedo intentarlo.
—¿Estás seguro?
—preguntó Camila—.
Porque si te atrapan…
—Si me atrapan, ya estoy jodido de todas formas.
Allanamiento.
Robo.
Conspiración.
Un cargo más de hacking no va a cambiar mucho mi situación.
Era lógica oscura pero tenía sentido.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—preguntó Diego.
—Días.
Tal vez una semana.
Depende de qué tan bien escondieron el dinero.
—Hazlo.
Pero con cuidado.
Si hay alguna señal de que están rastreando tu actividad, te detienes inmediatamente.
David asintió, abriendo su laptop.
—Voy a necesitar silencio.
Y café.
Mucho café.
Lucía fue a preparar una cafetera.
Los demás se dispersaron por el apartamento, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Camila regresó a la ventana.
El sedán seguía ahí.
Paciente.
Esperando.
Diego se acercó por detrás.
—¿En qué piensas?
—En que estamos jugando un juego que no entendemos completamente.
Con reglas que no conocemos.
Contra gente que ha estado haciendo esto por décadas.
—¿Te estás arrepintiendo?
—No.
Pero tengo miedo.
Más miedo del que he tenido en toda mi vida.
Diego puso una mano en su hombro.
El contacto era cálido, reconfortante.
—Está bien tener miedo.
El miedo te mantiene alerta.
Te mantiene viva.
—¿Y si no es suficiente?
¿Y si hacemos todo bien y ellos ganan de todas formas?
—Entonces al menos lo intentamos.
Al menos no nos rendimos.
Camila se giró para mirarlo.
Había algo en su expresión, algo profundo y antiguo, como si la conociera de formas que ella no podía comprender.
—¿Por qué haces esto?
—preguntó en voz baja—.
De verdad.
No me des la respuesta de abogado.
Dime la verdad.
Diego la miró por un largo momento.
Su boca se abrió como si fuera a decir algo importante, algo que había estado guardando.
Pero entonces se detuvo.
—Porque creo en ti —dijo finalmente—.
Y porque algunas batallas valen la pena pelear.
Sin importar el costo.
No era toda la verdad.
Camila lo sabía.
Podía verlo en sus ojos.
Pero era todo lo que él podía darle en este momento.
—Gracias —susurró—.
Por todo.
—No me agradezcas todavía.
Esto apenas está comenzando.
El teléfono de Diego vibró.
Miró la pantalla y frunció el ceño.
—Es Mauricio.
Se alejó hacia la cocina para contestar en privado.
Camila lo observó hablar en voz baja, su expresión volviéndose cada vez más seria.
La conversación duró apenas dos minutos.
Cuando regresó, se veía tenso.
—Tengo que salir —dijo—.
Mauricio quiere verme.
Ahora.
—¿Qué pasa?
—preguntó Camila—.
¿Encontró algo más?
Diego dudó, mirando brevemente hacia donde Julián estaba sentado al otro lado de la habitación antes de volver su atención a Camila.
—No lo sé exactamente.
Pero dice que es importante.
Que necesitamos hablar en persona.
—Voy contigo.
—Camila…
—No es negociable.
Si tiene información relevante al caso, tengo derecho a escucharla.
Diego asintió lentamente, sabiendo que era inútil discutir.
—Está bien.
Pero vamos solos.
Los demás se quedan aquí.
—¿Por qué?
—preguntó Teo—.
Si Mauricio tiene información, todos deberíamos escucharla.
—Porque no sabemos qué tipo de información es todavía.
Y mientras menos gente involucrada en esta etapa, mejor.
Era una excusa débil pero nadie la cuestionó.
Había algo en el tono de Diego que advertía que no era momento de discutir.
Tomó las llaves del coche.
Camila lo siguió hacia la puerta.
Antes de salir, miró hacia atrás.
Julián estaba sentado con los brazos cruzados, observándolos salir con una expresión que ella no pudo descifrar completamente.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, Julián se quedó mirando el espacio vacío donde habían estado.
Sus manos se cerraron en puños sobre sus rodillas.
Lucía se acercó cautelosamente.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió Julián sin mirarla—.
Perfectamente bien.
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