La Sombra que Fui - Capítulo 74
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74: El siguiente movimiento 74: El siguiente movimiento La luz gris del amanecer se filtraba por las cortinas cuando el teléfono de Diego vibró.
Llevaba despierto toda la noche, observando.
Esperando.
Camila se había quedado dormida finalmente cerca de las cuatro de la mañana, exhausta por la tensión.
Julián seguía en el sofá, inmóvil.
Diego salió silenciosamente al balcón para leer el mensaje de Mauricio.
—Rastreé la consulta.
IP enmascarada pero logré triangular ubicación aproximada.
Zona residencial norte.
Edificios de clase media.
Crucé con datos que me diste: es el área donde vive Marta Ortega de Salinas.
La consulta se hizo desde ahí o muy cerca.
Diego cerró los ojos.
Ahí estaba.
La confirmación que necesitaba y temía a la vez.
Otro mensaje llegó: —Pero como dije antes, la consulta fue amateur.
Errores básicos de anonimato.
Como si alguien sin entrenamiento técnico intentara ser cuidadoso pero no supiera cómo realmente.
O…
—¿O qué?
—escribió Diego.
—O alguien MUY bueno queriendo parecer amateur.
No puedo decirte cuál.
Necesitas decidir qué hacer con esto.
Diego guardó el teléfono y miró el horizonte.
La ciudad despertaba.
Gente comenzando su día normal mientras él decidía el destino de alguien que podría ser traidor o víctima.
Regresó adentro.
Camila estaba despierta, mirándolo.
—¿Y bien?
—susurró.
Diego asintió apenas.
Suficiente respuesta.
El rostro de Camila se endureció.
Miró hacia donde Julián dormía y Diego vio algo oscuro cruzar por sus ojos.
Rabia.
Dolor.
Traición.
—Todavía no —susurró Diego—.
Hay algo que no cuadra.
Necesitamos más.
—¿Más?
Ya tenemos la confirmación.
—Tenemos una consulta desde la zona donde vive su madre.
No es lo mismo.
—Diego…
—Confía en mí.
Una trampa más.
Pero esta vez será diferente.
… A las nueve de la mañana, Diego salió del apartamento con una excusa elaborada sobre reunirse con Ramírez para coordinar la presentación de evidencia.
Camila se quedó con el grupo, actuando lo más normal posible.
En realidad, Diego manejó hasta una cafetería a veinte minutos de distancia donde Ramírez lo esperaba en una sala privada.
Él había hablado de la trampa con el oficial para mantenerlo al tanto de los planes.
—¿Funcionó?
—preguntó Ramírez sin preámbulos.
—Mordió el anzuelo.
Alguien consultó las cuentas anoche desde la zona donde vive la madre del sospechoso.
—¿Suficiente para actuar?
—Suficiente para confirmar que hay una fuga.
Pero no suficiente para arrestar o confrontar.
La consulta fue…
ambigua.
Podría argumentar que su madre actuó sola, que él no sabía.
Ramírez tamborileó los dedos sobre la mesa.
—¿Entonces?
—Entonces necesitamos algo más directo.
Algo que obligue a Alberto a actuar físicamente.
A enviar gente.
A cometer un crimen que podamos detener en el momento.
—¿Qué propones?
Diego sacó su teléfono y mostró notas que había estado preparando desde las cinco de la mañana.
—Un testigo.
Falso, obviamente.
Alguien de dentro de Montalbán supuestamente dispuesto a testificar contra Alberto.
Con nombre, ubicación, detalles verificables hasta cierto punto.
Ramírez se inclinó hacia adelante, interesado.
—Explica.
—Carlos Méndez.
Contador senior en Montalbán Corp.
Existe realmente.
Trabajó cinco años en finanzas.
Tiene acceso a información sensible.
Hace dos semanas pidió licencia médica por estrés.
Nadie sabe exactamente dónde está.
—¿Y?
—Y esta mañana, David va a «descubrir» que Méndez lo contactó anónimamente.
Que tiene documentos.
Que está dispuesto a hablar si le garantizamos protección.
Que está escondido en el Motel Las Brisas en las afueras, habitación 112.
Que mañana por la mañana coordinaremos con usted su extracción segura.
Ramírez sonrió lentamente.
—Y si tu sospechoso pasa esa información…
—Alberto va a entrar en pánico.
Las cuentas offshore son un problema, sí.
Pero un testigo interno con documentos y dispuesto a declarar bajo juramento es mil veces peor.
Alberto no puede verificar fácilmente si es verdad sin alertar a Méndez si realmente es un traidor.
Así que hará lo único que puede hacer.
—Enviar gente a silenciarlo antes de que hable.
—Exacto.
—Y nosotros estaremos esperando.
—Así es.
Ramírez se recostó, pensando.
Luego asintió.
—Me gusta.
Es más sólido que esperar movimientos sobre cuentas bancarias.
Intento de intimidación o eliminación de testigo, lo puedo vender al fiscal.
Son cargos serios.
Y si atrapamos a los sicarios, podemos presionarlos para que delaten quién los envió.
—Hay un problema —dijo Diego—.
Esto pone a Julián en una posición imposible.
Si es inocente y simplemente está siendo manipulado a través de su madre, esto podría hacer que Alberto actúe más violentamente.
Y si Julián genuinamente cree que está salvando a su familia, estamos usándolo para tender una trampa que podría matarlo de culpa después.
—¿Te estás ablandando?
—No.
Solo siendo realista sobre las consecuencias.
—Las consecuencias son que Patricia Ruiz fue torturada hasta la muerte.
Las consecuencias son que Alberto Montalbán ha operado impunemente durante décadas.
—Ramírez se inclinó hacia adelante—.
Entiendo tu dilema moral.
Pero a veces, para atrapar monstruos, tienes que hacer cosas que te quite el sueño.
La pregunta es: ¿puedes vivir con eso?
Diego no respondió inmediatamente.
Pensó en Patricia.
En Camila.
En todas las víctimas que Alberto había destruido.
—Sí —dijo finalmente—.
Puedo vivir con eso.
—Entonces hagámoslo.
Diego regresó al apartamento cerca del mediodía.
Todos estaban inquietos, esperando noticias.
—¿Cómo fue con Ramírez?
—preguntó Lucía.
—Bien.
Está listo para recibir la evidencia de las cuentas mañana.
Pero quiere verificar algunos detalles primero.
Órdenes judiciales internacionales son complicadas.
Era mentira, pero sonaba creíble.
David, quien había recibido instrucciones codificadas de Diego durante la mañana, levantó la vista en el momento justo.
—Hablando de eso, tengo algo.
Acaba de llegar.
Todos se acercaron.
Diego se cuidó de observar la reacción de Julián sin que fuera obvio.
—¿Qué es?
—preguntó Teo.
David mostró su pantalla con lo que parecía ser un correo encriptado.
—Alguien me contactó.
Anónimamente.
Usando canales seguros que solo gente con conocimiento técnico conocería.
—¿Quién?
—preguntó Camila, actuando según el plan que Diego le había explicado rápidamente por mensaje.
—No da su nombre todavía.
Pero dice que trabaja en Montalbán Corp.
Departamento de finanzas.
Dice que tiene acceso a documentos originales.
Contratos.
Transferencias.
Pruebas físicas, no solo digitales.
El silencio en la habitación era absoluto.
—¿Es legítimo?
—preguntó Diego, su voz cuidadosamente calibrada entre esperanza y escepticismo.
—Puse algunas trampas en mi respuesta.
Preguntas que solo alguien realmente de dentro podría responder.
Y respondió correctamente.
Conoce detalles que no están en ningún registro público.
—¿Qué quiere?
—preguntó Ana.
—Protección.
Dice que vio lo que le pasó a Patricia.
Que sabe que si Alberto descubre que quiere hablar, terminará igual.
Quiere garantías del fiscal antes de entregar nada.
—¿Dónde está?
—preguntó Julián.
Su voz sonaba normal, pero Diego notó que sus manos se habían tensado ligeramente.
—Escondido.
No quiere decir exactamente dónde hasta que Ramírez le garantice protección oficial.
Pero dio una ubicación general.
Las afueras.
Zona de moteles.
Dice que se está moviendo cada dos días por seguridad.
—¿Ramírez aceptará?
—preguntó Lucía.
—Voy a llamarlo ahora —dijo Diego—.
Si este tipo es real, si realmente tiene lo que dice tener, podría ser el testimonio que necesitamos.
Alguien de dentro, con documentos físicos, dispuesto a declarar bajo juramento.
Eso es oro legal.
Marcó el número de Ramírez frente a todos.
Conversación breve.
Actuación perfecta de ambos lados.
—Dice que sí —anunció Diego después de colgar—.
Pero quiere verificar primero que no es una trampa de Alberto.
Va a hacer algunas llamadas discretas.
Verificar que la persona existe, que realmente trabaja ahí.
Si todo cuadra, mañana por la mañana coordinamos la extracción.
—¿Y mientras tanto?
—preguntó Mateo.
—Mientras tanto, esperamos.
Y mantenemos esto completamente confidencial.
Si Alberto se entera de que alguien está por traicionarlo, podría tomar medidas preventivas.
Podría lastimar a la familia del testigo.
O peor.
Todos asintieron, la gravedad del momento palpable.
Julián se veía pálido.
Nervioso.
¿Porque sabía que estaba a punto de pasar información que podría llevar a la muerte de alguien?
¿O porque genuinamente estaba preocupado por el testigo?
Imposible saberlo.
El resto del día pasó en falsa normalidad.
Conversaciones forzadas.
Comida sin sabor.
Miradas cargadas de significado oculto.
Cuando cayó la noche, Diego propuso turnos de nuevo.
Esta vez nadie objetó.
A las 10:47 PM, Julián pidió permiso para ducharse.
Diego asintió casualmente.
Pero tan pronto como la puerta del baño se cerró, su teléfono estaba en su mano.
Cinco minutos después, mensaje de Mauricio: —Actividad.
Alguien está haciendo búsquedas sobre Carlos Méndez.
Empleado Montalbán Corp.
Mismo patrón que anoche.
Zona residencial norte.
Diego respondió: —¿Cuánto tiempo hasta que Alberto lo sepa?
—Si pasaron la información esta noche, Alberto lo sabrá en una hora máximo.
Si actúa rápido, enviará gente antes del amanecer.
No va a esperar.
Un testigo interno es demasiado peligroso.
—¿Ramírez está listo?
—En posición desde las 8 PM.
Motel completamente vigilado.
Agente encubierto en habitación 112 haciéndose pasar por empleado asustado.
Si alguien aparece con malas intenciones, los tendremos.
Diego guardó el teléfono justo cuando Julián salía del baño.
—¿Todo bien?
—preguntó Julián.
—Todo bien —mintió Diego—.
Descansa.
Mañana podría ser un día largo.
Julián asintió y se acomodó en el sofá.
Pero Diego vio que sus manos temblaban ligeramente.
Y supo que en algún lugar de la ciudad, Alberto Montalbán estaba recibiendo información sobre un testigo que no existía.
Y que antes del amanecer, la trampa se cerraría.
Solo quedaba esperar para ver quién caería en ella.
Y si Julián Ortega lloraría por las consecuencias de sus acciones.
O si seguiría fingiendo inocencia hasta el final.
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