La Sombra que Fui - Capítulo 72
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72: Revelaciones peligrosas 72: Revelaciones peligrosas El café donde Mauricio había citado a Diego estaba en el centro histórico, una zona con calles estrechas y edificios coloniales que habían visto mejores días.
Era el tipo de lugar donde la gente iba para no ser vista, donde las conversaciones se perdían en el murmullo constante de desconocidos.
Diego estacionó dos cuadras antes, por precaución.
Caminaron en silencio, Camila con las manos en los bolsillos de su chaqueta, Diego con la mirada moviéndose constantemente, evaluando cada rostro, cada coche que pasaba.
—Estás nervioso —observó Camila.
—Cauteloso.
Hay una diferencia.
—¿Qué crees que encontró Mauricio?
Diego no respondió inmediatamente.
Había estado pensando exactamente eso desde la llamada.
El mensaje de anoche había sido críptico: algo sobre uno de ellos, algo delicado.
Y ahora esta reunión urgente.
—No lo sé —admitió finalmente—.
Pero conozco a Mauricio desde hace años.
No se alarma fácilmente.
Si dice que es importante, lo es.
El café era pequeño, apenas diez mesas, la mayoría vacías a esta hora de la mañana.
Mauricio estaba en el rincón más alejado, de espaldas a la pared, con una taza de café frente a él que claramente no había tocado.
Se puso de pie cuando los vio entrar.
Era un hombre de mediana edad, complexión promedio, el tipo de persona que pasaba desapercibida en una multitud.
Exactamente el tipo de cualidad que lo hacía bueno en su trabajo.
—Diego.
Camila.
—Asintió hacia ambos—.
Gracias por venir.
Se sentaron.
Una mesera se acercó pero Diego la despidió con un gesto.
No estaban ahí para el café.
—¿Qué encontraste?
—preguntó Diego sin preámbulos.
Mauricio sacó una carpeta manila del bolso a sus pies.
La colocó sobre la mesa pero no la abrió todavía.
—Antes de mostrarte esto, necesito que entiendas algo.
Lo que hice para obtener esta información fue…
éticamente cuestionable.
Si esto sale a la luz, podría perder mi licencia.
—Entendido —dijo Diego—.
Ahora muéstramelo.
Mauricio abrió la carpeta.
Dentro había documentos impresos, registros oficiales, fotografías.
—Me pediste que investigara a las personas en tu grupo.
Verificar antecedentes, buscar conexiones que pudieran ser problemáticas.
La mayoría salió limpio.
Lucía Moreno, sin problemas.
Mateo Herrera, nada relevante.
David Campos, algunos cargos menores de hacking hace años pero nada serio.
Ana Ferreira, completamente limpia.
Hizo una pausa.
—Y luego está Julián Ortega.
Camila se tensó.
Diego se inclinó hacia adelante.
—¿Qué hay con Julián?
Mauricio sacó una fotografía.
Era una mujer de unos cincuenta años, cabello oscuro con canas, sonrisa amable en lo que parecía una foto de identificación corporativa.
—Esta es Marta Ortega de Salinas.
Trabaja en Montalbán Corp desde hace quince años.
Actualmente es secretaria en el departamento legal.
—¿Ortega?
—repitió Camila—.
¿Es…?
—Su madre —confirmó Mauricio—.
Y aquí es donde se pone complicado.
Ya sabemos que Julián trabajó para Alberto directamente hasta hace poco.
Era parte del equipo de finanzas.
Renunció abruptamente hace apenas un mes, cortó todo contacto con la empresa.
Oficialmente, por diferencias éticas con la dirección.
—Lo sabemos —dijo Camila—.
Julián nos lo contó.
Dijo que se dio cuenta de que Alberto estaba involucrado en cosas criminales.
Por eso dejó la empresa y decidió ayudarme.
—Eso es lo que él dice.
Y puede ser verdad.
Pero hay más contexto que probablemente no conocen.
—Mauricio sacó documentos de empleo—.
La madre de Julián fue quien le consiguió el trabajo en Montalbán Corp hace tres años.
Usó sus conexiones.
Presionó para que lo contrataran.
—¿Qué tipo de conexiones?
—preguntó Diego.
Mauricio sacó otro documento.
Un certificado de matrimonio.
—Marta se casó hace cinco años con un hombre llamado Nelson Salinas.
La relación entre Julián y su padrastro siempre fue tensa, pero Marta estaba tratando de construir puentes familiares.
Quería demostrarle a Nelson que su hijo podía ser responsable, contribuir.
—¿Nelson Salinas?
—repitió Diego lentamente—.
¿Alguna relación con Víctor Salinas?
Mauricio asintió gravemente.
—Primos.
Nelson es el primo menor.
Sin poder real, sin conexiones importantes en el Consejo.
Probablemente ni siquiera sabe el alcance completo de lo que hace Víctor.
Pero la relación familiar existe.
Y aquí está lo interesante: fue Víctor quien le consiguió el trabajo a Marta en Montalbán Corp hace quince años.
Un favor familiar para su primo.
Camila sintió que el estómago se le caía.
—Y cuando Julián necesitaba trabajo…
—Víctor presionó para que lo contrataran hace tres años.
Otro favor familiar.
Julián probablemente pensó que era solo nepotismo corporativo normal.
Palancas.
Contactos.
No tenía idea de que su tío político por matrimonio estaba en el núcleo del Consejo que controla todo el sistema corrupto.
Diego se recostó en su silla, procesando las implicaciones.
—¿Julián lo sabe?
¿Sabe que su familia está directamente conectada con Víctor Salinas?
—Esa es la pregunta de los cincuenta millones de dólares —respondió Mauricio—.
¿Cuándo se enteró Julián exactamente de que su padrastro es primo de uno de los hombres más peligrosos del Consejo?
¿Antes o después de renunciar?
—Si lo supo antes —dijo Camila lentamente—, entonces su renuncia podría haber sido…
—Teatro —completó Diego—.
Orquestado por Víctor y Alberto.
Una planta perfecta.
El primo del jefe infiltrándose con una historia creíble de despertar moral.
—Pero si lo descubrió después —continuó Mauricio—, si renunció por razones genuinas y luego se dio cuenta de la conexión familiar, entonces estamos viendo a alguien que está genuinamente atrapado.
Tratando de hacer lo correcto mientras su familia está enredada con los criminales que está intentando exponer.
—¿Hay algo más?
—preguntó Diego, aunque por la expresión de Mauricio, sabía que sí.
Mauricio sacó un registro bancario.
—Hace unas semanas, Marta Salinas recibió una transferencia inusual.
Cincuenta mil dólares.
De una cuenta que rastreé hasta una empresa fantasma registrada en Panamá.
Una empresa que, después de mucha investigación, está vinculada directamente a Alberto Montalbán.
El silencio cayó sobre la mesa como una piedra.
—¿Cincuenta mil?
—repitió Diego—.
¿Por qué?
—Porque Marta y Nelson tienen una crisis.
Nelson tiene diabetes severa.
Hace dos meses, los médicos dijeron que necesitaría diálisis pronto, posiblemente un trasplante eventualmente.
El seguro cubre solo una fracción.
Los tratamientos son caros.
La pareja estaba al borde de la bancarrota.
—Y entonces aparece este dinero —completó Camila, su voz apenas un susurro.
—Exactamente.
Justo días después de que Julián contactara a Camila ofreciendo su ayuda.
—Alberto sabía —dijo Diego, las piezas encajando—.
Sabía que Julián había trabajado para él hasta hace un mes.
Sabía de la conexión familiar con Marta y Nelson.
Sabía que Nelson es primo de Víctor.
Cuando Julián apareció de repente ayudando a Camila, Alberto ató todos los cabos inmediatamente.
—Y decidió usar a la madre como palanca —continuó Mauricio—.
Probablemente le ofrecieron el dinero a cambio de información.
Reportes sobre qué estaba haciendo su hijo.
Dónde estaban.
Qué planeaban.
Todo disfrazado como «ayuda médica urgente» para salvar la vida de Nelson.
—Pero Julián y su madre apenas se hablan —dijo Camila—.
La relación está muy dañada desde que él renunció a Montalbán.
Él mismo lo dijo.
Marta se sintió traicionada porque había usado sus conexiones familiares para conseguirle ese trabajo.
—¿Estás segura de eso?
—preguntó Mauricio—.
¿O es lo que él te dijo?
Camila abrió la boca para defender a Julián pero se detuvo.
La verdad era que no sabía.
No realmente.
Solo tenía la palabra de Julián.
Y ahora esa palabra estaba bajo sospecha.
—Hay algo más —continuó Mauricio, sacando registros telefónicos—.
Hace unas semanas, cuando apareció esa transferencia, también hubo una llamada.
Desde el teléfono de Marta al teléfono de Julián.
Duró ocho minutos.
Fue la primera llamada entre ellos en casi un mes, desde que él renunció y cortó el contacto.
—¿Ocho minutos?
—Diego negó con la cabeza—.
Eso no es «hola, ¿cómo estás?».
Es una conversación real.
Sustancial.
—Exacto.
Y luego, ayer, después de que publicaron toda la evidencia, hubo otra llamada.
Tres minutos esta vez.
De Marta a Julián.
—Justo después de que todo saliera público —murmuró Camila—.
Justo cuando Alberto estaría desesperado por saber qué más tenemos.
Mauricio asintió gravemente.
—El timing es demasiado perfecto para ser coincidencia.
Dos llamadas.
La primera hace semanas cuando aparece el dinero misterioso.
La segunda ayer cuando necesitan información urgente.
Camila sintió náuseas.
Pensó en Julián.
En cómo había aparecido ofreciendo ayuda justo cuando más la necesitaban.
En cómo conocía tan bien el funcionamiento interno de Montalbán Corp porque acababa de trabajar ahí hasta hace un mes.
En cómo siempre parecía saber qué decir, qué hacer.
En cómo había insistido en acompañarlos a la casa de Patricia.
—Entonces, ¿qué creen?
—preguntó con voz temblorosa—.
¿Julián nos está traicionando?
Mauricio y Diego intercambiaron miradas.
—No lo sé con certeza —admitió Mauricio—.
Hay varios escenarios posibles.
Uno: Julián es completamente inocente.
Renunció por razones morales genuinas.
Alberto está manipulando a su madre sin que él lo sepa, usando la enfermedad de Nelson y la conexión con Víctor como palanca.
Marta pasa información sin que Julián sea consciente.
—¿Segundo escenario?
—preguntó Diego.
—Julián empezó siendo honesto.
Realmente quería ayudar.
Pero hace tres semanas, cuando su madre lo llamó desesperada, cuando le contó sobre Nelson muriendo, cuando le mostraron que había dinero disponible que podría salvar una vida, tomó una decisión imposible.
Decidió cooperar parcialmente.
Pasando suficiente información para mantener a su familia segura pero no toda.
Tratando de equilibrar dos lealtades incompatibles.
—¿Y el tercero?
—preguntó Camila, aunque no estaba segura de querer saberlo.
—El tercero es el más oscuro —dijo Mauricio—.
Que todo fue teatro desde el principio.
Que Víctor, sabiendo que su primo Nelson tiene un hijastro trabajando en Montalbán, vio una oportunidad.
Le ordenaron a Julián renunciar hace un mes, crear una historia creíble de despertar moral, posicionarse como alguien con información interna y credibilidad.
Y luego esperar a que apareciera la oportunidad para infiltrarse en cualquier grupo que intentara exponer a Alberto.
—Pero un mes es muy poco tiempo para planear algo tan elaborado —objetó Camila débilmente.
—¿Lo es?
—Mauricio sacó más documentos con fechas marcadas—.
Mira el timeline.
Tú apareciste públicamente cuestionando a Alberto el veinte de octubre.
Y Julián te contactó el veintitrés de octubre.
Solo tres días después de tu aparición pública.
Tres días para «decidir» ayudarte.
Fue todo muy rápido y conveniente.
—Hay un cuarto escenario que consideré —añadió Diego lentamente—.
Que Julián trabajó para Alberto genuinamente durante tres años sin saber nada turbio.
Luego, hace un mes, descubrió algo horrible.
Tal vez descubrió que Nelson, su padrastro, es primo de Víctor Salinas.
Tal vez ató cabos y se dio cuenta de que su familia entera está comprometida sin saberlo.
Se horrorizó.
Renunció inmediatamente.
Genuinamente quería ayudar a Camila a exponer todo.
Pero entonces su madre lo llamó.
Nelson está muriendo.
Necesitan dinero.
Y Alberto le ofreció un trato: información a cambio de mantener vivo a su padrastro.
—¿Eso lo hace mejor o peor?
—preguntó Camila amargamente.
—Moralmente complejo —respondió Diego—.
Humanamente comprensible.
Pero el resultado es el mismo.
Si está pasando información, aunque sea parcialmente, aunque sea por razones que podemos entender, seguimos siendo vulnerables.
Patricia podría haber muerto porque Julián les dijo que íbamos a su casa.
El silencio que siguió era aplastante.
Camila sintió que el mundo se inclinaba.
Todas las decisiones que había tomado, todas las personas en las que había confiado, ahora cuestionables.
—Necesitamos confrontarlo —dijo finalmente—.
Darle la oportunidad de explicarse.
De decirnos la verdad.
—No —dijo Diego firmemente—.
Si es inocente, lo vamos a alienar acusándolo sin pruebas sólidas.
Destruiremos la confianza.
Y si es culpable, lo vamos a alertar de que sabemos.
Nos convertimos en amenazas inmediatas que necesitan ser neutralizadas.
De cualquier manera, perdemos.
—¿Entonces qué hacemos?
—preguntó Camila, frustrada—.
¿Seguimos actuando como si nada?
¿Confiando en alguien que podría estar reportándolo todo a Alberto cada noche?
—Hacemos lo que siempre hago cuando tengo un testigo poco confiable en un caso —respondió Diego—.
Le damos información falsa.
Y vemos qué hace con ella.
Es la única manera de saber la verdad sin revelar que sospechamos.
Mauricio asintió con aprobación.
—Una prueba controlada.
Inteligente.
Clásico.
—¿Qué tipo de información?
—preguntó Camila.
—Algo creíble pero inofensivo si llega a Alberto.
Y algo que podamos rastrear fácilmente si lo reporta.
—Diego pensó por un momento—.
Diremos que David encontró algo en su investigación financiera.
Cuentas bancarias adicionales.
En un banco específico en las Islas Caimán.
Daremos nombre del banco, números de cuenta específicos.
Todo completamente inventado, por supuesto.
—Y si Julián está pasando información a su madre, quien la pasa a Alberto a través de la conexión con Víctor —continuó Mauricio—, entonces Alberto intentará verificar esas cuentas inexistentes.
—Lo cual nos confirmará definitivamente que tenemos una fuga de información —completó Diego—.
Y sabremos con certeza que es Julián.
—¿Y si no hace nada?
—preguntó Camila.
—Entonces es inocente.
O al menos no está pasando información financiera específica.
Nos disculpamos eventualmente.
Le explicamos por qué sospechamos.
Y seguimos buscando cómo está llegando la información a Alberto.
Porque claramente está llegando de alguna manera.
Era un plan sólido.
Frío.
Calculado.
Cruel si Julián era inocente.
Pero necesario.
—¿Cuánto tiempo para saber con certeza?
—preguntó Camila.
—Un día máximo —respondió Mauricio—.
Si la información llega a Alberto, reaccionará inmediatamente.
Es demasiado importante como para ignorarla.
Tengo un contacto en ese banco.
Me puede avisar en tiempo real si alguien hace consultas sobre esas cuentas específicas o intenta acceder a ellas.
Diego asintió.
—Entonces lo hacemos.
Hoy.
En cuanto regresemos.
Mauricio cerró la carpeta y la empujó hacia Diego.
—Todo está ahí.
Las transferencias bancarias.
Los registros de llamadas.
La conexión familiar con Víctor Salinas.
El historial laboral completo de Julián en Montalbán.
Mantenlo en un lugar seguro.
Y Diego…
ten mucho cuidado.
Si Julián es culpable y descubre que lo saben, podría hacer algo desesperado.
Especialmente si genuinamente cree que está protegiendo a su familia.
—Lo sé.
Voy a tener cuidado.
Se levantaron para irse.
Mauricio puso una mano en el hombro de Diego.
—Por cierto, hay algo más que deberías saber.
Sobre el cuerpo de Patricia.
—¿Qué pasa con él?
—La cremación fue apresurada.
Demasiado apresurada.
Normalmente hay un período de espera obligatorio de cuarenta y ocho horas después de completar la autopsia oficial.
En este caso, fue apenas doce horas.
Alguien muy arriba en la cadena presionó fuertemente para que se hiciera rápido.
—Alberto —dijo Camila con amargura—.
Destruyendo evidencia.
—Probablemente.
Pero aquí está lo interesante.
Antes de que llegara la orden de cremación urgente, tomé fotografías.
Del cuerpo.
De todas las heridas.
De cada marca.
Todo meticulosamente documentado.
—¿Por qué hiciste eso?
—preguntó Diego.
—Porque leí el informe preliminar del Dr.
Villarreal.
Y era basura absoluta.
Minimizaba las heridas.
Sugería posibilidad de autolesiones.
Evitaba palabras como «tortura sistemática».
Entonces tomé mis propias fotografías antes de que pudieran destruir la evidencia física completamente.
—Mauricio sacó una memoria USB de su bolsillo—.
Todo está aquí.
No es tan bueno legalmente como tener el cuerpo real para una segunda autopsia independiente, pero es algo.
Es prueba de que el informe oficial es fraudulento.
Diego tomó la memoria como si fuera oro puro.
—Gracias.
Esto podría cambiar todo el caso.
Podría ser la diferencia entre ganar y perder.
—Espero que sí.
Patricia Ruiz merece justicia.
Y ustedes merecen una oportunidad real de pelear contra estos monstruos.
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