La Sombra que Fui - Capítulo 75
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75: La emboscada 75: La emboscada El Motel Las Brisas estaba sumido en silencio a las tres y media de la madrugada.
Las únicas luces encendidas provenían de dos habitaciones en el segundo piso y del letrero de neón medio roto que parpadeaba intermitentemente sobre la recepción.
En el estacionamiento, tres vehículos sin identificación oficial permanecían estratégicamente ubicados.
Dentro de uno de ellos, el fiscal Ramírez observaba la habitación 112 a través de binoculares de visión nocturna.
—¿Algún movimiento?
—preguntó por radio.
—Negativo —respondió una voz—.
Todo tranquilo.
—Mantengan posiciones.
Si vienen, será pronto.
En la habitación 112, el agente Cortés revisaba su arma por quinta vez en la última hora.
Tenía treinta y dos años, ocho en la fuerza, y esta era la primera vez que servía de carnada en una operación de esta magnitud.
Su radio crepitó suavemente.
—Cortés, ¿estás listo?
—Listo como puedo estar.
—Si pasa algo, si se pone feo, te sacamos inmediatamente.
No te preocupes.
«Fácil decirlo desde afuera», pensó Cortés.
Pero no respondió.
Solo verificó que su chaleco antibalas estuviera bien ajustado bajo la camisa holgada que llevaba para simular ser un empleado asustado.
Los minutos pasaban.
Tres cuarenta.
Tres cincuenta.
Cuatro de la mañana.
Y entonces, se escucharon ruidos desde el estacionamiento.
Un SUV negro entró al estacionamiento del motel con los faros apagados, moviéndose lentamente, casi con cautela.
—Tenemos visita —susurró Ramírez por radio—.
Vehículo sospechoso.
Nadie se mueve hasta mi señal.
El SUV se estacionó lejos de las luces, en una esquina oscura.
Por un momento, nadie bajó.
Simplemente se quedaron ahí, observando.
Cortés sintió que su corazón se aceleraba.
Esto era real.
Esto estaba pasando.
Finalmente, tres figuras bajaron del vehículo.
Dos caminaron hacia las escaleras que conducían al segundo piso.
El tercero se quedó junto al SUV, mirando alrededor con nerviosismo evidente.
—Dos suben.
Uno queda en el vehículo —reportó Ramírez—.
Esperen mi señal.
Repito, esperen mi señal.
Los dos hombres subieron las escaleras con paso firme pero no agresivo.
Parecían saber exactamente hacia dónde iban.
Se detuvieron frente a la puerta 112.
Cortés los escuchó hablar en voz baja del otro lado.
—¿Seguro que es esta habitación?
—Eso dice la información.
Habitación 112.
Carlos Méndez.
—¿Órdenes?
—Convencerlo primero.
Si no coopera, lo llevamos.
Si se resiste demasiado…
bueno, ya sabes.
Hubo una pausa.
—¿De quién viene la orden?
—Directo del señor Salinas.
Dice que el jefe está muy nervioso con esto.
Cortés activó silenciosamente su radio.
Ramírez estaría escuchando todo a través del micrófono oculto.
Tocaron la puerta.
Dos golpes firmes.
—¿Señor Méndez?
Necesitamos hablar.
Cortés esperó un momento, dejando que la tensión se acumulara, luego respondió con voz temblorosa.
—¿Quién es?
—Venimos de parte de su empleador.
Solo queremos conversar.
—No quiero problemas.
Váyanse.
—No será problema si coopera, señor Méndez.
Abra la puerta.
Cortés se acercó a la puerta, dejando la cadena de seguridad puesta, y la abrió apenas unos centímetros.
Dos rostros lo miraron.
Uno mayor, de unos cuarenta años, con expresión dura.
El otro más joven, nervioso, con la mano metida sospechosamente en el bolsillo de su chaqueta.
—No tengo nada que decirles.
Por favor, váyanse.
El hombre mayor sonrió sin humor.
—Me temo que no es una petición.
Empujó la puerta con fuerza.
La cadena se rompió fácilmente.
Cortés retrocedió como lo haría alguien genuinamente aterrado, aunque su mano se movió instintivamente hacia su arma oculta.
—¡Esperen!
¡No hice nada!
El más joven sacó una pistola, apuntándola directamente al pecho de Cortés.
—Esto será rápido si cooperas.
¿Dónde están los documentos?
—¡No sé de qué hablan!
—Los documentos que ibas a entregarle al fiscal.
¿Dónde están?
Afuera, Ramírez vio suficiente.
Habían entrado por la fuerza.
Habían sacado un arma.
Amenaza directa.
—¡AHORA!
—gritó por radio—.
¡TODOS LOS EQUIPOS, AHORA!
Las puertas de los vehículos se abrieron simultáneamente.
Agentes vestidos de negro emergieron desde múltiples puntos, corriendo hacia el edificio con armas desenfundadas.
—¡POLICÍA!
¡NO SE MUEVAN!
En el estacionamiento, el hombre junto al SUV reaccionó primero.
Saltó al asiento del conductor y arrancó el motor.
Pero dos vehículos policiales bloquearon inmediatamente las salidas.
No había escape.
Arriba, en la habitación 112, los dos hombres se quedaron congelados por un instante de shock.
Luego el más joven entró en pánico.
—¡Nos tendieron una trampa!
Apuntó su pistola erráticamente hacia Cortés, hacia la puerta, sin saber qué hacer.
—¡Suelta el arma!
—gritó Cortés, ahora con su propia pistola desenfundada y apuntando—.
¡Al suelo!
¡Ahora!
El hombre mayor levantó las manos lentamente, evaluando la situación.
Sabía que habían perdido.
—Tranquilo —le dijo a su compañero—.
Se acabó.
Pero el joven estaba demasiado asustado.
Disparó.
La bala golpeó la pared a medio metro de Cortés, quien se lanzó al suelo por instinto mientras agentes irrumpían en la habitación desde la puerta.
—¡Al suelo!
¡Al suelo ahora!
El forcejeo fue breve.
El hombre mayor se rindió inmediatamente.
El joven intentó resistirse, pero tres agentes lo inmovilizaron en segundos.
Abajo, el conductor del SUV fue extraído del vehículo y esposado contra el capó.
En menos de tres minutos, todo había terminado.
Tres hombres esposados.
Dos pistolas confiscadas.
Una operación perfectamente ejecutada.
Ramírez subió las escaleras y entró a la habitación 112, observando a los detenidos mientras los agentes los registraban.
—Búsqueda de armas, documentos, teléfonos.
Todo.
—Miró al hombre mayor directamente a los ojos—.
Tienen derecho a permanecer en silencio.
Aunque dudo que eso les ayude mucho.
El hombre simplemente lo miró con expresión vacía.
—Quiero un abogado.
—Por supuesto.
—Ramírez sonrió—.
Van a necesitarlo.
… Dos horas después, en la estación de policía, Ramírez se sentó frente al hombre más joven en una sala de interrogatorios pequeña y sin ventanas.
El joven, identificado como Raúl Téllez, veintiocho años, miraba la mesa con las manos esposadas frente a él.
—Raúl —comenzó Ramírez con voz tranquila—, voy a ser honesto contigo.
La situación es muy mala.
Entrada por la fuerza.
Amenazas con arma.
Disparaste frente a oficiales.
Eso es intento de asesinato de un agente.
Estamos hablando de mínimo veinte años.
El joven no respondió.
—Pero hay una manera de reducir eso significativamente.
Cooperación.
Dime quién te envió.
Dime quién dio la orden.
Y puedo hablar con el fiscal.
Tal vez cinco años en lugar de veinte.
Tal vez menos con buena conducta.
—No puedo —susurró—.
Me matarán.
Matarán a mi familia.
—¿Quién, Raúl?
—Usted no entiende con quién está tratando.
Ramírez se inclinó hacia adelante.
—Entonces explícame.
Ayúdame a entender.
Raúl levantó la vista finalmente, ojos llenos de miedo genuino.
—Si hablo, si digo el nombre, no importa dónde me escondan.
Me encuentran.
Siempre encuentran a la gente que habla.
—Protección de testigos.
Nueva identidad.
Para ti y tu familia.
Podemos sacarte del país si es necesario.
—¿En serio cree que eso funciona?
¿Cuántos testigos protegidos terminan muertos de todas formas?
—Menos de los que terminan cumpliendo veinte años de cárcel por proteger a gente que no haría lo mismo por ellos.
Eso pareció resonar.
Marco cerró los ojos, respirando pesadamente.
—Si acepto…
si hablo…
¿será protección real?
¿No solo palabras?
—Real.
Lo pongo por escrito.
El fiscal lo firma.
Garantizado.
Hubo un silencio largo.
Ramírez esperó pacientemente.
Sabía que presionar demasiado podría hacerlo retroceder.
Finalmente, Raúl habló, su voz apenas audible.
—Víctor Salinas.
Ramírez sintió una descarga de adrenalina pero mantuvo su rostro neutral.
—¿Víctor Salinas te dio la orden directamente?
—No directamente a mí.
A Rivas.
Él es el jefe del equipo.
Pero Rivas nos dijo que venía de Salinas.
Que el jefe estaba muy preocupado por un empleado traidor.
Que teníamos que asegurarnos de que no hablara.
—¿El jefe?
¿Quién es el jefe?
Raúl lo miró como si la pregunta fuera estúpida.
—Alberto Montalbán.
¿Quién más?
Ahí estaba.
La conexión directa.
—¿Cómo supiste dónde estaba Méndez?
—Rivas recibió un mensaje anoche.
Tarde.
Con toda la información.
Nombre, ubicación, número de habitación.
Todo.
—¿De quién vino el mensaje?
—No sé.
Rivas no lo dijo.
Solo que era información confiable.
Que teníamos que actuar rápido antes de que el fiscal moviera al testigo.
Ramírez se recostó en su silla, satisfecho.
Tenía suficiente.
—Gracias, Marco.
Acabas de salvar tu vida.
Y probablemente la de tu familia también.
… En una mansión en las afueras de la ciudad, Alberto Montalbán estaba sentado en su estudio privado, con una copa de whisky en la mano, cuando su teléfono sonó.
Era Víctor Salinas.
A las seis y cuarto de la mañana.
Nunca una buena señal.
—¿Qué pasó?
—preguntó Alberto sin preámbulos.
La voz de Víctor sonaba tensa.
—Problemas.
Los hombres que envié al motel.
Los arrestaron.
Alberto se puso de pie bruscamente, derramando whisky sobre el escritorio.
—¿Cómo?
—Era una trampa.
El testigo no existía.
La policía estaba esperando.
—¿Los tres?
—Los tres.
Con cargos serios.
Uno disparó.
Alberto sintió que la habitación giraba.
Cerró los ojos, tratando de mantener la calma.
—¿Hablaron?
—No lo sé todavía.
Pero Alberto…
si era una trampa, significa que alguien les dio información falsa específicamente para que reaccionáramos.
—¿Salazar?
—Probablemente.
Es exactamente el tipo de movimiento que él haría.
Alberto caminó hacia la ventana, mirando el jardín iluminado por el amanecer.
—¿Cómo supo que reaccionaríamos?
¿Cómo supo que recibiríamos la información sobre Méndez?
Hubo un silencio pesado del otro lado de la línea.
—Porque la información vino de dentro del grupo de Salazar.
Alguien cercano a él nos la pasó.
Y si era información falsa…
—Entonces saben que tenemos una fuente dentro de su círculo —completó Alberto—.
Y probablemente saben quién es.
—Exactamente.
Alberto golpeó el escritorio con el puño.
—¿Quién nos pasó la información sobre Méndez?
—La misma fuente de siempre.
La que nos ha estado dando información desde hace semanas.
—Corta todo contacto.
Inmediatamente.
Si Diego sabe, entonces esa fuente está comprometida.
O peor, está trabajando para él ahora.
—Ya lo hice.
Pero Alberto, si los hombres hablan, si mencionan mi nombre…
—No dirán nada.
Conoces el protocolo.
Saben qué les pasa a sus familias si hablan.
—Este fiscal, Ramírez, no es como los otros.
No se asusta fácilmente.
Y protección de testigos existe por una razón.
Alberto cerró los ojos, sintiendo el control deslizarse entre sus dedos.
—Encárgate.
Haz lo que tengas que hacer.
Pero asegúrate de que esto no llegue más lejos.
—Voy a necesitar más recursos.
Más gente.
Esto se está saliendo de control.
—Tienes lo que necesites.
Solo resuelve esto.
Colgó sin despedirse y se sirvió otro whisky.
Sus manos temblaban ligeramente.
Durante décadas había mantenido todo bajo control.
Policías comprados.
Jueces en el bolsillo.
Testigos silenciados antes de que pudieran hablar.
Pero Salazar era diferente.
Era metódico.
Paciente.
Inteligente.
Y ahora tenía tres de sus hombres arrestados con cargos que podrían conectarse directamente de vuelta a él.
Alberto miró su reflejo en la ventana.
Parecía más viejo de lo que recordaba.
Tal vez era hora de considerar opciones más permanentes para resolver el problema de Diego Salazar.
Y de Camila Montalbán también.
… En el apartamento, Diego había estado despierto toda la noche, esperando.
Su teléfono finalmente vibró a las seis de la mañana.
Era Ramírez.
—Los tenemos.
Tres arrestados.
Uno habló.
Diego sintió una mezcla de alivio y anticipación.
—¿Qué dijo?
—Víctor Salinas los envió.
Orden directa.
Para silenciar al testigo antes de que hablara con nosotros.
Mencionó que Alberto estaba preocupado.
—Entonces tenemos la conexión.
—Tenemos suficiente para presionar.
No es prueba directa de Alberto ordenándolo, pero es un paso gigante.
Y Diego…
esa información tuvo que salir de tu apartamento.
No hay otra manera que supieran de Méndez tan rápido.
Diego miró hacia donde Julián dormía en el sofá.
—Lo sé.
—¿Qué vas a hacer?
—Confrontarlo.
Con todos presentes.
Con pruebas.
Ya no hay espacio para dudas.
—Ten cuidado.
Si se siente acorralado, podría hacer algo impredecible.
—Lo tendré en cuenta.
Colgó y se quedó mirando a Julián por un momento largo.
Respiración tranquila.
Rostro en paz.
O fingiendo estarlo muy bien.
Camila apareció en la entrada del dormitorio, despierta también.
—¿Era Ramírez?
Diego asintió.
—Arrestaron a tres.
Uno confesó.
Víctor Salinas los envió.
El rostro de Camila se endureció.
—Entonces es verdad.
Julián nos traicionó.
—La información salió de aquí.
No hay otra explicación.
—¿Qué hacemos?
Diego respiró profundo.
—Despierta a todos.
Es hora de que sepan la verdad.
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