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La Sombra que Fui - Capítulo 73

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  4. Capítulo 73 - 73 La trampa
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73: La trampa 73: La trampa Salieron del café.

El sol estaba más alto ahora, la ciudad completamente despierta.

Gente corriendo a sus trabajos, estudiantes caminando a clases, vendedores abriendo sus locales.

La vida continuando con normalidad artificial mientras ellos navegaban esta pesadilla.

—¿Crees que Julián es culpable?

—preguntó Camila cuando estuvieron seguros en el coche.

Diego no respondió inmediatamente.

Arrancó el motor, esperó a que un autobús pasara, salió del estacionamiento con cuidado.

—Honestamente, no lo sé.

Una parte de mí quiere desesperadamente creer que es inocente.

Que su madre está siendo manipulada sin que él tenga idea.

Pero he sido abogado demasiado tiempo para creer en tantas coincidencias perfectamente alineadas.

El timing de su renuncia, de tu aparición pública, de las transferencias de dinero.

Todo encaja demasiado bien.

—Si es culpable, si realmente nos ha estado traicionando desde el principio…

—La voz de Camila se quebró—.

Patricia podría seguir viva.

Podríamos haber evitado su muerte si hubiéramos sabido que teníamos un traidor sentado en nuestras reuniones, escuchando cada plan.

—O podría haber muerto de todas formas —dijo Diego, aunque no sonaba convencido—.

No sabemos exactamente qué información pasó Julián, si es que pasó alguna.

No sabemos qué sabía Alberto antes de que Julián apareciera.

No sabemos nada todavía con certeza.

Por eso necesitamos esta prueba.

—¿Y cómo se supone que actúe con él mientras tanto?

¿Como si nada hubiera pasado?

¿Como si no sospechara que podría haber vendido a Patricia a los torturadores?

Diego la miró brevemente antes de volver su atención completa al tráfico.

—Puedes hacerlo.

Porque eres más fuerte de lo que crees.

Porque has sobrevivido a cosas peores.

Y porque no tenemos otra opción si queremos la verdad real en lugar de suposiciones.

Condujeron el resto del camino en silencio pesado, cada uno perdido en sus pensamientos oscuros.

Cuando llegaron al edificio del apartamento, Diego se detuvo antes de bajar del coche.

—Escúchame con atención.

Cuando entremos, actúa completamente normal.

Nada de miradas sospechosas hacia Julián.

Nada de tensión obvia en tu voz.

Nada de distancia física inusual.

Como si Mauricio solo hubiera tenido información rutinaria de verificación de antecedentes.

¿Entendido?

—¿Y la información falsa sobre las cuentas bancarias?

—Deja que yo la plante.

Voy a coordinarme con David con señales.

Tiene que parecer completamente orgánico.

Natural.

Como si acabara de descubrirlo justo ahora.

Camila asintió, aunque sentía un nudo en el estómago.

Tomó una respiración profunda, componiendo cuidadosamente su expresión.

—Estoy lista.

—¿Segura?

Porque no podemos permitirnos ni un desliz.

—No.

No estoy segura de nada.

Pero hagámoslo de todas formas.

Subieron las escaleras lentamente.

Diego tocó su código secreto en la puerta.

Entraron al apartamento donde los demás esperaban, claramente ansiosos por noticias, por cualquier información.

Julián se puso de pie inmediatamente, dejando su café sobre la mesa.

—¿Y bien?

¿Qué quería Mauricio?

¿Hay problemas?

Diego mantuvo su rostro perfectamente neutral, su tono casual y despreocupado.

—Información de rutina.

Verificaciones estándar de antecedentes.

Quería asegurarse de que todos estábamos completamente limpios antes de proceder oficialmente con Ramírez.

Es protocolo normal cuando hay casos de esta magnitud con implicaciones criminales.

—¿Y?

—Julián se veía genuinamente preocupado—.

¿Encontró algo problemático?

—Nada.

Todos están limpios.

No hay banderas rojas legales de ningún tipo.

Podemos proceder sin preocuparnos por sorpresas en antecedentes que puedan complicar o contaminar el caso.

Era mentira perfecta.

Pero sonaba absolutamente convincente.

Julián se relajó visiblemente, sus hombros bajando.

—Bien.

Eso es muy bueno.

Me preocupaba que mi tiempo reciente en Montalbán pudiera ser legalmente problemático.

Conflicto de interés o algo así.

—No.

Tu renuncia fue completamente limpia.

Carta formal.

No hay conflicto legal.

Camila observó su reacción con atención microscópica.

¿Era alivio genuino?

¿O alivio calculado de que no lo habían descubierto todavía?

No podía saberlo.

Y esa incertidumbre era absolutamente torturante.

David levantó la vista desde su laptop, ojos brillantes detrás de sus lentes.

—Hablando de buenas noticias, tengo algo también.

Acabo de encontrar algo muy interesante.

Todos se acercaron inmediatamente.

Diego le lanzó una mirada significativa y precisa a David, quien captó la señal instantáneamente.

Era el momento de la trampa.

—¿Qué encontraste exactamente?

—preguntó Diego con curiosidad cuidadosamente calibrada.

—Cuentas offshore.

Exactamente como Camila predijo esta mañana.

Tres cuentas separadas en las Islas Caimán.

Banco Internacional del Caribe.

Números de cuenta que coinciden perfectamente con el patrón de las transferencias sospechosas que Patricia documentó en sus archivos.

Era información completamente falsa que Diego había preparado mentalmente durante el viaje de regreso.

David estaba improvisando brillantemente, siguiendo la señal invisible que Diego le había dado.

—¿Cuánto dinero estimado?

—preguntó Teo, inclinándose para ver la pantalla.

—No puedo ver los balances exactos sin acceso directo autorizado al sistema.

Pero basándome en las transferencias rastreables y los patrones históricos de movimiento, estoy estimando conservadoramente un mínimo de cincuenta millones de dólares distribuidos entre las tres cuentas.

Posiblemente más.

Silbidos de sorpresa genuina alrededor de toda la habitación.

—¿Y podemos usar legalmente esa información como evidencia?

—preguntó Lucía con esperanza—.

¿O es demasiado al ser obtenida ilegalmente?

—Podemos dársela directamente a Ramírez mañana —respondió Diego con seguridad—.

Dejar que él maneje todo el aspecto legal apropiado.

Solicitar órdenes judiciales internacionales oficiales.

Congelar las cuentas antes de que puedan mover el dinero a otra jurisdicción.

—¿Cuándo exactamente se lo presentamos?

—preguntó Julián, inclinándose hacia adelante con aparente interés genuino.

Diego observó su lenguaje corporal cuidadosamente.

—Mañana temprano por la mañana.

Primera hora.

Pero quiero que David verifique absolutamente todo dos veces antes de presentarlo oficialmente.

No podemos arriesgarnos a darle información incorrecta o imprecisa a Ramírez.

Arruinaría nuestra credibilidad completamente.

Era la trampa perfecta.

Información específica y verificable.

Timeline claro y definido.

Ahora solo quedaba esperar pacientemente y observar si Julián mordía el anzuelo envenenado.

El resto del día pasó en tensión forzada y artificial.

Conversaciones que sonaban normales pero se sentían completamente falsas.

Comida que nadie realmente probó o disfrutó.

Miradas que Camila tenía que controlar constantemente para no revelar sus sospechas crecientes.

Cuando finalmente cayó la noche, Diego propuso turnos para dormir otra vez.

Siempre alguien despierto, vigilando, protegiendo.

—Yo tomo el primer turno sin problema —se ofreció Julián inmediatamente.

—No —dijo Diego quizás demasiado rápido—.

Tú descansa.

Tengo documentos legales complejos que necesito revisar de todas formas para mañana.

Puedo quedarme despierto perfectamente.

Julián no discutió.

Se acomodó en el sofá, aparentemente quedándose dormido en minutos.

Pero Camila, acostada completamente inmóvil en la oscuridad absoluta del dormitorio de Diego, lo vio moverse sutilmente.

Vio la luz tenue de su teléfono encendiéndose muy brevemente bajo la manta que lo cubría.

¿Estaba enviando un mensaje crucial?

¿O simplemente revisando la hora inocentemente?

No podía saberlo desde su posición.

Y esa incertidumbre torturante era peor que cualquier confirmación.

Diego estaba de pie junto a la ventana, observando la calle oscura abajo.

El sedán negro había regresado exactamente como siempre.

Paciente.

Implacable.

Siempre regresaba.

Su teléfono vibró silenciosamente.

Mensaje de Mauricio: —Trampa completamente tendida.

Contacto en banco totalmente alertado.

Si alguien hace cualquier consulta sobre esas cuentas específicas, sabré en minutos.

Mantente alerta.

Diego respondió brevemente:  —Entendido.

Esperando.

Guardó el teléfono y miró hacia donde Julián dormía.

O fingía dormir.

Las horas pasaron con lentitud torturante.

El apartamento sumido en silencio excepto por respiraciones y el ocasional crujido del edificio viejo acomodándose.

A las 2:47 AM, Julián se levantó.

Diego se quedó inmóvil junto a la ventana, oculto en las sombras.

Julián caminó sigilosamente hacia el baño.

Camila también lo vio.

Sus ojos encontraron los de Diego a través de la oscuridad.

Él le hizo un gesto, como queriendo decirle que se quedara quiera en donde estaba.

Tres minutos.

Cuatro.

Cinco.

Demasiado tiempo.

Cuando Julián salió, no regresó directamente al sofá.

Se detuvo en la sala, mirando hacia el dormitorio, luego hacia la ventana.

Diego contuvo la respiración.

¿Lo había visto?

Julián sacó su teléfono.

La luz iluminó su rostro brevemente mientras sus dedos se movían sobre la pantalla.

Escribiendo algo largo.

Luego lo guardó y regresó al sofá.

Unos minutos después, el teléfono de Diego vibró.

—Actividad.

Alguien acaba de consultar las cuentas.

IP enmascarada, zona residencial.

Alguien reportó a un tercero que está verificando.

Ahí estaba la confirmación.

Julián había mordido el anzuelo.

Pero llegó un segundo mensaje: —Espera.

Algo raro.

La consulta fue torpe.

Como si no supiera qué buscar.

O quisiera parecer que no sabía.

No estoy seguro qué significa.

Diego frunció el ceño.

«¿Julián era culpable pero inexperto?

¿O intentaba crear duda deliberadamente?

¿Y si sabía que era una trampa?

¿Y si estaba jugando su propio juego?».

Sacudió la cabeza.

Paranoia alimentando paranoia.

Escribió: —¿Pudiste rastrear desde dónde?

—Trabajando en eso.

Dame una hora.

Pero Diego…

ten cuidado.

Algo no cuadra.

El comportamiento no es consistente con traición simple.

Es más complicado.

Diego guardó el teléfono y se acercó al dormitorio.

Camila estaba despierta, esperándolo.

—¿Y bien?

—susurró.

—Mordió el anzuelo.

Alguien hizo la consulta.

—¿Entonces es culpable?

—No lo sé.

Mauricio dice que hay algo raro.

Camila se sentó, abrazándose las rodillas.

—¿Y ahora qué?

—Esperamos hasta mañana.

Vemos qué descubre Mauricio.

Y luego decidimos si confrontarlo o seguir jugando este juego hasta tener certeza absoluta.

—Tengo miedo —susurró ella—.

Miedo de que sea culpable.

Pero también de que no lo sea y estemos destruyendo a alguien inocente.

—Lo sé.

—¿Cómo vivimos con esta incertidumbre?

Diego no tenía respuesta.

Se sentó junto a ella en la oscuridad, ambos observando la silueta de Julián en el sofá.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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